El pasado día 1 de febrero tuvo lugar la siguiente sesión del curso anual del Instituto Diocesano de Estudios Teológicos para Seglares (ITS), esta vez a cargo de D. Pedro Fraile, profesor del Centro Regional de Estudios Teológicos para Seglares. 

En esta ocasión, Pedro Fraile trató el tema “Dios, misterio y presencia”. En su introducción, Fraile ofreció la visión de Dios, como un Dios “situado”, esto es, ubicado en la situación en la que estamos viviendo actualmente y, en concreto, en la pandemia; como un Dios “maltratado”, recordando a Buber (“La palabra Dios es la más vilipendiada de todas las palabras humanas”); pero en un mundo, marcado por la post-modernidad, el post-cristianismo, la post-utopía, en el que el ponente se pregunta si es posible tener una experiencia de Dios. A estos efecto señala algunas reflexiones: “las religiones no mueren sino que se transforman”, “la pregunta sobre Dios sigue plenamente vigente y los esfuerzos por ignorar a DIos y excluirlo de la vida han fracasado”. Pero “el creyente de hoy debe ponerse en camino humilde para escuchar a Dios y para hablar de su experiencia de Dios. Para unos será transitar el camino desde la fe como ideología a una fe como experiencia fundante de Dios”. Y ahí se encuentra la importancia de la Palabra, de su escucha. 

El ponente analizó en este contexto el concepto de misterio desde la Biblia. Dios es un misterio de amor, salvífico, que tiene que ver con nosotros mismos y con la salvación. Su análisis lo afronta desde los siguientes conceptos: el “hondón, horizonte, honestidad”, aludiendo a la experiencia de Dios.  “La fe – señala-  tiene que ver con el hondón, con la hondura personal. La fe no es epidérmica, no es superficial, la persona que huye de la superficialidad busca el fondo de las cosas, de la persona y de uno mismo. Es una búsqueda de Dios, en definitiva. El salmista expresa de forma magistral este deseo de Dios haciendo referencia a esta experiencia fontal (Sal 42)”. Pero es también “horizonte”, desde la experiencia del desierto en sus múltiples concepciones bíblicas (como lugar donde se pierde el Pueblo de Israel, como lugar geográfico, lugar donde Dios aparece en la soledad, donde se ubica el silencio radical, el desierto de Foucault…). “El desierto -explica- nos da la posibilidad de mirar más allá”. Y la “honestidad”, la necesidad de ser honestos en nuestra búsqueda de Dios, «ese Dios que siempre es mayor que nosotros, que supera nuestros esquemas, los rompe y los contradice”. Como señalaba San Agustín, “si lo has comprendido, entonces no es Dios”. El creyente no es alguien dúctil, sino profundamente honesto. 

Otras palabras: “Palabra, rostro, nombre” aludiendo al Dios personal. El término “palabra” (dabar) es muy importante en la Biblia, explicó Fraile, Así lo demuestra el texto del Génesis (“Y dijo..”). “La palabra de Dios desde el primer momento que aparece la Biblia es una palabra viva, eficaz y creadora”. Es una Palabra profética. “Leer la Biblia es dar importancia a la Palabra”. Por su parte, “rostro” (panim), en referencia al deseo que aparece continuamente en la biblia de contemplar el rostro de Dios (Salmo 42). Es continuo la referencia al rostro de Dios en la Biblia: en la Teofanía de Moisés en el Monte Oreb -“Moisés se cubrió el rostro..”-, en el texto en el que Elías está escondido en la cueva, cuando Dios va a pasar, Elías se cubrió el rostro porque quien ve cara a cara a Dios, muere; en el monte Tabor, están presente Moisés y Elías, el rostro de Jesús brillaba. En tercer lugar el término “nombre”. El ponente explicó que el nombre de Dios no aparece en la Biblia desde el primer momento sino en el libro del Éxodo (Capítulo tercero) y que esto no es causal porque el Dios bíblico va haciendo su proceso pedagógico y hasta que no aparece en el monte Ored es el Dios de los padres. Por su parte, los judíos evitan pronunciar el nombre de Dios, “a modo de una valla que delimita, que evita, se pueda agredir, manipular”. “El nombre forma parte del misterio de Dios”.

Pero el ponente hizo igualmente referencia a otros términos: “peregrinos, heridos, amados”, aludiendo a la propuesta creyente. Fraile explicó que “la palabra “peregrino” es muy frecuente en la Biblia«. Los grandes patriarcas fueron siempre peregrinos, nunca tuvieron una tierra -esta sólo llegará al final- pero creyeron de una promesa. Esto nos enseña que la espiritualidad bíblica es una espiritualidad de estar en camino, de sorpresa, que no dominas, que te pide que te pongas en marcha (como Moisés), no da seguridades, está sometido a dramas, a éxitos, a violencias. Los cristianos estamos en camino. Es la narración de la vida misma. Dios es el compañero de este camino. En esta idea de la peregrinación, es importante no sólo el proceso, sino también la palabra tiempo. Porque si nosotros miramos nuestro pasado, pasa el tiempo, no somos los mismos. Son historias personales”. Por su parte, la palabra “heridos”: “la herida forma parte fundamental, todos estamos heridos. Si volvemos a Moisés y Elías, en los dos casos hay una historia de violencia (Moisés mata al capataz que estaba pegando a un obrero, huye para no volver, se esconde…) y Elías (en Reyes mata a cuatrocientos profetas de Baar y huye de la reina). Sin olvidar el texto de la huida de Jacob cuando regresa desde Siria a su casa, refugiado porque su hermano Esaú quiere matarle (Cap. 32). Luchó con Dios, le descoyuntó la articulación del mundo. Le pide la bendición. De ese encuentro, Jacob salió cojeando. El tendón de Aquiles. El que lucha con Dios queda marcado.” Y “amados”: como cristianos, nosotros leemos la Sagrada Escritura a la luz de Cristo, colocando al amor en el centro del mensaje bíblico.

Pero Dios no sólo es misterio, es también presencia, como explicó Fraile. Por una parte, constituye una “certeza” de la “evidencia”. “Ahí está la paradoja de la fe cristiana”, recordó. “Estamos ciertos de algo que no controlamos”. Recordó las palabras de San Juan de la Cruz, el gran místico por antonomasia, que nos habla de ese amado que está ausente, se dirige a él porque es el centro de su vida pero denota la carencia que tiene. Sabemos que Dios está presente pero lo vivimos como alguien que no lo podemos dominar: 

¿A dónde te escondiste/ Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste / habiéndome herido; 

Salí tras ti clamando y eras ido. 

O del poeta Leopoldo Panero: 

“Ahora que la noche es tan pura, 

y que no hay nadie más que tú, dime quién eres. 

Dime quién eres y por qué me visitas, 

Por qué bajas a mí que estoy tan necesitado

Y pro qué te separas sin decirme tu nombre.”

Pero también reflexionó sobre las “ausencias de Dios”, señalando que, en cierta manera, la presencia de Dios es una presencia silenciosa. “El creyente aprende a vivir en la callada presencia de Dios”. San Juan de la Cruz habla de la soledad sonora. “Esta presencia silenciosa, esta soledad sonora, a veces se transforma en un silencio insoportable y ya no es lo mismo. Sobre todo cuando las preguntas que hacemos están provocadas con el sufrimiento de los inocentes”. “¿Dónde está tu Dios?” señala el Salmista. Puede ser un Dios escondido pero no ausente. El Deus absconditus de Isaías: “Es verdad: tú eres un DIos escondido, el Dios de Israel, el Salvador” (Is 45,15). . Esta ausencia, dolorosa y persistente, es identificada por los poetas con la imagen de las lágrimas:  “Las lágrimas son mi pan noche y día / Mientras todo el día me repiten: dónde está tu Dios? / Se me rompen los huesos. / Por las burlas del adversario. Todo el día me preguntan / ¿dónde está tu Dios” (Sal 42.4). Es una pregunta lacerante. 

Pero se trata de una “ausencia fecunda”, liberadora de nuestros ídolos. “Dios no es cualquier cosa, no podemos llamar Dios lo que no es Dios”. Citando al Génesis: “El Señor está aquí, y yo no lo sabía” (Gén 28,16). La presencia de Dios es, de igual manera, una “presencia desconocida”. 

Pero también constituye una “presencia reconocida”, como en el caso de tantas personas bautizadas que el bautismo lo dejaron en la lejana infancia y que sólo a través de muchos años han redescubierto a Dios que nos salva.  Esta experiencia nos recuerda a la de Agustin de Hipona: ““¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba (…) Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo (…) Pero tú me llamaste y clamaste hasta romper finalmente mi sordera. Con tu fulgor espléndido pusiste en fuga mi ceguera. Tu fragancia penetró en mi respiración y ahora suspiro por ti. Gusté tu sabor por eso ahora tengo más hambre y más sed de ese gusto. Me tocaste, y con tu tacto me encendiste en tu paz”.

Es igualmente una “presencia deseada”. Volvemos a Juan de la Cruz: “Y todos cuantos vagan / de ti me van mil gracias refiriendo / y todos más me llagan / y déjame muriendo / un no sé qué, que queda balbuciendo”. 

Es una “presencia luminosa”. León Felipe “Luz… cuando mis lágrimas te alcancen / la función de mis ojos / ya no será llorar / sino ver”. 

Y es finalmente una “presencia necesaria y sanadora”: “Nos creaste para ti y nuestro corazón andará siempre inquieto hasta que descanse en ti”. (San Agustín).  O San Juan de la Cruz “Descubre tu presencia y máteme tu vista y hermosura; mira que la dolencia de amor, que no se cura, sino con la presencia y la figura”. 

La próxima sesión del curso tendrá lugar mañana lunes, día 15 de febrero, a cargo de D. Rafael Fleta, con el tema “Dios en la Escritura I: La Trinidad narrada: Revelación de Dios en Jesús”. 

Programa e inscripciones en el Curso 2020/2021, pulse aquí.

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