La resurrección de Cristo de entre los muertos es el fundamento y núcleo de toda la vida cristiana. La pascua de Cristo es lo único y todo lo que celebró la Iglesia de los primeros siglos. Y debería seguir siendo la fiesta única y total queriendo afirmar con ello que es lo que da sentido a todas las cosas, celebraciones y acontecimientos en la Iglesia de hoy y de siempre. La resurrección de Cristo tiene actualidad y validez perpetuas. 

1. EL PODER DE DIOS SUPERA LOS IMPOSIBLES HUMANOS 

La muerte es el límite absoluto e infranqueable del pensamiento y del poder humanos. Sólo Dios puede salvar el foso entre la muerte y la vida. La crucifixión de Cristo fue para sus seguidores crisis y catástrofe definitiva. La fe y esperanza alumbradas por Jesús se hundieron por completo. La ejecución de Jesús reducía su mensaje a un error, anulaba la fe en su persona y proyecto y arrasaba la comunidad reunida en tomo a él. Un hombre crucificado era, en la mentalidad general un ser maldito de Dios y un excomulgado por parte del pueblo. Pero, de repente superando dificultades y peligros incontables, los discípulos aparecen arracimados en Jerusalén con la sorprendente audacia de formar la primera comunidad. Es el testimonio unánime de los escritos apostólicos. Señalan como fundamento una acción directa y poderosa de Dios que «ha resucitado a Jesús», «lo ha vivificado», «lo ha exaltado a su derecha», «lo ha entronizado como Mesías y Señor», como «cabeza» y «plenitud» de la nueva humanidad. Posteriormente a estas formulas simples siguen confesiones de fe más amplias y complejas. 

2. LA RESURRECCIÓN DE JESÚS O LA CERCANÍA INFINITA DE DIOS AL HOMBRE 

La resurrección de Cristo es resurrección de la humanidad y para la humanidad. El Jesús de la historia y el Cristo de la fe son inseparables. En la misma eucaristía primitiva los discípulos de Cristo no se reunían para venerar cosas ni para centrarse y concentrarse en la persona autónoma de Cristo. La eucaristía era el don dinámico de Cristo a los hombres como fundamento y posibilidad del don comunitario de los unos a los otros. El cuerpo místico era entendido como la realidad más profunda de la eucaristía. «Sois lo que recibís» decían los Padres. No podían dudar de la presencia de Cristo en el pan porque le veían presente en la comunidad, su Cuerpo. Así la resurrección de Cristo era también la nueva vida de la comunidad, la razón de ser de la nueva fraternidad. La fe de los primeros siglos no se ligó exclusivamente a la persona de Cristo, verdadero Dios y hombre. Se centró en su obra, en el porqué y para qué de su encarnación. La Iglesia era entendida como la prolongación de Cristo, de su encarnación y cena. El primer plano de la eclesiología era la comunidad como cuerpo de Cristo. La cristología era entendida como verdadera antropología. El Dios de Jesucristo no aparece como una deidad abstracta, sino como Padre que nos da al Hijo y la vida gloriosa del Hijo. La vibración fuerte no es una moral, sólo, sino una experiencia intensa, estremecedora, espiritual, de la paternidad de Dios. Jesús no se limita a hablar de la resurrección de los justos. Él es nuestra resurrección y vida. La nueva humanidad es el espacio de la nueva vida de resurrección transparentada en una experiencia de la bienaventuranza, de la paz y del amor totales.

3. LOS DOS ESQUEMAS MENTALES PARA IMAGINAR LA RESURRECCIÓN DE CRISTO 

Coexisten dos visiones. Una que contempla la crucifixión, sepultura, descenso a los infiernos, resurrección y exaltación de Cristo como un todo simultáneo e indiviso. La distinción obedece a exigencias de la exposición del mensaje que es adaptado de diversa manera por los mismos hagiógrafos a las posibilidades y ritmos de las diferentes comunidades. Otra, que reproduce un esquema popular, contempla a Cristo en los momentos sucesivos de su crucifixión, muerte, sepultura durante tres días, nuevamente en la tierra en el espacio de cuarenta días realizando las apariciones, y finalmente acontecen su Ascensión a los cielos y, por fin, Pentecostés. 

Durante los primeros siete siglos de la Iglesia la iconografía describe a Jesús resucitado saliendo no del sepulcro, sino de los infiernos. El significado es sugerente y profundo. En el mensaje del Nuevo Testamento y de los Padres de la Iglesia la resurrección de Cristo no es simplemente una resucitación fisiológica: es la victoria contra el mal total, la muerte y el pecado. El pecado y el mal, de los que se deriva la muerte, no son sólo de orden biológico, moral y humano, sino infernal, total. Es el desastre integral, la absoluta negación de la vida como vocación, proyecto y destino. Jesús no ha vencido el mal sólo en la cruz, ni en el sepulcro mismo, sino en su propia casa, en su mismo seno, en los infiernos.

La resurrección no se identifica  con las apariciones. Son manifestaciones, hierofanías de alguien que está en los cielos, no manifestaciones de alguien que está en algún lugar de la tierra y a la manera de los seres terrenos. Dios y lo divino no es adaptable al ojo físico del hombre, ni el hombre tiene capacidad natural de “ver” directamente a Dios, o a Cristo convertido ya en Espíritu vivificante. Son sin duda un hecho, una fuerte experiencia obrada por Dios. 

4. LA RESURECCIÓN DE CRISTO, ACONTECIMIENTO DE FE Y PARA LA FE 

Quien permanezca estancado en una comprensión de la resurrección como un suceso de apariencias o fenomenología ordinario está literalmente perdido. Y lo están también los que quieren penetrar en el suceso de la resurrección por el camino de la razón o de la curiosidad, o queriendo ver en ello «pruebas que demuestren». La resurrección de Cristo no tiene analogías ni parecidos. No es la resurrección de un cadáver como el de Lázaro. No es «volver» a la tierra y a la manera terrena. Es el paso a la forma de existencia definitiva junto a Dios y si lo llegamos a creer y conocer es porque resurrección de Cristo y vivificación de la comunidad representan un mismo hecho. La resurrección de Cristo trasciende con mucho la fenomenología de una carnalidad fisiológica y la realidad meramente individual y física de Cristo. Es el testimonio confesado y la fe acogida lo que hacen de la comunidad un espacio de vida nueva, resucitada, de naturaleza divina, y con destino universal. La insistencia de los documentos en un Jesús que se ofrece para ser visto y palpado obedece a una reacción contra la cultura helénica, siempre recelosa de la carne, exclusivamente centrada en la mente y en el espíritu, y también a ciertas corrientes primitivas que piensan o hablan de un Cristo mas aparente que real. 

La resurrección de Cristo no es un fenómeno ordinario. Los mismos testigos que lo ven no se aclaran. Le confunden con el hortelano, un fantasma, un vulgar caminante. Hay titubeos y resistencias. Los ojos sólo concluyen en firme cuando entra en escena la fe, que es lo válido y seguro. Es el mismo Señor quien lo explica: «dichosos los que sin haber visto creen» (Jn 20,29). Juan, el hombre mas próximo al Señor, confiesa de sí: «vio y creyó» (Jn 20,8). Los discípulos de Emaús caminaron juntos con Cristo sin reconocerle físicamente. Gráficamente dice Lucas: «entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron» (24,31). Este abrir de los ojos no era un ver fisiológico o mental. Era una experiencia fascinante sobre Cristo, su vida y mensaje, su muerte y resurrección, un desbordamiento del Espíritu tomando a las personas por entero. Jesús siempre expresó recelo por el maravillosismo de los milagros al margen de la fe. Creer en una persona es de otro orden que el milagro. Es fiarse de alguien por él mismo.

5. LA REALIDAD NUCLEAR DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

La resurrección, como realidad que acontece, no es un suceso físicamente comprobable. Es una revelación. En ella coinciden diferentes expresiones del mismo suceso. Se trata de una convergencia de múltiples hechos como fruto y resultado de una acción del Espíritu que va del cuerpo ya espiritual y vivificante del resucitado, al cuerpo de la primera comunidad con destinación a la humanidad entera. Ahí coinciden los testimonios de Jesús durante su predicación y que ahora son comprendidos en una nueva luz; la irrupción de una poderosa fuerza divina que tiene su origen y expresión en Cristo resucitado que ilumina y conmueve; una experiencia intensa y fuerte que estremece de gozo en el Espíritu Santo como aconteció en Jesús ante la revelación de los sencillos (Mt 11,25-27); un mensaje o revelación fuertemente impactante, creído, vivido, testificado y transmitido; un nuevo y fascinante estilo de vida en los creyentes.

6. LA RESURRECCIÓN DE CRISTO COMO MENSAJE TRANSMITIDO Y FE ACOGIDA

Ya desde el primer momento, los discípulos y los seguidores de Jesús han dado una dimensión de su resurrección muy diferente de la que relatan los historiadores. Es la que procede de la fe. No se trata de un Cristo narrado, sino vivido. No es simplemente la suma de unas noticias de la historia y de una piedad añadida basada en una imitación moral, sino la de un suceso vivido. Una realidad no es simplemente ella, sino lo que llega a ser. Jesús no es él sólo, sino su porqué y para qué vino. Su misión y obra. Su relación y permanencia con nosotros. 

Insistimos: Cristo quiso que su resurrección fuera nuestra resurrección. Para ello la dotó de un elemento de perennidad, de actualidad indestructible. Es el corazón del misterio. Es algo que perdura y se actualiza como memorial. Y si es memorial es porque se trata de un hecho continuamente proclamado y confesado. A Jesús se le ha narrado y creído. La narración constituye el carácter duradero de todas las cosas. Contar una cosa es hacerla perdurable. La palabra es comunicación, animación, recreación, vivificación, constituye el acontecimiento de todas las cosas. La vida se identifica con el relato. Vivir es relatar, narrar es vivir. La historia no son sólo los sucesos, ni siquiera la vida a secas: es la vivencia. Los mismos evangelios no son libros de historia; son escritos para fundamentar la fe. No ofrecen a un Jesús para conocer, sino para creer. Son teología y mensaje, vivencia y experiencia. Siempre nos interpelan, como Jesús, gritando: “¿Y vosotros, quién decís que soy yo?” (Lc 9,20). 

Una obra, una sinfonía no es completa cuando es compuesta, o interpretada, sino cuando es percibida por el público, cuando el oyente se la apropia. No existe prácticamente sino en relación con el público. Lo que no se vive es como si no existiera. Es algo inacabado hasta que no es leído y escuchado; cuando, al oír, entra dentro de nosotros. La fe nos cambia la existencia e identidad. Somos seres abiertos y sólo existimos en la relación y acogida, en la memoria compartida. Una doctrina verdadera se convierte en falsa a causa de la inconsciencia o somnolencia. La resurrección sólo es real para mí, para ti, cuando la creemos y compartimos. El anuncio y mensaje, las palabras, aquí están por encima de los hechos desnudos. El mensaje proclamado y acogido ocupa el puesto del objeto nunca visto carnalmente, el cuerpo de Jesús. Y ello es así porque ahora Cristo no está limitado por la carne: es espíritu de vida. Vive en nosotros por la fe que cree y se abre a él y su acción. 

7. LA RESURRECCIÓN DE CRISTO Y LA NUESTRA, OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

El Nuevo Testamento vincula la resurrección de Cristo con la nuestra en virtud de la obra del Espíritu Santo. El texto clave es de san Pablo: “Y si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8,11). Pedro relaciona nuestra resurrección con el Espíritu Santo: “A este Jesús Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Act 2,32-33). Por ello, el Espíritu de Jesús viene sobre nosotros a partir de la Resurrección de Cristo: “No había Espíritu porque Jesús todavía no había sido glorificado” (Jn 7,39). 

El Espíritu habita en el cristiano (Rom 8,9; 1 Cor 3,16), en su cuerpo (1 Cor 6,19), en su espíritu ( Rom 8,16), y es primicias (Rom 8,23) y arras (2 Cor 1,22; 5,5) de la gloria. “Por Cristo tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu” (Ef 2,18). La resurrección de Cristo tiene destinación universal. Él resucitó primero de entre los muertos, como Primogénito (1 Cor 15,20; Act 26,23; Col 1,18; Ap 1,5) y es principio no sólo de resurrección futura, sino actual, pues en Cristo ya estamos vivificados, resucitados y sentados con él en los cielos (Ef 2,6). Cristo es “la resurrección y la vida” (Jn 11,25). Lucas, al relatar Pentecostés, dice “y sucederá en los últimos días…” De tal manera el Espíritu está vinculado a la resurrección que Pentecostés nunca fue en los primeros tiempos una fiesta autónoma, la fiesta del Espíritu Santo en cuanto tal. Fue en el curso del siglo IV cuando se comenzaron a distinguir las fiestas de la resurrección, Ascensión y Pentecostés. 

 

8. LA RESURRECIÓN DE CRISTO SIGNIFICA SER Y HACER COMUNIDAD: AMAR

Si Dios es amor, resucitar es amar. Y esto es inviable sin comunidad: La resurrección es mensaje vivido, transmitido, acogido, no como concepto, sino como vida. Es donación mutua de fe y de amor. La experiencia pascual es el lugar y medio de la manifestación originaria del Resucitado en la historia. No es exacto afirmar que los discípulos vivieron la experiencia de la resurrección y que nosotros ahora sólo tenemos noticias, conocimiento, de su experiencia. Nuestra fe no vive de mera autoridad. Cristo es ayer, hoy y siempre. La comunidad entera vive hoy su propia experiencia pascual. No es una fe meramente prestada, sino personalizada. También hay hoy una inmediatez en el encuentro personal con Cristo resucitado, aunque el Señor no se nos aparezca como a los primeros discípulos. Cristo se nos comunica a través de su palabra y del pan. Y la comunión de la comunidad, el compartir con los más pequeños y necesitados (Mt 25,31-45) reafirma nuestra experiencia pascual, nuestra comunión con Cristo.

Si resucitar es amar, hoy y aquí, la vida gloriosa de Cristo ha de ser una realidad encarnada, una fe transparentada en una seglaridad creyente y confesante, personal y social. Resucitar, en la eucaristía, es compartir, ser siempre positivos, curar enfermos y liberar cautivos siempre y en todo. 

Resucitar es superar la inconsciencia, la tristeza, el desamor de la gente. Es anticipar el reino de Dios componiendo y arreglando según Dios los asuntos temporales. Es un nuevo modo de hacernos responsablemente presentes en la historia integral, temporal y eterna, social y espiritual, personal y comunitaria. Es enseñar a compartir, a estar integrados, a participar, creyendo y promoviendo el protagonismo responsable y activo del pueblo en las celebraciones de la fe, en el testimonio evangelizador, lejos del hieratismo pomposo, del pietismo desencarnado, del ritualismo sin contenidos fidedignos de evangelio. 

9. PARA LA ORACIÓN PROFUNDA

Elige alguno de los textos que más te toman. Repítelo lentamente, creyendo, aceptando, comulgando. Puedes hacerlo también con los textos siguientes:

Pablo habla del bautismo como una resurrección ya anticipada: «Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo –por gracia habéis sido salvados- y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús» (Ef 2,4-7).

«Así, pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios» (Col 3,1-3).

«Y si el Espíritu de aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en vosotros, dará también vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rom 8,11). 

Haz el proceso

SALGO DE MÍ.  VOY A TI.  TODO EN TI.  NUEVO POR TI.

 

Por Francisco Martínez («Dejarnos hablar por Dios», Herder)

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