Lecturas

Levítico 13,1-2, 44-46 – Salmo 31 – ª Corintios 10, 31 -11, 1

Marcos 1, 40-45:
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.»
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Comentario

LA LEPRA SE LE QUITÓ Y QUEDÓ LIMPIO

2021, 6º Domingo Ordinario

           La misión de Jesús es salvar al hombre, curarlo de sus males, recuperar en él la imagen perdida de Dios. Dios le hizo a semejanza suya con el fin de que, divinizado, compartiese la vida divina. Pero el hombre arrumbó esta capacidad. Y entonces Dios envió al mundo a su Hijo, su imagen perfecta, para restaurar de nuevo en el hombre la plenitud del proyecto de Dios en él. Jesús habla actuando y curando. ¡Qué hermosa y estimulante es la imagen de Jesús en los primeros días de su ministerio! Ante el mal del hombre da valientemente la cara, sin miedo a la amenaza de la enemistad, aunque ello mismo le llevará a la muerte. Su dedicación entusiasmada es curar al hombre. Restaura en él su destinación trascendente al Reino de los cielos, y en orden a ello enseña, construye, regenera, ayuda. Hoy lo presenta Marcos curando a un leproso. Pero los hechos de Jesús en el evangelio son mucho más que sucesos históricos puntuales. Tienen un simbolismo y validez perenne y universal. Su verdadero alcance no está en lo que los ojos perciben. Alcanzan a los hombres de todos los tiempos y a todos sus males. La lepra que Jesús cura es una realidad maligna, universal y profunda. Jesús lo sabe. Por eso sus dichos y hechos nos afectan a todos y en gran manera. Las parábolas siguen siendo actuales.

          Marcos nos habla de un leproso que se postra ante Jesús pidiéndole que le cure. Pero este leproso no es como otros enfermos sanados por Jesús: el paralítico, la mujer encorvada, el ciego de nacimiento. La lepra ha destruido su vida personal y también sus relaciones sociales. La ley pública condenaba inexorablemente a estos enfermos a alejarse de los demás. Debía vivir solo y si alguien se le acercaba él mismo debería gritar ¡impuro, impuro! para evitar el contacto. La lepra, además, era considerada popularmente como un castigo de Dios por los pecados personales. Si el leproso se acercaba a algún pueblo, los vecinos lo ahuyentaban a pedradas. La lepra era un mal corporal terrible. Pero el mal moral que conllevaba era inmensamente mayor.

          Marcos dice: “Se acercó a Jesús un leproso suplicándole de rodillas…”. Ya este gesto era inaudito, porque un leproso, por ley, no podía acercarse a nadie. Pero Jesús no solo no lo rechaza: “sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó”. Eso no solo era inaudito, sino que iba contra la costumbre y contra la ley. Jesús incumple, considera que ese hombre enfermo, su dolor inmenso, está por encima de la legislación establecida. Por ello toca al leproso y lo cura. El milagro de Jesús era signo externo de otra realidad interior, invisible, mucho más importante, que revelaba quién es Jesús y manifestaba su obra salvadora. El leproso es símbolo de toda una humanidad enferma, egoísta, obsesionada con el bienestar de este mundo, que ha perdido el sentido de lo eterno, incapaz de comprender y perdonar e incapaz también de sacrificarse por nadie. El leproso del evangelio pone de manifiesto no solo su enfermedad personal, sino el pecado de una humanidad inhumana que crea grupos injustos, dominadores, que abusan de los más débiles, excluyen a los diferentes, se muestran insolidarios y destruyen la fraternidad humana.  

          El leproso se acerca a Jesús y le dice: “Si quieres puedes limpiarme”. Este hombre no acepta su condición enferma, desea ser curado, y se acerca a Jesús implorando su intervención. Más adelante la teología cristiana enseñará que toda obra buena, el mismo deseo de vivir y de mejorar, es obra de Dios. De Dios es el comienzo y es el fin de toda acción positiva. Y enseña que es necesario responder a Dios y colaborar con él siempre. De lo contrario nos sedimentamos en el mal. El mayor mal del hombre no es el propio mal, sino su incapacidad de reconocerlo.

          La curación del leproso por parte de Jesús pone también al descubierto otro mal terrible, el de nuestra sociedad enferma. Cuando hemos escuchado la primera lectura de hoy se nos encoje el corazón. La necesidad de seguridad de todo el pueblo exigía un trato inhumano y cruel que todos se esmeraban en conservar y exigir en el pueblo: alejar y excluir a los leprosos, marginarlos de forma rígida y terrible para evitar la contaminación. La práctica de la exclusión de otros, o de nuestra evasión ante el mal, es hoy un mal trágico que nos afecta a muchos. Nuestro mundo padece males horribles: refugiados, cuarto mundo con incapacidad de autorredimirse, emigración, mujeres y niños explotados, droga, trata de personas, poblaciones bombardeadas o gaseadas con virus, y un etcétera muy largo, son signos de una humanidad muy enferma. Señalemos también el fenómeno de la inhibición, de la ausencia y pasividad, del distanciamiento ante los males en la sociedad, en la Iglesia, en la familia, en la comunidad.  Recordemos también, como resultado de la envidia, la exclusión de los mejores, de los que valen y pueden ejercer un servicio excelente a muchos en la vida social, política y eclesial, de las consecuencias del partidismo, de la rivalidad y parcialidad.  

Representan también una verdadera lepra moral numerosos pecados sociales propios de nuestra generación: el chismorreo, la difusión del mal, la maledicencia, la calumnia, la detracción, la telebasura, la prensa del corazón, el seguimiento y asedio de los famosos, la superficialidad. Al ser hechos generalizados y frecuentes impiden tomar conciencia de su gravedad. Hay hoy una realidad particularmente trágica: se asesina hoy más con la lengua que con las armas. La mentira y el interés grosero son el pan de cada día en los Medios de comunicación. Estos males vacían el espíritu y enajenan la mente.

          En estos tiempos, en la Iglesia y en el mundo, y ante cierto tipo de pecados, se ha producido una oleada de incitaciones a la denuncia pública, al apremio enfervorecido a la publicitación del mal, incluso, se ha llegado a plantear la revelación del secreto de confesión. Se ha esgrimido, además, con insistencia el famoso principio de “tolerancia cero”. Indudablemente tanto el Estado de Derecho como la misma Iglesia deben tutelar la verdad y la justicia de forma contundente e inequívoca. Es deber fundamental ineludible ponerse siempre al lado de las víctimas. Y todos tenemos el deber incuestionable de cooperar responsablemente. Dicho esto, añadamos que, ante el mal moral, el primer deber de la Iglesia y de la familia es educar, curar y sanar. Los cristianos debemos opinar, ante la tremenda realidad de un Dios crucificado, que la redención alcanza a todos y que todo hombre es más grande que sus males.  Dios ha hecho y sigue haciendo del pecador un máximo exponente de su misericordia. La absoluta preferencia de Jesús por los pecadores es una constante del evangelio. Ante la magnitud del pecado del hombre que ha llegado incluso a asesinar a Dios en la cruz, y tras el perdón universal, desbordante y radical ofrecido por Cristo a todos sin excepción, y ante la explícita e insistente exigencia de este mismo perdón a sus seguidores, debemos asumir que no hay ningún pecado ni en la tierra ni en los infiernos que no haya sido perdonado por Dios en Cristo. La sociedad civil y la Iglesia deben condenar evidentemente y sin paliativos. Pero los cristianos debemos requerir el perdón no solo a los ofensores, sino también a los ofendidos. La cuestión del número y calidad de los pecados que deberá perdonar el seguidor de Jesús es la página más explícita y contundente del evangelio. Ante un Cristo que por nosotros se hace libremente “pecado” (2 Cor 5,21) y “maldición” (Gal 33,13) por nosotros, ningún ofendido queda excluido de la necesidad de perdonar. El hombre, aun el más pecador,  sigue siendo objeto del amor de un Padre misericordioso que ha perdonado incluso la muerte vil de su propio Hijo. Ningún pecado es superior a este. Y Dios perdona y manda perdonar. Negar este perdón es pervertir la realidad más sublime divina de la historia. Pidamos a Jesús que, como él, perdonemos sanando y sanemos perdonando.

Francisco Martínez

www.centroberit.com

e-mail:berit@centroberit.com


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