En el marco del ciclo «Ser cristiano en un cambio de época», el pasado día 5 de mayo, tuvo lugar la siguiente sesión del curso de teología del Instituto Diocesano de Estudios Teológicos para Seglares, con una ponencia impartida por el profesor Jordi Pigem, doctor en filosofía y figura destacada en la filosofía de la ciencia y la ecología, ofreció una conferencia titulada «La condición humana en el mundo de hoy», que se centró en el análisis crítico del transhumanismo, la inteligencia artificial (IA) y el devenir de la humanidad. Pigem es doctor en filosofía por la Universidad de Barcelona, con una tesis sobre Ramón Panikkar. Ha sido profesor en el Reino Unido y cuenta con diversos premios de prestigio, incluyendo el premio de filosofía del Instituto de Estudios Catalanes, el premio de ensayo Resurgence and Scientist and Medical Network, y el 23º premio Joan Maragall por su obra «Ángeles y robots». Es autor de cerca de veinte libros, entre ellos «Conciencia y Colapso». Sus áreas principales de pensamiento son la filosofía de la ciencia, la ecología y las causas subyacentes del colapso ecológico.
El profesor Pigem inició su exposición abordando directamente el concepto de «inteligencia artificial», un término al que se resiste a usar. Propuso sustituirlo por «imitación algorítmica» (IA). Su argumento central es que estas máquinas no poseen verdadera inteligencia porque la inteligencia, etimológicamente y en esencia, remite a entender, a comprender profundamente. La IA, en cambio, funciona mediante reglas mecánicas y cálculos probabilísticos basados en enormes volúmenes de datos. Utilizó la analogía de una flor artificial: de lejos puede parecer una flor, ser «bonita» a 30 metros, pero al acercarse, tocarla y olerla, se revela como una imitación, un «fake«, desprovista de la esencia de una flor real. De la misma manera, la IA imita la inteligencia humana, pero no entiende lo que procesa. Puso el ejemplo de traducir un poema: la máquina buscará las palabras equivalentes en otro idioma basándose en probabilidades, pero no comprenderá el significado intrínseco, la emoción, o las referencias culturales («un patio de Sevilla», «el olor del limonero»).
Pigem recordó que la idea de la imitación no es nueva en el campo de la IA. Alan Turing, considerado uno de los pioneros, ya en 1950 se preguntó si las máquinas podrían pensar, concluyendo que, en realidad, imitarían el pensamiento. Esta expresión, «el juego de la imitación» («the imitation gam), incluso dio título a una película sobre Turing. Por tanto, desde sus inicios, el objetivo fue la imitación, no la creación de inteligencia genuina.
Si bien la IA tiene usos prácticos «con moderación», su uso actual es desmedido y problemático. Está invadiendo múltiples ámbitos de la existencia humana, lo que ha llevado a sacar trabajo a muchísimas personas (ilustradores, cajeros de supermercado, entre otros). Además, está invadiendo nuestras relaciones y el sentido común. Un ejemplo citado fue un caso verídico de un hombre en Estados Unidos que pidió a una IA que redactara el discurso para la boda de su hija. Pigem calificó esto como «algo falso, es algo fake«, aunque el discurso generado fuera técnicamente mejor que el propio. Lo preocupante es la tendencia a delegar el libre albedrío, la capacidad íntima de decidir que nos configura como personas, a las máquinas. Preguntar a una máquina qué hacer en verano o ante cualquier cuestión vital, en lugar de escuchar el corazón, nos somete al modelo mecánico. Mencionó otro ejemplo de un sacerdote consultando a ChatGPT sobre cómo debería ser el nuevo Papa, sugiriendo que un sacerdote debería buscar guía en un ámbito «más elevado y más íntimo».
El profesor Pigem fue categórico al señalar que, más allá de las promesas, existen límites objetivos que sugieren que la IA podría no tener un futuro a largo plazo, quizás «no vaya a durar quizá más de 10 años». Estos límites incluyen:
Consumo energético desmedido: La IA demanda una cantidad creciente de energía. Se estima que, al ritmo actual, para 2045 la IA podría consumir toda la energía producida en el mundo, lo que llevaría a un «apagón perpetuo». Los centros de datos ya generan problemas de suministro eléctrico en algunas ciudades.
Escasez de materiales: Las tecnologías de IA requieren elementos raros y metales específicos (indio, galio, praseodimio, neodimio) que hasta hace poco eran poco conocidos. Un teléfono móvil moderno utiliza más de la mitad de los elementos de la tabla periódica. Muchos de estos materiales son cada vez más escasos, de difícil acceso o su suministro está controlado por ciertos países.
Límites económicos: A pesar de las cuantiosas inversiones, las empresas dedicadas a la IA están perdiendo «un montón de dinero». Pigem sugirió que el nombre «inteligencia artificial» se mantiene porque atrae más inversores que uno más preciso como «imitación algorítmica».
Falta de datos de calidad: Los sistemas de IA necesitan datos para «crecer» y mejorar sus predicciones. Tras agotar las fuentes de alta calidad (libros, internet de alto nivel), están recurriendo a datos de menor calidad (mensajes de WhatsApp, etc.), lo que reduce el nivel y puede llevar a errores. Mencionó el caso de ChatGPT que en febrero de 2024 se volvió «loco», generando respuestas gramaticalmente correctas pero carentes de sentido. Otro ejemplo es la magnificación de errores en la generación de imágenes, como rostros inventados que en sucesivas generaciones acaban pareciendo «monstruosas».
Estos problemas intrínsecos llevan a algunos, incluido Pigem, a creer que la IA «no tiene futuro» a largo plazo. Aunque está de moda y parece haber intereses en que la gente deje de pensar por sí misma y consulte máquinas, Pigem mantiene su escepticismo.
El transhumanismo, otro tema central del ciclo, fue presentado como la búsqueda de la inmortalidad a través de la tecnología, una idea que implica el olvido de la sabiduría del pasado. Pigem criticó la noción de convertir el cerebro humano en datos digitales para implantarlos en un robot. Argumentó que el cerebro «no es una máquina»; es un órgano vivo, plástico, que cambia continuamente (como el agua que crea surcos en un paisaje), una red complejísima que no puede reducirse a un sistema de cálculo de datos. Además, sugirió que hay «pruebas» de que la mente y la conciencia o el alma «no están en el cerebro», aunque tengan un vínculo con él.
Pigem conectó estos desarrollos tecnológicos con la idea del «final de la Edad Moderna», concepto que el teólogo y filósofo Romano Guardini diagnosticó en su libro de 1950. Guardini vio el fin del optimismo moderno, basado en la creencia de que el ser humano crearía un cielo en la tierra mediante la tecnología, transformándolo todo al verse a sí mismo como el «rey de la creación». Guardini también señaló que el hombre moderno confunde el poder tecnológico con el bien, asumiendo que cualquier tecnología nueva es buena. Aunque la modernidad no terminó abruptamente en 1950, Pigem considera que 75 años después (en 2025), parece que la edad moderna «hace aguas». A pesar de los avances tecnológicos, la sociedad moderna presenta epidemias objetivas de depresiones, adicciones, ansiedad, nihilismo y alienación. La gente no parece más feliz que hace 50 años. Guardini, tras las guerras mundiales y las bombas atómicas, constató que más tecnología no implica necesariamente estar mejor; la tecnología puede usarse para la destrucción o la deshumanización.
Señaló el impacto de tecnologías como los teléfonos móviles en la crisis actual. Esta tecnología ha cambiado la postura humana tradicional de «contemplar el cielo» (contemplatio coeli), vista como una aspiración natural y definida del ser humano a lo largo de los siglos, por la de mirar una pequeña pantalla. Pigem considera esto «antropológicamente muy curiosa», un cambio de anhelo de lo celestial a un «rectángulo pequeñito con lucecitas de colores». Argumentó que el móvil, especialmente para los jóvenes, no suele ser una herramienta de crecimiento intelectual, espiritual o humano, sino una distracción que les impide «escuchar el propio corazón» o los «mensajes profundos de la realidad». Citó el libro La generación ansiosa (2024) de Jonathan Haidt, que muestra gráficos vinculando el aumento de horas de uso del móvil con mayores índices de depresión y ansiedad en jóvenes.
El profesor diferenció entre una «mente algorítmica» o «ojo de la razón» (oculus rationis en términos de San Buenaventura), útil para cálculos cotidianos, y la «parte esencial de la mente humana» o «ojo de la contemplación» (oculus contemplationis), que abarca la intuición, empatía, creatividad, conciencia, sensibilidad ética y estética, y espiritualidad. Lamentó que el mundo moderno parezca eclipsar el ojo de la contemplación, centrándose solo en lo medible y racional. Esto se refleja en la reducción o eliminación de asignaturas creativas y humanísticas en favor de la robótica y estudios técnicos en escuelas y universidades. Esta tendencia margina la parte del ser humano de la que ha surgido toda la filosofía, la poesía y la espiritualidad. La saturación de «mensajitos» constantes (WhatsApp) nos distrae de escuchar a los «mensajeros primordiales», los «Ángelos» originales. Pigem sugirió que si alguien o algo quisiera confundir a la humanidad y mantenerla distraída y cabizbaja, tecnologías como los móviles y la IA serían el invento perfecto. Los jóvenes dejan de pensar al delegar tareas a la IA, perdiendo la capacidad de aprender a pensar por sí mismos.
Frente a la visión científica-técnica que explica el mundo como una gran máquina, Pigem afirmó que el mundo «sigue siendo un misterio». Citó ejemplos de la biología (coordinación sinfónica de billones de células, sofisticación de reacciones químicas celulares, origen de la vida) y la física (cómo funciona la gravedad, el ajuste fino de las constantes fundamentales que hace la existencia del universo un «milagro» con una probabilidad bajísima). Argumentó que 400 años de investigación científica han intentado demostrar que la realidad es puramente mecánica, pero el resultado es que «el mundo no es una máquina». Esta honestidad intelectual ante lo desconocido abre la puerta a una realidad más profunda, que la tradición cristiana llama Dios. Aunque la tecnología ha hecho la vida «más fácil», no la ha hecho necesariamente «más rica o más profunda», generando un «grandísimo vacío existencial». Se refirió a la confusión actual donde mucha gente «ya no sabe si es hombre o mujer» o eventos extraños como la ceremonia inaugural de las Olimpiadas de París que se burló de la Santa Cena.
 El profesor Pillén llamó a los asistentes a «mantener la dignidad de la condición humana», que definió como la de un ser con los pies en la tierra pero «orientado hacia el cielo», en oposición a la visión moderna que lo reduce a un producto de la selección natural cuyo propósito es satisfacer deseos, consumir y presumir. A pesar de los desafíos y la confusión del mundo actual, recordó que «el mundo sigue siendo un prodigio cada día» en sus manifestaciones cotidianas (salida del sol, sonrisa de un bebé, canto de pájaro, primavera), algo que no debemos olvidar.
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