Lecturas:

Miqueas 5, 1-4a  –  Salmo 79  –  Hebreos 10, 5-10

Lucas 1,  39-45: En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a un a ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplir

Comentario:

¿QUIÉN SOY YO PARA QUE ME VISITE

LA MADRE DE MI SEÑOR?

2021-22 Domingo 4º de Adviento

            Caminamos en el adviento y avistamos ya la navidad. Este tiempo hace referencia a la razón de ser de nuestra propia existencia. Al caminar deberíamos hacerlo con alto sentido de lo trascendente. No podríamos hacerlo si no somos verdaderamente libres del ruido y de la presión que ejercen ante nosotros el ambiente increyente y  el mismo clima social y cultural de la navidad, para vivir en el contexto de una fe viva muy en consonancia con el evangelio y con lo que celebra la liturgia bien conocida y participada. El parlamento europeo ha pedido despojar de significado cristiano el tiempo de la Navidad. Pretensión difícil si Europa es fiel a sus orígenes y a su historia. De hecho, la secularización es una realidad. Es cierto que la fe hay que saber inculturarla. De lo contrario no podría encarnarse en el mundo. La fe es auténtica cuando llega a impregnar el ambiente, las costumbres, las conciencias. Pero el peligro acecha también cuando la fe queda reducida a simple cultura. Una fe no hondamente vivida en nuestro contexto humano y social no es fe verdadera.

El adviento nos abre a la esperanza fundamental del hombre. No podemos vivir sin esperanza, porque ella es el comienzo de la verdad y de la realidad absoluta. Es triste vivir en falso. El hombre, ser finito por naturaleza, tiene como vocación el Absoluto. Pero puede vagar por sendas perdidas. Y es deplorable perder el sentido de lo eterno, caminar sin norte y sin rumbo.

El evangelio de hoy nos presenta a dos mujeres en trance de esperanza. La una, María, ha recibido un mensaje divino: Dios quiere encarnarse en ella. La otra, Isabel, recibe la visita de María, que ya tiene a Dios en su seno. La reacción de María, después del anuncio del ángel, consiste en “levantarse” e ir “con prontitud” a visitar a su prima Isabel. En toda la escena evangélica se observa un movimiento rápido de ponerse en marcha, sin pérdida de tiempo. Se percibe prisa y diligencia para levantarse y partir, para bendecir y felicitar, para alegrase profundamente. Cuando las dos mujeres se encuentran, el niño de Isabel da saltos de gozo ya en el seno de su madre. Isabel reacciona exclamando y llamando “bendita” y “bienaventurada” a María. ¡Ha acontecido la encarnación de Dios! Es el suceso más grande de la historia de la humanidad. Un suceso que afecta profundamente a la identidad y al destino del hombre. Porque el destino verdadero de la encarnación de Dios no es el pesebre de Belén, sino la humanidad entera que va a ser divinizada. María, en particular, reacciona con una fe exultante. Ella es lo más diametralmente opuesto al fenómeno de la frialdad e indiferencia. Quien no da sentido importante a su propia vida es porque no ha comprendido todavía el mensaje de la encarnación, ni ha sabido presentir, ni escuchar, ni se ha enterado suficientemente. Anda muy concentrado en su insignificancia absoluta. En realidad no tenemos motivos para ser optimistas ingenuos ni tampoco escépticos decepcionados. Pero sería verdaderamente cínico vivir alegres sin saber por qué. Después de la encarnación, no somos polvo de tierra. María e Isabel, ante el anuncio del ángel, creen en su vocación trascendente. Y creyeron precisamente cuando Dios les pidió algo que rebasaba inmensamente lo ordinario. En todo hombre suelen ser más grandes los deseos que la realidad. Todos experimentamos una vocación a un “todavía más”, a la superación y trascendencia. Los sueños e ideales, los deseos y necesidades insatisfechas son una constante en la vida de todo hombre. María colaboró con Dios, no sin antes ser saludada como  “llena de gracia”.  Lo propio aconteció con Isabel de la que Lucas afirma que “se llenó de Espíritu Santo” para situar a María y situarse ella misma en la perspectiva de Dios. Ante la llamada de Dios, las dos mujeres creyeron y respondieron con ánimo generoso. De este modo María superó su pequeñez e Isabel su impotencia e incapacidad. Porque para Dios nada hay imposible.

María se dejó hacer por la llamada de Dios y esperó con seguridad la realización del proyecto que le presentaba. Lo hizo sabiamente y con acierto, de forma grande y exultante. Mientras los hombres sitúan la esperanza en una disyuntiva, o Dios o el mundo, María integró todo su mundo en Dios. No se evadió de la familia, del trabajo, de la sociedad, de lo necesario para poder comer, habitar y vivir. La esperanza creyente afecta al hombre entero, a todas sus cosas, le pone todo en movimiento. No es o Dios o el mundo, sino el mundo en Dios. La religiosidad creyente no es una interrupción de la vida diaria. Lo humano y temporal, lo  económico y social, son lugares de encarnación de la fe y de la caridad, y conducen a la solidaridad y generosidad. María vivió toda unificada en Jesús. Vivió esta presencia divina sobre todo en las dificultades, contradicciones, sufrimientos, carencias, peligros. No se escondió en su privacidad. Asumió a los demás con todos sus problemas. Estuvo audazmente presente en la misma cruz, conmuriendo con Jesús.

María y su misión nos afectan en gran forma. Dios, en el inicio, creó al hombre a imagen suya. Decidió hacerse amigo del hombre y caminar siempre con él. La vocación del hombre es Dios y solo Dios puede conducir al hombre en su terreno. Pero el hombre, en todo caso, ha de reconocer su nativa incapacidad de tener y construir un horizonte tan inmenso, propiamente divino. El hombre sobrepasa al hombre. Dios va con él y le ha revelado que quiere caminar con él. Y el hombre ha de aceptar respondiendo con fe y alegría. La pequeñez del hombre hace patente la grandeza de Dios, porque el hombre llega a ser grande cuando se deja acompañar por Dios. La encarnación de Dios es el suceso más grande de la historia y la fe no es madura hasta que el hombre se apercibe y hace la experiencia de ello. Si Dios se ha encarnado, esto significa que Dios nos ama en serio, que se nos da del todo sin retractación posible. Si Dios está con nosotros, y existe para nosotros, esto debe fundamentar la confianza esencial, y nuestra apertura a Dios. La mayor alegría de Dios es que tengamos confianza en él, que le dejemos hacer de Dios. No solo deberíamos creer en Dios. La fe no llega a ser madura sino cuando llegamos a creer en el amor de Dios.

Quien tiene a Dios lo manifiesta e irradia y hace cosas grandes en favor de los demás. María recibe el anuncio de la encarnación, y una vez que ha consentido, y se ha realizado en ella la venida de Dios, en lugar de encerrarse en sí misma, va a Isabel. Lo que lleva dentro se le impone hacia fuera. Y necesita comunicarlo. Dios es así porque es Bondad expansiva. La grandeza de Dios es la felicidad del hombre. Y todo lo que hace en nosotros, lo hace en función de los demás. Cuando el hombre se expone a Dios, experimenta siempre que crece y se desarrolla. Dios no nos roba, ni viene a implicarnos en una moral restrictiva. No nos hace esclavos, sino libres. Viene a liberarnos incluso de la ley y a introducirnos en la experiencia de la gratuidad absoluta divina.

La alegría profunda es la comprobación de que Dios anda cerca, de que estamos construyendo nuestra identidad en su verdad. Todo hombre tiene en su interior la vena y mina de su verdadera grandeza y de su alegría, pero ha de saber extraerla. Las máximas alegrías son  las que proceden de dentro. Las cosas no tendrían atractivo si Dios no se les concediese.

Francisco Martínez

www.centroberit.com

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