«Transformaos mediante la renovación de vuestra mente» (Rm 12,2)

Llevamos décadas de cambios profundos y acelerados. Y en el proceso del cambio no todos alcanzan una situación mejor. Muchos cambian, sin más, sin poder decir en qué y hacia dónde. Abandonan el pasado, pero lo hacen hacia ningún futuro. Otros se estancan en la ambigüedad. Uno de los máximos problemas hoy es saber organizarse la vida cristiana con sentido de lo fundamental y, después, vivir y profesar la fe de forma coherente. Estas líneas quieren ser una aportación para ello.

La vida es radicalmente dinamismo y crecimiento. Pero existe la fatal posibilidad de paralizar la fe y el amor. Y creer y amar menos es una especie de suicidio. Es un grave mal que bloquea la paz y la dicha. En aspectos importantes de la vida hemos anticipado nuestra muerte. Ya no crecemos. Envejecemos, pero no maduramos. Esto sucede con nuestra vida espiritual. Estamos espiritualmente estancados y ello obedece bien a causas personales, bien a que nos hemos diluido en el ambiente ambiguo y confuso de nuestro tiempo. Hemos nacido sedimentados en costumbres que, por más que estén aceptadas, no son verdad o son desviaciones de la verdad fundamental. Y hemos hecho hábitos muy resistentes que fosilizan la vida y el amor.

1. UN IMPACTO HISTÓRICO QUE MODIFICÓ PROFUNDAMENTE LA ESTRUCTURA DE LA VIDA ESPIRITUAL

Cuentan los geólogos que hace decenas de millones de años un fuerte meteorito impactó en la tierra destruyendo, en virtud de la radiación, la vida de numerosas especies, entre otras las de los dinosaurios. Algo similar aconteció en la Edad Media en el terreno de la fe cristiana. Nacieron las lenguas romances; pero el clero siguió la celebración de la fe en una lengua, el latín, que llegó a ser absolutamente desconocida para el pueblo. Con el desconocimiento de la lengua se fue también oscureciendo el significado y contenido

del misterio cristiano, la pascua, que fue todo y lo único que celebró el pueblo de los orígenes y que para siempre constituye el núcleo irreemplazable de la fe y de la vida espiritual. Ante el desvanecimiento del memorial cristiano, el mismo pueblo se sintió en la necesidad de inventar las llamadas «devociones populares». Esto introdujo un cambio copernicano. Nació, si no otro cristianismo, sí otra forma de ser cristianos, un cristianismo bastante más a la carta. Algo profundo quedó trastocado. Antes, en el modo de plantear la estructura de la vida cristiana y espiritual, la iniciativa permanecía siempre en Dios. Ahora era el hombre quien llevaba en todo la iniciativa.

La Edad Media, en la historia de la espiritualidad, es para muchos una época infausta: es un momento, por una parte, de pérdida de lo original, y por otra, de creatividad subjetiva exuberante, de oscurantismo eclesiástico, de confusión entre el poder civil y el eclesiástico, entre la religión y las supersticiones, de involución de la cultura. Para otros es la época del desarrollo pleno de la fe por representar el tiempo cumbre de la cristiandad, de la unión de la Iglesia y del Estado, del predominio de lo eclesiástico sobre lo civil, de lo espiritual frente a lo temporal, del triunfo de la Ciudad de Dios sobre la ciudad terrena. En todo caso, la Edad Media fue una época de transición, pero de una transición que ha perdurado siglos, cuando nosotros estamos hoy acostumbrados a medir cualquier transición en años. Para bien o para mal, hemos vivido durante siglos de la Edad Media. Muchas expresiones de nuestra religiosidad son reflejos culturales propios de esa Edad.

En la Edad Media se da gran importancia a lo popular, a las mentalidades colectivas, a la gran mayoría social con su carga de analfabetismo, creadora de una cultura oral, transmitida por tradición. Converge en ella una exuberancia imaginaria con una decadencia cultural. Y aquí radica el fenómeno de muchas devociones populares. El pueblo vive en una gran ignorancia. El clero bajo reside casi en su totalidad en el mundo rural, vive bajo la dependencia de un señor feudal sirviendo a una Iglesia fundada y mantenida por él, y se asemeja a los demás siervos y colonos que trabajan sus campos. El alto clero se organiza también en dependencia del rey o del emperador, como señor de las Iglesias particulares y como consejero y colaborador de los grandes. La incultura y la ignorancia se generalizan.

Mientras que en los primeros siglos se bautizaba a los adultos después de un largo catecumenado, en los siglos posteriores se bautizaba a los niños a los pocos días de nacer. La preparación personal permanecía suplida por la herencia y el ambiente. Posteriormente se dio el caso muy difundido de la conversión de pueblos enteros siguiendo la voluntad de sus gobernantes. El panorama cambia profundamente. El bautismo pasa a ser un acto privado, de familia. Ya no es un acontecimiento de la comunidad. Lo propio ocurre con la penitencia. Y también, con la propia misa. Nacen muchos altarcitos alrededor del coro y en las naves y surge una pléyade de sacerdotes «altaristas» exclusivamente ocupados en decir muchas misas por intenciones personales y de familias. Y de esta masa informe de analfabetos o mal formados cristianos saldrán muchos de los sacerdotes de la Edad Media. Hasta el siglo VII la predicación corría a cargo del obispo. Muchos de ellos fueron ejemplares como catequistas de masas con ocasión de las festividades principales. Pero, desparecido el catecumenado, la predicación se fue haciendo progresivamente insuficiente. En el siglo V no se solía predicar en Roma. En las Galias se permitió predicar a los sacerdotes hacia el siglo VI. La predicación en las ciudades era escasa y en los pueblos nula. Durante siglos se dio un régimen de cristiandad cuyas características fueron

• muy pobre crecimiento de lo cristiano y de lo religioso;

• extraña combinación de lo cristiano con las reminiscencias paganas y residuos de religiones anteriores;

• una ignorancia y pasividad que estimularon una piedad muy individualista. El clero se va separando cada vez más del pueblo cuando celebra. Llega un momento en que los asistentes ya no participan en las celebraciones. Incluso rezan otras cosas. Todo lo hace el sacerdote en nombre de la comunidad, y como intermediario suyo.

2. LA SUSTITUCIÓN DE LAS CELEBRACIONES DE LA FE POR LAS DEVOCIONES POPULARES

A la ignorancia popular que fue siendo progresiva durante siglos, se añadió el alejamiento del pueblo de la Biblia y de la celebración litúrgica. La lectura particular individual era imposible, pues no existían otros ejemplares que los escasos existentes en las iglesias y en los monasterios. Cuando la Reforma protestante postuló el retorno a las fuentes, se impulsaron las traducciones de la Biblia. La Iglesia nunca prohibió la lectura de la Biblia, como incorrectamente afirman algunos, sino sólo las ediciones protestantes, aunque es cierto que, en casos concretos, se extendió esta prohibición más allá de lo debido. Pero lo cierto es que las ediciones populares de la Biblia constituyen un hecho reciente. Y también es reciente la celebración de la misa en lenguas vernáculas. Su puesta en práctica se difundió debido al Concilio Vaticano II con la decidida intervención de Paulo VI que tuvo que superar para ello fuertes dificultades. Conocidas de todos son también las actuales dificultades de nuestro momento en la Iglesia.

El pueblo se va distanciando de la celebración por muchas circunstancias: el abandono de la ofrenda popular que el uso del pan ácimo hace innecesaria e irreversible; el carácter monástico o canonical que reviste la liturgia; el canto, cuya complejidad aumenta, se convierte en coto cerrado de canónigos, de «scholas» y cantores. El coro sustituye a la asamblea, con el agravante, en catedrales y abadías, de su posición central que a partir del siglo XIV se convierte en muralla entre los fieles y el clero, éste último erigido como único actor de la celebración. Todo esto transforma a los laicos en unos asistentes pasivos, cuya presencia ni siquiera se menciona en los libros sagrados.

El pueblo necesita ser piadoso. Y ante el hundimiento de su participación activa y consciente en las celebraciones litúrgicas, las devociones populares se desarrollan fuertemente y con rasgos característicos propios. Constituyen una espiritualidad distinta, más bien afectiva que intelectual, más teocéntrica que cristocéntrica, acentuadamente subjetiva e individualista. Contempla a Jesús preferentemente en su vida histórica y plantea una imitación más bien moral, apenas mística, de su persona y enseñanza. Fomenta de forma preponderante la oración mental, el examen de conciencia, la práctica de las virtudes. La oración personal mental obtiene una planificación tan minuciosa que desarrolla gran variedad de métodos, de meditaciones para los días del año, de ejercicios específicos para la memoria, el entendimiento y la voluntad y prevé tiempos, lugares, posturas, precisos y concretos.

Todos estos rasgos se acentúan en la medida en que las formas de celebración litúrgica ya no son capaces de nutrir la interioridad profunda de los creyentes debido a lo extraño de la lengua y al desconocimiento de los fundamentos espirituales de la liturgia. En el correr del tiempo se han añadido otras causas, nuevas formas celebrativas incorrectas: introducción de elementos extraños a las celebraciones litúrgicas con oraciones provenientes de la devoción privada, más atractivas para celebrantes y pueblo que los cantos, himnos, antífonas y salmos litúrgicos; celebraciones de recitación ultrarrápida; carencia de sosiego en la pronunciación y de silencios meditativos; exceso de hieratismo o de protagonismo presidencial; preferencia por cantos de alto concierto de grandes autores clásicos, sin posible espacio para la intervención del pueblo; misas populares folclóricas; libertad salvaje en la interpretación de ritos y oraciones, incluso de anáforas, etc.

3. RESISTENCIAS Y DIFICULTADES HOY PARA EL CAMBIO Y LA RENOVACIÓN BÍBLICO-LITÚRGICA

La historia nos dice que, durante los primeros siglos, la oración de la comunidad cristiana se desarrollaba de forma preferentemente comunitaria y en el ámbito de la celebración litúrgica. Las comunidades eran por lo regular pequeñas. Habían heredado la mentalidad judía del marco de la historia de la salvación centrado en la pascua. El Éxodo, la Ley, los profetas y los salmos constituían la urdimbre de la celebración. Y todo ello tenía su culminación y expresión en el memorial del Señor, que era todo y lo esencial que las comunidades celebraban. Sobre la base del primitivo ritual judío, fueron evolucionando de forma variable en conformidad con los diferentes contextos religiosos y culturales. Del judaísmo se heredaron bendiciones con fórmulas prefijadas, pero en las celebraciones específicamente cristianas se fueron introduciendo espacios de nueva creatividad, de forma que junto a las oraciones ya muy cristalizadas, había aclamaciones, peticiones y silencios que dotaban a la oración oficial de ricas expresiones de alabanza y de acción de gracias. Este tipo de celebración ofrecía a los cristianos notables posibilidades para el desahogo piadoso y personal. Poco a poco, y ante el peligro de dispersión, las fórmulas se hicieron más homogéneas y se fue poniendo límites tanto a las tradiciones locales como a las intervenciones personales.

Con la aparición de la vida monástica primitiva y de las grandes órdenes religiosas, los ejercicios de piedad personal distintos de la celebración litúrgica, fueron adquiriendo mayor relieve y se convirtieron en un elemento esencial de la espiritualidad monacal. El primero, y el más importante, fue un método de oración mental personal basado en espacios fijos de lectura del evangelio, de meditación, oración y contemplación. Esta forma de oración tenía antecedentes fuertes en la vida del monacato de siglos anteriores. En la Edad Media se experimentaron con fuerza dos tendencias, una de interiorización y otra de explosión y de proliferación de expresiones devocionales en honor del Señor, de María, de los santos.

El proceso de interiorización impulsó una forma de oración entendida como relación directa y personal con Dios y, en consecuencia, sustraída a todo peligro de disipación externa, incluida la misma pronunciación oral de la oración litúrgica. Si, por un lado, esta interiorización buscaba realizarse como verdadera «elevación de la mente a Dios», por otro, se iba a acentuar con el paso del tiempo la distinción y distanciamiento entre piedad litúrgica y piedad personal. Poco a poco ciertos ejercicios de piedad comenzaron a ser asumidos como característicos de estados diferentes de vida cristiana. Esto trajo aspectos ventajosos: ciertos ejercicios de piedad favorecieron la especificación de las diversas espiritualidades. Pero también trajo consecuencias negativas: no todos los ejercicios de piedad correspondían a las exigencias efectivas de estados de vida diferentes. Efectivamente, ciertos ejercicios típicos y adaptados a la espiritualidad monástica se impusieron a estados de vida que no podían tener como propia aquella espiritualidad. La espiritualidad del clero, y también la del pueblo, no fueron otra cosa que una espiritualidad monástica desleída.

En cuanto a la proliferación de las prácticas devocionales, nacen en primer lugar expresiones de piedad popular no siempre fáciles de ser controladas. Al principio se aprecia en ellas el intento de mantener cierta relación entre la piedad litúrgica y la piedad popular. Pero mientras en sus comienzos la espiritualidad litúrgica pudo transferir rasgos específicos suyos a las prácticas devocionales, al fin estas prácticas terminaron haciéndose independientes e imponiéndose a la celebración litúrgica.

Hubiera sido de desear la simbiosis entre piedad litúrgica y piedad popular; pero esta misma piedad del pueblo, en lugar de favorecer y vitalizar la liturgia, contribuyó a que la misma acción litúrgica quedara reducida a un ejercicio de piedad, entre otros y, además, no siempre rectamente entendido. La celebración sacramental de la penitencia, y la misma misa, quedaron reducidas a unas prácticas devocionales entre otras. Algunas de estas prácticas eucarísticas, si bien laudables, se desarrollaron sin apenas referencia al significado dinámico por excelencia de la celebración eucarística, el darse y compartirse en humildad sincera, en reconciliación y fraternidad profundas. El santoral llegó a adquirir predominio sobre los tiempos fuertes del calendario litúrgico. Aun hoy la fiesta del santo Patrón alcanza en incontables parroquias e Iglesias mucha más importancia y concurrencia que la celebración de la pascua. Entre los siglos X y XIV ciertos ejercicios de piedad encontrarán una implantación dominante. Tales son, entre otros, el Oficio de la Virgen, el rosario, el vía crucis, el ángelus.

El concilio de Trento hizo la reforma de la vida monástica y religiosa e instituyó los seminarios para la formación del clero. Enseguida algunos ejercicios de piedad como la meditación, el examen de conciencia, formas privadas de adoración eucarística, la confesión frecuente, el rosario, la lectura espiritual, fueron regulados como elementos indispensables de la espiritualidad religiosa y clerical. Muy pronto estos ejercicios fueron institucionalizados por las constituciones y reglas de las diversas familias religiosas y de los seminarios, y algún ejercicio fue objeto de disposiciones canónicas bien precisas.

En el mundo de los seglares las cosas fueron por otros caminos. Dada la dificultad de institucionalizar ejercicios de piedad adaptados a sus características, su espiritualidad quedó en cierto modo desguarnecida y abierta a toda iniciativa privada. Los ejercicios típicos de la vida religiosa y clerical se convirtieron en un ideal nostálgico para muchos seglares. La espiritualidad se fue concretando cada vez más en los ejercicios de piedad popular. El ejercicio de piedad que más caló en la religiosidad de los seglares fue el rosario. Piedad litúrgica y piedad popular se disociaron prácticamente por completo. La piedad personal se veía incluso mejor asistida por los ejercicios piadosos que por las celebraciones litúrgicas. Más todavía: las celebraciones litúrgicas quedaron reducidas a simples ocasiones para que los particulares, mientras el sacerdote seguía su camino en latín, pudieran dedicarse a otros ejercicios de piedad popular.

Fue a finales del siglo XIX y comienzos del XX, y sobre todo con ocasión del concilio Vaticano II, cuando se volvió a hablar de la liturgia como fuente y cima de la vida cristiana y cuando se intensificaron los intentos de restablecer la celebración litúrgica en el centro de la vida espiritual. Se consiguió bastante, pero siguieron imponiéndose viejas costumbres y hasta nacieron nuevos obstáculos. El problema actual sigue siendo cómo situar la celebración eucarística en el centro de la vida, pero ahora bien entendida en su dinamismo original de alianza y de reconciliación, de amor fraterno, de humildad y solidaridad, de modo que pueda informar toda la vida, espiritual y secular. Y, además, saber compaginar equilibradamente esto con otros ejercicios de piedad personal.

4. LA PIEDAD CRISTIANA: ¡DIOS EN EL CENTRO!

Todo ejercicio de la piedad cristiana ha de estar estructurado sobre la base del reconocimiento consciente de la prioridad absoluta de Dios. Dios es siempre el primero que se revela, que habla, que actúa. Dios lleva siempre la iniciativa, y la actitud fundamental del hombre es la de dejarse hablar, dejarse amar y transformar por Dios. El hombre, ante Dios, ha de ser fundamentalmente receptividad. Dios, también nos regala la fidelidad, el sentido de escucha y de acogida, la capacidad de responder. Carece de sentido que el hombre intente manipular a Dios pretendiendo hacer él todo, condicionándole para ser escuchado, obligándole a acceder a sus peticiones en la forma y medida de sus deseos. No es raro que no dejemos a Dios hacer de Dios, invirtiendo los papeles: el hombre hace de Dios y reconvierte a Dios en criatura, domesticándolo en función de sus necesidades y carencias. Utilizar preferentemente las devociones populares, la piedad inventada por el pueblo, ignorando o ladeando la estructura bíblica y litúrgica de la espiritualidad cristiana, es, cuando menos, un inmenso empobrecimiento no deseable para ningún creyente. La fe cristiana es una religiosidad esponsal. Por tanto, ante cada afirmación de Dios corresponde una respuesta concreta en el hombre. Dios se revela y se da, y el hombre ha de conocer con suficiencia lo que Dios quiere y ha de responder aceptando. En el ejercicio de la piedad ni puede darse Dios sin el hombre ni tampoco el hombre sin Dios. No puede haber solución reductiva ni evasiva. Se ha escrito muchísimo sobre la oración y no siempre se suele tener en cuenta este necesario equilibrio. En muchos casos, con la excusa de una interioridad profunda, la oración mete más y más al hombre en el hombre. Pretende ir a Dios, pero no sale de sí mismo.

Existe otro peligro que acontece en dirección contraria. Los ejercicios de piedad que más se han difundido suelen ser aquéllos que han sido elaborados expresamente para la vida monástica. Éstos están de tal modo sacralizados que sólo acentúan la dimensión teocéntrica y trascendente. Aunque también los monjes deben equilibrar gloria de Dios y promoción fraterna y humana, pero lo cierto es que los ejercicios monacales están escalonados, unos tras otros, como dedicación total del tiempo a Dios. Quieren ser una consagración no interrumpida a Dios. Los religiosos de vida activa y los seglares llevan una vida en la que no pueden dedicar a Dios el tiempo de forma tan integral. De ahí la problemática escisión entre vida de piedad y vida profana y la consecuente y peligrosa identificación entre la vida cristiana y los ejercicios de piedad.

Como forma reactiva a una unilateralidad teocéntrica de la piedad, surge una acentuación antropocéntrica que consiste en la exclusiva recitación de rezos (palabra de hombre) que se realizan sin la mínima escucha de la palabra de Dios (palabra de Dios). O también en el desarrollo de una oración constante de petición que apenas conoce la oración de adoración y alabanza. Para equilibrar, nada mejor que seguir el magisterio de la Iglesia expresado en el Concilio Vaticano II. Enseña que todos, también los seglares que viven en el mundo, están llamados a la santidad (LG 39-42). Y declara que «el cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo, falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación» (GS 43). Pide armonía entre la liturgia y los ejercicios de piedad personal, sabiéndolos priorizar por orden de importancia, y pide también equilibrio entre los ejercicios de piedad y la actividad profesional. Lo cual quiere decir que si bien se dan evidentemente elementos comunes, a situaciones de la vida diversas, deben también corresponder ejercicios de piedad diferentes que, siendo compatibles con las distintas obligaciones profesionales, puedan expresarse en espiritualidades diferentes y más apropiadas. Esto requiere fijar algunos criterios de fondo que deben corresponder a los ejercicios de piedad con la que expresamos nuestra vida cristiana.

5. ALGUNOS CRITERIOS BÁSICOS IMPRESCINDIBLES PARA LA RENOVACIÓN

  1. La misa, fuente y cima de la vida cristiana

Cristo es Mediador siempre en acto. Es el único «camino, verdad y vida». Una organización «cristiana» de la vida espiritual ha de tener como eje y centro a Cristo. Y como Cristo nos dejó su memorial, su cruz y cena, como acontecimiento siempre vivo y perdurable, para hacernos contemporáneos suyos a los hombres de todos los tiempos y lugares, con el fin de que todos nos lo apropiemos y nos identifiquemos con él, síguese que el eje de la vida cristiana no puede ser otro que la misa. La piedad del pueblo, por más popular que sea, que no esté «cimentada» sobre este eje, sino en devociones personales o en el santoral, no es correcta. Representa una deformación estructural. Otro estilo de espiritualidad no sólo es posible sino que es deseable y necesario. Y no se puede desear si no se conoce y se educa.

Es preciso superar el concepto medieval de la eucaristía como «un acto de piedad», entre otros, como celebración cerrada, como un «medio» para la vida espiritual, aun el más excelente entre todos. Debemos reconocerla y vivirla como «cumbre de la actividad de la Iglesia y fuente de donde dimana toda su fuerza» (SC 10). Toda la reforma del Concilio Vaticano II pide para los seglares una «participación plena, consciente y activa» (SC 14).

Es preciso recuperar el sentido esencial de la eucaristía no sólo como admirable presencia sacramental estática de Cristo, sino en su realidad dinámica de alianza, reconciliación, comunión con Dios y con los hermanos. La eucaristía no sólo hace el cuerpo de Cristo, sino que nos hace a nosotros su cuerpo. No sólo es conversión de materiales, sino, ante todo, transformación de las personas. La verdad de fondo de la eucaristía es el cuerpo místico de Cristo que somos nosotros. Cristo no sólo «está» en la eucaristía, sino que está dándose y para darse. Su «morir por» fue en realidad un «vivir para» nosotros. El «por nosotros, para nosotros, en nosotros» es esencial a la encarnación y a la redención de Cristo. La eucaristía dinámica es el acto y actitud de anonadarse, de ser humilde, de darse, entregarse y compartirse. Naturalmente, ¡la presencia eucarística del Señor es adorable! Pero él la instituyó originalmente con un fin irrenunciable e insuplible: como «cuerpo entregado» y como «sangre derramada», y para que nosotros hiciéramos lo que él hizo y como él lo hizo. Los historiadores de la Iglesia primitiva nos dicen que los primeros cristianos se reunían no para venerar cosas, sino para compartirse y vivir el amor fraterno. La eucaristía es ser y hacer común-unión con los hermanos. Es comer juntos en la mesa del rito y de la vida. Es esencialmente fraternidad, igualdad y solidaridad. La eucaristía del evangelio no termina en la hostia santa, nos regala el amor con el que Cristo mismo ama, y por tanto nos capacita e impulsa a prolongar en nosotros su «cuerpo entregado» y su «sangre derramada», a desarrollar hacia el prójimo una devoción semejante a la que sentimos por el cuerpo sacramentado del Señor.

Es fundamental saber conectar la vida con la eucaristía, saber llenar de realismo la ritualidad. En la eucaristía no celebramos sólo celebraciones, celebramos la fraternidad, el perdón y la reconciliación. No se reduce a un sacrificio ritual. Es un sacrificio existencial. Es «adoración en espíritu y en verdad». Lo que en ella ofrecemos es la vida santa, la vida entera, material y espiritual, temporal y eterna, vivida como amor fraterno. En ella tiene una importancia decisiva y condicionante el ofrecimiento de una seglaridad humanizadora, el saber ofrecer la vida real y los valores humanos que comporta con miras a una convivencia digna, fraterna, solidaria y dichosa. En este sentido, el contenido de la eucaristía de quienes viven en el mundo es la humanización de las realidades temporales, la supresión de las condiciones penosas del hombre en el mundo. La doctrina unánime de los Padres de la Iglesia, en este sentido, es paradigmática. La eucaristía coincide con la vocación de los laicos que es buscar y componer el reino de Dios arreglando y componiendo según Dios los asuntos temporales (LG 31). En el Nuevo Testamento los términos «culto» y «sacrificio» no designan las actividades litúrgicas de los cristianos. Son referidos a Cristo en cuanto deroga el culto y sacerdocio de la antigua alianza, y a la vida cotidiana de los cristianos, especialmente en todo lo referente a la reconciliación universal y profunda, a la solidaridad y a la vida de amor fraterno.

La eucaristía actual ha de acentuar más el aspecto evangélico de entrega hasta el sacrificio, de comunión integral, de solidaridad y amor fraterno, de perdón y reconciliación, de humildad y abajamiento, de servicio humilde. El modo y forma de celebrar de las comunidades quedará bien autentificado cuando apenas quede nadie que pueda decir: «la misa no me dice nada», cuando diga todo lo que Dios ha hecho por nosotros y todo lo que nosotros podemos hacer a favor de los hombres. Los cristianos tenemos la misión maravillosa de hacer inteligible, atractiva y seductora la celebración eucarística poniendo en primer plano lo que contiene y significa, el valor simbolizante de los ritos. Lo que ven los sencillos, los alejados y los agnósticos, debería preocuparnos mucho más que defender prerrogativas personales o preservar afirmaciones o ritualidades que contrarían frontalmente lo que el Señor vivió e instituyó. No vale decir que la misa es culto a Dios. Ciertamente es culto y de valor infinito. Pero la forma de culto no puede aminorar, y menos falsear, el contenido original tanto en Cristo como en los cristianos: la cruz, o muerte al hombre viejo, y la resurrección, o la vida de amor y alegría que proceden de compartirse, de vivir en comunión. Sólo son creíbles aquellas normas y pautas que se expresan objetiva y subjetivamente en un talante de humildad, de rebajamiento, de voluntario recorte de falsas añadiduras que proceden del doblaje o copia de poderes extraños al evangelio.

Para conocer la eucaristía en los mismos dichos y gestos de Jesús, y en la más venerable tradición secular de la Iglesia, un texto aconsejado es el libro «La fracción del pan de la comunidad», de Francisco Martínez, en la Editorial Herder.

Los cristianos, en la celebración, han de saber también respetar elegantemente la fuerza simbolizadora del lenguaje ritual, preservándolo de repentizaciones arbitrarias, sabiendo que la liturgia es lenguaje gratuito por excelencia que está más allá de lo inmediato y de lo interesado, de lo útil e inútil. Es adoración a Dios. Sin embargo, adorar a Dios pide no sólo pureza ritual sino también autenticidad expresiva. Deben preocuparnos en serio los rasgos de un ceremonial petrificado, la obsesión de lo sagrado pensado como miedo y poder exterior, la reducción de la intención simbolizadora original del evangelio y de sus grandiosos significados, el total aislamiento en relación con las formas vivas de la cultura contemporánea, el mantenimiento y exhibición de clases y diferencias, los signos y distinciones que proceden de la profanidad, la idea de una realidad trascendente intocable. Una ritualidad que desconsidera «la disciplina mayor» de la mente de Cristo, de sus palabras y gestos institucionales, y se ata a «la disciplina menor» de un rubricismo estético obsesivo, convierte la liturgia en una acción in-significante e in-significadora, y es causa de desevangelización. Nadie está autorizado para apropiarse del rito en provecho propio.

2. Vivir en el marco de la historia de la salvación: el Domingo y el año litúrgico

Es necesario enmarcar la vida y la espiritualidad de religiosos y seglares dentro de la historia de la salvación, familiarizarlos con la espiritualidad del domingo y del año litúrgico.

a) El Domingo es el día instituido por el Señor, el día que el Señor dedica a los suyos para hacerles partícipes de su gloria. “Es la fiesta primordial que debe presentarse e inculcarse a la piedad de todos los fieles” (SC 106). Es el fundamento y núcleo de todo el año litúrgico. Es tan importante que el documento “Doctrina de los Apóstoles”, del siglo I, afirma que el que ayuna o está triste en domingo comete pecado. El domingo se debe a una iniciativa personal de Cristo resucitado. Es la anticipación del otro mundo que no tiene ocaso. La reunión de los hermanos, los cantos de fiesta y victoria, el banquete eucarístico y la comida festiva familiar, el hacer de las relaciones gratuitas manjar y convite, el descanso, quieren ser un preanuncio de la fraternidad sin fisuras, la fiesta sin fin, la luz de la gloria, el festín escatológico, el reposo eterno, que nos esperan más allá de las fronteras del tiempo. El domingo es el día del hombre. Gracias a los elementos humanizadores que el domingo comporta, tales como el descanso, la fiesta, la alegría, la convivencia, la cultura, el arte, el deporte, el disfrute de la naturaleza, etc., el domingo es una institución en función y al servicio del hombre, de su dignidad, de su promoción, de su libertad, de su equilibrio físico y psíquico, de su realización como sujeto individual y social. El domingo es el día de la afirmación del hombre. Un domingo pura evasión ya no es el domingo cristiano. La asamblea es lugar de encuentro, de reconciliación, de acercamiento, de superación de las diferencias, de reconocimiento mutuo, de gestos de solidaridad, de prestación de servicios, de comunión fraterna. «No desertéis de las asambleas» dice la carta a los Hebreos (10,25). Las Actas de los Mártires, del siglo III: «Somos cristianos, por eso nos hemos reunido… Hemos celebrado la paz del Señor porque la celebración del domingo no se puede omitir… No podemos vivir sin celebrar el día del Señor».

b) El año litúrgico es el espacio privilegiado donde Dios mismo habla y actúa, en el que Dios se presenta llevando siempre la iniciativa, hablando, amando y actuando, mientras que el hombre, liberado de la dispersión de las espiritualidades a la carta, es situado en obligada y dichosa actitud de escucha y de respuesta, que tiene como finalidad insuperable la formación de Cristo a lo vivo en nosotros, en el que el Antiguo Testamento y su culminación en el Nuevo, constituye la gran didascalia o pedagogía con la que Dios preparó la venida de su hijo al mundo y con la que hoy la Iglesia prepara la venida de Cristo a los creyentes de todos los tiempos y lugares,

Para vivir la espiritualidad fundamental de la Iglesia, un texto aconsejable es «Vivir el año litúrgico», de Francisco Martínez, de la Editorial Herder. El ideal es seguir con él los tiempos fuertes de Adviento-Navidad y Cuaresma-Pascua. Contiene el núcleo de la espiritualidad judía y de la Iglesia de los primeros siglos. Para ello, nada mejor que la impresionante riqueza de los profetas, los salmos, los evangelios, las cartas apostólicas, la liturgia.

3. Una vida organizada como respuesta a la lectura incesante de la palabra de Dios

La vida cristiana tiene como presupuesto absoluto y condicionante la Revelación de Dios. Dios se revela y el hombre conoce y responde. El hombre es su respuesta, lo que responde, no lo que se organiza por su cuenta. Responder es existir, y no responder es perder la identidad. La existencia cristiana es una vida dialogal. El hombre constitutivamente es su relación. Amar y ser amado: he ahí todo el hombre. La razón de la vida es existir para el otro y con el otro. Dios ha enviado a su Hijo, su Palabra total. Y el Hijo ha venido y nos ha hablado él mismo. Y no sólo habló, sino que habla hoy él mismo en la proclamación de la palabra en la liturgia. Cuando ésta es proclamada «Cristo mismo habla». La Santa Escritura quedó concluida hace de dos mil años. Pero la palabra de Dios no es letra muerta, es viva y actual. Los sucesos bíblicos y evangélicos no son crónicas muertas. Poseen un sobrepasamiento de ellos mismos que nos alcanza a nosotros en un sentido espiritual y más pleno. Cuando es proclamada la palabra, el Espíritu la hace viva y la introduce dentro de nosotros. Es preciso saber leer, escuchar el texto en los nuevos contextos de nuestras porque nos establece admirablemente en el corazón de la pascua, corazón y meta de la fe y de la vida cristiana, porque es el mejor camino para recuperar el asombro, la fascinación, la ilusión de una vida y piedad que se nutre del testimonio de los profetas, de la belleza y espiritualidad de los salmos, de la riqueza de la oración de Cristo y de la Iglesia, porque es el mejor alimento para nutrir la oración personal, porque enmarcados en la gran historia de la salvación, nos hace comprender que ser cristianos es meterse en la historia y hacer historia, la de Cristo en nosotros como esperanza de la gloria, porque nos inmuniza del peligro de los particularismos sectarios y nos inserta eficazmente en la comunidad eclesial.

El Espíritu que inspiró la Escritura, está presente en la relectura que se hace en la liturgia de todos los tiempos y lugares. Así, Cristo sigue hablando porque no es Dios de muertos, sino de vivos.

La lectura del evangelio no se agota en la proclamación de la liturgia. Cada uno de nosotros ha de tener el evangelio a las manos para leer y releer con frecuencia. Una práctica de oro, durante todos los siglos, ha sido la llamada «lectura divina», que acontece cuando una comunidad, un grupo, va leyendo en común, semanalmente, el evangelio de los domingos, de los días festivos para estudiar entre todos cómo vivimos y cómo deberíamos vivir a la luz del evangelio. Cada año se publican pequeños misalitos, con las misas de los domingos, que no deben faltar en tu casa.

4. La madurez cristiana y humana

Muchos, muchísimos, envejecen, pero no maduran. Ningún hombre del mundo toleraría que los animales, las plantas, los frutos, no madurasen. Hay responsables que pretenden hacerlo todo y no saben activar la responsabilidad de los demás. Es frecuente, en el mundo y en la misma Iglesia. Hay una meta inexorable para todos: sacar de nosotros todas nuestras posibilidades y saber aprovechar todas las gracias que recibimos de los hombres y de Dios. El hombre no puede renunciar a trabajar para conseguir su madurez. Madurando, rompemos la incapacidad de crecer. La mayoría de los hombres son jubilados espirituales. Hay jóvenes que ya son viejos. Un jardín no crece sin cuidados. El hombre menos todavía. La madurez se refiere a perfeccionarnos como imagen de Dios que somos, a potenciar todo lo posible el amor superando los impulsos del egoísmo, a reflejar progresivamente el espíritu de las bienaventuranzas. Hay que educar las tendencias, los sentimientos. Hay que asimilar las actitudes específicamente cristianas.

Para ayudarse a madurar tienen una gran importancia los exámenes de conciencia y los antiguamente llamados «escrutinios» en los catecumenados de la iniciación cristiana. El Centro Berit de Zaragoza te ofrece unos folletos sencillos, pero muy elaborados, sobre la madurez cristiana, el amor propio, las bienaventuranzas, el sentido comunitario. Sirven para la revisión de vida en grupos de evangelio y oración.

La madurez cristiana es inviable sin momentos fuertes de reconciliación y perdón. Esta reconciliación tiene su expresión fuerte en la reconciliación sacramental y en la reconciliación comunitaria.

Con el pretexto de la reconciliación individual, nuestra época ha perdido la dimensión necesaria de la reconciliación mutua siempre que nos hacemos daño unos a otros. Pecamos contra el prójimo y, con la excusa de confesarnos ante Dios, no reparamos ni restauramos el mal. Antiguamente, primero se hacía la penitencia, la reparación, y después venía la absolución. Ahora se recibe la absolución y no se repara el mal con el prójimo ofendido.

5. La santa seglaridad, confesión de fe

El seglar se santifica en el mundo organizando su vida de fe, de oración, y haciendo correctamente sus deberes temporales. Jesús nos dijo: «En esto conocerán que sois discípulos míos, si os amáis unos a otros» (Jn 13,35). Este amor lo refiere el Señor a nuestra vida concreta actual. Y nuestra vida concreta es una existencia temporal en la que los valores humanos temporales son el contenido lógico de la fe. Es imposible ser cristiano cuando se renuncia a ser humano. Cristo vino a revelar el hombre al hombre. Lo decisivo no es suprimir, sino orientar. El Dios de la redención es el Dios de la creación. A Dios no vamos desnudos de lo humano, sin cuerpo, sin historia, sin ambiente. No caminamos hacia Dios interrumpiendo nuestra misión de hombres. Lo malo no es el mundo, sino el pecado en el mundo. Sólo podemos ser fieles a Dios siendo fieles a la tierra. Otra suerte hubiera corrido la evangelización si los cristianos hubiéramos hecho de nuestra presencia social y temporal una manifestación de la gracia de Dios. Nos santificamos humanizando la convivencia, la familla, el trabajo, la profesión, la política, la economía, la salud, la enfermedad, la soledad, todas las realidades temporales, reconociendo la suprema dignidad de toda persona humana.

6. Modo práctico de organizar la vida espiritual diaria

a) Un cristiano seglar hará muy bien planteándose su oración de la mañana y de la noche. En los llamados «devocionarios» antiguos se consignaban unas oraciones para la mañana llamadas «ofrecimiento de obras». Representa un residuo de la vida monacal, cuando después de los laudes y de la misa los monjes iban a la sala capitular donde el abad les confiaba a cada uno los trabajos del día. En ese momento los ofrecían al Señor. No es un ideal para el seglar. Es más importante la oración desinteresada de alabanza, de adoración, de acción de gracias tal como se contiene por ejemplo en la oración oficial de los laudes. Hay hoy libros de vida cristiana populares que contienen algún modelo largo y otros más breves inspirados en la oración oficial de la Iglesia. Lo propio ocurre con la oración de la noche. Su mejor inspiración estará en que sea una aproximación de la oración de vísperas. Una obra útil puede ser «El libro de la vida cristiana», de la Editorial Herder, de Francisco Martínez. Es un compendio de vida cristiana que facilita la vivencia de la piedad estructural de la Iglesia.

b) Ejercicio fundamental es la santa misa. Hay quienes la practican diariamente. Es una actitud loable. Pero esta práctica tiene también sus interrogantes. La brevedad rutinaria en la celebración de un misterio tan grande, la recitación ultrarrápida que no deja espacios para la impregnación personal, la carencia absoluta de silencios meditativos, la moralización de la misma al reducirla a precepto, los añadidos puramente culturales referidos a rubricas arcaicas, el empobrecimiento de la misma al no ser ya capaz de expresar los significados simbólicos profundos de la institución original según la mente de Jesús, la espontaneidad salvaje que interrumpe el cauce de la tradición, el canto coral no inteligible, la música de concierto que elimina la participación de la comunidad, la incapacidad absoluta de sugerir el ofrecimiento personal en lo concreto de las necesidades comunitarias y sociales, y otras causas, impiden participar en consonancia con las palabras y gestos de Jesús en la cena.

Es fundamental no detenerse en el concepto de la misa como simple presencia de Jesús, sino saber pasar al rico contenido de la misma como memorial de la pasión y resurrección participado consciente, activa y responsablemente, viviendo intensamente el amor fraterno.

Hay quienes junto a la misa acumulan otras devociones, el rosario, novenas, padrenuestros y avemarías por incontables intenciones. La misa encierra todo el misterio cristiano y tiene por sí misma consistencia absoluta. Vale mucho más hacerla con calma y sobriedad. Nadie puede añadirle más súplicas, ni intenciones, ni más indulgencias porque es la fuente de todo. Lo abarca todo. Las mismas rúbricas generales suelen prescribir no repetir ritos y oraciones.

Hay quienes dan gracias a Cristo por la comunión. Este rasgo es extraño en los primeros siglos. La verdad de fondo es que la misma eucaristía, en la proclamación de las lecturas, en la consagración y comunión, es acción de gracias total de Cristo al Padre, y nosotros, con Cristo y en él, en su personal e infinita acción de gracias al Padre, damos gracias por la íntegra historia de salvación.

c) La oración privada personal es una recomendación tradicional muy constante. Es tanto más necesaria, por desgracia, cuando la misa, en tantos casos, ya no ofrece posibilidades ni espacios para el ahondamiento y la impregnación personal. Y parece que está ya tan estructurada que no parece puedan haber cambios.

La oración está referida al sentido último del hombre. Equivale a emprender el camino de la convivencia definitiva con Dios y afianzar la convivencia eterna. Es saber estar del todo con él. Es contacto y comunión con Dios en Cristo. A los israelitas nadie les enseñaba a hacer oración. Se encontraban en ella con naturalidad absoluta viviendo la historia de salvación. Vivían como respuesta al amor de Dios. La oración personal tiene su fundamento en el ejemplo de Cristo. Vive en el mundo de Dios como en el suyo propio. La oración es la respiración de su alma, su descanso y su gozo.

La oración es un proceso de conversión. Es ser del todo. Ser él. Es experimentar la capacidad y apertura al sentido. Es vencer la no receptividad, la impermeabilidad, ante la penetración de la luz en el hondón de nuestras tinieblas. Es suprimir el falso yo, emprender el camino de la libertad verdadera. Es identificarse con Cristo. No es una forma de orar, sino una forma de ser. Es dejarnos mirar, amar y transformar por él, teniendo en cuenta los textos del evangelio. En la oración lo que importa no es decir cosas, pues Dios ya las sabe todas, sino amar. No es asunto de tiempo sino de amor. Saber darse es señal de haber ya recibido. La oración es la experiencia de una presencia sentida.

Una obra, basada en la Biblia y liturgia, y que puede facilitar el ejercicio de la oración meditación es «Dejarnos hablar por Dios», de Francisco Martínez, de la Editorial Herder.

d) La formación permanente

No hay vida si no se nutre regularmente. Un cristiano hará muy bien manejando habitualmente el misal de los domingos, y los documentos del Concilio Vaticano II. Otras obras útiles son el Catecismo de la Iglesia universal y las grandes encíclicas de los papas.

e) Otras expresiones devocionales útiles, que no deben prevalecer a la estima por la palabra y por la eucaristía, son:

-el rosario, una contemplación de los misterios de la redención en la repetición de tres oraciones muy importantes: el Padrenuestro, el Avemaría, el Gloria. Recitado lentamente puede constituir una oración verdaderamente contemplativa,

-el Vía crucis, puede tener especial sentido en tiempos de cuaresma y pasión,

-el Ángelus nos recuerda en los tiempos estratégicos de la mañana, mediodía y tarde, el gran misterio de la encarnación, es decir, de la infinita y definitiva cercanía de Dios a nosotros.

 

Francisco Martínez

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