Isaías 52, 7-10  –  Salmo 97  –  Hebreos 1, 1-6

Juan 1, 1-18: En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio d él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Comentario:

EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ EN NOSOTROS

Navidad 2021

            Hermanos: hoy es Navidad. ¡Felicidades! ¡Enhorabuena! Es la fiesta de la nueva humanidad. Es el acontecimiento que nos lleva a mirar al Niño de Belén, cara a cara, para poder mirarnos a nosotros mismos en él. Esto es lo que Dios quiere.  Si Dios se encarna es por los hombres y para ellos. Es en el rostro de Jesús donde podemos llegar a ver nuestra propia y verdadera identidad temporal y eterna, humana y divina. En Belén Dios se hace hombre para que nosotros, en él y por él, podamos alcanzar una existencia divina. Pero estamos lejos de comprender la verdadera realidad en su contenido misterioso histórico y evangélico. Somos parte importante de la crisis de una generación que no acaba de asumir la renovación conciliar. Damos la impresión de que todavía vivimos en la etapa de la crisis, más que en la de la recuperación. La participación consciente y activa de la espiritualidad navideña es un test que nos dice hasta qué punto vivimos una renovación verdadera o estamos sedimentados en la rutina y la costumbre.

Las tres lecturas de esta “misa del día”, de la Navidad, nos ofrecen un cuadro grandioso del significado espiritual de esta solemnidad, capaz de poner nuestra vida en pista. En la primera lectura, del libro de Isaías, un profeta anónimo escribe  en el exilio de Babilonia, en el siglo VI antes de Cristo, dando ánimo y consuelo al pueblo que vive lejos de su tierra y desea volver a Jerusalén. El mensaje que ofrece es “Tu Dios reina”. Las ruinas de la ciudad son invitadas a alegrase ante la perspectiva del consuelo y la liberación próximos. El Señor libera y rescata Jerusalén. No se ha producido todavía esa victoria. Pero el Señor está siempre presente. Su acción no tiene fisuras en el tiempo. “Todas las naciones verán la salvación de Dios”. La presencia de la mano del Dios liberador la reconocemos nosotros ahora al releer las palabras del mensajero.

La segunda lectura es de la carta a los Hebreos que representa una novedad radical en la teología del nuevo testamento por su universalidad y creatividad. El Hijo es el heredero de todo y el mediador de todo. Nos transmite una herencia personal y espiritual. Es reflejo y huella de la gloria divina y sostiene el universo con su palabra. Sostiene la creación entera. Está sentado por encima de todos los mediadores.

El evangelio de hoy es el prólogo del evangelio de Juan. Se trata de un impresionante y solemne himno cristológico. Juan nos sitúa en la raíz y comienzo de la salvación y de la historia universal. La Palabra de Dios hizo salir del caos el cosmos y de la oscuridad la luz y la vida. En el principio era la Palabra porque la Palabra era Dios. El evangelio se centra en el testimonio del Bautista para hablar de la luz que emana de la Palabra y de las reacciones que esta encuentra en los oyentes. Describe la gracia que nos aporta el Hijo procedente del Padre. Y aquí el evangelista entra de lleno en el corazón del misterio. 8 veces cita la “Palabra” y otras 8 veces menciona a “Dios”. Jesús es la Palabra y la Palabra es Dios. Jesús tiene autoridad esencial. Acercarse a Jesús es entrar en el proceso de ser hijos de Dios. Él viene lleno de gracia y de verdad.

En la Navidad un niño fue constituido Dios, un Dios con nosotros y para nosotros. Dios ama al hombre y quiere vivir familiarmente con él y como él. Encarnado el Verbo de Dios, se apropió del pecado de todos los hombres, asumiendo nuestra condición pecadora. Donde había pecado puso amor. Donde había maldición puso bendición. La cruz, en su significado profundo, representa el gran retorno a Dios de la humanidad pecadora. Donde la humanidad cae, Jesús obedece y se somete. La vida y muerte de Jesús es el reconocimiento del Padre sobre todas las cosas. Jesús, obedeciendo, realiza una fidelidad y amor superior al pecado de la humanidad entera. En su humillación y rebajamiento demuestra su poder de Dios mucho más que realizando portentos y prodigios. En la cruz escondió su omnipotencia divina en la impotencia humana. Y este es el triunfo de Dios contra el mal del hombre. Su obediencia fue la nuestra. Su resurrección fue nuestra resurrección. Resucitó por nosotros y para nosotros. Él fue constituido por el Padre fuente y modelo de la Iglesia. La Iglesia de la tierra no es sino prolongación de la humanidad gloriosa de Cristo resucitado en los cielos.

La venida divinizadora de Cristo al mundo y a nuestras personas es el suceso más grande de la historia. Transforma nuestra persona que penetra en la esfera de Dios. Pero se malogra toda su eficacia y realismo cuando solo conocemos informativa o formativamente, con un conocimiento conceptual o intelectual, como sucede en tantas escuelas y catequesis, en las que se cultiva la razón y no tanto el corazón. El concepto, la simple idea, tiene desproporción infinita con Dios. Hay un conocimiento en el pueblo de Dios que procede de él como sabiduría y entusiasmo, que afecta a la persona entera, que se dilata creyendo y amando, en el que el hombre más que pensar él, es iluminado; más que moverse él, es movido y conmovido por Dios. Es conocer en el mismo conocer de Dios y amar en el mismo amor de Dios. “En tu luz veremos la luz”, dice el salmo.  Y Jesús, estremecido de gozo en el Espíritu Santo exclamó: “Gracias te doy, Padre, porque has escondido estas cosas a los poderosos y las has revelado a los sencillos” (Mt 12,  ). Este conocimiento viene de Dios pero el hombre puede disponerse a él, sobre todo, por la comunión frecuente, sistemática del evangelio, realizada principalmente  en grupo de fe, asimilando la palabra de Jesús, sus discursos y parábolas, intentado una organización evangélica del corazón y de los sentimientos. Es la mejor navidad de Jesús en nosotros, sobre todo si la complementamos con la solidaridad fraterna, material y espiritual. Que Cristo haga su navidad en nosotros y que nosotros seamos navidad de Jesús para los demás.

Francisco Martínez

www.cantroberit.com

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