1. LA ORACIÓN, ENCUENTRO PERSONAL

Quien no se siente amado difícilmente puede amar. Se busca a sí mismo o busca en sí o fuera la compensación. Esto conduce a una trampa mortal que afecta a nuestra identidad. Existimos fuera de nosotros mismos. Algo de nosotros no está dentro de nosotros, en nuestra conciencia lúcida, sino en el exterior. Se dan en nosotros procesos psíquicos que no identificamos y que sin embargo condicionan fuertemente nuestra misma conducta. Somos necesidad y búsqueda de felicidad. Con ello intentamos rellenar nuestro vacío, nuestras carencias básicas, nuestra ausencia radical. El deseo nos mueve. Pero al tender a lo que juzgamos como bueno, cuando encontramos dificultades o prohibiciones nos valemos de sustitutos para compensarnos y justificarnos. La misma religión no es, en ocasiones, sino un pretexto compensatorio.

Hay equívocos individuales y sociales. En un tiempo, todos creían que la tierra era el centro del universo. Durante siglos no se pudo ni sospechar la aventura de la evolución del universo y del hombre. Hoy son muchos los que opinan que sólo existe lo que se ve. Pero una cosa es la historia y otra el porqué de la historia. Una cosa son los fenómenos que vemos y otra muy distinta son sus causas y motivaciones. El inconsciente nos habita y determina sin que podamos saber cuánto ni cómo. No mandamos en nuestra propia casa. Tenemos una libertad cautiva. La falsa conciencia nos afecta a cada paso. Llegamos incluso a racionalizar nuestros errores. Nadie, ni conservadores ni progresistas, ni amos ni criados, tiene asegurada la inmunidad frente al autoengaño. El inconsciente está ahí, ignorado o no, en nuestros modos de pensar, de sentir y actuar. Frecuentemente, en nombre de Dios, realizamos justamente todo aquello que Dios prohíbe.

Toda frustración desencadena la agresividad, la intolerancia, la exclusión de todo, o de todos.  Falsea la realidad. Son muchas las realidades afectadas por nuestras deformaciones internas: la imagen de Dios, la oración, las personas, la historia, el poder, el pecado, la culpa. Todo puede ser campo abonado para la trampa sustitutiva, para el engaño, para el extravío mental y afectivo.

Este fenómeno afecta a la imagen que nosotros tenemos de Dios. No le dejamos ser y hacer de Dios. Lo manipulamos a nuestra medida. Muchos imaginan preferentemente un Dios Ser eterno, omnipotente, un Dios que se impone, no que se expone. Les domina el deseo de seguridad que se deriva del concepto de omnipotencia. Otros le necesitan como garantía para ser poderosos: la vinculación de conciencia es máximo poder. No son raros los que apelan a la coacción, los castigos, la hoguera, para proteger sus ambiciones. No les fascina un Dios débil, encarnado, que se anonada a sí mismo, que ha querido poder precisamente renunciando a toda clase de poder, que ama en la dificultad o en la animosidad, y que ha escogido la debilidad de la cruz como fuerza y como pedagogía para atraer y convencer.

Este fenómeno afecta también, frecuentemente, a nuestra oración. Deberíamos pensar qué hacemos, en el fondo, cuando oramos, con quién hablamos y para qué. Porque vamos a Dios y, sin embargo, no salimos de nosotros. Buscamos en él la seguridad, las compensaciones temporales o de deseos reprimidos, el apoyo para nuestra magnificación narcisista. Es importante saber analizar con quién hablamos, con Dios o con nuestro superyo. Dios es, a veces, un pretexto para nuestros deseos, un instrumento para el logro de nuestras ambiciones.

2. UNA DEPENDENCIA VIVIFICANTE

Uno de los más graves problemas de la vida cristiana es que intentamos hacer por nosotros mismos lo que sólo Dios puede hacer en nosotros. Que en la misma oración sólo estamos en nosotros, en lugar de estar con él. Nuestro encuentro con él en la oración suele ser casi siempre sólo «cosa» nuestra, iniciativa y esfuerzo nuestro: somos más activos que receptivos. Y además, no es contacto vivo y directo: nos dirigimos más a una imagen subjetiva de Dios que al Dios viviente. No nos dejamos vivificar, transformar por él.

3. DIOS, PRESENCIA VIVIENTE, NO IMAGEN MENTAL

Existe entre nosotros un fuerte desequilibrio entre el concepto y la realidad. Y esto nos lleva al engaño. Pensamos poseer una cosa simplemente porque ya tenemos conocimiento de la misma. Hay un exceso de «formación», de documentos, con detrimento de la «iniciación», de la experiencia. Cuando queremos educar en la fe, dedicamos un porcentaje altísimo a la transmisión de conceptos y muy poco a la implicación del corazón: a la motivación, a la afectación de la voluntad y a la maduración de la experiencia.

En la práctica de nuestra oración, «meditamos», «reflexionamos», pero no «oramos», no dialogamos intercambiando el ser. Nos centramos en la expresión de  palabras. Y menos todavía sabemos escuchar, haciéndonos radicalmente receptivos. A la hora de evangelizar, o de orar, difícilmente salimos del mundo de los conceptos. Unos se expresan como muy espirituales. Otros más comprometidos. Es igual. Nos amarran las ideas y vivimos en los extrarradios de nosotros mismos. Reflejamos lo exterior de nuestra persona, pero no nuestra persona misma. 

El lenguaje conceptual resulta siempre inadecuado por su misma naturaleza, y no sólo a causa de la mentira, de la superficialidad o de la marginalidad. Aun siendo imprescindible, no puede decir lo que tenemos de más íntimo, el tú a tú profundo, con los hombres y con Dios. Incluso puede ser obstáculo para ello si nos detenemos en él. Nunca se dice todo lo que se es. El hombre tiene más riqueza en su intimidad que en sus expresiones. A veces las palabras nos retienen fuera, no nos introducen dentro. 

A Dios sólo se le conoce conceptualmente por semejanzas o analogías. Ascendemos a lo infinito valiéndonos de las realidades finitas. El juicio que se sirve de  analogías pierde riqueza original debido a su modo de significar, que siempre procede de las criaturas y se apoya en ellas. Lo infinito y lo finito no pueden ponerse en proporción. Cuando damos tanto valor al concepto y lo hacemos casi exclusivo en nuestras comunicaciones con Dios, acontece un fenómeno extraño: ponemos en común lo más exterior nuestro, las palabras, con lo más exterior de Dios, su imagen. El amor efectivo es lo más íntimo del hombre y también de Dios. Sin amor no hay encuentro o contacto vivo. Más todavía: los conceptos más sublimes pueden convertirse en ídolos cuando terminan en ellos mismos y no son mediación hacia la radical alteridad de Dios. Reducir la iniciación a la formación-información es talar la senda de acceso a la experiencia. Hay confusión e insuficiencia permanente allí donde el acontecimiento queda reducido a pensamiento. Hay que saber remontarse a la fuente original de la vida situándonos ante aquella Presencia que quiere provocar la experiencia y comunión.

Todo lenguaje reproduce una presencia en la ausencia. Desvela algo y oculta mucho. El ser profundo nunca es representable del todo: se escabulle cuando pretendemos abarcarlo del todo. Pretender decirlo todo es desdecirse, desdecir el ser profundo y original. El «todo» es indecible. Decidirse por la experiencia es gozar de algo, pero también morir a una riqueza mayor. La esencia humana y subjetiva es siempre una realidad indefinible, siempre abierta.

Quien ama el encuentro y la comunión efectiva debe abandonar la pura subjetividad, sus certezas y seguridades. Ha de consentir en el abandono de actitudes rígidas y cerradas de lo que sabe, es y tiene. Dejarse iniciar es estar siempre de camino. Saber, sólo saber mucho, es el enemigo más encarnizado del pensamiento. Al que se comporta como si fuera el amo del lenguaje, el lenguaje le esclaviza a él: reduce el ser y reduce la experiencia del ser de los demás. El hombre no posee el lenguaje: es más bien poseído por él. El hablante es un «hablado». Alguien habla mejor cuado se deja decir. Hablar es, ante todo, saber escuchar. Toda idea no es sino la huella de un ausente que invita a no detenerse en ella sino a seguir escuchando hasta que se produzca la Presencia.

4. SABER ESCUCHAR

Ante el problema de Dios, del sentido, la actitud más digna es observar un silencio sonoro y respetuoso. Es consentir en el hecho de nuestra pobreza y contingencia, y permanecer en actitud de escucha para poder percibir el don de la Presencia. El verdadero maestro o evangelizador es aquél que no pretende decirnos todo, sino que nos enseña a estar abiertos y mantenernos en actitud de acogida; aquél que nos ayuda a optar por el riesgo de lo abierto, que suele ser el clima de los enamorados, para esperar la venida de Dios, de su gratuidad; aquél que ha descubierto la gratuidad del ser y se deja hablar por ella. Es aquél que enseña a los hombres a esperar que la Presencia se produzca. Pues el don no tiene medida ni cálculo, ni explicación ni justificación. Es pura gracia. Sólo uno puede apropiarse del don cuando vive en vigilante desapropiación. El pastor o iniciador verdadero es aquél que no reduce la fe a representaciones fixistas. Busca dejar hablar a la Palabra, dejarse amar y tocar por la gracia… Respeta siempre la radical alteridad y gratuidad de Dios, que puede decir y pedir a cada uno lo que él quiera. No se encierra en la búsqueda de seguridades, de éxitos o eficacias. Se preocupa por iniciar a estar abiertos y disponibles a la Palabra.

El magisterio verdadero no deja nunca cerrados ni en el «maestro» ni en sus «documentos». Creer en serio no es algo que termine en un orden o una rutina. Es preciso tener el coraje de recelar de un Dios consuetudinario que siempre nos deja en la rutina, en el refugio de una confortable seguridad contra los miedos y la angustia. No podemos perder la presencia de la ausencia. Es siempre más lo que ignoramos que lo que sabemos. El encuentro verdadero acontece cuando abandonamos la pura doctrina, cuando abandonamos el saber como simple saber. Cuando conduce a un espacio en el que el creyente vive su relación afectiva con Dios y con los otros. 

La verdad cristiana no es un núcleo invariable que se entrega como un depósito clausurado, cerrado. Es un acontecer permanente expuesto al riesgo de la historia y de la libertad interpretativa de la Iglesia bajo el impulso del Espíritu. Es insuficiente afirmar que la palabra de Dios es una realidad invariable y que tan sólo cambian las diferentes culturas que la expresan en el correr de los tiempos. Esto significaría reducir el acontecimiento siempre vivo de la palabra de Dios a la simple posesión de la misma como documento ya muerto. En ese caso la doctrina haría de Dios un ser muerto o lejano. Y con ello se perdería la gratuidad. La palabra de Dios establece siempre una relación viva. Donde no se da la relación tampoco existe la libertad. Y donde muere la libertad, ya no existe la gratuidad.

El «hoy» de Dios es siempre algo vivo. Es el devenir de la vida misma en lo que tiene de más histórico, corporal y mortal. Dios nunca es un objeto inerte. Es siempre Sujeto-Novedad. Es preciso sustituir el Dios objeto, o superobjeto, por el Dios existencia o un Tú absoluto. No se puede petrificar la vida. La historia es acontecer. Dios no es libre de no ser libre. Nadie es propietario de Dios, nadie puede apresarlo en sus expresiones. La fe es un camino siempre en marcha. 

El seguimiento de la cruz nos recuerda que todavía no estamos en el fin, en la gloria. Que vivimos en proceso y debemos progresar siempre. Que ya tenemos la presencia del Cristo glorioso, pero en la ausencia de la visibilidad, de seguridades y certezas absolutas. La cruz de Cristo nos obliga a mantenernos siempre ante la presencia del ausente. Deben  morir no pocas de nuestras viejas concepciones, muchas interpretaciones arcaicas. Sin cruz no hay nueva revelación. La cruz es, para siempre y para todos, un «todavía no» actual. Quien no consiente en la cruz de lo suyo, no alumbra la historia. Un responsable ha de valorar los carismas de Dios por encima de sus gustos y de la ambición de poder. Y ha de respetar en cada uno aquel espacio de libertad donde sólo Dios habla y mueve. Es preciso superar la melancolía por el asentimiento a la muerte o al ocaso de lo viejo o de lo puramente personal. No todo lo podemos tener resuelto. Soportar el mundo como fallido, la verdad como parcial, el saber como defectuoso, no significa el hundimiento de todo, el fin de la historia, sino saber precisamente entrar en la historia. Es la crisis de lo que ya no hace historia. Si el orden establecido busca garantizar seguridades, la cruz es la denuncia de las mismas, la eliminación de todo aquello que impide a los más asumir su responsabilidad en la historia. Hay que intentar que todos nos hagamos presentes a la historia afrontando sus depresiones y carencias, discerniendo lo caduco y arcaico de aquello que es la perenne novedad pascual del evangelio. 

5. ORAR PARA QUE LA PRESENCIA SE PRODUZCA

Recógete exterior e interiormente. Entra en la intimidad de Dios, hasta donde nunca has entrado. Encuéntrate con el amor eterno de Dios, cuna de tu existencia, razón de tu ser y del destino de tu vida. Lee los siguientes textos. Son palabra de Dios. Y Dios hace lo que dice. Ponte en pasividad pura, en total receptividad. Acoge el texto. Respíralo. No lo digas sólo con la mente, sino con todo tu ser. Sé el texto. Identifícate con él.

«Acercaos a él y él os iluminará» (Sal 33,6).

«En el torrente de tus delicias los abrevas; en ti está la fuente de la vida, y en tu Luz veremos la luz» (Sal 35,10).

La búsqueda tuya es revelación de él. Si buscas es porque estás siendo buscado. «Nadie puede venir a mí si el Padre que me ha enviado no lo atrae» (Jn 6,44). «¿Estás atraído? Si no, ruega para que lo estés» (S. Agustín).

La vida es búsqueda del rostro de Dios. Su rostro es nuestra identidad, pues somos imagen de él. «Escucha, Señor, que te llamo; ten piedad respóndeme. Oigo en mi corazón «buscad mi rostro». Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro» (Sal 26, 7-9).

«¡Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve!» (Sal 79,4).

«Yo confío en ti, Señor; te digo: «tú eres mi Dios». En tus manos están mis azares… Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia» (Sal 30,15-17).

Para ver a Dios hay que tener el corazón limpio, desinteresado, transparente: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8).

«Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?» (Sal 41,2-3).

Al recitar el texto, emprende el proceso espiritual:

SALGO DE MÍ.  VOY A TI.  TODO EN TI.  NUEVO POR TI.

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