El pasado lunes, día 15 de noviembre, tuvo lugar la siguiente sesión del curso de teología del Instituto de Estudios Teológicos para Seglares, a cargo esta vez de D. Jesús Segura.

“Yo no voy a hablar de un tema”, señaló Segura, “sino de una experiencia, en la que no hay nada que definir, cuando lo que ponemos encima de la mesa es el cuerpo, lo que estamos poniendo es la propia vida y la vida es misterio y ante el misterio, sólo hace falta descalzarse y aprender”.

Segura reflexionó sobre la necesidad de la escuchar, de la necesidad de “saborear”, de tomar conciencia de nuestra propio cuerpo. “Sin expectativas, situaros en vuestra propia realidad de la vida”, propuso. 

Una primera pregunta que planteó Segura fue “¿qué relación tengo yo con mi propio cuerpo?”. “¿Doy gracias cada mañana a Dios por esta realidad?”. Sólo se conoce algo, si se “saborea”, recordó. “Cuando se contempla la vida, la propia realidad de Dios, descubrimos que la palabra que pronunciamos resulta profundamente limitada”. Y esto pasa precisamente cuando hablamos de nuestro propio cuerpo. 

Segura recordó una anécdota que sucedió en Estados Unidos, en un simposio sobre el valor de la persona. Un maestro oriental que participaba en el mismo preguntó al público si alguien tenía un billete de cien dólares. Alguien levantó la mano y dijo “Sí, yo”. El maestro le preguntó si podía prestárselo solo un momento y el espectador se lo entregó. “Ustedes me han invitado a hablar del valor de la persona, pues bien le voy a mostrar qué significa esto”. El conferenciante cogió el billete de cien dólares, lo arrugó con sus manos y lo mostró al público diciendo: “Aquí tienen, alguien quiere este billete”. Y muchas personas dijeron “sí, sí”. Después, tiró el billete y lo pisoteó e hizo la misma pregunta: “¿Alguien quiere este billete?” Y muchos espectadores volvieron a contestar que sí. “Pues de esto es de lo que quería hablarles”, dijo el maestro. “Pisoteado, roto, casi deshecho, arrugado, el billete sigue teniendo el mismo valor; eso somos todos los que estamos aquí, esto es el valor de la persona”. 

 

“Si soy la relación más larga de mi vida/ acaso no es hora de/ alimentar la intimidad/ y amar a la persona/con la que me acuesto cada noche”.

“No seguiré comparando mi camino con los otros/ me niego a menospreciar mi vida” (Rupi Kaur). :

 

“Nadie fue ayer/ ni va hoy,/ ni irá mañana/ hacia Dios/ por el mismo camino/ que yo voy. 

Para cada hombre guarda/ un rayo nuevo de luz el sol…/ y un camino virgen/ Dios”.  (León Felipe)

 

El cuerpo confirma nuestra originalidad y singularidad

“El cuerpo de cada persona tiene ya algo extremadamente importante”. “Es una realidad única y original”. Evocó aquella pintura en un muro de la Universidad de Madrid: “Dios nos ha hecho originales pero acabamos siendo fotocopias”. “Mi cuerpo está significando mi propia originalidad, me invita a descubrir que yo debo ser algo preciado para hacer sido creado original e singular”. 

“Cuando me llamas por mi nombre (refiriéndose a Dios) ninguna otra criatura vuelve hacia el rostro en todo el universo, y cuando yo te llamo por tu nombre no confundes mi acento con ninguna otra criatura en todo el universo” (Benjamín González Buelta).

Solo en los momentos de limitación, de enfermedad, de dolor, somos conscientes de la maravilla que constituye nuestro cuerpo (sólo cuando sufrimos, por ejemplo, una lesión grave en un brazo, comprobamos lo maravilloso que es poder mover sin problema el brazo). “El cuerpo respira, nuestro corazón late sin que nosotros tengamos que hacer nada, el cuerpo está siempre a nuestro favor”, señaló. 

“El amor es esencialmente dinámico, Dios está en mi amándome, construyendo conmigo la historia de mi vida, la reconstruye”. 

“Tú tienes compasión de todos porque todo lo puedes. Y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan porque amas todo cuanto existe y no aborreces nada de lo que hiciste pues si odiases algo no lo habrías creado. Pero tú eres indulgente con todas las cosas, porque todas son tuyas, Señor, amigo de la vida”. (Libro de la Sabiduría, 11). 

“Todo lleva tu aliento de vida” (Sb, 12)

“Dios está respirando en mi, me respira”, dijo el ponente. «Todo es experiencia amorosa, la única forma de integrar el cuerpo en la experiencia de Dios es integrar esas experiencia, que mis ojos, mi palabra, mis pasos sean los de Dios”. 

Segura explicó que, probablemente, si escucháramos nuestro cuerpo, no llegaríamos a muchas de las enfermedades que padecemos, y enfatizó la necesidad experimentar el “soltar”, a diferencia de lo que promueve nuestra cultura, la de “tener”, la de “acumular”.

“Esto del conocimiento de uno mismo nunca jamás se ha dejar. Conocimiento propio de un mismo es el pan con que todo manjar se debe tomar. El principio y el fin de la oración siempre acabaría en propio y humilde conocimiento de uno mismo.” («El libro de la vida», Santa Teresa de Jesús).

 

El cuerpo es presencia

La presencialidad es un abrazo, es necesario tomar consciencia de que es el cuerpo lo que nos hace presentes. 

 “No es el mucho saber el que satisface el ánima, sino el sentir y gustar de las cosas internamente” (San Ignacio de Loyola)

“Cuando tu abrazas a alguien, le miras, le estás diciendo, tú me importas”, señaló Segura. 

“Hazme sentir (no saber) tu amor cada mañana” (San Ignacio de Loyola).

El cuerpo es un organismo increíblemente complejo, con un montón de capacidades de las que no somos constantes hasta que nos faltan. El problema es que no sabemos escuchar y no sabemos escuchar el cuerpo. 

El cuerpo como lugar de relación y de encuentro

El cuerpo es un lugar de relación y de encuentro y de la sabiduría del cuerpo, escuchar a los que nos invita es esencial para entender que vivir es convivir. “Estamos hechos para el cuerpo, para la liturgia, para la liturgia de vida”, señaló el ponente recordando que el propio Jesús fue una persona muy celebrativa como lo es todo el pueblo judío que celebra sus fiestas religiosas danzando.

«En el momento que descubres el cuerpo, entiendes quién es el otro con el que te encuentras. Es la realidad del samaritano, es una invitación a hacerse cercano a quien necesita tu caricia, tu atención«. 

Esta sabiduría es una relación conmigo mismo, con los demás, con la naturaleza y con Dios. 

También conmigo mismo, “saber acogerme y vivir en esa expresión del gozo, la caricia, el placer, la danza y la risa. Sin transforme en un esclavo de estas realidades y sin complejos de culpa”. Es en esta experiencia, empezamos a ver que todo es sagrado (como Jacob, “cuando se despertó, en este lugar estaba Dios y yo no lo sabía”), cambia la perspectiva. “El “eros” y el “ágape” se abrazan”, un abrazo que se sabe soltar. “La totalidad de la persona entregada en el otro, y el otro hacia mí en una comunión”. Este es el sacramento del amor de Dios. 

Nuestra ascesis estará integrada en esa vida consagrada a la gente que nos necesita. 

El cuerpo como lugar de revelación.

El mismo cuerpo hace memoria que ha olvidado. “Sopló en su nariz un hálito de vida y el hombre se convirtió en viviente” (Gn). El cuerpo lleva el Espíritu, Dios mismo en él. Hemos perdido que soy experiencia de Dios en el misterio. En el silencio que le envuelve se da cuenta que se siente amado de otra manera, que hay asombro, que inmediatamente se rinde ante él y acepta (“Que me bese con los besos de su boca”, Cantar de los Cantares). El cuerpo recupera el sentido del amado. Dejar de ser él, como Pablo: “No soy yo sino es que es Cristo quien vive en mi”. Es la experiencia que Dios quiere realizar en el misterio. 

En el fondo de todo, hay una realidad maravillosa y asombrosa, que estremece, un momento en el que uno se siente cogido, evocado por el siguiente texto de Martín Descalzo. 

Recuerdo que una mano me llevaba y que en la mano un corazón latía, una savia caliente que subía por mis dedos y que me reconfortaba. Recuerdo que mi madre lamentaba cuando entrábamos en la catedral, como abrazando mi alma y que me decía, “mira, aquí está Dios”, temblaba su voz cuando lo decía. Y yo buscaba a Dios desconocido en los altares, sobre la vidriera y ella añadía bajito: “No, hijo, no los busques fuera, cierra los ojos, oye su latido, tú eres para él la mejor catedral” (Luis Martín Descalzo). 

El ponente concluyó con un relato evangélico en el que esta realidad está implícita. Es el relato de la aparición del Resucitado de Juan. Es un momento especial para “saborear, mirar…”, Jesús aparece en una playa, los apóstoles están pescando. Encontraron unas brasas con unos peces y las palabras de de Jesús fueron: “Venid a almorzar”. Cada mañana, -concluyó el ponente- ojalá recordéis esta frase en vuestro interior: “Venid a almorzar”. 

La próxima sesión correrá a cargo de D. Emilio Aznar, el próximo lunes 22 de noviembre, bajo el título “La creación, como sacramento/encuentro con Dios”.

Para más información sobre el curso 2021-2022 e inscripciones: https://centroberit.net/curso-2021-2022-del-instituto-diocesano-de-estudios-teologicos-para-seglares/

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