El cristiano, o es un místico o no llega a ser verdaderamente cristiano. La fe cristiana se asienta en el fundamento de la paternidad de Dios. Una paternidad sentida, experimentada, disfrutada. Nada quiere tanto Dios como amar y ser amado como Padre. Él es el origen y meta de la vida cristiana. Sentirnos entrañados en él, amados en él, reconocer en él nuestro destino y meta: éste ha de ser el objetivo de la evangelización y de la experiencia profunda de la fe. Con la consideración del Padrenuestro, en el monacato de siglos, generaciones enteras llegaron a una experiencia profunda de la paternidad de Dios como horizonte de vida. Vale más iniciar en la vivencia profunda de la paternidad de Dios que adoctrinar en muchas verdades de fe sin integrarlas en la vida. El Padre es Fuente absoluta y Hogar eterno y universal. Es nuestra identidad eterna.

La corriente helenista nos ha hablado de los atributos de Dios, su Omnipotencia, Eternidad… Cristo nos revela a Dios no como una deidad lejana, sino como escondiendo su condición de Dios, “anonadándose”, ocultando su Omnipotencia, y lo presenta en la imagen del amante del hombre, del esposo, amigo, padre, o con entrañas maternas…

1.  EL CRISTIANISMO, EXISTENCIA ENTRAÑABLE Y ENTRAÑANTE

Toda la misión de Cristo es revelar al Padre y reconducirnos a él. El núcleo del mensaje paulino es: «Por Cristo, en un mismo Espíritu, tenemos acceso al Padre» (Ef 2,18). En nuestro mundo son muchos los que no conocen el verdadero rostro de nuestro Dios. Y son muchos, también, los que teniendo ideas sobre Dios, no han hecho la experiencia del amor entrañable de Dios. Hacerla es fundamental para la autenticidad de la fe. Ésta queda empobrecida cuando le faltan «entrañas». Para nacer y crecer con fortaleza se necesitan entrañas. No se puede nacer sin entrañas. Y tampoco vivir, pues la vida es el difícil parto de la madurez temporal y eterna del hombre. La vida es siempre fruto de la entraña. La identidad del hombre cuaja en un contexto de compenetración madre-niño, y se desarrolla en una relación originaria de urdimbre afectiva de entrañas, pecho, rostro. Es la relación que fundamenta la confianza básica, la identidad de un ser que, al nacer, se siente arraigado, seguro, dispuesto a abrirse a la vida, y a no retornar al seno materno para encerrarse psíquicamente en él.

Lo propio ocurre con la fe. Para nacer y vivir necesitamos entrañas. Cuando el hombre no ha hecho nunca la experiencia primigenia de la inmediatez en las entrañas de Dios, de su amor increíble, su fe no puede tener raíces. Y éste es el drama de muchos cristianos, y el verdadero drama de los alejados: no conocen las entrañas de nuestro Dios.

Este hecho nos interpela a todos los agentes de la pastoral, sacerdotes, religiosos, seglares, padres. )Reflejamos la entrañable misericordia de nuestro Dios? )Somos, en verdad, su rostro? Cuando hablamos, y actuamos, )lo hacemos sólo desde la teoría, o sólo desde nuestra capacidad personal, o desde nuestra profunda experiencia del amor de Dios? )Nuestras acciones y testimonio son verdaderas ofertas de sentido y poseen el vigor de iniciar gozosamente a niños y adultos, a los de dentro y a los alejados, en la experiencia del amor entrañable de Dios?

2. LAS ENTRAÑAS DE MISERICORDIA DE NUESTRO DIOS

En hebreo «rajamin» significa entrañas. Es la conmoción de lo más profundo cuando el dolor o el amor son muy hondos. A Dios se le estremecen las entrañas cuando se acuerda del hombre: «(Aclamad cielos, exulta tierra! Prorrumpan los montes en gritos de alegría, pues Yahveh ha consolado a su pueblo y se ha compadecido de sus pobres. )Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas lleguen a olvidarse, yo no me olvido de ti» (Is 49,13-15). «)Es un hijo tan querido para mí Efraín, o niño tan mimado, que tras haberme dado tanto que hablar, tenga que recordarlo todavía? Pues en efecto, se han conmovido  mis entrañas por él; no podrá faltarme la ternura  hacia él, palabra de Yahveh» (Jer 31,20).

El hebreo «jesed» significa benevolencia, disposición favorable de la voluntad de alguien hacia otro, misericordia, piedad, gracia, favor, lealtad. Los LXX lo traducen por «misericordia». El Nuevo Testamento por «agapé», que es el amor característico de Dios y de los cristianos.

La gran revelación de esta ternura se hace a Moisés en la segunda entrega de la ley: Ex 34,6: «Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado…» Esta ternura se expresa de manera firme en la alianza que revela un amor infrangible: «Por un breve instante te abandoné, pero con gran compasión te recogeré. En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con amor eterno te he compadecido, dice Yahveh tu Redentor. Será para mí como en tiempos de Noé; como juré que no pasarían las aguas de Noé más sobre la tierra, así juré que no me irritaré más contra ti ni te amenazaré. Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará y mi alianza de paz no se moverá, dice Yahveh, que tiene compasión de ti» (Is 54,7-10). «Aplicad el oído y acudid a mí, oid y vivirá vuestra alma. Pues voy a firmar con vosotros una alianza eterna: las amorosas y fieles promesas hechas a David» (Is 55,3).

Se constata que la «Jesed» de Dios es poderosa (Sal 103), eterna (Sal 25,6), buena (69,17), preciosa (Sal 36,8), grande (86,13), mejor que la vida (Sal 63,4), maravillosa (Sal 31,22).

El libro de Oseas tiene como ideal y característica la «Jesed». Es el amor que se desposa para siempre: «Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y equidad, en amor y compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahveh…» (Os 2,21-22). Es una evocación de Is 54,7-10.

3. CRISTO, REVELACIÓN DE LA ENTRAÑA DEL PADRE

Cuando Cristo viene, en él se revela la entraña de misericordia de Dios. En Cristo la entraña de Dios se hace entraña en María. Cristo es la personalización  de la misericordia divina. Así lo revela el Magníficat: «Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación… Acogió a Israel su siervo acordándose de su misericordia» (Lc 1,50.54). Y en el Benedictus: «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará la luz que nace de lo alto» (Lc 1,78).

Cristo es la revelación de la misericordia del Padre que se manifiesta de modo admirable en las tres parábolas de la misericordia (Lc 15). Singularmente en la parábola del hijo pródigo: «Cuando aún estaba lejos, el padre le vio, se enterneció en sus entrañas, corrió a él, se arrojó a su cuello y le cubrió de besos» (Lc 15,20).

  Nuestra misericordia tiene su modelo en la del Padre: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). En la parábola de los dos deudores: «¿No debías tú compadecerte de tu compañero como también yo me compadecí de ti?» (Mt 18,33). Jesús felicita y llama bienaventurados a los misericordiosos: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7).

Los milagros de Jesús son gestos que revelan la misericordia entrañable, la ternura, la compasión, la conmoción de sus entrañas. Ante el leproso: «Enternecido en sus entrañas Jesús extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero, queda limpio» (Mc 1,41). Ante los dos ciegos de Jericó: «Jesús, conmovido en sus entrañas, tocó sus ojos y al instante recobraron su vista y seguían en pos de él» (Mt 20,34). A la viuda de Naín: «Viéndola el Señor se conmovió en sus entrañas compadeciéndose de ella y le dijo: no llores» (Lc 7,13). 

Ante las muchedumbres alejadas, dice Mateo (9,36-38): «Viendo a la muchedumbre se enterneció de compasión por ella porque estaban fatigados y decaídos como ovejas sin pastor. Entonces dijo a los discípulos: la mies es mucha pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies». «Al desembarcar vio a una gran muchedumbre y se compadeció de ella y curó a todos sus enfermos» (Mt 14,14). Antes de la multiplicación de los panes: «Tengo compasión de la muchedumbre» (Mt 15,32). 

San Pablo refiere un amor que remite a las entrañas de Cristo: «Así es justo que sienta de todos vosotros, pues os llevo en el corazón; y en mis prisiones, en mi defensa y en la confirmación del evangelio, sois todos vosotros participantes de mi gracia. Testigo me es Dios de cuánto os amo a todos en las entrañas de Cristo Jesús» (Flp 1,7-8). Invita a los colosenses a revestirse de entrañas de misericordia: «Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros» (Col 3,12-13). Y dice a los filipenses: «Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificó juntamente con Cristo…» (Ef 2,4-5).

Vivir en Cristo es vivir en la entraña de Dios: «Por tanto, yo os pido por el estímulo del vivir en Cristo, por el consuelo del amor, por la comunión en el Espíritu, por la entrañable compasión, que colméis mi alegría siendo todos del mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos» (Flp 2,1-2).

4. HACIA UNA PASTORAL ENTRAÑABLE Y ENTRAÑANTE

Estos textos deberían ser un rocío divino caído sobre la frialdad y el funcionalismo que puedan existir en nuestras comunidades. A veces adolecemos de un apostolado funcional y en ocasiones son no pocos los cristianos que han detenido su fe en la pura observancia exterior. Hay que fomentar más el cultivo de la experiencia afectiva. A nuestra oración, a nuestra vida cristiana, a nuestra vida pastoral les pueden faltar «entrañas». Hemos perdido, quizás, en nuestra iglesia de hoy el Cantar de los cantares con un exceso de razón y cierta carencia de oración enamorada, contemplativa. 

Quien todavía no se ha asombrado por la inmensa misericordia de Dios, y quien no se ha escandalizado por la inmensa frialdad que existe en el mundo y en la misma Iglesia, todavía no ha llegado a ser un apóstol maduro. El cristianismo queda difuminado allí donde no existen el asombro y la adoración. Cuando no abunda y se irradia la alegría constitutiva del cristianismo, puede ser porque lo hemos reducido a simple orden o a funcionalidad.

Quien ha experimentado las entrañas de misericordia de Dios, presta sus entrañas a la palabra y a la vida de fe, al apostolado, y las llena de sentido y expresividad. No es suficiente hablar desde la simple doctrina. Quien no habla desde la experiencia del amor mismo de Dios, no habla en cristiano.

5. ANTE ESTAS CONSTATACIONES CABRÍA PREGUNTARNOS:

)Se nos conmueven las entrañas ante los alejados, ante «las muchedumbres»  (nuestros actuales alejados) que refiere el evangelio? )Nos afectan en serio los problemas de los hombres, o vivimos absortos en nuestras ocupaciones funcionales, nuestros programas y planes? )Tenemos entrañado el corazón en los destinatarios de nuestra práctica pastoral? )Vivimos y trabajamos en comunión «entrañable» con los que comparten nuestra misión? )Soy tan solidario y corresponsable en los niveles que caen bajo la responsabilidad del otro, como yo deseo que los otros estén en corresponsabilidad conmigo en los niveles en los que yo soy el responsable? Ante las reflexiones y los planes pastorales, ¿soy más bien objetor, o ausente,  o eterno recelante, o frío e indiferente…? )Es mi parroquia, o mi comunidad, un lugar de revelación de las entrañas del Padre? )Soy persona y apóstol entrañable?

PARA UNA ORACIÓN TRANSFORMANTE

Toma uno de los textos. Comulga con él. Ante él realiza el proceso:

SALGO DE MÍ…  VOY A TI…  TODO EN TI…  NUEVO POR TI.

 

Extracto de libro «Dejarnos hablar por Dios», de Francisco Martínez, Ed. Herder

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