El sacerdote diocesano y biblista José Ignacio Blanco, párroco de San Lorenzo en Zaragoza y profesor en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón, dictó la segunda conferencia del Curso  «Vivir en el espíritu» del Instituto Diocesano de Estudios Teológicos para Seglares con la ponencia El espíritu en la Biblia. Su reflexión se centró en cómo el Espíritu Santo actúa como la fuerza vivificadora que transforma la historia de la salvación.
El profesor Blanco comenzó con la visión de Ezequiel 37 sobre el valle de los huesos secos, la cual representa a Israel, un pueblo «sin esperanza, sin futuro y sin vida». Dios resucita a estos muertos mediante la palabra y el espíritu, pues «sin espíritu no hay vida». Esta acción divina constituye la nueva alianza (prometida en Jeremías 31), donde Dios se autodonará al pueblo. La novedad no radica en las obras externas, sino en la transformación del corazón desde dentro, que solo ocurre cuando el corazón «se siente amado». Dios otorga la capacidad de tener vida interior, infundiendo el Espíritu a todos y cada uno.
La fe cristiana, según Blanco, no es un mero sistema de creencias u opiniones. En castellano, el verbo «creer» tiene tres significados: se debe pasar de «creer que…» (una opinión) a «creer a…» (una certeza experiencial) y finalmente a «creer en…» (fiar absolutamente de la persona), que es el sentido del credo.
La plenitud del Espíritu se manifiesta en Jesús, quien fue investido con su plenitud en el bautismo en el Jordán (Lucas 3 y 4). En ese momento, Dios lo revela como su Abá (papá) y el Espíritu lo consagra, dando un giro radical a su vida para hacer presente el Reino. Jesús definió su misión citando Isaías 61: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido, para dar la buena noticia a los pobres».
Tras la resurrección, el Espíritu Santo fue derramado en Pentecostés, marcando el nacimiento de la Iglesia y realizando la continuidad entre Jesús y la Iglesia. Sus signos, como el ruido, el viento impetuoso (Ruaj) y las lenguas de fuego, unifican a la humanidad, contrarrestando la dispersión de Babel.
A pesar de su protagonismo, el Espíritu Santo es a menudo «el gran desconocido» para los cristianos. Esto se debe a que no tiene una «representación imaginaria y mental en la vida humana» ni un nombre propio definido como el Padre o el Hijo. Además, el Espíritu nunca habla de sí mismo, sino que siempre se refiere a Jesús y al Padre, integrando el conocimiento amoroso de ambos con la misión. A la luz de la fe apostólica, el Espíritu Santo es «el amor de Dios en persona», cuya misión es unificar, diferenciando las personas de la Trinidad.
La vida teologal (vivir de fe, esperanza y amor) es fruto exclusivo del Espíritu Santo, y no de los esfuerzos humanos o del cumplimiento de preceptos («vida preteologal»). La acción del Espíritu es real y produce una transformación, aunque no se le puede controlar, pues es «como el viento, no se dispone de él». Esta autodonación de Dios permite al cristiano vivir una vida de misión, que se resume en «darle paso» a Cristo Jesús para que Su amor fluya a través nuestro hacia otras personas, especialmente en etapas de la vida donde la acción física se ve limitada.
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