1. LA SABIDURÍA HUMANA

Lo que el hombre sabe es nada en comparación con lo que no sabe. Para mucha gente el saber es lo que ellos ya saben, o creen que saben. Muchos, sencillamente, no saben, y esto es una desgracia. Otros saben erróneamente; y mejor es no saber que mal saber. Otros tienen un saber reactivo, provocado por el resentimiento contra lo que deberían conocer con mayor objetividad. Tienen prejuicios. Es el antisaber. No sólo no conocen sino que reducen la capacidad misma de conocer. Esto suele responder con frecuencia a una mala imagen suscitada por el ambiente hostil de prejuicios o de intereses ideológicos. 

Vale mucho más el saber que el tener. Nadie, con oro, puede comprar sabiduría. Tanto es uno cuanto sabe. La única buena moneda con la que todo se adquiere es la sabiduría. El mayor tesoro del hombre es tener una mente sabia. Tiene mayor precio un día del hombre discreto que toda la vida del necio. La sabiduría es la ciencia de la felicidad. Muchos, hoy, se enclaustran en la superficialidad, en un mundo basura. La basura pudre y genera basura. Ésta es una gran desgracia en nuestra generación actual. El saber verdadero está siempre en referencia con el misterio del hombre y de Dios. Dios ama al que convive con la sabiduría. Saber sólo todo lo que el mundo sabe es no saber nada. El saber comienza allí donde comienza lo que el mundo ignora. El verdadero saber está situado más allá de la ciencia. El saber no es nada sin el arte de vivir.

2. LA SABIDURÍA QUE PROCEDE DE DIOS

Hay una inteligencia de la mente y hay también, muy superior, una inteligencia del espíritu. Es la sabiduría o conocimiento del amor. Supera a todos los conceptos y es como un sabor de la presencia amada y sentida. Con la primera el hombre discurre. En la segunda es iluminado. La primera está a disposición del hombre. La segunda es don y regalo. En la primera el hombre es activo. En la segunda es más bien receptivo y pasivo. Existe entre las dos la diferencia que hay entre Dios y el hombre. Es una desgracia no conocer. Pero es tanto más no dejarse iluminar. Aquí radica el conocimiento por excelencia, el del espíritu.

Este conocimiento interior es algo misterioso que no se puede ni prever ni siquiera desear. Sólo sobreviene cuando hay una mirada limpia, cuando el hombre se mueve no en terrenos de resentimiento o de orgullo, sino de la paz y sencillez. Santa Teresa, refiriéndose a este conocimiento superior dice: «Cómo se puso este manjar no lo sé, que ni se vio, ni le entiende el alma, ni jamás se había movido a desearlo» (Vida 27,7). Es un conocimiento amor: «Se entiende Dios y el alma con sólo querer su Majestad que lo entienda, sin otro artificio para darse a entender el amor que se tienen estos dos amigos… como acá si dos personas se quieren mucho y tienen buen entendimiento, aun sin señas parece que se entienden con solo mirarse. Esto debe ser así» (Vida 27,10). «Jamás pensé había otra manera de oír y ver… hasta que lo vi por mí» (Vida 25,9). Santa Teresa alude al entender que produce la luz que viene: «entendí», por encima de la luz de la razón: «no entendiendo». «El entendimiento, si entiende, no se entiende cómo entiende; al menos no puede comprender nada de lo que entiende». El alma, «como no puede comprender lo que entiende, es no entender entendiendo» (Vida 18,14). Este conocimiento del corazón «deja al alma con grandísimas ganancias» (Vida 18,5).

3. LA SABIDURÍA, O CONOCER CON EL CORAZÓN

La sabiduría está relacionada con la plenitud del ser. A ella se accede mediante un conocimiento práctico y experiencial. Conocer no es sólo una capacidad mental. Bíblicamente es ser, existir, vivir más. 

a) El Antiguo Testamento, en un texto trascendental, presenta la Sabiduría como persona que procede de Dios y participa de él, con atributos divinos: omnipotencia, santidad, inmutabilidad. Participa en la creación y gobierno del mundo. Pablo y Juan la aplicarán a Cristo. La Sabiduría «es un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, móvil, penetrante, inmaculado, lúcido, invulnerable, bondadoso, agudo, incoercible… es efluvio del poder divino, emanación purísima de la gloria del Omnipotente; por eso nada inmundo se le pega. Es reflejo de la luz eterna, espejo nítido de la actividad de Dios e imagen de su bondad. Siendo una sola, todo lo puede; sin cambiar en nada, renueva el universo, y, entrando en las almas buenas de cada generación, va haciendo amigos de Dios y profetas; pues Dios ama sólo a quien convive con la Sabiduría. Es más bella que el sol y que todas las constelaciones; comparada a la luz del día sale ganando, pues a éste lo releva la noche, mientras que a la Sabiduría no le puede el mal. Alcanza con vigor de extremo a extremo y gobierna el universo con acierto. La quise y la rondé desde muchacho y la pretendí como esposa, enamorado de su hermosura. Su unión con Dios realza su nobleza, siendo dueño de todo quien la ama; es confidente del saber divino y selecciona sus obras. Si la riqueza es un bien apetecible en la vida, ¿quién es más rico que la Sabiduría, que lo realiza todo? Y si es la inteligencia quien lo realiza, ¿quién es artífice de cuanto existe más que ella? Si alguien ama la rectitud, las virtudes son fruto de sus afanes; es maestra de templanza y prudencia, de justicia y fortaleza; para los hombres no hay en la vida nada más provechoso que esto. Y si alguien ambiciona una rica experiencia, ella conoce el pasado y adivina el futuro, sabe los dichos ingeniosos y la solución de los enigmas, comprende de antemano los signos y prodigios y el desenlace de cada momento, de cada época. Por eso decidí unir nuestras vidas, seguro de que sería mi consejera en la dicha, mi alivio en la pesadumbre y la tristeza» (Sab 7,22-8,9).

b) La Sabiduría invita a todos a participar gratuitamente de ella: «La sabiduría… ha preparado un banquete, mezclado el vino y puesto la mesa, ha despachado a sus criadas para que lo anuncien en los puestos de la ciudad: «Los inexpertos que vengan aquí; quiero hablar a los faltos de juicio: venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia» (Prov 9,2-6).

c) Jesús «conoce» al Padre porque es uno con él. Revelar el ser es lo mismo que comunicarlo. Lucas, al relatar el mismo dicho de Jesús, paralelo al de Mateo, dice “En aquel momento, Jesús se estremeció de gozo en el Espíritu Santo, y dijo” (Lc 10,21). Jesús estalla en júbilo por la revelación del Padre a los sencillos. Revelar es crear, comunicar, engendrar. Esta revelación del Padre es lo mismo que la experiencia inefable de la filiación divina. Tener la suerte de conocer así es el vértice de la existencia. «Por aquel entonces exclamó Jesús: Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla; sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien. Mi Padre me lo ha enseñado todo; al Hijo lo conoce sólo el Padre y al Padre lo conoce sólo el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiere revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y abrumados,  que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde: encontraréis vuestro respiro,  pues mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (Mt 11,25-30).

d) Jesús dialoga con la samaritana, imagen de la humanidad: sólo él calma la sed del sentido de  la existencia. Saber es cambiar la vida. Es la saciedad del alma. «Dame de beber… Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú a él y él te daría agua viva… El que bebe agua de ésta vuelve a tener sed; el que beba el agua que yo voy a dar nunca más tendrá sed: porque esa agua se le convertirá dentro en un manantial que salta dando vida eterna. La mujer dijo: Señor, dame agua de ésa…»(Jn 4,7-15). Jesús se describe como pan de vida, de sentido, de plenitud o de último horizonte: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre y el que tiene fe en mí no tendrá nunca sed» (Jn 6,35).

e) Sólo Cristo es la felicidad y la paz: «El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús, de pie como estaba, gritó: Quien tenga sed, que venga a mí; quien crea en mí, que beba. Como dice la Escritura: De su entraña manarán ríos de agua viva. Decía esto refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Aún no había Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn 7,37-39).

Jesús, en un sentido pleno y total, es el único camino, toda la verdad y la vida. «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie se acerca al Padre sino por mí» (Jn 14,6). 

La vida eterna es el conocimiento experiencial de Dios, Verdad Absoluta. «Ésta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús, como Mesías» (Jn 17,3). 

Es comulgando en la palabra como somos consagrados en la verdad plena. «Conságralos en la verdad; tu palabra es la verdad… por ellos me consagro a ti, para que también ellos queden consagrados en la verdad» (Jn 17,17-19).

f) La Sabiduría está oculta en Cristo crucificado: el amor total, el de Dios. Sólo mediante el Espíritu se puede comprender. «Mirad, cuando Dios mostró su saber, el mundo no reconoció a Dios a través del saber; por eso Dios tuvo a bien salvar a los que creen con esa locura que predicamos. Pues mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: para los judíos un escándalo, para los paganos una locura; en cambio, para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo que es portento de Dios y sabiduría de Dios; porque la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios más potente que los hombres… lo necio del mundo se escogió Dios para humillar a los sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte; y lo plebeyo del mundo, lo despreciado, se lo escogió Dios: lo que no existe, para anular a lo que existe… «Lo que ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha imaginado, lo que Dios ha preparado para los que lo aman» nos lo ha revelado Dios a nosotros por medio de su Espíritu. Porque el Espíritu lo sondea todo, hasta lo profundo de Dios… Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios: así conocemos a fondo los dones que Dios nos ha hecho»(1 Cor 1,21-2,12).

g) Sólo Dios nos puede hacer conocer la Verdad, Cristo, iluminando no ya los ojos de la mente, sino los del corazón: «Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé un saber y una revelación interior con profundo conocimiento de él; que ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis qué esperanza abre su llamamiento, qué tesoro es la gloriosa herencia destinada a sus consagrados y qué extraordinaria su potencia en favor de los que creemos, conforme a la eficacia de su poderosa fuerza» (Ef 1,17-19).

4. TEXTOS PARA LA ORACIÓN PROFUNDA

«Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve» (Sal 79,4).

«Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando. Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas… Acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor» (Sal 2,4-6).

«Señor, envía tu Luz y tu Verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu santa morada» (Sal 43,3).

«Por tu entrañable misericordia, Dios nuestro, visítanos con la luz de lo alto a fin de iluminarnos a quienes estamos sentados en tinieblas de muerte» (Lc 1,78-79).

«Señor, que vea» (Mc 10,51).

«Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).

Dios mío, no quiero saber otra cosa que a Cristo, y a Cristo crucificado (Cf 1 Cor 2,2).

«Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor» (Liturgia).

La petición de la sabiduría

Dios de los padres y Señor de la misericordia,

que con tu palabra hiciste todas las cosas,

y en tu sabiduría formaste al hombre, 

para que dominase sobre tus criaturas,

y para regir el mundo con santidad y justicia,

y para administrar justicia con rectitud de corazón.

Dame la Sabiduría asistente de tu trono

y no me excluyas del número de tus siervos

porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva,

hombre débil y de pocos años,

demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes.

Pues aunque uno sea perfecto

entre los hijos de los hombres,

sin la sabiduría que procede de ti,

será estimado en nada.

Contigo está la sabiduría, conocedora de tus obras,

que te asistió cuando hacías el mundo,

y que sabe lo que es grato a tus ojos

y lo que es recto según tus preceptos.

Mándala de tus santos cielos, 

y de tu Trono de gloria envíala ,

para que me asista en mis trabajos 

y venga yo a saber lo que te es grato.

Porque ella conoce y entiende todas las cosas,

y me guiará prudentemente en mis obras,

y me guardará en su esplendor. (Sab 9,1-6. 9-11).

Tu vida es la lucha dramática de la luz y las tinieblas, de la vida y la muerte. Tu salvación es dejarte iluminar, ser luz, caminar en la luz. La luz es la verdad del ser, de la existencia. Cristo es «el reflejo de la Luz eterna» (Sab 7,26), «el Resplandor de la Gloria del Padre» (Heb 1,3). «Yo soy la Luz del mundo. El que me siga no caminará en las tinieblas, sino que tendrá la Luz de la vida» (Jn 8,12). El progreso en el conocimiento de la verdad es signo de la Presencia divina y de salvación. Toma uno de los textos anteriores. Pásalo de la letra al espíritu, de la idea a la vivencia, de los ojos al corazón. Deja que haga contacto, experiencia, comunión. La Palabra de Dios es eficaz: hace lo que dice. Pide con el corazón, desde lo hondo del ser. Con verdad y sinceridad. Siente el texto en tu respiración, en tu circulación, en tu vida. Siéntete tú mismo texto vivo que vive lo que dice. En cada palabra, emprende el proceso:  

SALGO DE MÍ. VOY A TI. TODO EN TI. NUEVO POR TI.

 

(Extracto del libro «Dejarnos hablar por Dios», de Francisco Martínez, Editorial Herder).

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