Sabiduría 7, 7-11  –  Salmo 80  –  Hebreos 4, 12-13

Marcos 16, 17-30: En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?»
Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.»
Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.»
Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego síguerne.»
A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!»
Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.»
Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?»
Jesús se les quedó mirando. y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.»
Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»
Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.»

Comentario:

VENDE LO QUE TIENES Y SÍGUEME

2021, 28º Domingo ordinario

            El evangelio de hoy continúa afirmando que Jesús va de camino a Jerusalén. El camino geográfico representa la escuela ambulante en la que Jesús habla de su misión y del seguimiento de sus discípulos. Esta insistencia es una llamada para nosotros, a no quedarnos parados, a crecer en nuestro discipulado, a saber acompañar a Jesús, a ir abrazando su proyecto y su estilo de vida. Hoy lo hace en el tema de los bienes materiales, ofreciéndonos una valoración de los mismos. Nos advierte del peligro de la riqueza de cara a un verdadero seguimiento de Jesús.

Marcos nos describe, en primer lugar, a un joven rico preocupado por la vida eterna, pero también por ganar dinero. Este amor al dinero le hace rechazar la invitación de Jesús a seguirle. Marcos destaca la mirada cariñosa de Jesús hacia este joven que, ganando dinero, quiere también ganar la vida eterna. Cumple, según él dice, los mandamientos de Dios. Jesús le señala aquellos mandamientos que afectan a las relaciones con el prójimo. No se puede estar bien con Dios sin tener buena relación con los demás. El camino de acceso a Dios es el prójimo. Y esto tiene un precio: desprenderse de los bienes materiales y ser solidario con los necesitados. El joven rico no está dispuesto a pagar este coste y se aleja de Jesús. Jesús dice a los suyos que es difícil tener dinero y entrar en el reino de los cielos. Los discípulos se asustan de la rigidez de Jesús, y el Maestro insiste firme: “es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el reino de los cielos”. Los discípulos replican asustados “entonces ¿quién puede salvarse?”. Jesús replica que para Dios nada hay imposible.

A primera vista aparecería que el tema principal del evangelio recae en la falta de radicalidad del joven que se acerca a Jesús.  Sin embargo lo que constituye  el centro de la narración es lo que el Señor hace y dice, su forma de mirar con simpatía y su invitación a seguirle. Jesús no recrimina al joven que sea rico, ni siquiera le pregunta cómo ha adquirido su fortuna. Pero es una verdad universal que cuanto más se tiene, más preocupación se tiene para mantener lo que se posee. El poder y el dinero arrastran a una dinámica que atrapa y de la que es difícil salir. Las renuncias que parecen grandes pérdidas, nos ayudan a librarnos de muchas cosas que nos atan y nos hacen perder la vocación y el destino.

En el trasfondo de la escena palpita el pensamiento hondo de Jesús. Dios nos ha creado y ha formado la tierra para nuestro sustento. El hombre debe dominarla, hacerla  pródigamente productiva para que alimente al hombre, a todos los hombres. Pero Dios no solo nos ha creado, nos ha recreado en su gracia y amor destinándonos a participar de su propia vida personal. Dios se ha dado al hombre, él mismo, para hacerle infinitamente feliz. Y también para que, estañado él en el hombre, el hombre pueda hacer feliz al mismo Dios mediante sus propios dones. El hombre es capaz de Dios. Dios le ha hecho una obertura en el alma y quiere saciarla. Dios quiere que el hombre correalice con él su propia vida.  Dios es amor. Lo que Dios es por naturaleza, el hombre lo ha de ser por vocación. Está hecho para lo infinito. El camino es el amor. Dios le da su Espíritu Santo para que el amor con el que Dios ama, sea también el amor con el que el hombre ame. Dios quiere que el hombre disfrute con los bienes de la tierra. Pero no que agote en ellos su capacidad. Son demasiado efímeros. Quiere que no sea rico en tierra y pobre en amor. Dios es amor y quiere que también el hombre viva la experiencia absoluta del amor. Muchos hombres darían grandes fortunas para comprar amor, si el amor fuera comprable. En este diseño, amar menos es un suicidio. No cultivar el amor es empobrecimiento y autodestrucción.

Ahondemos más en el pensamiento de Jesús. Dios se da él mismo al hombre para que pueda compartir su misma felicidad. Las riquezas materiales, los dones de la tierra, sin Dios no existirían. Dios los ha creado para que sirvan al hombre, no para que le dominen. No es lo mismo servirse de esos dones que servirles a ellos. No es lógica evangélica ser creyente y anular el gusto de ser persona. Ni Dios podría hacer que el hombre dejara de ser feliz con él y encontrar, en cambio, la felicidad en las riquezas. “No podéis servir a Dios y a la riqueza” (Mt 6,24). Dios es amor. Solo él es el amor, todo el amor. Solo Dios puede saciar al hombre. Al hombre que no ama le falta el Infinito y no puede ser feliz. Dios le quiere ganador, no perdedor, feliz, no entristecido. Jesús tiene razón. Es mejor ser que tener. Hay que tener en la eternidad y no solo en el tiempo.   El mal del rico es que el exceso empobrece su corazón. Las riquezas generan ansias continuas y hacen perder la paz. Pervierten el corazón y rebajan los pensamientos pues llevan a hablar siempre el lenguaje de la avaricia. Hacerse rico es en verdad hacerse pobre y miserable. La avaricia empobrece el alma de quien la posee. El rico tiene siempre sed insaciable. El exceso de la riqueza es más insoportable que la misma pobreza. Hay ricos tan pobres que solo tienen mucho dinero, pero carecen de amor y de paz. Una gran riqueza es gran esclavitud. El reino del dinero es la mayor conspiración que el mundo ha conocido contra la libertad de los hijos de Dios. Es un mundo sin entrañas, negación del espíritu libre,  del trabajo creador y dichoso, de la vida desinteresada. El peor mal de un mundo materialista no es el de hacer morir de hambre a los hombres, sino el de ahogar en la mayoría de ellos la posibilidad y el deseo de ser personas y de ser verdaderos creyentes. Vivimos en una injusticia planetaria y no tenemos conciencia de ello. Hay diez ciudadanos en nuestro planeta cuyo patrimonio es superior a la suma  de las rentas nacionales de los cincuenta y cinco  países más pobres del mundo. En este mundo, asesina más el hambre que las armas.

Debemos hoy reflexionar en las palabras de Jesús, sin mitigarlas. Nos afectan a todos. Todos tenemos el corazón endurecido. Cambiar el corazón de piedra por un corazón de carne, trascender el egoísmo y la generosidad es un problema grave y urgente. Solo Dios puede hacerlo. Hay que dejarse convencer y pedirlo. Lo obtendremos  no por vía del esfuerzo, sino de la petición y oración. Solo Dios puede hacerlo. Pero él quiere. Nada quiere tanto Dios como que amemos la verdad. Es peligroso que la abundancia nos haga perder el gusto por Dios. ¿De qué nos sirve ganar el mundo entero si perdemos el Infinito?

Francisco Martínez

www.centroberit.com

e-mail:berit@centroberit.com

 

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