Lecturas

Deuteronomio 18,15-20 – Salmo 94 –

1º Corintios – 7,32-33

Marcos 1, 21-28

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.
Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»
Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.»
El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»
Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Comentario

LES ENSEÑABA CON AUTORIDAD

2021, 4º Domingo Ordinario

            El evangelio que acabamos de escuchar es continuación del evangelio del domingo anterior. En él veíamos el primer anuncio de Jesús sobre la venida del Reino de Dios y la llamada a los discípulos. En el evangelio de hoy contemplamos el primer hecho liberador y sanador de Jesús: arroja de una persona  un espíritu inmundo y da a conocer que su poder es más fuerte que el del mal. Jesús revela con hechos que ha venido a curar y sanar al  hombre.

            Jesús y sus discípulos llegan a Cafarnaúm y en el primer sábado acude a la sinagoga y se pone a enseñar. En Judea hasta las ciudades y pueblos más pequeños tenían sus sinagogas donde la gente se reunía para el culto, la oración, la lectura y la explicación de la ley y de los profetas. El presidente de la sinagoga podía invitar no solo a los escribas y ancianos, sino también a cualquiera de la asamblea para comentar la ley. En esta ocasión invitó a Jesús. Las palabras que Jesús pronunció crearon estupefacción en los oyentes, porque, según afirmaron al escuchar, enseñaba con autoridad, no como los letrados. Marcos resalta en gran forma el asombro de los asistentes por la experiencia vivida con Jesús de un saber absolutamente nuevo y diferente de cuanto conocían hasta el presente. Sus palabras suenan a verdad profunda y repercuten fuertemente en los oyentes. Dan en la diana de aquello que todo hombre anhela y necesita. Jesús impresiona, conmueve, cura y hace mejores. Sus palabras son portadoras de un gran poder. No transmiten solo conceptos o doctrina. Impactan, hacen lo que dicen y transforman.   

            Dice Marcos que en la sinagoga había un hombre poseído de un espíritu inmundo. Este poseso, ante la presencia de Jesús, grita: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres. El Santo de Dios”. Al concurrir en la sinagoga el hombre poseído y Jesús, el mal y el contra-mal, se produce la incompatibilidad y la oposición. Jesús se dirige al mal espíritu y le dice: “¡Cállate y sal de él!”. El espíritu inmundo lo retorció, y, dando un grito muy fuerte, salió… Todos se preguntaron estupefactos: ¿qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen”. Jesús, con solo sus palabras, sin recurrir a prácticas mágicas, expulsa el espíritu inmundo de un enfermo. Entre los judíos estaba muy difundida la creencia de que en la edad mesiánica serían aniquilados los espíritus malignos. El endemoniado es consciente de la amenaza que supone la persona y la enseñanza de Jesús y reconoce implícitamente que Jesús es el Mesías.

            Lo que resalta en la reacción de los presentes es la enseñanza de Jesús que no consiste en hacer un comentario verbal, según era corriente y normal. En Jesús enseñar es sanar. Habla con autoridad, irradia autenticidad y la gente, ante él, se siente mejor. Jesús no disminuye ni acongoja a nadie. Le hace ser más y crecer. El relato hace alusión varias veces al efecto repentino de las acciones y reacciones diciendo “al momento…”. Jesús sana y transforma desde el interior mismo de la persona, desde lo más oscuro que le habita y perturba, iluminando y sensibilizando aquellos espacios cerrados a la presencia y acción salvadora de Dios. El texto nos enseña a todos a poner audazmente en la presencia de Dios las soberanías del mal que nos alienan y que nos impiden ser nosotros mismos, para que Jesús las sane. Vivimos demasiado amigados con ellas.

            Jesús no solo cura y sana. Hace presente la soberanía de Dios, pero lo hace de una manera sorprendente y nueva, de modo que nuestro encuentro con él es también comienzo de otra clase de conflictos. Él trae la paz, pero también la guerra. Guerra contra nuestra apatía e indiferencia, contra nuestra frialdad y pecado. Pues nos restituye el sentido de la verdad y el gusto del bien. Nos sitúa en la pista de la verdad y de la realización. Jesús es el anti-mal y es incompatible con el conformismo, la mediocridad y el desorden.

            Hay hablantes que cuando hablan fascinan, porque gustan. También hay gente que habla bien de ellos. Pero todo en ellos redunda en su provecho. Hablando se buscan ellos a sí mismos. Buscan el prestigio, la ganancia, el agrado. Pero no sanan ni curan al otro. Son autoridad docente, pero no sanadora. Saber situarnos ante Jesús es ponernos ante la verdad, la identidad, la autenticidad. Es situarnos, sobre todo, ante quien nos ama en serio. Esta es la gran verdad del hombre: ¡Dios nos ama! Mientras Cristo esté con nosotros nada ni nadie nos podrán separar del amor de Dios. Cristo en nosotros significa que Dios indefectiblemente nos ama, con seguridad y para siempre. Es llegar a comprender bien que nuestra lejanía de Dios es lamentablemente lejanía de nosotros mismos, pues él es nuestra vocación y destino, y es más nosotros que nosotros mismos. Sin Dios nos falta el Absoluto, que es lo que anida, debe anidar, en el fondo de todo corazón humano. Dios nos ama si creemos en su amor y en la medida en que creemos en el amor que nos tiene.  

            Cristo es para nosotros todo el amor con el que Dios nos ama. Por lo mismo, es nuestra Verdad. Lo manifestó en su vida y dio testimonio de ello. Nunca el hombre ha sido tan bien interpretado y querido como por Cristo. Los hombres han intentado en todos los tiempos encontrar la verdad. Pero la misma búsqueda de la verdad ha sido, para muchos, ocasión de encallar en el error. Alguien ha dicho que “nosotros, los que conocemos, no nos conocemos ni a nosotros mismos”. El hombre ha diversificado la verdad según la cultura en que vive. Grecia identificó la verdad como conformidad del pensamiento con el ser de las cosas. El cristianismo ha identificado la verdad con la Revelación. La Modernidad la ha identificado con la comprobación experimental. El hombre actual ha perdido el sentido de lo eterno y ha trasladado la certeza de Dios al hombre. Intenta construir una política sin derecho divino, una moral sin bases teológicas, una teoría del conocimiento limitada a los fenómenos de la experiencia, una religión sin dogmas ni misterios. Cristo dijo “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). Dijo al Padre: “·Conságralos en la verdad. Tu palabra es la verdad” (Jn 17,17). Quien en la historia ha leído vivencialmente el evangelio de Cristo, comprobará que jamás hubo un mensaje tan sublime, benéfico y sanador para el hombre. Nunca el hombre ha sido tanto como lo es en el evangelio. Lo han reconocido oleadas de cristianos de talento planetario. Y también personas no creyentes que han expresado su asombro y admiración a Jesucristo. Ocurre que leer bien el evangelio no solo hace sabedores, sino transformados. Aunque no todos los que leen y escuchan se convierten. Tiene en ello su responsabilidad el comportamiento de muchos que nos decimos cristianos. Y esto es motivo y causa de distanciamiento de la fe. Seamos evangelizadores. Dejémonos curar por Cristo y en el mundo habrá más luz y paz. Hagamos que hoy enseñen no solo nuestras ideas, sino nuestras vidas. Y el evangelio se hará irresistible para muchos. El error ciega, pero la libertad nos hace libres” (Jn 8,32), dice Jesús.

Franisco Martínez

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