Lecturas

Éxodo 12, 1-8.11-14 – Salmo 115 – 1ª Corintios11, 23-26

Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»
Jesús le replicó: «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.»
Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás.»
Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.»
Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»
Jesús le dijo: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.»
Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.» Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

JUEVES SANTO, 2021

Hoy celebramos la institución de la sagrada eucaristía. No es fácil ahondar en la eucaristía original porque para ello tendríamos que cambiar no solo nuestra forma de pensar, sino, también, nuestra forma de sentir. La eucaristía es la institución cumbre de Cristo. Para entenderla no bastan los conceptos. Se requiere una forma precisa de ser y de vivir. 

En el actual desarrollo de la liturgia, el Jueves Santo forma parte de Triduo santo. Al principio no fue así. Lo componían el viernes, sábado y domingo. En este día nuestra actitud más noble es saber penetrar en el pensamiento íntimo de Cristo para acercarnos a su intención original. Jesús vivió la Cena como preámbulo de la pasión, como una anticipación vivencial de la misma. Jesús sabía lo que le venía encima. Y quiso vivir el presentimiento anticipando su realidad. En lugar de dejarse arrastrar por un estremecimiento acongojado, o de clamar pidiendo ayuda, decide no solo no evadirse de ese momento aciago, sino perpetuarlo en su realidad más entrañable de “cuerpo entregado y de sangre derramada” para comprometer en ello, como institución fundamental, a las comunidades de toda la historia para que hicieran lo mismo que él hizo. La Eucaristía es el gran legado de Cristo, su testamento. Tratándose de una institución tan importante, no parece serio oxidar el original diluyéndolo en lo subjetivo y caprichoso. 

Tenemos que ser muy sinceros dejándonos evangelizar la mente y el corazón por el relato de la institución eucarística, haciendo posible que pueda decirnos con claridad aquello que ciertamente está en la mente de Jesús. 

En la Cena, Jesús ritualiza la misma cruz para hacerla presente y actual en la eucaristía. La eucaristía es la misma cruz hecha posible por la institución de la Cena. Es evidente que Jesús no piensa “repetir” la cruz, y menos en su realidad cruenta. La “re-presenta” y la hace actual sacramentalmente en su identidad más auténtica. Es el suceso mismo de su entrega en la cruz, “mi cuerpo entregado”, y “mi sangre derramada”, hecho contemporáneo nuestro, con el fin de que pueda ser participado por todos nosotros. El modo de esta re-presentación se nos escapa y no pertenece al orden de la curiosidad humana. Jesús no quiso satisfacer mentes curiosas, sino animar corazones creyentes. Pero los hechos, y su significado, hablan muy expresivamente. Jesús habla de “comer” y “beber” juntos, el gesto más humano y expresivo de la convivencia y amistad. Dice que lo que se come, según él, es su propia carne y lo que se bebe es su misma sangre. Lo verdaderamente asombroso para nosotros es que en sus palabras Jesús no centra tanto la atención en la transformación de las cosas o de los elementos como en la transformación de las personas. Habla de nuestra transformación en él. “Quien me come vive en mí”. Comiendo, somos nosotros los que nos unimos a él,  permanecemos en él, vivimos en él, somos él. La eucaristía no solo hace su cuerpo, sino que nos hace a nosotros su cuerpo. La eucaristía es ante todo, en la mente de Jesús, la transformación de las personas. La comunidad comulgante está llamada a ser la encarnación del amor de Cristo, su biografía y revelación. Ha de hacerse acogida y hospitalidad para todos los hombres, especialmente para los más necesitados. Lo expresa bien Ignacio de Antioquía cuando afirma que “la carne de Cristo es la caridad”.  

En la Cena hay dos expresiones cuyo simbolismo nos revela con fuerza clarividente el significado profundo de la eucaristía. Son, primero, el pan y el vino que no tienen otra finalidad que ser compartidos y comidos con alegría. Jesús, cuando habla, no se dirige a los elementos materiales, sino a las personas. Más que en la transformación mágica de una cosa sagrada, se centra en la acción de las personas, de entregarse, de darse del todo, de compartir, de poner en común, de derramar la vida en los demás. No se estanca en la idea de una presencia suya objetiva, sin más. Está ciertamente presente, pero porque se entrega y para entregarse, porque ha decidido entregarse. Transforma los elementos en función de la transformación de las personas. Nos hace comensales y concorpóreos suyos. Y todo ello para que después hagamos en nuestro contexto actual y social lo que él hizo en el suyo.

La segunda expresión simbólica de Jesús en la institución de la Cena es el lavado de los pies a sus discípulos. San Juan, el discípulo del amor, sorprendentemente, no relata la institución de la Cena. En su lugar describe la escena de Jesús lavando los pies a sus discípulos. Era el ritual de los esclavos con los comensales invitados. Jesús sustituye la ritualidad de la Cena por su significado más profundo: servir, considerar a los demás como superiores a nosotros mismos. Nos manda en el fondo que nosotros hagamos hoy en nuestro contexto social y actual, y cultural, lo que él hizo ayer en el suyo. Es decir, digámoslo audazmente, que celebrando la eucaristía, no nos sentemos en  tronos y doseles regios, sino muy cercanos a los demás y como los demás, porque para ser humildes no se precisa pedir permiso. Y que siempre y en todo tengamos talante de rebaño o sentido de pueblo, como dice Pedro (1 Pdr 5,3). La eucaristía es la máxima cercanía a los demás. Es comunión. Es muy contradictorio celebrar la eucaristía y no anonadarse, no servir, no amar. Quien celebra el rito ha de celebrar también su significado original institucional. Nuestro mundo padece inflación de palabras. Deberíamos evangelizar más con los hechos. Si celebramos el rito, hay que celebrar también su realidad relacional y social. 

Es necesario, pues, que al celebrar la Cena del Señor, vivamos intensamente los valores espirituales que comporta, y que son:

-el amor ilimitado que el Padre nos tiene al entregar a su Hijo por nosotros.

-El amor del Hijo al Padre obedeciendo hasta la muerte.

-Compartir en la vida, acoger, poner en común, comer juntos.

-Ser fieles a lo fundamental instituido por Jesús en la Cena, derramando nosotros hoy nuestra vida, nuestro tiempo, nuestro compromiso en los otros, en el contexto de los problemas y necesidades de nuestro ambiente.

-Construir la comunidad en la fraternidad y la paz. 

-Hacernos pan de los otros. Darnos sin límites ni condiciones.

-Ser siempre positivos, incluso con los que nos ofenden.

-Relacionarnos siempre con los otros desde la gratuidad y no por interés,

-Amar incondicionalmente, sin tener en cuenta la ignominia. 

Que el Señor nos ayude.

Francisco Martínez

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