EJERCICIO PRÁCTICO DE ORACIÓN PROFUNDA

EL ADVIENTO, TIEMPO DE SALVACIÓN

SENTIR CON CRISTO Y CON LA IGLESIA

      1. EL ADVIENTO ES «TIEMPO DE SALVACIÓN». 

En él Dios viene, por medio de Cristo, a nosotros. Es preciso que en este tiempo sagrado sepamos percibir lo que Dios hace y cómo lo hace. 

La salvación no sólo ha acontecido en la historia: es historia. El tiempo no es un simple escenario inerte donde la historia acontece. Es también voz de Dios, obra de Dios. La revelación y la obra de Dios fundan la historia. Dios obra en y por el tiempo. Salvarse no es ya ajustarse a unas normas formuladas: es hacemos responsablemente presentes a la historia de Dios «amando con todas las fuerzas». Debemos saber «interpretar los tiempos» (Mt 16,3), abrirnos «al tiempo favorable» (2 Cor 6,2), entrar «en la plenitud de los tiempos» (Gal 4,4). Asociarnos a lo que Dios quiere y como Dios lo quiere. 

2. EL TIEMPO CRISTIANO COMO NOVEDAD PASCUAL 

Nosotros conocemos el tiempo cósmico o natural. Es esencialmente evolución, envejecimiento y caducidad. En él todo nace y muere. Todo ocurre siempre en circuito cerrado. Los ciclos se suceden unos a otros, siempre idénticos, en indefinida repetición. Conocemos el tiempo humano. Es la historia de la cultura. Contiene un crecimiento cuantitativo, progresivo. Existe también el tiempo cristiano originado en la encarnación y resurrección de Cristo. Representa, para el hombre, un salto cualitativo, divino. Es la presencia de la vida eterna en el tiempo. El paso progresivo del creyente al «hoy eterno» de Dios, la pascua, o paso a la vida divina, por los sacramentos y la caridad. Aquí muere el tiempo y nace la eternidad. Muere la caducidad y nace la incorrupción. 

3. LA HISTORIA PROGRESIVA DE LA REVELACIÓN DE DIOS

Dios se ha hecho, se está haciendo, presente en la historia por fases progresivas de un mismo proyecto: antiguo y nuevo testamento. Realiza primero un esbozo, un anticipo o prefiguración que culmina después en una obra perfecta y consumada. En la revelación de Dios podemos ver, pues, una misma historia en diversas etapas o profundidades: 

1. Los hechos en su sentido original: son sucesos, dichos, del antiguo testamento, tal como fueron percibidos por los contemporáneos en el tiempo en que acontecieron: la pascua, el éxodo, la tierra nueva, el templo, el memorial… Es algo que ya aconteció… 

2. Los hechos en su sentido pleno: al llegar la plenitud de los tiempos, se ve con claridad que Dios, cuando decía o hacía algo ya en el antiguo testamento, estaba diciendo o haciendo algo más grande y sublime que aquello que podían percibir los contemporáneos de los sucesos originales. Aquellos hechos no eran crónica cerrada. Se sobrepasaban ellos mismos refiriéndose a Cristo y a la Iglesia. Culminaron primero en Cristo, cabeza de la nueva humanidad, y después en la Iglesia, su cuerpo. Ahora la pascua, el éxodo, la tierra nueva, etc., ya no se realizan en un plano geográfico, histórico-temporal. Suceden en una nueva dimensión superior, en nosotros. Son tiempo y, a la vez, vida eterna. 

3. Los hechos en su realidad plenísima: son ya las últimas realidades, esbozadas en el antiguo testamento, realizadas en el nuevo, y que después culminan en la gloria. 

4. CRISTO: CORAZÓN DEL MISTERIO 

Cristo es el centro de todo este nuevo universo.»Todo fue creado por él y para él… y todo tiene en él su consistencia» (Col 1,16-17). Es origen, modelo y meta de todo. «Él es Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia» (Col 1,18) y «la Plenitud del que lo llena todo en todos» (Ef 1,23). Es «Camino Verdad y Vida» Jn 14,6). Es «la Imagen de Dios» (Col 1,15). «El Hijo del Hombre» (Mt 16,13). Es el sentido pleno, el horizonte absoluto, «el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin» (Ap 21,6), «suyo es el tiempo y la eternidad» (Liturgia del Sábado Santo). 

Se encarnó. Asumió nuestra carne. Tomó sobre sí todos nuestros pecados. Se hizo solidario de nuestros males. Rehizo una historia de ininterrumpida infidelidad de los hombres en el acontecimiento de la más inaudita fidelidad: la cruz. Su amor fue superior al delito. Su vida superior a la muerte. Venció el mal victimándose. Su persona y su vida son el nuevo Génesis, el nuevo Hombre, el universo nuevo. Su vida es molde y modelo, la protohistoria que funda la metahistoria universal. Todos tenemos que hacer lo que él hizo y como él lo hizo, identificándonos con él, muriendo de su muerte y resucitando de su misma resurrección. No hay otro camino. Nadie puede salvarse bajo otro nombre. La Iglesia vive dejándole vivir a él en ella, como esposo, como cabeza, como fundamento de la casa, como cepa de la vid. Todo acontece «por Cristo, con él y en él». Él es nuestro Mediador siempre vivo, siempre en acto de mediación. 

5. ENCARNACIÓN DE DIOS: HACER NUEVAS TODAS LAS COSAS

1. Abrimos a la gracia del Adviento 

Estamos en un nuevo Adviento. Deberíamos abrirnos a la gracia de este tiempo santo para que realice en nosotros todo lo que contiene y significa: nuestra divinización en Cristo. La Iglesia, en el despliegue del año litúrgico, realiza la formación de Cristo a lo vivo en nosotros. Nuestra actitud ha de ser de receptividad, de abandono en las manos de Dios, de establecer salidas y articulaciones desde nuestro egoísmo hacia su acción redentora. 

Para dejamos renovar, es preciso que antes tomemos conciencia de nuestra situación y la de nuestro mundo. Vivimos una etapa de fuerte decadencia espiritual. El pueblo de Dios vive nuevamente hoy en situación de exilio y de cautividad. Y necesitamos la intervención de Dios que nos abra el camino del éxodo. No somos capaces de reconocer el mal que tenemos y que nos circunda porque hemos nacido en él y en él vivimos inmersos. Si tenemos esperanza, él nos librará. 

2. Crisis del hombre y carencia de remedios ante la mayor crisis de la historia 

Vivimos grandes mentiras ambientales y estructurales y parece que nadie quiere reconocerlas. Existe un cierto pacto implícito y secreto para no discernir la situación y para dispensarnos de la conversión profunda que exigiría el afrontamiento evangélico del cambio. El mal, la pérdida del sentido de Dios, es de una evidencia histórica. Y lo peor es que, según parece, no estamos desasosegados por el remedio. Dejamos correr el tiempo. Nos resignamos pensando que vendrán tiempos mejores. 

Lo grave de este drama histórico es que, en lugar de tocar a rebato y convocar a todas las fuerzas, hay quienes desaprovechan enormes energías en personas y medios, e imponen su visión parcial, absolutizando y universalizando su condición de fragmento. No entran en la gran historia de la salvación. Parecen no afrontarla, preocupados más bien por intereses de otro orden. 

Partimos de un fenómeno sorprendente. El paisaje del pensamiento moderno sobre el hombre está compuesto de innumerables estratos de sedimentación de ideologías diferentes, en ocasiones frontalmente opuestas, suscitando situaciones ambiguas, pluralistas, contradictorias. Estamos en una especie de feria de ideas en la que todo se oferta y todo parece posible. Como consecuencia se dan a la vez innumerables estados de inconsciencia, de falsa conciencia y de contraconciencia. En cada individuo coexisten fragmentos de ideologías entre sí inconciliables, de ambigüedad y de certeza a la vez. Es posible pertenecer a la Iglesia y mantener concepciones incompatibles con la fe. Es un hecho hacer profesión de agnóstico y participar en celebraciones por imperativos sociales o de mimetismo social. Se vive hoy un sincretismo lleno de incoherencias que se parece a una máquina loca cuyas piezas pertenecen cada una a instrumentos diferentes e incompatibles. El hombre, de este modo, aparece como un ser extraviado. 

3. Mimetismo social e inconsciente colectivo 

La sedimentación de esta compleja situación, en el correr de los años y de los siglos, ha formado una especie de mente social, que, debido a la fuerza del contagio, ejerce un poderoso mimetismo en las sucesivas generaciones. Proliferan situaciones de inconsciente colectivo. Se transmiten pautas de comportamiento social heredadas que uniforman los grupos al obedecer a legados de conducta colectiva que escapan a la conciencia refleja. Se originan procesos ciegos de imitación, moldes rígidos que configuran y troquelan las mentes y las conciencias. La consecuencia es un desvanecimiento de la persona consciente en la personalidad inconsciente. La persona se deja fagocitar por la masa y se hacen inviables la verdad, la conciencia y la misma transmisión de la fe. Salirse de este ambiente requiere un heroísmo casi imposible. 

4. Una Iglesia en situación de cautividad 

Todo ello afecta profundamente a la Iglesia. Hay una escalofriante merma de identidad, de verdad, de libertad y corresponsabilidad. Un verdadero «pecado de mundo» o «pecado de la Casa de Israel». Y este problema está en el origen de tantas deserciones de la fe. ¿No vemos cómo se van? ¿Todavía no hemos tomado conciencia de cómo desciende la creencia y la práctica religiosa? ¿Quién se preocupa por los alejados? ¿Qué planeamos para ellos? ¿Conocemos lo que le pasa al hombre moderno y postmoderno? ¿Nos encarnamos en la nueva cultura? ¿Adaptamos nuestra evangelización, o superponemos nuestros esquemas clericales, desconsiderando su condición y situación? 

La Iglesia tiene que reflexionar sobre tres fenómenos importantes que constituyen tres aspectos de una misma realidad histórica. 

1. Fenómeno de descentramiento: No dejamos a Cristo ocupar el centro. Hablamos de él como si su condición actual de Viviente y de resucitado entre nosotros nada o poco importara para la vida cristiana. Reducimos el Cristo eterno y glorioso al Cristo histórico temporal. Aminoramos la eternidad en favor del tiempo. Ya no aparece hoy él en medio de la comunidad vivificándola, cristificándola, como cabeza que está irrigando en el cuerpo su vida gloriosa. Parece que en la Iglesia actual no necesitamos tanto la concepción cristocéntrica peculiar de Juan y de Pablo. La visión del misterio pascual, Cristo asociando a la Iglesia al misterio de su muerte y resurrección, es sustituida por el simple recuerdo psicológico del Cristo terreno a quien se le imita moralmente desde fuera, pero no se le participa místicamente, desde dentro. 

2. Fenómeno de dispersión. Desvanecida la presencia del Cristo hoy celeste, entre nosotros, vivificándonos en su pascua o resurrección, que es la fiesta única y total de la Iglesia apostólica y de los Padres, surge una piedad popular, inventada por el pueblo, y expresada en un sinfin de prácticas piadosas a la carta, en las que, frecuentemente, la figura de Cristo no es tan esencial y tan medular. 

3. Fenómeno de desplazamiento y sustitución. Olvidada la presencia dominante de Cristo hoy viviente, en medio de la comunidad, su figura queda representada, y en ocasiones sustituida, por un ministerio excesivamente distanciado de la Iglesia «de abajo», la comunidad. Ministerio que debería reproducir el anonadamiento victimal de Cristo, con él y en él, y la igualdad fraterna con todos. Se vive la falsa impresión de que «arriba» todo se hace bien, que el desacierto está siempre «abajo», en el pueblo. Hoy es impensable que de nuevo Pablo eche en cara a Pedro «que no camina en la verdad del evangelio» y que «es reprensible» (Gal 2,12). Todos necesitamos la humildad. 

La Iglesia, y el ministerio, es, y no puede dejar de ser siempre servicio de mediación y misión. Y la mediación ha de realizarse partiendo de la situación concreta de los hombres, encarnándose en ella, sanando y liberando el mal que en ella hay. Y hoy la humanidad vive una profunda crisis: 

Crisis de desamor: nunca ha conocido el mundo una crisis de amor tan profunda y tan universal. Y precisamente todo lo que se le ha confiado y se le pide a la Iglesia es que enseñe a amar. Y que lo haga siguiendo el ejemplo de Cristo que se «anonadó a sí mismo» muriendo él en favor del pueblo. También la Iglesia, en lugar de defenderse, y defender sus privilegios, ha de aprender a morir, a dar la vida en favor de todos. 

­­ Crisis de inconsciencia: El mal del mundo es que ignora el verdadero rostro de Dios. Que nosotros damos imágenes de Dios, pero no a Dios. Velamos más que revelamos. Y, como dice Jesús, «Ésta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo» (Jn 17,3). 

Crisis de tristeza: nunca el hombre se ha sentido tan solo, sin horizonte ni sentido. La mayor tragedia es la infelicidad, vivir para nada y morir para nada, sin saber por qué ni para qué. 

5. Lo que el nuevo Adviento pide a los cristianos 

Necesitamos introducir cambios eclesiales estructurales: 

* Conducir a la experiencia directa con Dios no limitándonos a dar una imagen conceptual de él. Hay que hablar sobre Dios. Pero hay que insistir más en que Dios mismo habla hoy. El concepto, la simple idea, son incapaces de producir a Dios. Incurriríamos en la idolatría del concepto. 

* Debemos reconocer el protagonismo de Cristo como Mediador siempre en acto en medio de la comunidad, vivificándola en él, sin que nadie le sustituya ni suplante. 

* La cruz ha de recuperar en la predicación su condición de amor supremo, el más grande y hermoso, el que no tiene limitación ni siquiera frente a los que nos hacen mal. No se la puede reducir a tormento y suplicio. Es el amor supremo, libremente asumido. Dios ama por medio de la cruz, que no es mero símbolo o adorno. Sino la vida vivida como gratuidad incondicional. 

* Tenemos que saber tratar al hombre por dentro, persuadiendo, convenciendo, fascinando, atrayendo y amando. No por fuera, imponiendo y obligando, sobre todo cuando los hombres ya no son creyentes. Debemos estar convencidos de la fuerza divina, impresionante, de la Buena Nueva de Cristo. 

* Hay que poner más fe en el amor y gracia de Dios que en nuestros propios medios. 

* Tenemos que poner más interés en la originalidad evangélica que en mantener una religiosidad que en muchas ocasiones no es sino simple reflejo cultural del pasado. Debemos dar la impresión de que necesitamos cambiar y convertirnos continuamente. 

* Es preciso poner en el primer plano de la evangelización el lenguaje simbólico expresivo de Cristo y de la Iglesia primitiva, el de la liturgia, sin reducirnos a las formulaciones doctrinales que, aunque verdaderas y necesarias, no tienen tanta fuerza expresiva y persuasiva para los hombres. 

* Debemos abundar en el concepto evangélico de «la comunión» mucho más que en la idea jurídica de «jurisdicción», de acuñación pagana, y que no posee tanta fuerza evangélica y eclesial. 

* Hay que iniciar y educar en el protagonismo celebrativo y evangelizador de la comunidad. Tenemos que creer en la capacidad testimonial de la comunidad, como fuerza de fermento, y no sólo en la capacidad de los documentos. 

* Hay que instalarse y vivir dentro del misterio pascual, en la unión y comunión con Cristo, sin refugiarnos en una moral o ética basada en sí misma. 

* La vida cristiana es fundamentalmente don de Dios, no una religiosidad a la carta, ni simple esfuerzo del hombre. Es conducción del Espíritu más que organización humana. El dinamismo estructural de la historia de la salvación consiste, primero, en el hecho de que Dios se revela. Después es el hombre quien responde, y no de cualquier forma, a lo preciso y concreto de su palabra. 

* Necesitamos dejamos iluminar y conducir por las razones del Espíritu, que son muy distintas de las razones de la pura mente psicológica y humana. 

* Hay que entender el bautismo como enterramiento del hombre pagano y salida del sepulcro del nuevo hombre renovado en Cristo. Y la confirmación como el sellado del bautismo obrado por el Espíritu para que seamos hombres iluminados y guiados siempre por él. Y la eucaristía no simple ceremonia, o mera referencia al pasado de la institución de Cristo en el cenáculo. No sólo como presencia estática y adorable de Cristo en el sacramento; sino como la acción dinámica, de Cristo y de la Iglesia, de sacrificarse por amor, de entregarse, de derramar la vida hoy por todos, incluidos los enemigos, de construir la comunidad, la paz, la fraternidad. 

* Tenemos que sustituir la crítica negativa por nuestra conversión personal. 

* Es preciso concebir el ministerio como servicio y oblación en favor de los hombres, no como cualquier forma social o psicológica de poder y dignidad. 

6. PARA LA ORACIÓN PROFUNDA 

Piensa en tus situaciones concretas, personales y comunitarias, de pérdida de sentido filial y fraterno, de carencia de horizonte, de pereza y frialdad, de irresponsabilidad apostólica y social, de discordia, desconsideración, individualismo, y distancia psicológica y evangélica. 

Lee, comulga, con los siguientes textos, sintiéndote pasar de la muerte a la vida, entrando en el «Hoy» de Dios, en el misterio pascual de Cristo, en la vida eterna. Déjate iluminar y vivificar por el texto. Sé el texto. Irradia el texto. Son palabras «de vida eterna». Puesto que la Palabra de Dios es gracia, y hace lo que dice, realiza vivencialmente el movimiento de transformación: 

salgo de mí, voy a ti, todo en ti, nuevo por ti.

TEXTOS:

Oh Señor, Pastor de la casa de Israel

que conduces a tu pueblo, 

ven a rescatarnos por el poder de tu brazo. 

Ven pronto, Señor. 

Ven, Salvador.

Oh Sabiduría, salida de la boca del Padre, 

anunciada por profetas, 

ven a enseñarnos el camino de la salvación. 

Ven pronto, Señor. 

Ven, Salvador.

Oh Emmanuel, nuestro rey, salvador de las naciones, 

esperanza de los pueblos, 

ven a libertarnos, Señor, no tardes ya. 

Ven pronto, Señor. 

Ven, Salvador.

Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo,

abarcando del uno al otro confín 

y ordenándolo todo con firmeza y suavidad,

¡ven y muéstranos el camino de la salvación! (Liturgia de Adviento).

«Señor, Dios nuestro, restáuranos: que brille tu rostro y nos salve» (Sal 78,8).

«Señor, que se abran nuestros ojos» (Mt 20,33). 

«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (Sal 23,8). 

 

Extracto del libro «Vivir el año litúrgico», Ed. Herder, de Francisco Martínez

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