El pasado día 19 de abril, tuvo lugar la sesión del curso de teología del Instituto Diocesano de Estudios Teológicos para Seglares, a cargo de D. Ernesto Brotons, Director del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón, con el tema «Habitados por la Trinidad: Hacia una existencia trinitaria».

Ernesto Brotóns inició su exposición con una pregunta, en su opinión, fundante: ¿Quiénes somos? Podemos señalar que somos sujetos, no objetos. Pero la pregunta, señala Brotons, no tiene fácil respuesta: San Agustín lo afirmaba en primera persona: “Soy un misterio para mí mismo” y Von Baltasar dijo: “Dios es un misterio mayor que mí mismo”. 

Respondamos a esta pregunta atreviéndonos a preguntarle “¿para quién soy”, “¿Quién soy yo para ti, Dios mío?”, “¿Qué quieres de mí?”. Dios es un buen definidor del hombre, El Concilio nos explica que sólo a la luz del verbo encarnado se ilumina nuestro misterio. En ese salir a nuestro encuentro, dar su vida por nosotros, implica en cierto modo que algo que nos está definiendo. Hay siempre un tú inviolable que no se puede tocar, que es sagrado. 

“Nos dice que nada ni nadie puede darse por perdido. Que no hay nada que temer. Por eso el cristiano puede ser testigo de esperanza y no profeta de calamidades. Dejar que responda Dios a nuestra pregunta es recordarnos que una realidad no es simplemente lo que tenemos delante, sino lo que debería ser, el deber ser que está entrañado en el designio salvífico de Dios”, dijo Brotóns. 

“Aquí también está el deseo de felicidad que anida en lo más profundo de nuestro corazón. Dejar que Dios responda es hacernos participes de esa mirada esperanzada de Dios. Nuestra mirada no puede ser otra que la mirada de Dios. A veces cuando vemos la realidad, no podemos advertir si el hombre camina hacia Dios. Lo que sí que sabemos, es que Dios camina inexorable al encuentro de todo hombre o mujer. El hecho está de que Dios sigue saliendo a nuestro encuentro”. 

“Es desde Dios donde se juega nuestra vida o si estamos llamados a realizarnos al margen de Dios y fuera de Dios”. 

Y la respuesta no es banal ya que es importante recuperar a Dios, uno y trino, para recuperar lo propiamente humano: nuestro mundo está llamado a recuperar esa humanidad y a la vez es necesario recuperar lo humano para recuperar y reconocer a Dios, porque nuestro secreto se desvela en su presencia y está íntimamente ligado a lo que Dios nos ha dicho de sí. A lo que Dios es. A su actuar histórico salvífico. La experiencia de Dios y del hombre van de la mando y pasa por ese camino trinitario con el que Dios ha descendido a nosotros. Se inicia en la creación y pasa por el don de su hijo. En la historia trinitaria del amor vamos nuestro más íntima identidad, vocación y misión.” 

Y esta “recuperación” puede afrontarse desde dos claves: 

En primer lugar, desde la afirmación bíblica de que Dios sale a nuestro encuentro trinitariamente. Accedemos a Él trinitariamente. Nos movemos en la lógica del don. De que la vida del cristiano es configurarnos con Cristo, un proceso de cristificación en el que experimente la vida cristiana como doxología, una ofrenda al Padre, configurados con Cristo en el Espíritu 

Somos capaces de Dios, señaló. Explicó que “somos primeramente criaturas, queridas y amadas por sí mismas. En demasiadas ocasiones definimos la criaturidad más como límite y nos olvidamos de que ser creados es más un regalo que un castigo. Es más un don. La criatura no es un límite, es un regalo. Lo bonito de la creación es que si existimos es que hemos sido amados primero. De ahí el valor y la dignidad de todo ser humano. Dios no abandona a su suerte a sus criaturas. Nada ni nadie nos puede separar de su amor. No puede dejar de ser el Dios de la creación. 


Somos “capaces de Dios”, “capaces de amar” y “capaces del prójimo”. “Somos un tú para Dios y para el prójimo”. Dios es nuestro origen, nos sostiene y nos espera. Nuestra más plena felicidad es gozar del Dios uno y trino a cuya imagen y semejanza hemos sido creados”. 

Pero también es nuestro presente. Por tres razones: 1) porque en él vivimos, nos movemos y existimos, 2) porque nos parecemos a él, somos, en cierta manera, trinitarias (no nos define la soledad, la autosuficiencia sino la comunión y la relación). Nos parecemos a Dios. Somos, podríamos decir, habitados por Dios, templo de Dios, que se hace presente en nuestra vida. Dios habita en torno a las cosas, pero habita sólo habita en nosotros. ¿En qué sentido? sólo el ser humano es capaz de reconocer a Dios en su vida. Sólo el ser humano es capaz de decirle a Dios “tú”, es capaz de Dios, su amigo. 

Y es que Dios no ha querido estar solo. Ha querido tener hermanos. Por eso, decimos “Padre nuestro”. Va generar un modo de vida, de ser. El ser yo mismo, en relación. Crecer con los otros, desde los otros, para los otros. El Espíritu nos llama a cada uno de nosotros a ese nosotros mismos. Ser personas es un don y también una tarea. Perteneciendo a una gran familia que es la humanidad. No soy un rostro más. Tampoco crezco en soledad. Nos pareemos a Dios. Ninguno es en soledad. El Padre no es sin el Hijo y sin el Espíritu, no son en soledad. El Espíritu es del Padre y del Hijo. Pero soy persona solo con los otros. No solo cuando entro en mí sino cuando salgo de mí. No me define la autosuficiencia sino la relacionalidad. Somos hacia los otros, decía Mounier. 

Hay un modo trinitario de conocer. No solo el conocer frío y dominante. Sino el conocer cordial que brota del corazón y respeta el misterio del de delante. No hay verdadero conocimiento sin amor. Interroga tu corazón, dice San Agustín.

“Hay también un modo trinitario de amar. En ese modo trinitario de amar descubro que soy persona en la medida en que amo y soy amado. Tan importante como amar es ser amado. El Padre es el amante, el amor fontal, que se entrega, que da todo de sí, al hijo y al espíritu pero también el Padre es amado, por el Hijo, que acoge el don. El Padre es el amante amado, el Hijo es el amado amante y el Espíritu es el coamado y coamante, amor mutuo del Padre y del Hijo. Contemplando la Trinidad descubro que soy persona en la medida que amo y soy amado. Amar y ser amado es lo que nos hace sentirnos vivos” recordó Brotons.  

Solo el amor es capaz de dar sentido a la vida. Von Baltasar señaló que “solo el amor es digno de fe”. No es un lujo, un alarido sino nuestro ser más íntimo. Nos parecemos a Dios. “Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos reído en Él”. Desde este modo de amar, descubro que la vida es doxología. Me descubro a partir de la Trinidad. Y a partir de cómo Dios se ha acercado a nosotros. Se limita a contemplar a Jesús. Dios sale a nuestro encuentro trinitariamente. Por amor, y solo por amor, nos ha enviado a su propio Hijo y a su Espíritu. Basta con encontrar a Cristo, dejarnos conducir por el mismo espíritu que condujo a Jesús. Una ofrenda total con los hermanos. Una ofrendad total de acción de gracias al Padre, a los hermanos, de la mano de Jesús, conducidos por el Espíritu. 

Esto es vivir según el Espíritu, dice Brotons. Esto es ser personas, en toda su hondura y realidad. la vida cristiana es un proceso de cristificación. El gozo de “ser desde”, de “ser para” y el gozo de “ser con”. 

En primer lugar, el gozo de “ser desde” (Padre). Miramos de nuevo a Jesús. La gran pasión de Jesús es el reino de Dios. Su gran pasión fue hacer suyo el compromiso amoroso de Dios. Vemos cómo Jesús vive desde el Padre y para el Padre. Así, la vida del discípulo es “amor acogido y respuesta amorosa”. Jesús nos hace sus hermanos, nos hace participar de esa intimidad: “Padre nuestro”. Nos llama a vivir desde el Padre. Nos revela al Padre, como amor, misericordia, gracia y bondad, nos ofrece su Espíritu. Dios no necesita nuestro amor pero nos desea, nos ama y desea que le amemos (Benedicto XVI). Nos invita al agradecimiento, a hacer de nuestra vida una auténtica eucaristía y posibilita contemplar nuestra vida con esperanza. Significa que me puedo aceptar y querer a mí mismo. Experimentar como Dios me quiere en gratuidad. Descubrir cómo me ama, tiene que ayudarme a amarme, a amar la vida, a llorar el momento que me ha tocado vivir, mi aquí y ahora. A valorar la creación y dejar espiritualidad de menosprecio del cuerpo, del mundo….Contemplar la vida con ojos nuevos para descubrir la huella del Creador. Recuerda a Francisco de Asís y su “Cántico a las criaturas”. Cómo de la belleza de la creación se pasa a la belleza con mayúsculas, aunque haya momentos de noche oscura. La respuesta de Dios al sufrimiento no es teórica, supone entregarnos a su hijo. Para que nos abracemos a su leño. “No tengáis miedo, no os asustéis. No soy un mito, soy real”.  Estoy ahí. El gozo de ser desde, valorarlos, nuestro aquí y nuestro ahora. Abrir nuestro corazón a la sacramentalidad de la creación y de ser humano”. 

Pero también el gozo de “ser para” (Hijo). La lógica del don. La vida es don recibido y está llamado a hacerse don, como Jesús y cómo lo vivió Cristo mismo desde toda la humanidad. Desde aquí se comprende esa dimensión vocacional de la existencia humana. La vida entera es vocación, apertura, es repuesta a lo que la vida y Dios requieren de mí. A veces confundimos la vocación con lo que nos gusta. Pero, como decía Victor Frankl, “lo importante no es lo que yo quiero sino lo que la vida quiere de mí”. Lo importante no es lo que yo deseo sino lo que Dios quiere de mí. Cuanto más me abro a la voluntad de Dios, soy más libre. No es una simple invitación. Jesús utiliza imperativos: “sígueme”. No es una simple invitación. Es una llamada vital. Está en juego la vida de las personas, el reino de Dios… Los mismos discípulos experimentaron la dificultad de la segunda llamada (la primera, con mayor más ilusión, esa siendo difícil fue relativamente). Pero la complicada es la otra. No tengamos miedo. Porque la fuerza no está en nosotros sino en el que llama. Es un proceso de génesis personal, nos identificamos con Jesús, con sus actitudes, con su persona, sólo se entiende desde la experiencia personal con Él. No es mero voluntarismo. Brota del encuentro con Él. Brota de amarle “Simón, me amas… Apacienta mis ovejas”. Esta respuesta es personal pero no individual. Ahí está el papel de la iglesia y de la comunidad, que forman parte tanto de la llamada como de la respuesta. 

Y, por último, el gozo de “ser con” (Espíritu). En cuanto Espíritu de Jesús, nos hace uno con Cristo. En cuento Espíritu del Padre, da vida a todo. Vida con la muerte y no contra el cuerpo. En cuanto Espíritu del Hijo, nos hace capaces de compartir su vida, su dicha, nos sumerge en la intimidad de Dios, en la alegría de ser, de amar. Chardin se refería a “la alegría de adorar”. En cuanto principio de comunión, nos sumerge en el “nosotros” eclesial, en el nosotros del hombre espiritual (Ratzinger), que tiene que ver con lo comulgante. Lo verdaderamente espiritual es lo que une, no lo que divide. Es principio reconciliador. En el Espíritu, nuestra vida fragmentada encuentra unidad, nos reconcilia con el creación, aunque sean muchos los desgarros abiertos. Espiritual es toda existencia que genera comunidad. En el Espíritu, la diversidad, la pluralidad también es importante, y no significa uniformidad. Comunión en la alteridad. Decir “personas” es decir “relación”. Cuando más cerca estamos de Dios, más cerca estamos los unos de los otros. Cuanto más cerca estamos los unos de los otros, más cerca estamos de Dios. Nosotros, todos participamos de Dios. Nos reconciliamos con Dios y con los demás. Por medio del Espíritu, somos habitados por Dios, enraizados por Dios, superando el pecado del endiosamiento. Lo que el hombre ha pretendido arrebatar, Dios nos lo concede. Sabiendo que divinización no significa otra cosa que humanización. Ser dioses es ser entrañablemente humanos. Boff señala que “sólo Dios puede ser tan humano”. Habitados por Dios es como podemos salvarnos. Amar tiene que siempre con Dios, amar tiene que ver con Dios, amamos a Dios y a lo hacemos con el mismo amor de Dios”, recordó Brotons.  

“¿Quién soy yo para ti, Señor?” Nuestra identidad y vocación más propia se revela a la luz del discurso encarnado de Dios sobre la vida de Jesús de Nazaret. En la historia trinitaria del amor no hay rivalidad entre Dios y sus hijos, la gloria de Dios es que tenga vida y vida en abundancia. La felicidad no es consecuencia sino de la vida entregada por el Espíritu. Sabiéndonos tremendamente amados y queridos por Dios. Benedicto XVI afirma: “me gustaría que cada uno de vosotros se sintiera amado por ese Dios que ha dado a su Hijo por nosotros y que nos ha mostrado su amor sin límites”. Es la alegría de ser cristiano. “Señor, tu sabes que te amo”. Bonhoeffer señala al respecto: “Tenemos que vivir como si Dios no existiese. Más bien, tenemos que vivir celebrando que Dios existe. Gozosos su existencia. La confianza y el amor bastan para vencer todo temor”. 

Brotons concluyó su intervención con las siguientes palabras: “Somos, conocemos y amamos trinitariamente. Vivimos desde el gozo de ser desde (Padre), para (Hijo) y con (Espíritu Santo)”. 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *