LA DICHA DE LA CRUZ

EL AMOR GOZOSO Y ESPECÍFICO DE CRISTO Y LOS CRISTIANOS 

La cruz sólo puede entenderla quien ha entrado en la dimensión contemplativa del evangelio, el que es rico en Dios y ha experimentado su poder y su gracia. El que vive ya en sintonía y connaturalidad plena con Dios porque se deja hablar, iluminar y mover por él. Sólo aquél a quien se le ha concedido mucho amor. La cruz es un asunto de amor. Es el modo de amar propio de Dios. 

Sólo la cruz es el poder de la Iglesia, de la jerarquía, del apostolado, de los fieles… 

1. EL TESTIMONIO DE JESÚS 

«Comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!».Pero él, volviéndose dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista Satanás! ¡Tropiezo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!». Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,21-25). 

2. QUÉ ES LA CRUZ 

La cruz no es únicamente un momento puntual de la vida de Jesús. Es la dimensión fundamental de toda su vida. La cruz de Cristo es la máxima afirmación de los otros en el propio anonadamiento. Es un amor sorprendente, maravilloso, radical, incondicionado. Nadie amó así. Es continuar amando donde normalmente el amor se quiebra en todos. Es una locura de amor. Un amor sin límites. Que nunca falla, nunca se amortigua, nunca se desvanece. Lo que los hombres jamás imaginaron. En la cruz, lo directamente expresado es un amor grande. El sufrimiento no es sino la comprobación de la seriedad de ese amor. Los más grandes y generosos amantes, desearían este amor sublime, en la amistad, en el matrimonio, etc. 

Lo más dichoso que ha podido ocurrir en nuestra vida es la cruz de Cristo, que él haya muerto de amor por nosotros. La cruz no es una ejecución, sino una entrega libre: «Nadie me quita la vida; yo por mí mismo la doy» (Jn 10,18). En la cruz Dios renunció a presentarse ante nosotros en la imagen de Dios, en cierto sentido abdicó de Dios, se anonadó a sí mismo tomando la imagen de un amante enamorado. Más: perdonó todo y a todos. En la cruz se unen el odio más profundo, el nuestro, y el máximo amor, el de Dios. La cruz es «el abrazo de Dios con los verdugos de su Ungido» (Viernes Santo). La fuerza de Dios está en permitir que se le ataque. Es el amor total, el amor de Dios. El sufrimiento por amor está en el sentido profundo de la vida cristiana: «O sufrir o morir» (Sta. Teresa). 

3. CRISTO ASUME SOLIDARIAMENTE NUESTROS MALES 

Las expresiones neotestamentarias son impresionantes: 

«Llevó sobre el madero nuestros pecados en su cuerpo a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia» (1 P 2,24). 

«A quien no conoció el pecado Dios lo hizo pecado por nosotros para que viniésemos a ser justicia de Dios en él» (2 Cor 5,21). 

«Cristo nos rescató de la ley haciéndose él mismo maldición por nosotros» (GaI 3,13). 

«Dios envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,10). 

4. VOLUNTARIEDAD Y ALEGRÍA EN LA MUERTE DE CRUZ 

«La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rom 5,8). 

«Nadie tiene mayor amor que éste de dar la vida por los amigos» (Jn 15,13). 

«Con un bautismo he de ser bautizado y ¡cómo estoy angustiado hasta que se cumpla!» (Lc 12,50). 

«Soportó la cruz sin tener en cuenta la ignominia» (Hbr 12,2). 

5. SUPLICAR LA VIVENCIA GOZOSA DE LA CRUZ EN NUESTRA VIDA 

«Cuando os injurien, alegraos y regocijaos» (Mt 5,12). 

«Alegraos en la medida en que participáis de los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria» (1 P 4,13). 

«Considerad como un gran gozo… el estar rodeados por toda clase de pruebas» (St 1,2). 

«Con Cristo estoy crucificado, y vivo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,19-20). 

«Suplo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo» (Col 1,24). 

«Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gal 6,14). 

6. LA PASIÓN DE CRISTO EN MÍ: LA MÁXIMA AFIRMACIÓN DE LOS OTROS 

«Revestíos, pues, de entrañas de paciencia, soportándoos unos a otros, y perdonándoos mutuamente si alguno tiene quejas contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros» (Col 3,12ss). 

«La caridad es paciente… todo lo soporta» (1 Cor 13). 

«Por tanto, yo os pido por el estímulo de vivir en Cristo, por el consuelo del amor, por la comunión en el Espíritu, por la entrañable compasión, que colméis mi alegría siendo todos del mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos. Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual no su propio interés, sino el de los demás. Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina…se despojó de sí mismo tomando condición de siervo… y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz…» (Flp 2,1ss). 

7. EL SUFRIMIENTO POR AMOR, SIGNO DE LA FUERZA Y DEL PODER DE DIOS 

Ser capaces de amar hasta el sufrimiento es un signo de que estamos místicamente poseídos por Cristo. Sólo en él, en su fuerza, podemos aceptar el sufrimiento que cuesta amar. «Mi fuerza, mi única fuerza, es ser místico» (Teilhard). 

El sufrimiento es signo de que uno ha alcanzado la divina receptividad. Supone que uno ha entrado en un orden superior y que su comportamiento tiene una modalidad divina. El sufrimiento sólo es posible cuando alguien se ha dejado amar por Dios y está emocionado por ello. 

Dios llama a todos a la perfección del amor. Pocos llegan a alcanzarla. La razón es lo mucho que estamos apegados a nosotros mismos. El rechazo del sufrimiento es imperfección, inmadurez, distancia de Dios. Es falta de gratuidad, de generosidad, de entrega. Las purificaciones llamadas «pasivas», las que Dios hace en el hombre, nos dicen hasta qué punto Dios quiere transformamos en él. Cierto sufrimiento existe porque Dios es Padre y nos quiere en él y como él. Ni un solo místico ha dejado de ser purificado por Dios. Nosotros no tenemos capacidad para purificamos a fondo. Sólo el fuego transforma el leño en fuego. Sólo la luz intensa descubre las manchas, todas las manchas. «En pieza donde entra mucho sol no hay telaraña escondida» (Sta. Teresa). 

La capacidad y alegría por el sufrimiento supone la rebeldía convertida en receptividad. Es señal del dominio del Espíritu ayudando a superar el estancamiento de la voluntad. Es prueba de que está resuelto, o en vías de solución, el dilema egoísmo-gratuidad. El amor sufrido no es algo inhumano, sino sobrehumano. Elimina nuestra dificultad de madurar. Rompe el techo de nuestra incapacidad de crecer en el amor y gratuidad. Es Dios obrando en nosotros sin nosotros. Sólo él puede ayudamos a superar nuestras resistencias conscientes y subconscientes, externas e internas. Es la suprema victoria del amor de Dios en nosotros: «Todo esto viene de Dios. Pues a vosotros se os ha concedido la gracia de que por Cristo… no sólo creáis en él, sino que también padezcáis por él» (Flp 1,28ss). 

8. PARA LA ORACIÓN PROFUNDA 

Toma uno de los textos anteriores. Piensa en una situación difícil tuya. Comulga con el texto. Aplícatelo del todo. El texto es Cristo. No es sólo documento, porque Cristo no está muerto: es «el Viviente» eterno. Y su palabra es siempre viva. Contempla a Cristo en la cruz. Entra dentro, en el corazón. Mira cuánto amor tiene hasta superar con gozo el sufrimiento. Ponte en su sitio. Siéntete Cristo en el momento de su oblación. Aporta tus sufrimientos. Considera que Cristo los asume, y se los apropia, para que tengan la calidad de ser su misma pasión. Ante el texto sagrado, 

Sal de ti, de tu egoísmo y comodidad.  

Camina hacia él. No le niegues nada. 

Permanece todo en él, prolongando su pasión. 

Siéntete nuevo en él. Pide tener un gran corazón, mayor que el sufrimiento que cuesta amar y superar la cobardía.  

Extracto del libro de Francisco Martínez, «Vivir el año litúrgico», Herder, 2002.

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