BUSCAR EL ROSTRO DE DIOS

1. CONOCER A DIOS ES DEJARLE HACERSE PRESENTE EN NUESTRA VIDA 

La Iglesia realiza su identidad cuando se vuelve a Dios y se apoya en él. Todas sus crisis suelen ser en el fondo crisis de Dios. Ella no podría ser otra cosa que la máxima afirmación de Dios y experiencia de él sentida. Su identidad está en dejar a Dios ser el Dios de su existencia. Orar es estar del todo con Dios sabiendo superar el estancamiento en el óxido de la historia, en interpretaciones mentales arcaicas que no concuerdan plenamente con su realidad original, en la rutina ritual o devocional, en la realización de símbolos y celebraciones, personales y sociales, sin rico contenido interior, sin aguda conciencia puntual, o también en el rezo irreverente con velocidad de metralleta. Una Iglesia apoyada en ella misma, y que no remite siempre y en todo a la experiencia directa de Dios, vacía la encarnación, pierde todo su vigor evangelizador, y no tiene nada que anunciar. 

La crisis actual es crisis de secularización, pero es también ocultamiento de Dios en las mediaciones. Es el fenómeno, frecuente hoy, de una Iglesia, un ministerio, una vida religiosa, ensimismados, camuflados a veces bajo el fenómeno de un cierto perfeccionismo moral o psíquico que no conllevan una verdadera experiencia de Dios. Reflejan gran incoherencia muchos abandonos masivos de la fe, o de la práctica cristiana, decididos en situación de mayor o menor ignorancia. Rechazar lo que se ignora es signo de arbitrariedad y superficialidad. Es, pues, ineludible intentar procurar el encuentro directo con él. 

En la oración es necesaria una sinceridad radical. La oración es una causa perdida cuando uno no tiene intención de darse. Pero tampoco podemos incurrir en la trampa mortal de creer demasiado en nuestro esfuerzo. Nosotros hemos sido creados para consentir en la venida de Dios y de su amorosa gratuidad para con nosotros. 

En nosotros hay crisis de Dios cuando, al pretender orar, no salimos de nosotros mismos, ni entramos en serio en contacto vivo con él. Cuando nos detenemos en una imagen mental suya, o en los rezos, o en las ideas o conceptos. El puro concepto bloquea nuestro acceso a Dios. Confunde a Dios con una imagen producto de nuestra razón. Sólo el amor en la fe alcanza a Dios como es en sí. La fe es el ojo interior del alma. Nuestra oración no debería ser otra cosa que el ejercicio práctico de la experiencia directa de su presencia. Dejarnos mirar por él, «mira que te mira» (Santa Teresa). 

Nada hay tan trascendental como el encuentro directo y vivo con Dios. Ni Dios puede dejar de ser nuestro Dios, ni nosotros podemos organizarnos sin Dios. 

En esta meditación lee despacio los textos. Quédate con uno, y si te es posible, con una sola palabra. Lo esencial no son las ideas, sino la intensificación del amor. El hombre es su amor. Comulga despacio, profundamente, con Dios. La palabra de Dios es eficaz, hace lo que dice. La palabra de Dios es él mismo hablando y actuando. Él te habla y se te da. Déjate hablar, amar, transformar por él. Que el texto entre en ti, para que tú mismo llegues a ser texto vivo, escrito no en papel, sino en el corazón, no con tinta, sino con Espíritu Santo.

2. DEJARNOS HABLAR POR DIOS 

1. Estoy desde siempre en el pensamiento de Dios. Estaré eternamente con él cara a cara. El sentido de mi vida y de mi felicidad es poder estar con él para siempre. La existencia tiene como finalidad esencial iniciar y asegurar esta convivencia eterna. 

«Teme a Dios y guarda sus mandamientos: esto es todo el hombre» (Ecl 12,13). 

«Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Jn17,3). 

2. Dios pensó en mí sin mí. Me amó cuando aún no existía. Mi existencia ha nacido en su amor. Existo porque él me ha amado. He de conocer y amar a Dios. Sólo en él puedo amarme a mí. Pero lo que le conoce no son los ojos… ni la mente humana. Le conocemos si nos acercamos con el corazón. Conocemos el sol cuando nos acercamos a él. Es una experiencia, no una idea o concepto. 

«Acercaos a él y él os iluminará» (Sal 33,6). 

Para verle hay que tener el corazón limpio, desinteresado, sin adherencias ni falsas identificaciones: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). 

3. Podemos verle en tanto en cuanto nos asemejamos a él: «Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3,2). 

Mi búsqueda de él ya es revelación suya. Si busco es porque estoy siendo buscado:«Nadie puede venir a mí si el Padre que me ha enviado no lo atrae» (Jn 6,44). «¿Estás atraído? Si no, ruega para que lo estés» (S. Agustín). 

4. Dios es para mí en la medida en que vive en mí. Y vive en mí en la medida en que he creído en el amor que me tiene. Poseo a Dios cuando creo en su amor. No es suficiente afirmar su existencia. Dios no es conocido y poseído, por mí y para mí, sino en la medida en que he llegado a creer en su amor: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). 

5. Es preciso hacer opciones fuertes por Dios, porque el hombre, o vive como piensa, o termina pensando como vive. Dios está más dentro de mí que yo. Dios es mi Manantial. Y es también mi Destino. La vida ha de ser la búsqueda de su rostro. Su rostro es mi identidad, pues soy imagen de Dios.Digo con los salmos: 

«El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación» (Sal 66,2-3). 

«Yo confío en ti, Señor; te digo: «tú eres mi Dios». En tus manos están mis azares… Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia» (Sal 30,15-17). 

«Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve» (Sal 79,4). 

«Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene hambre de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua» (Sal 62,2). 

3. PARA LA ORACIÓN PROFUNDA 

Recógete exterior e interiormente. Entra en la intimidad de Dios, hasta donde nunca has entrado. Encuéntrate con el amor eterno de Dios, cuna de tu existencia, razón de tu ser y destino de tu vida. Tú no eres sino una mirada de Dios, un amor que Dios ha tenido. Céntrate en este hecho. Déjate sumergir en él corporal, emotiva y mentalmente. 

Acoge el texto escogido. Escúchalo de la boca de Dios. Acéptalo. Es él quien lo pone en tu corazón. Respíralo. Espónjate en él. Repítelo despacio, muy despacio. No pidas sólo con la mente. Pide con todo tu ser, tu cuerpo, tu mente, tu espíritu, tu corazón. Cree, adora, da gracias. Repite una y otra vez intentando poner tu vida en las palabras. Sé el texto. Identifícate con él. Pide vivirlo. Pide una y otra vez sentirte atraído, poder amar con todas las fuerzas, poseer la verdadera sabiduría. 

Ante todo, no seas espiritualmente egoísta: deja que su Presencia se produzca. Tú no la puedes producir. Él viene porque viene. Es puro don y gracia. 

Mentalmente y de corazón, ante el texto, que es Cristo, emprende el camino de la transformación evangélica, y al asumir y asimilar el texto, piensa y siente: 

SALGO DE MÍ. VOY A TI. TODO EN TI. NUEVO POR TI.

Extracto del Libro «Dejarnos hablar por Dios», de Francisco Martínez, Editorial Herder.

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