Lecturas

Josué 34, 1.2a. 15-17. 18b  –  Salmo 33  –  Efesios 5, 21-32

Juan 6, 60-69  :En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?»
Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.»
Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.
Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?»
Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

Comentario:

TÚ TIENES PALABRAS DE VIDA ETERNA

2021, 21º Domingo Ordinario

            Como indicamos en domingos anteriores, la liturgia interrumpe durante cinco domingos seguidos la lectura continuada del evangelio de san Marcos, propia del ciclo B,  y la sustituye por el discurso del pan de vida del evangelio de Juan. Hoy leemos el último fragmento. Juan relata las tensas reacciones que suscitan las palabras de Jesús cuando se designa él mismo “pan bajado del cielo” y cuando habla de “la necesidad de comer su carne y beber su sangre”. Jesús habla continuamente del nuevo reino de Dios. Le escuchan y siguen grandes multitudes. Ha generado asombro y expectación. Como núcleo de su nuevo mensaje anuncia que Dios es padre de todos los hombres y que todos debemos amarnos incondicionalmente como hermanos. Muchos de los oyentes acogen el mensaje y experimentan una transformación profunda que les pone en un estado de verdadera alegría y de bienaventuranza. Se sienten fascinados y atraídos. Jesús, además, ha dado de comer a una inmensa multitud y todos han comprobado que el hecho y el modo de hacerlo rebasa con mucho lo ordinario y natural. Algunos quieren hacerlo rey. Entre los que le escuchan, surgen también dudas y perplejidades. Unos porque ante la certeza de estar ante un gran líder, y hasta un mesías, Jesús reacciona muy al contrario y formula el gran principio de su mensaje y de su seguimiento: dar la vida por los demás, hacerse los últimos en la convivencia, servir siempre y sin reservas. Esto resulta extraño incluso a algunos de los más íntimos que sueñan y ambicionan estar a la derecha y a la izquierda del trono en el reino de Jesús. Otros, que detentan poderes terrenos, se sienten amenazados por la predicación de Jesús que habla de la humildad y servicio incluso como forma de ejercer la misma autoridad. También hay grupos de judíos que reaccionan violentamente contra Jesús porque dicen que subvierte la ley y predispone al pueblo contra ellos. Y conciben la forma de eliminarlo.

La idea nuclear de la predicación de Jesús es el servicio a los demás.  El reino de Dios que anuncia se expresa en una fraternidad radical basada en el amor derramado por el Espíritu en todos los corazones. A Jesús le encanta dejarse invitar y comer juntos por el simbolismo que representa. Partir el pan y compartirlo es un gesto que le entusiasma. Jesús se da del todo, se deja comer, vive en los demás y para los demás. Este pan partido, compartido y comido, él lo vive como don total de sí, como entrega y donación de la vida hasta la muerte. Jesús refleja este hecho muy intencionadamente en la institución de la cena. Tal es la fe de los testigos directos en la que comer el pan y beber el vino es proclamar, actualizar la misma muerte del Señor y hacerla propia. La eucaristía es lo más específico del seguimiento de Jesús. Y esta no es solo recibirle pasivamente, sino compartir su vida, sus sufrimientos y su muerte como acontecimiento de amor absoluto a los demás. No compartir o no compartirse del todo es “no celebrar la cena del Señor”.

Jesús, al dirigirse al gentío, se da cuenta de lo que está sucediendo en el interior de cada uno de sus oyentes y afronta la situación. Sabe que lo trascendental es que sus oyentes pongan en movimiento la decisión de su voluntad. Y hace una afirmación categórica: “nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede”. La vida y muerte de Jesús no se entienden desde la sola razón. No implican sólo el conocimiento humano sino la sabiduría que viene de Dios. El encuentro con Jesús, obrado gracias a la atracción del Padre, es posible ahora gracias a la acción del Espíritu Santo que ilumina e impulsa al creyente. Quien se cierra al Espíritu, y se aferra a la esfera “de la carne”, a la pura razón, rechaza el don del Padre y no llegará nunca hasta Jesús. Solo Dios puede conducirnos en su propio terreno. Hay quienes oyen, conocen y se van, se echan atrás. Han aceptado a Jesús en la esfera de la carne, según la concepción triunfal del mesías rey, y rechazan al Espíritu, es decir, el dinamismo del amor que lleva a Jesús, a donar su vida a los demás. A Cristo no se llega por la simple razón. Dar la vida no es propio de la razón humana. Solo seducidos e impulsados por el Espíritu se puede dar la vida generosamente a los demás.

Los cristianos de hoy, debido a un proceso de tediosa rutina, han reducido la eucaristía al tema de “la presencia real” y a la actitud pasiva de “recibirle”. Esto representa una mutilación perniciosa de la fe. La eucaristía de los tiempos apostólicos y de los grandes Padres de la Iglesia es la armonía esencial y dichosa de una serie de realidades, de valores, que no se pueden escindir u olvidar. Es, en primer lugar, no solo la consagración de los elementos, sino la consagración de la comunidad reunida. Es una consagración que no solo hace el cuerpo de Cristo, sino que nos hace a nosotros su cuerpo. Actualiza en nosotros la misma vida, muerte y resurrección de Jesús. Como participación de la muerte de Cristo, requiere el compromiso ético de una lucha radical contra el mal, de humildad y de rebajamiento en la vida real, en la convivencia, y en el mismo modo de celebrar. No debe nadie revestirse de púrpura cuando el Señor se reviste de ignominia.  Como participación en la resurrección debe amar con un amor sincero a todos, especialmente a los necesitados. La eucaristía es anticipación de la vida eterna. “Quien come no muere, tiene vida eterna”, dice Jesús. En la eucaristía está esencialmente integrada la escucha de la palabra de Cristo, pues cuando en ella proclamamos el evangelio “Cristo mismo habla”, dice el Vaticano II. El evangelio como luz y la eucaristía como alimento nos incorporan a la persona y vida de Cristo configurándonos con Cristo. La eucaristía es la eternidad anticipada y compartida, la comunión de vida de todos con él, la asamblea reunida en la fe y en la concordia y la alegría de todos los creyentes debido a la comunión de bienes. El domingo se debe a una iniciativa personal de Jesús que se apareció “al atardecer del primer día de la semana” y volvió a hacerlo “a los ocho días”. Es el día que el Señor dedica a los suyos para anticiparles su resurrección.

Hoy como ayer muchos se distancian de la eucaristía. Esto afecta seriamente a la fe y a la pastoral. Los que aquí estamos deberíamos cuestionarnos en serio ¿por qué la gente se aleja? Las estadísticas nos cuestionan a todos. ¿Se van o les echamos? ¿Qué parte de responsabilidad tenemos todos, jerarquía y pueblo, y qué deberíamos hacer para testificar y convencer mejor?

Francisco Martínez

www.centroberit.com

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