EL ESPÍRITU, TRANSFORMACIÓN DEL HOMBRE 

Dios no sólo vino: está viniendo y está por venir. Lo hace por medio del Espíritu Santo, como fuerza y poder de lo alto. El Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo, es la forma concreta de la presencia vivificante, hoy y aquí, de Cristo en nosotros, y la posibilidad de encontrarnos con él. 

1. EL ESPÍRITU: NUEVO MODO DE PRESENCIA DE CRISTO HOY Y AQUI 

Cristo dijo a los discípulos: «Os conviene que yo me vaya; de lo contrario no vendrá a vosotros el Consolador; pero si me voy os lo enviaré» (Jn 16,7). Quiso decir: conviene que desaparezca ante vosotros mi presencia corporal y visible, para que os abráis a una nueva forma de presencia mía dentro de vosotros. El Espíritu, que está dentro de nosotros, es, ahora, la forma de acceso y de encuentro con Cristo. Es causa y signo de la presencia de Cristo y de nuestra pertenencia a él. 

«Quien no tiene el Espíritu de Cristo, éste tal no le pertenece» (Rom 8,9). 

«El que se une al Señor se hace un solo espíritu con él» (1 Cor 6,17). 

2. «DENTRO»: EL LUGAR DE PRESENCIA DEL ESPÍRITU 

Encontrarse con Cristo en Palestina era lo mismo que encontrarse con Jesús de Nazaret. Para encontrar hoy a Cristo es necesario entrar dentro de la Iglesia como misterio de comunión con Cristo por medio del Espíritu Santo. Jesús ayer en Palestina se situó junto a los hombres, con ellos, de modo corporal y visible. Ahora se hace presente dentro de ellos, invisiblemente, por medio de su Espíritu. 

«Os daré un corazón nuevo… infundiré mi Espíritu en vosotros» (Ez 36,26-27). 

«Mora con vosotros y en vosotros está» (Jn 14,17). «El Espíritu se une a nuestro espíritu» (Rom 8,16). 

3. EL ESPÍRITU: NUESTRA IDENTIDAD PLENA Y MADURA 

El hombre verdaderamente maduro, el que está alcanzando su propia identidad, no es el que todavía vive bajo el imperio del instinto, ni el que está dominado por la pura racionalidad. Es el que está dominado y conducido por el espíritu. Aquél que, abierto a Dios, ha experimentado una gran unificación interior y vive en armonía con los otros en gran amor y gratuidad. El que vive en el espíritu vive en armonía con los otros y conoce lo íntimo de Dios. 

«Las tendencias de la carne son muerte; mas las del espíritu, vida y paz… Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros…» (Rom 8,5-12). 

«En efecto: ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las cosas que Dios nos ha otorgado… El hombre natural no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede entender, pues sólo el Espíritu puede juzgarlas. En cambio, el hombre espiritual lo juzga todo y a él nadie puede juzgarle» (1 Cor 2,11ss). 

4. EL ESPÍRITU, NUESTRA FILIACIÓN DIVINA 

El Espíritu Santo es causa y razón de nuestra filiación divina: «Quien no nace del agua y del Espíritu no entra en el reino de los cielos» (Jn 3,5). 

«La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita: ¡Abba, Padre!» (Gál 4,6). 

5. EL ESPÍRITU, NUESTRO ACCESO AL PADRE COMO MANANTIAL DEL SER 

«Por él unos y otros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu» (Ef 2,18). 

El Espíritu nos da el conocimiento de Dios con el que él mismo conoce: «El Consolador, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo, y os recordará todo lo que os he dicho» (Jn 14,26). 

«Entonces se les abrieron los ojos» (Lc 24,31). 

El Espíritu Santo da el amor de Dios con el que él mismo ama: «El amor de Dios ha sido difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). 

Sólo en el Espíritu Santo podemos tener el gozo de dirigirnos a Dios: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inenarrables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu y que su intercesión en favor de los santos es según Dios» (Rom 8,26-27). 

6. LA EXPERIENCIA DE DIOS EN EL HOMBRE 

Muchas cosas las hace Dios en nosotros y con nosotros. Hay otras que Dios hace en nosotros sin nosotros, como expresión de su infinita gratuidad y transcendencia. Cuando el hombre llega a experimentar a Dios, comprueba que esta misma experiencia es más rica y activa que la simple actividad humana. El hombre se enriquece mucho más cuando Dios lo enriquece que cuando él solo actúa. Dios madura y perfecciona mucho más al hombre cuando es él quien actúa, ilumina, mueve e impulsa. Con la acción de Dios el hombre entra en una zona de divina pasividad, de una presencia sentida, de una experiencia inmediata por vía de conocimiento y amor. Dios se hace luz, claridad, impulso, fuerza. El hombre no discurre: le viene la luz. No se mueve: le conducen. 

«El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad» (Jn 16,13). «Los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» (Rom 8,14). 

«Vivo, pero no yo; es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20). 

7. LA COMUNIÓN SUPREMA EN EL GOZO: LA SINTONÍA NUPCIAL 

Dejarse mover por el Espíritu supone una correspondencia plena y gozosa, una nupcialidad alegre, que no conoce crisis ni dificultades, la dicha de saberse en la senda del sentido, en la seguridad de un horizonte luminoso. Es la victoria sobre la división, la indeterminación, la ambiguedad. Es la plenitud de la verdad, del amor, del ser. 

Jesús exteriorizó esta situación personal: «Jesús se estremeció de gozo en el Espíritu Santo» (Lc 10,21). 

Los profetas vieron así los tiempos mesiánicos: «Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y equidad, en amor y compasión… te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahveh» (Os 2,21-22). 

8. LA ORACIÓN PROFUNDA COMO COMUNIÓN CON LA PALABRA 

Lee los textos. Quédate con uno, o con una sola palabra. Llénate de ella. Comulga. identifícate con ella. Repítela muy despacio, acogiendo, comulgando, viviendo, irradiando. Transciende el nivel de las ideas o conceptos. Experimenta. Siente. Déjate iluminar, amar, transformar. Déjate conducir, mover, guiar. Vive intensamente el movimiento de transformación: 

SALGO DE MÍ.  VOY A TI.  TODO EN TI.  NUEVO POR TI.

 

Por Francisco Martínez, «Dejarnos hablar por Dios», Herder, 2006.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.