El pasado día 20 de marzo, el Centro Berit acogió una presentación titulada «Espiritualidad en ecología» El evento contó con la participación del Padre Eduardo Agosta, O.Carm, Director del Departamento de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española. El evento contó con la presencia de D. Carlos Revuelto, Delegado de Ecología Integral de la Archidiócesis de Zaragoza, quien presentó al ponente.
El P. Agosta, cuya vasta trayectoria abarca tanto la teología como las ciencias físicas, ejerce como vicario en la parroquia Virgen del Carmen de Onda, en la provincia de Castellón, además de ser superior en el convento de los Carmelitas en esa localidad . Su sólida formación académica incluye un doctorado en física con especialización en física de la atmósfera y de los océanos. Actualmente, desempeña su labor como investigador visitante en climatología en la Facultad de Geografía de la Universidad de Valencia y forma parte del equipo de investigación de la cátedra de Ecología Integral de la Universidad Católica de Valencia. Previamente, dedicó 14 años como investigador científico del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina.
Como se destacó en su presentación, el Padre Eduardo integra de manera excepcional sus conocimientos científicos y su profunda fe teológica. Su labor se centra en la variabilidad climática y la intrincada relación entre la ciencia del clima y la ecología integral desde una perspectiva teológica, desarrollando investigaciones sobre la evolución del clima y buscando integrar la ciencia del clima con la ecoteología católica para promover la justicia climática y la transición ecológica desde una visión centrada en el desarrollo humano integral y la espiritualidad de la ecología. Su experiencia docente en universidades complementa su labor investigadora. Además de dirigir el departamento de ecología integral de la Conferencia Episcopal, colabora como experto externo para el Dicasterio Pontificio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral. Su compromiso con la problemática climática lo llevó a representar al Consejo Episcopal Latinoamericano en la mesa de diálogo de la Santa Sede sobre el cambio climático y a formar parte de la delegación oficial del Vaticano en las trascendentales conferencias COP 27 y COP 28 sobre el clima mundial.
En sus palabras iniciales, el ponente resaltó la pertinencia del tema escogido, especialmente en el contexto de diversas intervenciones sobre la cuestión ecológica que habían tenido lugar en la diócesis durante esa semana, abordando diferentes miradas y enfoques. Subrayó la intención del Centro Berit, como institución católica y teológica, de ofrecer una perspectiva distintiva sobre la cuestión de la espiritualidad para una ecología integral. Aclaró que esta espiritualidad no es algo novedoso, sino la espiritualidad cristiana de toda la vida, ahora vivida e interpretada a la luz de la ciencia y la conciencia ecológica. Esta nueva mirada implica formular preguntas y cuestionamientos ante los problemas ambientales actuales. El P. Agosta vinculó esta espiritualidad con la denuncia de la crisis ecológica presente en la encíclica Laudato Si’ y en la tradición de la Iglesia. Argumentó que la crisis fundamental no reside únicamente en el cambio climático, la subida del nivel del mar, la deforestación o la contaminación del aire, sino en una crisis profunda de nuestra relación con lo trascendente presente en la creación, con Dios mismo. Existe una crisis de fundamento y de destino de la Tierra, donde el planeta y el mundo no humano han sido instrumentalizados bajo una mirada puramente materialista, lo que ha llevado a una pérdida del encanto, de la experiencia de bondad y belleza que remiten a los fundamentos últimos. En los últimos 300 años, una mentalidad pragmática y desacralizadora ha invadido la cultura occidental, llegando incluso a disolver a Dios como horizonte en la vida de muchas personas. Es por ello que el olvido de Dios se evidencia como uno de los efectos subyacentes de la crisis ecológica, profundamente ligada a nuestro mundo espiritual y a la forma en que tratamos la casa común.
«Existe una crisis de fundamento y de destino de la Tierra, donde el planeta y el mundo no humano han sido instrumentalizados bajo una mirada puramente materialista, lo que ha llevado a una pérdida del encanto, de la experiencia de bondad y belleza que remiten a los fundamentos últimos»
Destacó que Laudato Si’ es la primera carta pastoral de la Iglesia dedicada plenamente al problema ecológico y a la cuestión ambiental. Una de las categorías novedosas introducidas en esta encíclica es la de ecología integral, término que, aunque ampliamente utilizado en ambientes católicos, a veces genera confusión sobre su significado teológico. Explicó que, si bien la ecología integral tiene una raíz científica, en la encíclica adquiere una riqueza particular aportada por la doctrina de la Iglesia, enriqueciendo la mirada científica meramente inmanente. La palabra ecología se refiere a la disciplina que busca entender las relaciones entre el medio ambiente y la vida, estudiando los flujos e intercambios de materia y energía entre los seres vivos y su hábitat. El añadido de la palabra integral en el ámbito científico se refiere a la interconexión en la realidad física e inmanente, donde todo está interconectado en el espacio-tiempo, de tal manera que ningún fenómeno pasa desapercibido y todo tiene un efecto, inmediato o mediato. El Papa Francisco toma este concepto científico de integralidad y lo profundiza en su encíclica. En el primer capítulo de Laudato Si’, Francisco realiza un diálogo con la ciencia para comprender lo que le sucede a la casa común, utilizando el método del ver, juzgar y actuar, donde la investigación científica es esencial para iluminar los signos de los tiempos y del lugar.
Sin embargo, el ponente resaltó que en el párrafo 11 de la introducción, Laudato Si’ define la ecología integral para los católicos de una manera que trasciende la mera visión científica. «Ecología integral, dice Francisco, requiere de nuevas categorías que trasciendan el mero lenguaje de la física y la biología, incorporen la esencia de lo humano». Para la teología y la fe, no hay ecología integral sin el componente humano, siendo el ser humano el receptor de la trascendencia de la creación y consciente del misterio del mundo y de sí mismo, con una vocación de apertura al Creador. Por lo tanto, la ecología integral para los cristianos no se limita a la visión científica, sino que implica un modo de ver el mundo y sus problemas desde la Palabra de Dios, la revelación y la tradición, recuperando esa vocación humana de apertura al misterio. En este sentido, la Biblia siempre ha sido ecológica e integral, con el Génesis como su fundamento.
El P. Agosta explicó que abordaría la ecología integral desde una doble perspectiva: la inmanente (científico-técnica) y la trascendente (teológica). En el plano inmanente, la ecología integral podría simplificarse como un nuevo paradigma de justicia en las relaciones justas a los ojos de Dios con el prójimo y con las demás criaturas. Esto se fundamenta en la información que la ciencia provee respecto a los problemas en el espacio-tiempo, lo que se conoce como los signos del lugar. El ponente recordó el método teológico del ver, juzgar y actuar, donde el «ver» implica interpretar los signos de los tiempos, tarea de la Iglesia desde el Vaticano II. La crisis ecológica introduce una novedad: el espacio donde ocurren los acontecimientos históricos está dañado, afectando a los propios acontecimientos. Por ello, los signos de los tiempos están alterados por los signos del lugar. Si antes el pecado se veía en las relaciones intersociales, laborales o comerciales, ahora se manifiesta en la geografía: un río contaminado o una playa llena de basura no son obra del azar, sino humana, generando violencia y daño a poblaciones. Por ello, hablamos de un paradigma socioambiental, de justicia socioambiental, que requiere sanar el ambiente debido a la injusticia sobre él y sobre las personas que lo habitan. El ejemplo de la minería a cielo abierto en África ilustra esta interconexión, donde la destrucción ambiental conlleva la contaminación del agua y la enfermedad de las poblaciones. Francisco retoma la frase «Todo está interconectado«, repitiéndola varias veces en Laudato Si’, tanto en el plano de la inmanencia y la justicia como en el plano trascendente, señalando que este mundo también debe estar conectado con Dios para su sanación. La desconexión con lo sagrado es parte del problema, y la encíclica enseña que la injusticia socioambiental son dos caras de la misma moneda. En el párrafo 49, se recuerda la frase fundamental: «Un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres».
«Un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres».
La preocupación fundamental de la Iglesia es el respeto de la persona humana, y en el problema ecológico se descubre una falta de caridad y de respeto por la integridad de la vida de las personas. Dicho de otra manera, sin un ambiente natural sano no hay existencia humana digna, ya que se carece de agua dulce, tierra fértil, bosques y aire limpio. Los derechos fundamentales del ser humano, basados en su dignidad infinita revelada por Dios, se ven comprometidos si falta el soporte básico de la vida: un ambiente sano. El ponente señaló que, para muchos, esto no es evidente y se consideran externalidades. Sin embargo, es el ABC de la vida humana, especialmente considerando la capacidad actual de intervención sobre el ambiente natural, que ya no es la del artesano inocente, sino una que puede derribar montañas, arrasar bosques y exterminar especies. Esta realidad está ligada a un modelo de desarrollo económico, materialista y dominante que persigue el crecimiento infinito de la riqueza concentrada, buscando la maximización del lucro sin considerar la finalidad de los bienes de la tierra destinados al bien común. Este modelo es una cosmovisión con un sistema de valores políticos, culturales, económicos y sociales que nos controla, lo que Francisco denomina el paradigma tecnocrático, con una filosofía subyacente de antropocentrismo desviado. Este antropocentrismo desviado se manifiesta en la creencia de que el ser humano es el rey del universo y señor soberano de todas las criaturas, una mala interpretación del «someted la tierra» del Génesis.
El problema de este antropocentrismo no es bíblico, sino filosófico, con raíces en el pensamiento de Descartes que estableció una distancia insalvable entre los seres humanos y el resto de la creación, vista como mera cosa o autómata al servicio del hombre. Esta visión, impulsada por la ciencia y la tecnología desvinculadas de una ética trascendente, reduce todo a materia prima, rompiendo el principio de la bondad, la variedad y la multiplicidad de la creación. Sin embargo, no se necesita ser científico para percibir la armonía y belleza de la creación, sino ser creyente. La historia del cristianismo está llena de santos como Hildegarda de Bingen, Francisco de Asís y muchos otros que, siendo amigos de la creación y abiertos al misterio de Dios, nos enseñan con su ejemplo a percibir la bondad intrínseca de las criaturas. Para ello, es necesario estar receptivos y abiertos a la fe, creyendo que este mundo es algo más que lo material. Laudato Si’ afirma que «todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios», donde la tierra, el agua y las montañas son caricias divinas, algo que los místicos descubren en su conexión profunda con la creación. La ecología integral, como recuerda el párrafo 11 de la encíclica, trasciende el lenguaje inmanente con lo esencial, con el misterio de la creación, y requiere hombres y mujeres de fe para entrar en esa dinámica trascendente.
La novedad de Francisco reside en que la ecología integral va más allá de las leyes físicas, incorporando lo humano y ampliándose a la dimensión trascendente de la realidad, donde todo está relacionado con Dios. Abarca el ambiente físico, los seres vivos y una humanidad abierta a la experiencia religiosa, al Creador, que reconoce lo sagrado de la creación como obra del amor divino. Lo sagrado de la creación se refleja esencialmente en la dignidad humana y en la bondad creatural. En el segundo relato de la creación en Génesis, a la dignidad humana y la bondad creatural se añade la primera instrucción ecológica integral: cultivar y cuidar el jardín del Edén. Este jardín, simbólicamente un oasis en el desierto, requiere tanto la gratuidad de la creación (la lluvia divina) como el trabajo humano para dar vida. La Tierra misma, con la fragilidad de su atmósfera, puede verse como ese Edén que requiere cuidado. Cultivar y cuidar la creación va de la mano de una profunda conexión íntima y amorosa con la realidad, una experiencia contemplativa. Francisco anima a acercarse a la naturaleza con apertura al estupor y a la maravilla, una decisión libre de conectar. Como San Francisco de Asís, debemos hablar el lenguaje de la fraternidad y la belleza con todas las criaturas para evitar actitudes de dominación, consumismo y explotación.
La crisis ecológica, repetidamente, se señala como humana, con raíces en lo profundo del corazón, ligada al olvido cultural del Dios creador y del misterio de la creación. La tierra deja de ser vista como creación para convertirse en mera materia prima y recursos. También se olvida que el ser humano es imagen y semejanza de Dios, y la crisis ecológica se convierte también en una crisis de ecología humana, donde la vida humana misma es devaluada en un sistema de eficiencia productiva y consumista. Por lo tanto, es necesario recuperar una conexión con la realidad, la naturaleza, uno mismo y Dios, a lo que llamamos espiritualidad. Una monja benedictina definía la espiritualidad para el siglo XXI como «Lo que hacemos por lo que decimos que creemos en lugar de la búsqueda de la creencia en sí misma». La espiritualidad siempre se refleja en el obrar, en cómo vivimos y en lo que hacemos, revelando nuestras creencias profundas, principios, valores y convicciones no negociables. Creer no es lo mismo que tener fe en Dios; creer se manifiesta en lo que realmente hacemos. La espiritualidad es hacer lo que realmente se cree, lo que implica una revisión profunda de nuestros valores y convicciones. Una convicción es un valor o una idea cargada de pasión, que moviliza nuestra vida y se vuelve innegociable. Deberíamos aspirar a que lo que leemos en la Palabra de Dios y la tradición de la Iglesia se convierta en convicciones profundas.
«La espiritualidad siempre se refleja en el obrar, en cómo vivimos y en lo que hacemos, revelando nuestras creencias profundas, principios, valores y convicciones no negociables»
Una espiritualidad para una ecología integral, abierta al misterio y a lo trascendente, se define como aquel conjunto de creencias, valores y motivaciones de fe que, al ser descubiertas por la inteligencia y la razón, se adoptan con gozo, satisfacción, alegría y paz del corazón. Implica que los valores se cargan afectivamente de nuestra pasión y nos involucran desde dentro, llevándonos a cuestionar nuestras creencias más profundas a la luz del Evangelio y la ecología integral. Una espiritualidad así descubre principios y convicciones que no son cargas impuestas, sino adopciones felices que producen cambios en el corazón y encaminan al ser humano hacia comportamientos y actitudes coherentes con esos valores asumidos, manifestando la fe a través de las obras. En este sentido, la conversión ecológica va más allá de la información sobre problemas ambientales. Lo que realmente convence a las personas es palpar las heridas de la tierra y de los pobres, haciendo experiencia y contacto directo con la realidad. Como Tomás, necesitamos tocar y comprobar para creer y convertirnos en verdaderos discípulos. No necesitamos solo información, sino una mística que anime, móviles interiores que impulsen y den sentido a la acción personal y comunitaria. El mero conocimiento no produce cambios; lo que no toca el centro emocional humano no transforma el comportamiento. La decisión de cambiar surge cuando una idea se llena de pasión y nos conmueve profundamente. Para esta espiritualidad de la ecología integral, es esencial que no esté desconectada del propio cuerpo y de las realidades del mundo, sino que se viva con ellas y en ellas, en comunión con todo lo que nos rodea. El seguimiento de Jesucristo no es una idea, sino una identificación con las víctimas y los que sufren. Francisco nos llama a «atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo» (empatía). Una persona sin empatía difícilmente será espiritual en términos cristianos. La espiritualidad de la ecología integral tiene ciertos mínimos, y su enseñanza debe ser vivencial, contagiando a otros a través del ejemplo. Es crucial transmitir convicciones que ayuden a superar la mentalidad instrumentalista y materialista, fortaleciendo el instinto natural por los temas éticos y morales de justicia y cuidado del ambiente a través del contacto con la naturaleza y experiencias de misión. La experiencia religiosa, la apertura a lo trascendente y a la gran pregunta es posible hoy.
Cuatro claves para desarrollar una verdadera espiritualidad ecológica a nivel personal y comunitario son: la gratuidad y la lógica del don, reconociendo que todo lo que nos rodea es un regalo y viviendo con gratitud, practicando la renuncia y los gestos generosos; el cultivo de la empatía, siendo capaces de hacer propios los puntos de vista de los demás y tomando conciencia del sufrimiento causado por las injusticias socioambientales; el contacto directo con la naturaleza, dedicando tiempo a pasear y asimilar la conciencia amorosa de no estar desconectados de las demás criaturas; y el contacto íntimo e inmediato con lo social y lo medioambiental, evitando el aislamiento en nuestras fortalezas de confort y valorando la sencillez, capacitándonos para gozar con poco, definiendo prioridades y agradeciendo las posibilidades de la vida sin apegos materiales, adoptando un estilo de vida profético y contemplativo capaz de gozar profundamente sin obsesionarnos por el abuso de los bienes de la tierra.







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