Lecturas:

Jonás 3,1-5.10 – Salmo 24 – 1ª Corintios 7, 29-31

Marcos 1, 14-20:
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»
Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.
Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.»
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

Comentario

CONVERTÍOS Y CREED EN EL EVANGELIO

2021, Domingo 3º ordinario

            En este tercer domingo de los llamados Ordinarios, retomamos hoy el evangelio de Marcos porque es el que corresponde a este año (ciclo B). En él se narra el comienzo de la predicación de Jesús en Galilea. Marcos la resume así: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed”. No es una simple frase de Jesús. Resume su mensaje y enuncia la experiencia cristiana original. Se expresa como un anuncio: “está cerca el reino de Dios”. E implica una llamada: “convertíos y creed”. Tiene validez universal para todos los tiempos y para todos los hombres. Jesús habla de un don precioso de Dios a los hombres que requiere una respuesta clara y radical. 

            Jesús, después de su bautismo, comienza una intensa actividad misionera. Afirma que el Reino de Dios está cerca: es preciso convertirse a él, cambiar de mentalidad y creer la nueva y buena noticia. Jesús elige como discípulos dos parejas de hermanos: Andrés y Pedro, Santiago y Juan. No exige a sus oyentes el cambio por el cambio. Él va por delante ofreciendo algo muy importante. Revela la infinita bondad de un Dios que es Padre de todos y ofrece algo muy superior. De pescadores de peces quiere ahora hacer “pescadores de hombres”. Dice “yo os haré”, como indicando que es él quien realiza una designación y confiere una misión personal, con el fin de que los elegidos vayan “detrás de mí”. Los discípulos captaron desde el primer momento que Jesús no les comprometía con una obligación incómoda y pesada, sino que les otorgaba una misión única y maravillosa.

            Jesús afirma que “el Reino de Dios” ya ha llegado, e invita a entrar en él. Los judíos que escuchaban a Jesús sabían que el pueblo elegido constituía el verdadero reino de Dios. Un reino del que, en la antigüedad, fueron exponentes grandes personajes como David, Salomón, etc., que gobernaron según Dios. Israel canta entusiasmado los salmos sobre la realeza divina. Al contrario de todos los pueblos de la historia, no confía en el esplendor de las riquezas ni el en poder de sus armas: se apoya en el amor personal de su Dios. Después del exilio los profetas afirman que Israel, zarandeado siempre por los grandes imperios de la tierra, volverá a recobrar una soberanía esplendorosa en tiempos futuros. Jesús habla de sí mismo como la llegada del reino de Dios. Afirma que el Hijo del hombre vendrá un día sobre las nubes del cielo para establecer la nueva y definitiva humanidad. Su reino, dice, “no es de este mundo”. Representa el fin de Satán, del pecado y de la muerte. Su reino requiere alma de pobre (Mt 5,3), actitud de niño (Mt 18,1-4), el sacrificio de todo lo que se posee (Mt 13,44s), el cumplimiento de la voluntad del Padre (Mt 7,21), un gran amor a todos los hombres (Mt 25,34). Se entra en él mediante una conversión radical y un nuevo nacimiento (Mt 3,8; Jn 3,4). Cristo, vencedor de todos sus enemigos, entregará la realeza a Dios Padre al final de los tiempos (1 Cor 15,24).   

            Este reino de Dios que Cristo proclama es descrito por él mismo con diferentes expresiones. En su último fondo es una nueva y suprema relación con Dios como Padre. Cristo nos introduce en Dios y hace de nosotros su propia familia. Jesús no es solo el revelador de este reino, sino la realidad del mismo. Él es el qué y el porqué de la vida y destino del hombre. La misma Revelación emplea diferentes expresiones para hacer entender este hecho indescriptible. Habla de la divinización del hombre, de su filiación divina, de su profunda transformación, de su participación de la divina naturaleza, de su nacimiento de lo alto, de su desposorio con Cristo, de su amistad con él, de una iluminación divina, de un conocimiento superior, de la vida en Cristo, de la vida en el Espíritu Santo. El Reino de Dios, en su fondo, es el amor del Padre al Hijo y el amor del Hijo al Padre, participado y experimentado en nosotros y por nosotros. El Padre extiende a nosotros la misma generación eterna de su Hijo, nos engendra en él, ve y ama a su Hijo en nosotros y nos capacita para amarle a él con el mismo amor del Hijo. Juan nos dice: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre que nos llamamos hijos de Dios porque lo somos” (1 Jn 3,1). Efectivamente nada quiere tanto Dios como que le reconozcamos como Padre y que vivamos como hijos. Jesús utilizó la expresión “Padre” en sus relaciones personales con Dios. Esta mención de Dios como Padre constituye el núcleo y meollo de toda la predicación de Jesús. Él nos enseñó a todos a invocarlo también bajo ese nombre. “A nadie llaméis Padre vuestro en la tierra porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo” (Mt 23,9). Nuestra vida cristiana no es sino la vida de Jesús en nosotros: “Vivo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).  Es también la vida misma en el Espíritu Santo: “Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita ¡Abba! ¡Padre!” (Gal 4,6). “El que se une al Señor se hace un Espíritu con él, porque el Señor es Espíritu” (1 Cor 7,16). Jesús afirma que el Padre extiende a nosotros el mismo amor que el Padre tiene a su Hijo: “les has amado a ellos como me has amado a mí… Que el amor con que tú me amaste esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17,23-26).

            Ser hijos de Dios, o vivir en Cristo, o vivir en el Espíritu Santo, significa correalizar la vida divina en nosotros. Padre, Hijo y Espíritu representan el Ser, el Conocer, y el Amar infinita y divinamente. Dios es infinitud y es comunión divina. Y comparte su misma vida con nosotros, para que seamos, conozcamos y amemos con él y como él. Le conoceremos como él mismo nos conoce: “conoceré como soy conocido” (1 Cor 13,12), “en tu Luz veremos la Luz!” (Slm 35,10). Y amaremos con su mismo amor: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (R 5,5).

            Este conocimiento y amor divinos ya se han hecho experiencia viva en la tierra. Juan de la Cruz es un santo caracterizado por haber vivido esta experiencia directa del amor de Dios en su vida. Escribe que Dios diviniza al creyente de igual forma que el fuego abrasa un madero, haciéndole llorar la humedad, abrasándolo por dentro, poniéndolo rusiente como el mismo fuego, transfiriéndole las mismas propiedades del fuego. No solo tiene fuego, es fuego. El hombre llega a ser también Dios por participación. Santa Teresa de Jesús describe este mismo hecho a través del agua, la del arroyo y la de la lluvia, que se funden, las dos, en una misma agua. Así el hombre se hace también una misma cosa con Dios.

           Para entrar en el reino que Jesús predica hay que conocerlo y desearlo intensamente. El hombre actual tiene gran dificultad para ello. Ha olvidado su visión antigua de la fe y no ha logrado la nueva. Para calentarse al sol hay que exponerse a él. Hoy, quien quiera tener un conocimiento sólido de la fe, debe buscarlo sin miedo al misterio. Es ciertamente difícil. Pero ello es prueba de nuestra altísima vocación divina.  La pedagogía de la fe se ha hecho nueva hoy para la mayoría de creyentes. Abundan evangelizadores que ofrecen doctrinas tan simples que, de hecho, no dicen nada. Por ese camino no se va a ningún sitio. Hay que ser anhelantes para conocer el sentido hondo y maravilloso de nuestra propia vida. El conocimiento del evangelio dominical, su estudio y comentario en comunidad de fe, es un camino excelente y necesario. Dios, que nos llama a tan alta vocación, nos ilumine para buscar y encontrar caminos luminosos y seductores.

Francisco Martínez

www.centroberit.com

e-miail.berit@centroberit.com

CONVERTÍOS Y CREED EN EL EVANGELIO

2021, Domingo 3º ordinario

            En este tercer domingo de los llamados Ordinarios, retomamos hoy el evangelio de Marcos porque es el que corresponde a este año (ciclo B). En él se narra el comienzo de la predicación de Jesús en Galilea. Marcos la resume así: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed”. No es una simple frase de Jesús. Resume su mensaje y enuncia la experiencia cristiana original. Se expresa como un anuncio: “está cerca el reino de Dios”. E implica una llamada: “convertíos y creed”. Tiene validez universal para todos los tiempos y para todos los hombres. Jesús habla de un don precioso de Dios a los hombres que requiere una respuesta clara y radical. 

            Jesús, después de su bautismo, comienza una intensa actividad misionera. Afirma que el Reino de Dios está cerca: es preciso convertirse a él, cambiar de mentalidad y creer la nueva y buena noticia. Jesús elige como discípulos dos parejas de hermanos: Andrés y Pedro, Santiago y Juan. No exige a sus oyentes el cambio por el cambio. Él va por delante ofreciendo algo muy importante. Revela la infinita bondad de un Dios que es Padre de todos y ofrece algo muy superior. De pescadores de peces quiere ahora hacer “pescadores de hombres”. Dice “yo os haré”, como indicando que es él quien realiza una designación y confiere una misión personal, con el fin de que los elegidos vayan “detrás de mí”. Los discípulos captaron desde el primer momento que Jesús no les comprometía con una obligación incómoda y pesada, sino que les otorgaba una misión única y maravillosa.

            Jesús afirma que “el Reino de Dios” ya ha llegado, e invita a entrar en él. Los judíos que escuchaban a Jesús sabían que el pueblo elegido constituía el verdadero reino de Dios. Un reino del que, en la antigüedad, fueron exponentes grandes personajes como David, Salomón, etc., que gobernaron según Dios. Israel canta entusiasmado los salmos sobre la realeza divina. Al contrario de todos los pueblos de la historia, no confía en el esplendor de las riquezas ni el en poder de sus armas: se apoya en el amor personal de su Dios. Después del exilio los profetas afirman que Israel, zarandeado siempre por los grandes imperios de la tierra, volverá a recobrar una soberanía esplendorosa en tiempos futuros. Jesús habla de sí mismo como la llegada del reino de Dios. Afirma que el Hijo del hombre vendrá un día sobre las nubes del cielo para establecer la nueva y definitiva humanidad. Su reino, dice, “no es de este mundo”. Representa el fin de Satán, del pecado y de la muerte. Su reino requiere alma de pobre (Mt 5,3), actitud de niño (Mt 18,1-4), el sacrificio de todo lo que se posee (Mt 13,44s), el cumplimiento de la voluntad del Padre (Mt 7,21), un gran amor a todos los hombres (Mt 25,34). Se entra en él mediante una conversión radical y un nuevo nacimiento (Mt 3,8; Jn 3,4). Cristo, vencedor de todos sus enemigos, entregará la realeza a Dios Padre al final de los tiempos (1 Cor 15,24).   

            Este reino de Dios que Cristo proclama es descrito por él mismo con diferentes expresiones. En su último fondo es una nueva y suprema relación con Dios como Padre. Cristo nos introduce en Dios y hace de nosotros su propia familia. Jesús no es solo el revelador de este reino, sino la realidad del mismo. Él es el qué y el porqué de la vida y destino del hombre. La misma Revelación emplea diferentes expresiones para hacer entender este hecho indescriptible. Habla de la divinización del hombre, de su filiación divina, de su profunda transformación, de su participación de la divina naturaleza, de su nacimiento de lo alto, de su desposorio con Cristo, de su amistad con él, de una iluminación divina, de un conocimiento superior, de la vida en Cristo, de la vida en el Espíritu Santo. El Reino de Dios, en su fondo, es el amor del Padre al Hijo y el amor del Hijo al Padre, participado y experimentado en nosotros y por nosotros. El Padre extiende a nosotros la misma generación eterna de su Hijo, nos engendra en él, ve y ama a su Hijo en nosotros y nos capacita para amarle a él con el mismo amor del Hijo. Juan nos dice: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre que nos llamamos hijos de Dios porque lo somos” (1 Jn 3,1). Efectivamente nada quiere tanto Dios como que le reconozcamos como Padre y que vivamos como hijos. Jesús utilizó la expresión “Padre” en sus relaciones personales con Dios. Esta mención de Dios como Padre constituye el núcleo y meollo de toda la predicación de Jesús. Él nos enseñó a todos a invocarlo también bajo ese nombre. “A nadie llaméis Padre vuestro en la tierra porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo” (Mt 23,9). Nuestra vida cristiana no es sino la vida de Jesús en nosotros: “Vivo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).  Es también la vida misma en el Espíritu Santo: “Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita ¡Abba! ¡Padre!” (Gal 4,6). “El que se une al Señor se hace un Espíritu con él, porque el Señor es Espíritu” (1 Cor 7,16). Jesús afirma que el Padre extiende a nosotros el mismo amor que el Padre tiene a su Hijo: “les has amado a ellos como me has amado a mí… Que el amor con que tú me amaste esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17,23-26).

            Ser hijos de Dios, o vivir en Cristo, o vivir en el Espíritu Santo, significa correalizar la vida divina en nosotros. Padre, Hijo y Espíritu representan el Ser, el Conocer, y el Amar infinita y divinamente. Dios es infinitud y es comunión divina. Y comparte su misma vida con nosotros, para que seamos, conozcamos y amemos con él y como él. Le conoceremos como él mismo nos conoce: “conoceré como soy conocido” (1 Cor 13,12), “en tu Luz veremos la Luz!” (Slm 35,10). Y amaremos con su mismo amor: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (R 5,5).

            Este conocimiento y amor divinos ya se han hecho experiencia viva en la tierra. Juan de la Cruz es un santo caracterizado por haber vivido esta experiencia directa del amor de Dios en su vida. Escribe que Dios diviniza al creyente de igual forma que el fuego abrasa un madero, haciéndole llorar la humedad, abrasándolo por dentro, poniéndolo rusiente como el mismo fuego, transfiriéndole las mismas propiedades del fuego. No solo tiene fuego, es fuego. El hombre llega a ser también Dios por participación. Santa Teresa de Jesús describe este mismo hecho a través del agua, la del arroyo y la de la lluvia, que se funden, las dos, en una misma agua. Así el hombre se hace también una misma cosa con Dios.

            Para entrar en el reino que Jesús predica hay que conocerlo y desearlo intensamente. El hombre actual tiene gran dificultad para ello. Ha olvidado su visión antigua de la fe y no ha logrado la nueva. Para calentarse al sol hay que exponerse a él. Hoy, quien quiera tener un conocimiento sólido de la fe, debe buscarlo sin miedo al misterio. Es ciertamente difícil. Pero ello es prueba de nuestra altísima vocación divina.  La pedagogía de la fe se ha hecho nueva hoy para la mayoría de creyentes. Abundan evangelizadores que ofrecen doctrinas tan simples que, de hecho, no dicen nada. Por ese camino no se va a ningún sitio. Hay que ser anhelantes para conocer el sentido hondo y maravilloso de nuestra propia vida. El conocimiento del evangelio dominical, su estudio y comentario en comunidad de fe, es un camino excelente y necesario. Dios, que nos llama a tan alta vocación, nos ilumine para buscar y encontrar caminos luminosos y seductores.

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