Lecturas

Isaias 61, 1-2a. 10-11 – Salmo Lucas1, 46b-50.53-54 –

1ª Tesalonicenses 5, 16-24

Juan 1, 6-8. 19-28
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.
Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?»
Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.»
Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?»
El dijo: «No lo soy.»
«¿Eres tú el Profeta?»
Respondió: «No.»
Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?»
Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor», como dijo el profeta Isaías.»
Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»
Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.»
Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

Comentario

EN MEDIO DE VOSOTROS HAY UNO QUE NO CONOCÉIS

2020-21 3º Domingo de Adviento

            Estamos en el tercer domingo del Adviento y los textos litúrgicos son una fuerte apelación a la alegría. El motivo es la proximidad de la venida del Señor. La primera lectura corresponde al libro de Isaías y está escrita por un profeta anónimo que, a la vuelta del exilio de Babilonia, envía un mensaje de ánimo y confianza al pueblo. Se dirige a personas que sufren, que tienen roto el corazón,  a cautivos y prisioneros. Este mismo texto lo pone Lucas en labios de Jesús cuando en la sinagoga de Nazaret inaugura su misión. El texto subraya la alegría por el retorno a Jerusalén, alegría semejante a la de los novios a la espera de su desposorio. La liturgia evoca este texto dándole un sentido escatológico. La carta a los Tesalonicenses es el primer escrito del Nuevo Testamento. Los destinatarios están preocupados por la muerte de sus primeros miembros creyentes y no saben bien cómo afrontar la situación, pues, según la creencia dominante del tiempo, esperan la vuelta inminente del Señor. Pablo invita a una intensa alegría. Exhorta a mantenerse firmes  hasta la venida del Señor Jesús.

            La liturgia deja el evangelio de Marcos y se sirve de Juan para hablar del Precursor de Jesús. Recoge el impresionante prólogo de su evangelio y, también, la presentación de la persona del Bautista como testigo de la Luz. No es él la Luz, sino testigo de la Luz. No es la Palabra, sino la voz de la palabra.

            Los textos de la misa de este domingo son una apelación a una alegría intensa. Pablo insiste a los tesalonicenses: “Alegraos en el Señor; otra vez os lo digo: alegraos”. La alegría es siempre  consecuencia inmediata de la permanente iniciativa de Dios en favor de su pueblo. Y es la mejor demostración de que el pueblo está contento con él. En la historia de la salvación la alegría acompaña a todas y cada una de las intervenciones de Dios. El suceso central y fundante de la historia de Israel, la Pascua, representa un día singular “hecho por el Señor” en el que hay que alegrarse y darle gracias. El retorno del exilio está caracterizado por la fiesta y la alegría. Juan salta de alegría en el seno de Isabel ante la presencia de Jesús todavía en el seno de María (Lc 1,41.44). Entrar en la gloria, el Reino, es “entrar en el gozo del Señor” (Mt 25,21). Las alegrías profundas del hombre son las espirituales, porque radican dentro, en el corazón e impregnan la vida.

            El Señor viene hoy. Acogerle es el cielo. Inhibirse es perderse. El alejamiento de Dios es alejamiento de uno mismo. La máxima crisis del mundo es la crisis de fe y de esperanza. El hombre moderno, en lugar de buscar el Absoluto, se busca a sí mismo en la complejidad y superficialidad de la vida moderna. Ha perdido el sentido de lo eterno. Se ha quedado en manos de su propio destino al cambiar el impresionante amor de Dios por la fatalidad de una naturaleza mecánica, fría  e inmisericorde. Retornar hoy a una fe viva requiere una renovación profunda. El hombre moderno necesita reevangelizar el corazón. Claves de esta nueva evangelización son: el encuentro con Cristo por medio de la palabra de Dios, la integración y pertenecía a una comunidad de fe viva y comprometida, una celebración evangélica de la Cena del Señor, el compromiso cristiano por un mundo actual que renueve y restaure según Dios los asuntos temporales en la solidaridad y la justicia.

            El primer punto, clave de esta renovación, es hacer más explícita “la vida en Cristo”. Él es el Mediador siempre en acto, nuestra cabeza y plenitud. No somos solo cristianos, sino cuerpo de Cristo que ahora, en el tiempo, celebramos en nuestra vida la vida del Señor, los misterios de su vida, singularmente de su muerte y resurrección, como lo medular y específico de la fe. Al Jesús humano y temporal de Palestina, ascendido a los cielos, sigue ahora el Cristo místico de la Iglesia, de la comunidad cristiana. Resulta inconcebible un cristianismo sin Cristo, sin la acción asimiladora en él de la Pascua y del Año litúrgico tal como celebra incesantemente la Iglesia universal cada año. Sustituir la vida en Cristo por otras devociones particulares es falsedad e inautenticidad.

            Otro elemento necesario para el cristiano es su integración en una comunidad de fe. El individualismo es extraño al evangelio y a la tradición auténtica de la Iglesia. Sin fe compartida y sin solidaridad y comunión no existe la Iglesia. La Iglesia tiene aquí uno de sus mayores problemas en su acción pastoral. La vivencia comunitaria del Domingo por parte de la comunidad es tan antigua como la Iglesia misma. El Domingo es “el día que hace el Señor”. Jesús resucitado apareció a su comunidad “el primer día de la semana” (Jn 20,15) y “a los ocho días apareció el Señor…” (Jn 20,26). Aquí nace el domingo y partir de este hecho original y originante la Iglesia entera no ha dejado de reunirse nunca en la presencia del Señor. “No desertéis de las asambleas”, dice ya la carta a los Hebreos (10,25).  La asamblea reunida es, desde el primer momento, el lugar de encuentro del Señor con todos y de todos con todos, el espacio de la celebración de la fe, de reconciliación, de acercamiento, de la superación de diferencias, de reconocimiento mutuo, de gestos de solidaridad, de comunión fraterna. Es un error pensar que la eucaristía dominical es una más entre otras prácticas piadosas. La costumbre no hace la verdad. Sin el Domingo se desvanece el dinamismo específico de la fe cristiana. La ingeniosidad creyente ha de saber conciliar la santificación del Domingo y el fenómeno social de la evasión de las multitudes a los centros de ocio. El problema es trascendental, se ha incurrido en la dejación, y no se encuentran soluciones.    

            Elemento esencial es la celebración de la Eucaristía y la lectura concorde del evangelio. Sin ello no existe el Domingo. Pan y Libro, en la fe, se complementan. No se da lo uno sin lo otro. Con la eucaristía sola tendríamos una presencia muda. Con el evangelio solo tendríamos las palabras de un ausente. Lo que en el Pan es vida, el evangelio lo hace luz. Lo que en la Palabra es luz el Pan lo transforma en Vida. Pan y Escritura constituyen la presencia perenne de Cristo. Mediante ellos transforma a los hombres de todos los tiempos. Para que Cristo sea nuestra vida es preciso leer comulgando y comulgar leyendo.

            Fin absoluto de la Eucaristía es la caridad. La Eucaristía, en la mente de Cristo, es la misma cruz, “mi cuerpo entregado y mi sangre derramada”, hecha posible gracias a la institución de la Cena. La actualidad y representación viva del sacrificio de la cruz en la Eucaristía, como humildad y solidaridad, es uno de los datos más importantes de la fe. La libre y voluntaria muerte de Cristo, no caduca, se traslada al comportamiento cristiano. En esto consiste el “conmorir con Cristo”, crucificando el egoísmo y la insolidaridad. Pablo dice a los Corintios: “He oído que cuando os reunís hay entre vosotros discordias y diferencias”. Y añade: “esto no es celebrar la Cena del Señor”. Santiago amonesta sobre el trato preferencial a los pobres en las eucaristías. Esto es una verdad olvidada. El Papa Francisco, en sus últimas celebraciones en el Vaticano ha suprimido el solio o trono y ha optado por una silla corriente. Esto, y otras cosas, son un ejemplo a seguir. El pueblo vive la Eucaristía más bien como “fiesta”. Y engalana, y embellece hasta la saturación. Esto es verdad, pero no toda la verdad. Lo olvida, y pocos se lo enseñan, es que la Eucaristía es la actualidad y representación del mismo sacrificio de la cruz. Sacrificio no inhumano, pero sí sobrehumano. Porque es, y no puede dejar de ser, la muerte radical del ego, es decir, darse del todo y a todos, enemigos incluidos.

Francisco Martínez

www.centroberit.com

e-mail:berit@centroberit.com

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