El pasado día 21 de marzo  tuvo lugar una nueva sesión del curso sobre los sacramentos, organizado por el Instituto Diocesano de Estudios Teológicos para Seglares, esta vez a cargo de D. Juan Sebastián Teruel, sacerdote de la Diócesis de Zaragoza, sobre el sacramento de la Penitencia.

El ponente inició su exposición agradeciendo la invitación a participar en el curso, planteando que su exposición desde un punto de vista especialmente catequético, en tanto que se ajusta, señaló, más a su experiencia pastoral. 

Partió su exposición de una palabra, “convertíos”, del texto evangélico  «conviérte y cree en el Evangelio», respecto al cual el Papa Juan Pablo II, en su exhortación postsindoal “Reconciliatio et penitentia” señaló: 

«Hablar de reconciliación y penitencia es, para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, una invitación a volver a encontrar —traducidas al propio lenguaje— las mismas palabras con las que Nuestro Salvador y Maestro Jesucristo quiso inaugurar su predicación: «Convertíos y creed en el Evangelio»[1] esto es, acoged la Buena Nueva del amor, de la adopción como hijos de Dios y, en consecuencia, de la fraternidad.»

Cuando alguien ve el tema de la penitencia, muy frecuentemente no es concebida como una nueva noticia, pero lo es en realidad y va precedido de un anuncio: “Se acerca el Reino de Dios”.

Juan Sebastián Teruel: “Lo primero de todo es hablar de penitencia y de reconciliación como una Buena Noticia”. 

El ponente recordó que la misma presentación del curso nos pone en la longitud de onda adecuada cuando señala lo siguiente:

En la cultura bimilenaria de nuestro pueblo los sacramentos han configurado de modo importante nuestra vida personal y social desde el nacimiento hasta la muerte. Celebrados en el templo, han repercutido siempre y significativamente en la misma convivencia pública. Que los cristianos de hoy se enfríen en la práctica de los sacramentos en modo alguno implica devaluación de los mismos, evidencia nuestra impresionante veleidad humana. Durante milenios se ha valorado en gran forma la encarnación de Jesús como máxima fuente de sanación y de curación del hombre, y la humanidad entera no ha dejado de poner su mirada en sus sorprendentes “toques” curativos y transformantes del evangelio”.

“Hoy -señaló Teruel- vamos a hablar de un sacramento de curación, de sanación, una “medicina” que todos necesitamos”. 

Señaló igualmente que en el YouCat sobre la confesión, más destinado a un público juvenil, incorpora un testimonio muy significativo: “Si pusiéramos en una lista, lo primero que no nos gusta, es ir al dentista, pero después igual viene la confesión y si no viene es porque, desgraciadamente, nos confesamos poco”. Aunque sea en privado, dejar al descubierto mis miserias, ¡ni que estuviera loco! Y encima contárselo a un sacerdote, ¡ni hablar! Encontes, si este testimonio es comaprtido por muchos, ¿por qué seguir proponiendo este sacramento?, se cuestionó Teruel. 

El Papa Juan Pablo II lo recuerda: 

«El ansia por conocer y comprender mejor al hombre de hoy y al mundo contemporáneo, por descifrar su enigma y por desvelar su misterio; el deseo de poder discernir los fermentos de bien o de mal que se agitan ya desde hace bastante tiempo; todo esto, lleva a muchos a dirigir a este hombre y a este mundo una mirada interrogante. Es la mirada del historiador y del sociólogo, del filósofo y del teólogo, del psicólogo y del humanista, del poeta y del místico; es sobre todo la mirada preocupada —y a pesar de todo cargada de esperanza— del pastor.»

Esa mirada se da cuenta de que nuestro mundo “está en pedazos”. 

  1. Un mundo en pedazos: la nostalgia de la reconciliación

D. Juan Sebastián señaló que «basta con abrir las páginas de los periódicos o ver el telediario estamos demasiado cercanos a la realidad de un mundo en pedazos». Por la guerra, por la división, por la violencia que se manifiesta en las relaciones entre personas, grupos, colectividades, bloques, algo que parecía que había pasado, vuelve. “No acabamos de aprender”, señaló. Desigualdad, antagonismos ideológicos, injusticias, intereses económicos señalan otras tantas facturas: la conculcación de los derechos fundamentales de la persona, presiones contra la libertad, violencias, discriminaciones, inquidad. Y si miramos a la Iglesia, tantas fracturas, tantas divisiones, qué decir del tema de los abusos, tan terrible. Tanto pecado, personal, social y estructural”. 

Y si miramos un poco por dentro -reflexionó-, ¿quién de aquí no tiene como experiencia antropológica la experiencia de la “no-totalidad”?. “Muchas veces experimentamos todos que no coincido conmigo mismo, hay un choque entre el sí ideal y la realidad que vivimos”. Vivimos también la incidencia de la no-inocencia total. No se trata de caer en una culpabilidad enfermiza y paralizante, pero nos descubrimos también responsables de algunas cosas a las que no llegamos, alcanzamos, no sabemos».  La experiencia, también de dependencia, tan condicionados, por todos y por todo. La experiencia de división, no solo exterior, también interior, la experiencia de injusticia, de carácter universal, pero también esa personal, esa que tenemos que reconocer que a veces no descubrimos en el otro el rostro de un tú, el rostro de un hermano. 

Por muy impresionantes que, a primera vista, pudieran aparecer estas laceraciones, dice el Papa, “sólo observando en profundidad se logra individuar su raíz: ésta se halla en una herida en lo más íntimo del hombre. Nosotros, a la luz de la fe, la llamamos pecado; comenzando por el pecado original que cada uno lleva desde su nacimiento como una herencia recibida de sus progenitores, hasta el pecado que cada uno comete, abusando de su propia libertad.”

En un mundo “en pedazos”, nos encontramos “la nostalgia de la reconciliación”. “En lo profundo, se capta un deseo de unidad, de recomponer fracturas, un deseo de cicatrizar heridas, un deseo de restaurar una unidad esencial perdida”. “La reconciliación es una verdadera palanca de cambio de la sociedad”. “Si tomáramos conciencia de esta realidad, lo descubriríamos: no podemos vivir sin perdón”. 

«Cuando pienso en el perdón, pienso en la muerte por ahogamiento. Debe ser terrible, igual que ese aire que me falta cuando estoy debajo del agua y deseo salir a la superficie para respirar, tanto más necesitamos el perdón”, señaló D. Juan Sebastián. 

“Algunos lo identifican como una conquista, una meta, desde el esfuerzo, la reflexión, la acción, nosotros siempre entendemos que, sí hay una parte de esto, pero también hay una parte mayor, que capacita a la otra, de gracia y de don”. “Pero sin duda alguna la reconciliación es, para todos, un móvil fundamental para nuestra sociedad, de nuestro reflejo de una voluntad de paz y de unidad que tanto anhela y necesita el mundo”. 

“Sin duda alguna la reconciliación es, para todos, un móvil fundamental para nuestra sociedad, de nuestro reflejo de una voluntad de paz y de unidad que tanto anhela y necesita el mundo”.

  1. El “oscurecimiento” de la conciencia y la pérdida de sentido de pecado

“Algunos piensan, cuando se les pregunta sobre esta cuestión, que no tienen pecados, incluso alguna vez se acercan así incluso al sacramento. No se trata de caer en un moralismo cerrado, pero el correlato por el otro extremo es también muy peligroso”. “La Palabra de Dios nos pone de frente de esa opción fundamental, a la que se refiere al Deuteronomio: “Mira, hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal, elige la vida y viviréis tú y tu descendencia”. “El camino ancho y el camino estrecho, la encrucijada entre caminar a Dios o dar la espalda a Dios, que es como dar la espalda al sol cuando sientes frío”. 

Señaló Teruel, en relación con la conciencia una cita de Gaudium et Spes, del número 16:

En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo.

“Esta cita -señaló el ponente-, nos habla de ese sagrario íntimo, que es, como hacía Moisés ante el espectáculo de la zarza ardiente, ante la cual hay que descalzarse, hay que entrar allí descalzo, porque estas en sagrario más íntimo. Allí descubres la seriedad de que el encuentro sacramental, penitencial, sea un encuentro delicado, realizado con la máxima ternura y misericordia”, señaló. 

La Iglesia, como madre y maestra, nos invita a educar en este sentido, porque todos descubrimos que un problema grave de nuestro tiempo es precisamente la pérdida del sentido del pecado, resulta extraño, no es actual, para muchos algo del pecado…”. “Y, sin embargo, la Iglesia insiste en la necesidad de aprender, primero a reconocer los propios fallos, a aceptar la fragilidad, hoy se habla mucho de la vulnerabilidad, que a veces la tenemos en su sentido, podría decirse, terapéutico, o médico, pero esa vulnerabilidad interior no solo es flojera psicológica sino también esa fragilidad que todos hemos sentido y sentimos tantas veces. Fragilidad que, a veces, es simplemente limitación humana y, a veces, se torna en pecado. Pues nos invita a reconocer esos fallos y aceptar la fragilidad. Y ese conocimiento se debe realizar en una justa comprensión del pecado en su dimensión personal, social y, también, con la naturaleza (visión ecológica).”. Falta de amor para con Dios y el prójimo y también la Iglesia enseña a pedir perdón, a agradecer el perdón, a vivir la alegría de sentirse perdonado, de ahí que la importancia de descubrir este sacramento de la reconciliación como “manantial donde recibimos el perdón y la gracia”. 

«El pecado es un misterio difícil de comprender y, sin embargo, una realidad innegable. No podemos dejarlo como una especie de incidente sin importancia, porque hay pecados que tiene una tremenda importancia y de unas tremendas consecuencias, para los demás, para nosotros mismos, pero también con Dios y la naturaleza”. 

“Andamos desgarrados. Tener sentido del pecado es tomar conciencia de que, a veces damos la espalda a Dios, y, sin embargo, está siempre dispuesto a que podamos volver a Él”. 

Teruel recordó el texto del Papa Francisco, cuando terminó el Jubileo de la Misericordia, en la Carta Apostólica “Misericordia et misera” (20 de noviembre de 2016), un aspecto muy bonito del perdón, referido al carácter “performativo” de la palabra (la palabra realiza lo que dice):

“(…) en la oración de la Iglesia la referencia a la misericordia, lejos de ser solamente parenética, es altamente performativa, es decir que, mientras la invocamos con fe, nos viene concedida; mientras la confesamos viva y real, nos transforma verdaderamente. Este es un aspecto fundamental de nuestra fe, que debemos conservar en toda su originalidad: antes que el pecado, tenemos la revelación del amor con el que Dios ha creado el mundo y los seres humanos. El amor es el primer acto con el que Dios se da a conocer y viene a nuestro encuentro. Por tanto, abramos el corazón a la confianza de ser amados por Dios. Su amor nos precede siempre, nos acompaña y permanece junto a nosotros a pesar de nuestros pecados.

En el sacramento de la penitencia la Iglesia ha visto siempre el signo del perdón de Dios, el medio ordinario es este encuentro salvífico, como cualquier otro sacramento, con Cristo resucitado. Ahí se experimenta como lugar de gracia y la interminable procesión de los perdonados proclama gozosa a lo largo de los siglos, la feliz culpa que mereció tal Redentor. Lo que no se atreve a decir la teología, lo dice la liturgia: “feliz culpa que mereció tal Redentor”. Y en esa “procesión de perdonados”, mirad al Rey David, que ante Natán, con la espada sacada, “este eres tú”, y envainó la espada. El buen ladrón, en el último momento, recibió la misericordia de Dios. Pedro, Agustín, Carlos de Foucould,… el camino del perdón es el camino de liberación.  Y todos conocemos sabemos la distribución de la economía sacramental, los de iniciación (bautismo, eucaristía y confirmación), que implica crecimiento en la comunidad (orden y matrimonio) y medicinales (unción de los enfermos y penitencia). En este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica (p. 1821), en esa perspectiva de Jesucristo como médico “de nuestras almas y de nuestros cuerpos”, “que perdonó los pecados al paralítico y devolvió la salud del cuerpo, quiso que su Iglesia continuase con la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y salvación,  incluso en sus propios miembros. Esta es la finalidad de los dos sacramentos de curación: el de la penitencia y el de la unción de enfermos”. 

  1. El nombre del Sacramento

El ponente rescató igualmente una reflexión sobre los nombres del sacramento. «Conocer los nombres atribuidos al sacramento nos ayuda porque son muy ricos en significado». «Cada uno de los términos conocidos aporta algo diferente». 

El desarrollo histórico del sacramento determina una variedad de términos, algo que resulta muy significativo desde la perspectiva terminológica.

Se le denomina “sacramento de conversión”, porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión. La vuelta al Padre (parábola del hijo pródigo). La raíz de la propia palabra de “conversión” significa la “vuelta a casa”. Todos tenemos en el corazón un anhelo a la “vuelta a casa”. 

Se le denomina también como «sacramento de la penitencia«, porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de reparación, por parte del cristiano pecador. 

Tercero: el «sacramento de la confesión«, que incluye un doble aspecto. Es confesión, «declarar», “manifestar”, “decir”, y “confesar los pecados” ante el sacramento es un elemento esencial del sacramento. Como señala el Papa, el “hablar” tiene una labor terapéutica. Cuando uno habla de su interior y se vuelca y encuentra comprensión, ese mismo decir, y hablar, tiene mucho de terapéutico. Pero también tiene otro sentido la palabra “confesión”. En un sentido profundo, este sacramento es también una “confesión de fe”, de la misericordia de Dios, un reconocimiento y alabanza de la santidad primera, de su misericordia para con nosotros siempre. 

Cuarto: «sacramento del perdón«, porque mediante el sacramento Dios concede al penitente el perdón y la paz (¡Cuánto nos cuesta perdonarnos a nosotros mismos muchas veces!, señaló Teruel). 

Quinto: «sacramento de la “reconciliación”, porque otorga el amor de Dios que reconcilia, que recompone, que restaura (2 Cor 5,20). El que vive ese amor misericordioso está pronto a responder a la llamada del Señor: “primero vete a reconciliarte con tu hermano”.

 

  1. Una breve aproximación a la Escritura: Antiguo y Nuevo Testamento

Los conceptos de «culpa”, “conversión”, “penitencia” y “reconciliación” no son un descubrimiento del cristianismo, una innovación cristiana. Hunden sus raíces -explicó Teruel- en la entretela del ser humano y son también realidades transversales en la historia de la salvación; desde las primeras páginas del Génesis, hasta el Apocalipsis, la dialéctica entre “pecado” y “perdón” marca las relaciones entre Dios y su pueblo. 

Hay una estructura fija que se advierte en toda la Escritura, que es, primero, el don y la gracia de Dios que nos regala su amor; segundo, el pecado del hombre; tercero, la conciencia de las consecuencias de este pecado; cuarto, la conexión entre ambas realidades (pecados y sus consecuencias) y, por último, el ofrecimiento de una nueva oportunidad por parte de Dios para alcanzar la salvación. Este esquema se repite a lo largo de toda la Escritura con esa riqueza que tiene también el Antiguo Testamento. 

La experiencia de pecado y de sus consecuencias no son, sin embargo, la última palabra: «Su cólera dura un instante, su bondad, de por vida» (Sal 29)

La experiencia de pecado y de las consecuencias no son, sin embargo, la última palabra. Es verdad que aparecen en la relación de Dios con su pueblo, alianzas, rupturas, infidelidades por parte del Pueblo, pero el Salmo 29 es “para enmarcar”, señaló D. Juan Sebastián: «esa maravillosa desproporción: “su cólera dura un instante, su bondad, de por vida”. “Te ensalzaré, Dios mío”. A veces nos quedamos en el instante, señaló.

Desde el Antiguo Testamento, la experiencia del pecado y sus consecuencias no son la última palabra. La historia de salvación es la historia del perdón otorgado por Dios, del restablecimiento de la Alianza: “Dios, rico en ternura y misericordia, lento a la cólera, rico en gracia y fidelidad, que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva, como señala el profeta Ezequiel. La disposición al perdón reclama la disposición humana, de arrepentimiento, contricción, la conversión… 

Por eso los profetas van a insistir en esa necesidad de conversión, interna, coherente, no vacía y ritualista, acompañada, sobretodo, de las obras de misericordia. 

Y el Salmo 50, “otro que hay que enmarcar”, marca esa estructura de arrepentimiento y conversión: “Contra ti, contra ti, solo pequé, libre reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado…” Conversión: “te gusta ese corazón sincero, y en mi interior me inculca sabiduría”. La conversión es don de Dios: “crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con Espíritu firme”. Y perdón, Salmo 50: “Lávame, limpia mi pecado, devuélveme la alegría de tu salvación, la alegría del gozo y del perdón, que se alegren mis huesos quebrantados… 

Explicó Teruel que a esta actitud de pecado-arrepentimiento y vuelta a Dios no solo está llamado cada uno sino el Pueblo en su conjunto como personalidad corporativa. En el Pueblo de Israel se refleja especialmente en la fiesta del Yom Kipur o «Día de la Expiación», el más sagrado del año judío. Es el Día de la expiación, del perdón y del arrepentimiento de corazón o de un arrepentimiento sincero. 

Pero siempre en el Antiguo Testamento vemos, como decía San Agustín, “es propio de Dios dar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia”.  Ese Dios de Abraham, Isaac y Jacob, ese Dios de los profetas, es un Dios omnipotente, que manifiesta su omnipotencia, precisamente, en el ejercicio de su misericordia. 

En el Nuevo Testamento, en la predicación de Jesús encontramos, tal y como anticipa el Bautista, la llamada a la conversión y por un ministerio de la “cercanía”, de la “proximidad”, precisamente, a los pecadores, con especial atención y con una mirada privilegiada hacia los pecadores. Y su sorprendente práctica de perdonar los pecados, algo que la fe de Israel reservaba solo para Dios. No se limita a proclamar, predicar la conversión y reconciliación, sino que realiza en su persona un nuevo tipo de comunión con Dios. Cuando las curaciones perdona los pecados, se asume que su ministerio de curación y su mesianismo se dirigen tanto a restaurar la salud corporal, como, sobretodo, para la reconciliación de la humanidad con Dios y que su muerte y resurrección alcanza la cumbre. 

El poder reconciliador de Jesús lo otorga Él mismo a su Iglesia, continuadora de su misión, hecha como instrumento de perdón y reconciliación. Ya desde antiguo los pasajes de los cuales concede Jesús a los discípulos el poder de atar y desatar, de perdonar y retener (Mt 16,19, Mt 20, 23). Hay dos cosas significativas de estos pasajes: primero, la identidad entre el perdón que otorga Dios a través de Jesús y el perdón que otorga ministerialmente la Iglesia. En segundo lugar, el vínculo entre reconciliación y misterio: “al pie de la cruz, vemos a María y a Juan testigos de la palabra de amor que sale de su boca: “Padre, perdónalos porque no sabemos lo que hacen”. 

  1. La catequesis: una vía óptima para promover la reconciliación y la penitencia

D. Juan Sebastián profundizó el aspecto catequético de la reconciliación y la penitencia. Al recuperar nuevamente la referencia a la Exhortación “Reconcilatio et penitentia”, hay un capítulo dedicado a “medios y guías para promover la penitencia y la reconciliación”, y nos dice que una vía óptima es la catequesis. 

Primero. La necesidad del diálogo: “no hay reconciliación sin diálogo, no hay paz sin diálogo”. 

Y el segundo, la necesidad de una catequesis sobre la reconciliación. Nos invita a que esa catequesis esté bien fundada bíblicamente, especialmente, bajo el Nuevo Testamento, pero también la necesidad de hacer una buena catequesis sobre la reconciliación. También una catequesis teológica, que además de incluir los datos bíblicos, incluya la síntesis de otros elementos de la propia teología. Sin olvidar a las ciencias humanas, que pueden ser dirigidos tanto a los ministros como a todos los bautizados, para aclarar situaciones, orientar bien los problemas, tomar o adoptar resoluciones concretas.

Una tercera catequesis, sobre la penitencia en sí misma, subrayando varios aspectos. El primero, el de la conversión, el de cambio, utilizando conceptos y medios adecuados a diversas edades, condiciones culturales, morales y sociales. Menciona Teruel el catecismo “Jesús es el Señor”, para la infancia, que trata de forma muy sencilla pero bella el tema del perdón e insiste en esto con un lenguaje adecuado. Para los adolescentes y jóvenes, YouCat, con un lenguaje moderno. «Hay que hacer este esfuerzo de adaptación«, señaló. 

Una catequesis que incluye la cuestión de la conversión, el arrepentimiento, que además, enseñará que ese arrepentimiento, además de la conversión, lejos de ser un sentimiento superficial, es un verdadero cambio radical del corazón. Y el tercero, el valor contenido en la penitencia: se traduce sobre todo en buscar una catequesis que ayude a entender cómo restablecer ese equilibrio que se ha roto, una catequesis que se hace necesaria frente a la frecuencia en la que nos cuesta reconocer los propios errores, nos cuesta pronunciar palabras tan sencillas como “lo siento”, “perdona”, “me arrepiento”…

Esta catequesis, por parte de los discípulos de Cristo, «buscará formar la conciencia, el santuario del que hemos hablado, ayudar a profundizar en el sentido del pecado». También nos habla de una catequesis sobre las tentaciones (ser tentado no significa pecar, también se aprende de esa experiencia). También sobre las tradicionales prácticas de ayuno y limosna, que pueden aplicarse en sus formas antiguas y nuevas. La práctica de la peregrinación, por ejemplo. También una catequesis sobre las circunstancias concretas en las que se debe realizar la reconciliación (en la familia, en la comunidad civil, en las estructuras sociales) y, particularmente, sobre la cuádruple reconciliación que repara las cuatro fracturas fundamentales: reconciliación del hombre con Dios, consigo mismo, con los hermanos, con todo lo creado.

Finalmente, también habla de una catequesis sobre doctrina social de la Iglesia. 

Recordó el gran sentido catequético que tuvo el Gran Jubileo de la Misericordia, con la bula “Misericordiae bultus” (8 de diciembre de 2015). Se multiplicaron muchas iniciativas catequéticas que ayudaron a descubrir este sacramento y decía en la señalada Carta “Misericordia et misera”, de conclusión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia: 

«El Sacramento de la Reconciliación necesita volver a encontrar su puesto central en la vida cristiana; por esto se requieren sacerdotes que pongan su vida al servicio del «ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18), para que a nadie que se haya arrepentido sinceramente se le impida acceder al amor del Padre, que espera su retorno, y a todos se les ofrezca la posibilidad de experimentar la fuerza liberadora del perdón.»

  1. Algunas pistas y sugerencias en clave de renovación

El ponente recordó que hace unos años, en las reuniones de sacerdotes jóvenes, se trató el tema de la penitencia y acudió  D. Fernando Millán Romeral, que acababa de publicar “La penitencia hoy: claves para una renovación”, y al final nos habla de siete claves, a partir de toda la teología conciliar y todo lo que manaba de la liturgia: 

  • Redescubrir la dimensión eclesial del sacramento. LG 11: “Quienes se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a El y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones.” Tres aspectos de la dimensión eclesial recogidas en este punto: la dimensión eclesial del pecado (el pecado hiere a la comunidad), el acompañamiento eclesial y la reconciliación con la Iglesia (la reintegración en la comunidad).  

 

  • Centrar el sacramento. Ubicarlo en su verdadero lugar teológico y eclesial. Ni convertirlo en algo obsesivo ni minusvalorarlo (pensar que es algo pasado). Colocarlo entre la conversión inicial y la cotidiana, entre el bautismo y la eucaristía. Centrar el discurso sobre el pecado y encontrar un discurso honesto teológicamente y relevante culturalmente. Algunos hablan de superar una “moral de pecado” como una “moral sin pecado”, que falsea la realidad bajo una apariencia liberadora al margen de las dimensiones fundamentales de la persona, para alcanzar una “moral de hombre nuevo”.

 

  • Redescubrimiento de la Palabra de Dios, que ilumina nuestra situación, la contrasta con el Evangelio, e impulsa a la conversión y a la confianza en Dios. Es una Palabra que interpela: “Conviértete y cree en el Evangelio”. 

 

  • El cuidado de la dimensión litúrgica, con toda la riqueza de sus lugares, formas, signos…La primera riqueza de la fórmula de la absolución, que subraya ese aspecto trinitario, más histórico-salvífica, más eclesial. Ser creativos en la medida de lo posible.

 

  • Integrar penitencia y madurez, profundizar este sacramento, promover una actitud enriquecimiento con naturalidad y sencillez, que no busca justificarse ni excusarse. Que de realismo y sensatez sobre la vida, para huir del “no merece la penea”. Integrar la debilidad y flaqueza evitando el pesimismo o el derrotismo que paraliza. Pende entre la diferencia entre pecado (culpabilidad sana y arrepentimiento) y la culpabilidad enfermiza, escrúpulos, complejos… que hay que sanar. Redescubrir la riqueza antropológica y teológica de la confesión, que a veces confesión de los pecados pero también de fe, de alabanza a Dios y acción de gracias. Dejar hueco al afecto, a la cercanía, por parte del ministro, lejos del paternalismo empalagoso o del psicologismo, acompañamiento y discernimiento pastoral, al estilo de Jesús

 

  • Redescubrir la dimensión profética, misionera de la penitencia, que hace del perdonado un constructor del perdón, y donde se recuperar el sentido profundo y último de la satisfacción, del reparar. Como la canción de Antonio Flores: “No dudaría”. Destacar el carácter de lucha contra el mal y de denuncia profética que tiene, el carácter prosexual y la dimensión misionera, de envío que todo sacramento adquiere, a aportar tu granito de arena, a conseguir pequeñas victorias… del amor de Dios en ti. En el fondo, «un canto desde el mysterium dignitatis, que puede más grande que el mysterium indignitatis».

 

  • Redescubrir el carácter festivo del sacramento, común a todo sacramento. Es un elemento constituyente y esencial del sacramento. Salmo 50: “Devuélveme la alegría de tu salvación”. El perdón es el fruto maduro de la Pascua. El perdón es siempre sinónimo de futuro, de nuevas posibilidades, de esperanza, de gozo. Recordó la alegría de Teresa de LIseaux cuando iba a confesarse, la primera vez que se confesó adviritó esa alegría y ese gozo del perdón de Dios. 

El Papa Francisco, en uno de sus videos de “oración del Papa”, señalaba que “cuando yo voy a confesarme es para sanarme, para curar mi alma, para salir con más salud espiritual, para pasar de la miseria a la misericordia. El centro de la confesión no son los pecados que decimos, sino el amor divino que recibimos y que siempre necesitamos. El centro de la confesión es Jesús que nos espera, nos escucha y nos perdona. 

Recordad que en el corazón de Dios estamos nosotros antes que nuestras equivocaciones. Y recemos para que vivamos el sacramento de la reconciliación con renovada profundidad y para saborear el perdón y la infinita misericordia de Dios”. 

 

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