Lecturas

Isaias 42, 1-4. 6-7 – Salmo 28 – Hechos 10, 34-38

Marcos1, 7-11:
En aquel tiempo, proclamaba Juan: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»
Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma.
Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto.»

Comentario:

EL BAUTISMO DE JESÚS, 2021

            Nacido Jesús en Belén, la preocupación inmediata y primordial de los evangelios es su presentación al mundo. En su mismo nacimiento es presentado a los pastores, como representantes del pueblo elegido. En el encuentro con los Magos es presentado a la gentilidad. Ahora, en su bautismo, nos es presentado a nosotros y a la humanidad entera por parte del Padre. Es “el enviado” e “Hijo de Dios”, “el Señor” de todos. Todos, y cada uno de nosotros, debemos acogerle y escucharle. Es el máximo valor de la vida del hombre. Nos afecta en el tiempo y en nuestra eternidad.

            Con el Bautismo de Jesús termina el ciclo litúrgico de la Navidad-Epifanía y comienza el relato de su vida pública. Este año lo hacemos de la mano de Marcos.

            En primer lugar, causa extrañeza que, siendo el bautismo un instrumento para el perdón de los pecados, Jesús acuda a Juan, muy inferior a él, para recibir el bautismo. Sin embargo, él, en conformidad con el Padre, quiso salvar a todos los hombres y lo hizo de un modo absolutamente peculiar. No se limitó simplemente a perdonar a los hombres desde la distancia. Asumió en su misma carne todos los pecados del mundo. Se los apropió haciéndose libremente por nosotros “pecado” (2 Cor 5,21) y “maldición” (Gal 3,13). Y los destruyó en su cuerpo. Sumergiéndose en las aguas y emergiendo de ellas, y una vez resucitado por el Padre, hizo, para nosotros, de este gesto símbolo y procedimiento eficaz de su muerte y de su sepultura, de su resurrección y salida del sepulcro.

            El judaísmo, además de múltiples ritos de ablución, conocía un bautismo de prosélitos. Es posible que los esenios lo impusieran como vía de entrada en el camino hacia el reino de Dios. Jesús, en su bautismo, hace presente este mismo reino que Juan el Bautista anuncia. El bautismo propiamente cristiano será fruto y expresión de la muerte y resurrección del Señor. La prolonga, ¡la misma!, en el creyente. En el capítulo 6 de la carta a los romanos dice Pablo que al ser bautizados en Cristo fuimos sepultados en su misma muerte y fuimos resucitados  de entre los muertos por medio de la gloria de Dios Padre. A los Gálatas dice “todos los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo” (3,27). El bautismo es una oposición frontal a la vida según la carne, de los paganos, o a la vida según la ley, de los judíos. En el evangelio de Juan, Jesús mismo afirma que el bautismo es “un verdadero nacimiento de lo alto”. Es verdadera regeneración. Habla de ello el simbolismo vivo de las aguas: dan vida y fecundidad, pero también muerte y destrucción, como en el caso del diluvio. El agua vivifica y mata. En manos de Jesús, y con su poder, mata el pecado y al hombre viejo, y resucita al nuevo como verdadero hijo de Dios.

            Todos nosotros fuimos un día bautizados. Todos celebramos el aniversario de nuestro nacimiento. Lo recordamos con alegría y lo celebramos siempre con regocijo. Familiares y amigos nos felicitan. Probablemente no recordamos con tanto júbilo la fecha de nuestro bautizo que nos hizo nacer no a esta tierra, sino al cielo. La ceremonia del bautismo expresa muy bien esta realidad. El bautismo implica una ceremonia que se hace entre el pórtico del templo y el bautisterio. Se realiza entrando, pasando de la puerta al altar. Es un verdadero ingreso a Iglesia, no ya como templo, sino como comunidad de salvados. Es la entrada desde el mundo y el tiempo al cielo y a la vida eterna. Se nos impuso un nombre, bajo la advocación de un santo al que nuestros padres eligieron como protector de nuestra vida. En la puerta de la Iglesia el sacerdote, nuestros padres y padrinos hicieron por primera vez la señal de la cruz en nuestra frente significando que la cruz, el amor sufrido de Cristo, debería presidir toda nuestra vida y comportamiento y que debemos amar,  como él, en la dificultad viviendo el amor de la cruz incluso ante el agravio y la ofensa. Se nos ungió con óleo de los catecúmenos pidiendo fortaleza a Dios para que en la vida venzamos el mal: antiguamente se ungía la musculatura de atletas y luchadores para hacerles ágiles y tensos en la lucha. Nuestros padres y padrinos hicieron profesión de fe en nuestro nombre y en esa misma fe fuimos bautizados. Se bendijo el agua y se nos bautizó derramándola sobre nuestra cabeza. Antiguamente el bautizo se hacía por inmersión en la piscina del agua sagrada y por la emersión de la misma. Esta inmersión se repetía tres veces, invocando otras tantas a las tres Personas de la Santa Trinidad. Representaba y realizaba nuestra inserción en la Santa Trinidad para correalizar su vida y felicidad. Se nos inmergió y emergió simbólicamente en la tumba del agua, o piscina, dándonos a entender nuestra participación en la muerte y resurrección de Cristo. Se nos ungió en la cabeza con el santo Crisma, constituyéndonos sacerdotes, profetas y reyes. Es decir, oferentes gozosos, testigos alegres y dominadores y no esclavos del mal.  Se nos impuso un vestido blanco, símbolo de gracia. Se entregó un cirio encendido a padres y padrinos, símbolo de la fe que ha de permanecer siempre viva y ardiendo. En nuestro nombre de recién nacidos, todos los presentes recitaron el padrenuestro. Fue la primera vez, dichosa  y feliz, en que invocamos a Dios como Padre. Recibida la bendición final, todos volvieron a casa, pero nosotros regresamos a ella convertidos en hijos de Dios. Se operó en nuestro corazón de niños una trasformación maravillosa que debería haber permanecido siempre viva en nuestra conciencia de adultos.

            El bautismo obró en nosotros cosas maravillosas. Los ritos fueron verdaderas corporalizaciones de la fe, símbolos eficaces de realidades celestes. Nos introdujeron ya en la vida eterna. El bautismo nos purificó del pecado original. Al hacernos partícipes de Cristo, de su muerte y resurrección, nos insertó en el misterio de la Santísima Trinidad para que un día correalicemos su misma vida y felicidad, “siendo” del todo con el Padre, “conociendo” del todo con el Hijo, “amando” del todo con el Espíritu Santo. Nos incorporó a la Iglesia, comunidad de salvación. Nos hizo hijos de Dios. Dios nos unió a él para siempre en el tiempo y en la eternidad. Bautizados, Dios nos ama en el mismo amor con que ama a su Hijo, y nosotros devolvemos el mismo amor amando con el mismo amor del Hijo al Padre. Bautizados, Dios estará ya siempre con nosotros, haciéndonos partícipes de la Divina Naturaleza, y nos hará también para siempre Dios con él y en él.  

Francisco Martínez

www.centroberit.com

e-mail.berit@centroberit.com

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *