Lecturas : Hechos de los apóstoles 15, 1-2. 22-29 / Sal  66, 2-3. 5. 6 y 8 / Apocalipsis 21, 10-14. 21-23

Evangelio según San Juan 14, 23-29:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
– «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.
La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado”. Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis».

EL ESPÍRITU SANTO OS IRÁ RECORDANDO TODO LO QUE OS HE DICHO

La Iglesia, ya desde muy antiguo, celebra la Pascua una fiesta de cuarenta días para dar a entender que la resurrección de Jesús es el fundamento de la fe y del dinamismo espiritual de la Iglesia. En los domingos anteriores hemos contemplado las apariciones del Resucitado, solícito por formar a los apóstoles para la nueva situación de su ausencia. En esos mismos evangelios dominicales, a partir del domingo V de Pascua, la dinámica de la resurrección del Señor se traslada a la preparación del momento culminante del Tiempo de Pascua: la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. No siempre se ha enseñado correctamente al pueblo la conexión de la resurrección del Señor y de Pentecostés. Por ello, en el año 1969 se suprimió la octava de Pentecostés para dar a entender que Pentecostés no es una fiesta independiente, sino el fundamento y culminación de la Pascua cristiana.

Dios no solo vino ayer en Jesús de Palestina. Está viniendo hoy a muchos y está por venir a  todos y en todos. Lo hace por medio del Espíritu Santo, como fuerza y poder de lo alto. El Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo, como fuerza y poder de lo alto, es la forma concreta de la presencia vivificante, hoy y aquí, de Cristo en nosotros, y la posibilidad de encontrarnos con él. Cristo dijo a sus discípulos “os conviene que yo me vaya, de lo contrario no vendrá a vosotros el Consolador; pero si me voy os lo enviaré” (Jn 16,7). Dijo que conviene que desaparezca ante nosotros su presencia corporal y visible, histórica, para que nos abramos a una nueva forma de presencia más profunda, no fuera de nosotros, sino dentro. El Espíritu que está dentro de nosotros, es ahora la vía de acceso y de encuentro de todos con Cristo. “Quien no tiene el Espíritu de Cristo, este tal no le pertenece” (R 8,9). “El que se une al Señor se hace un solo Espíritu con él” (1 Cor 6,17). Jesús busca siempre la mayor proximidad con el hombre. Ayer en Palestina se situó junto a los hombres. Hoy lo hace dentro de cada hombre. “Os daré un corazón nuevo… infundiré mi Espíritu en vosotros” (Ez 36,26-27). “Mora en vosotros y con vosotros está” (Jn 14,17). El hombre maduro no es el que vive bajo el imperio del instinto, ni de la pura racionalidad, sino aquel que conoce lo íntimo de Dios y que, conducido por el Espíritu, ha madurado en una gran unificación interior y en sintonía plena con los otros.

Son muchos los que afirman que hemos entrado hoy en una nueva era mundial caracterizada por la presencia y acción del Espíritu. Juan XXIII habló del Concilio Vaticano II como de un nuevo Pentecostés. Nuestro pueblo está experimentando abundantes y nuevas presencias en nuestro mundo. Se advierte en numerosos signos que revelan la importancia y el protagonismo del pueblo. Sin duda, la máxima sensibilidad del concilio ha sido un nuevo aprecio por el pueblo de Dios. Se advierte en el ostensible movimiento de renovación bíblica, teológica, litúrgica y pastoral que afecta abundantemente a los laicos y se advierte por doquier. Ha surgido una pléyade de agentes de pastoral en la catequesis, en la liturgia, en la acción caritativa y social, de grupos de evangelio y de oración profunda, de movimientos carismáticos y catecumenales, ha nacido incluso una piedad nueva, más cristocéntrica, y todo este movimiento ha sido calificado por muchos como signo inequívoco de la acción del Espíritu en nuestro tiempo. Numerosos seglares se dedican hoy a estudios teológicos que hasta ayer estaban reservados a clérigos. Se han intensificado los movimientos sociopolíticos de compromiso por la justicia, como la teología de la liberación. Obispos, teólogos  y grandes sectores de laicos intentan vivir el evangelio en el corazón  de las injusticias y sufrimientos de grandes sectores del pueblo.

Un soplo cálidamente comunitario hace hoy proliferar reuniones, sínodos, congresos mundiales, nacionales, diocesanos y parroquiales, hace crecer espectacularmente el apostolado seglar en formas hasta ahora inéditas, suscita nuevas expresiones de espiritualidad, de vivencia cristocéntrica y pascual, de participación sacramental, de retiro y ascesis espiritual de laicos, de nuevas opciones por Dios y por el hombre, de actitudes preferenciales por los pobres y de compromiso social, de creyentes comprometidos que quieren vivir no sólo con los hombres sino como ellos, no sólo junto a los hombres y sus problemas, sino dentro de los mismos, en plena comunión y solidaridad prolongando el principio de la encarnación. Han proliferado las personas gracia, como Juan XXIII, acontecimientos gracia, como el concilio Vaticano II, nuevas instituciones y fundaciones apostólicas, religiosas y misioneras con figuras como el P. Kolbe, Teresa de Calcuta y otros muchos, rompiendo fuertemente la rutina, la inercia, la mediocridad.

Un positivo espíritu hace nacer un nuevo estilo pastoral en instituciones y responsables, en concilios y consejos que hoy no condenan, que renuncian a estilos de recriminación y poder, a tratamientos y privilegios pertenecientes a épocas pasadas, que renuncian a imponer por la fuerza de la ley, optando más bien por la capacidad de persuadir y testificar, en la tendencia de superar el individualismo totalitario en aras de un nuevo estilo de corresponsabilidad y complementariedad.

Dios nos da su Espíritu porque, al querer ponernos en comunión con él, sólo él puede conducirnos en su propio terreno, en su propia vida, en su luz y amor. El Espíritu es la fuerza, el «soplo» de Dios. Mediante este «soplo» Dios mueve al hombre desde el interior mismo de su identidad y libertad humanas con una modalidad divina que sobrepasa las capacidades de la razón y de la voluntad. No violentamente, sino de forma gozosa. Por el Espíritu somos actuados y movidos mucho más de lo que nosotros podemos actuar o movernos. Algo se realiza en nosotros, pero no por nosotros. Nosotros no pensamos: somos iluminados. No obramos: somos movidos. Él crea una docilidad especial, en la inteligencia y en el corazón, que hace superar de forma desbordante los obstáculos externos ambientales y los psicológicos internos, creando una situación existencial de adhesión plena y exultante, para secundarle en connaturalidad absoluta y estable, y él aparece en todo momento como autor y motor principal de esta receptividad sobrehumana.

El Espíritu crea y recrea, renueva y transforma, eleva y diviniza. Suyo es el crecimiento, la madurez y la perfección. Suya es la fuerza con la que podemos, el conocimiento con el que conocemos, el amor con el que amamos. Frutos suyos exclusivos son el amor, la alegría, la paz, la paciencia, la afabilidad, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, la templanza. Él pone en nuestra oración gemidos inenarrables. Él sitúa a Dios cercano. Hace vivo y actual el evangelio. Transforma la institución de la Iglesia en el misterio del amor del Padre. Él convierte el pan en el cuerpo de Cristo y el vino en su sangre, actualizando la muerte y resurrección del Señor. Él nos incorpora al misterio pascual, alianza siempre nueva y eterna, haciéndonos comensales y concorpóreos de Cristo. Hace de la misión pentecostés. Él deifica el comportamiento y la convivencia, y transforma el egoísmo en gratuidad. Él hace de la dispersión comunidad, de la divergencia concordia y de la tierra cielo.

Abramos, hermanos, nuestros corazones a la venida del Espíritu Santo.

Francisco Martínez García

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