1. ENCARNACIÓN DE DIOS Y DIVINIZACIÓN DEL HOMBRE

El Verbo se une a una naturaleza humana y surge Cristo. Se une a toda la humanidad creyente y nace el Cuerpo Místico de Cristo. La unión de Cristo con la Iglesia es la prolongación de su propia encarnación. Cristo y la humanidad forman como «una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5,31-32). La Humanidad de Cristo es fuente de su misma vida extendida y comunicada a nosotros. Nuestra vida divina viene de Cristo. «Dios se ha hecho hombre para que el hombre llegue a ser Dios» (S. Ireneo, S. Atanasio, S. Agustín). Todos los Padres cantan «el intercambio admirable» entre la carne y el Verbo. La liturgia de la Navidad habla de la divinización del hombre. Isaías narra la restauración de Israel y la unión íntima entre Yahveh y Jerusalén (56-66). Allí se prevé ya la Nueva Alianza. Oseas habló de ella en términos incandescentes, debido al amor y unión que sella. La antífona de las vísperas del uno de enero dice: «¡Qué admirable intercambio! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, se ha dignado nacer de una virgen, y hecho hombre, sin concurso de varón, da parte en su divinidad». La divinización del hombre es su adopción filial: «Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, para que recibiésemos la adopción» (Gal 4,4-5). Así, el nacimiento de la Cabeza (Cristo) es también el nacimiento del Cuerpo, nosotros» (S. León Magno). Los términos renovación, novedad, nuevo, aparecen sin cesar en la liturgia de la Navidad.

2. LA RENOVACIÓN DE LA CREACIÓN
La Encarnación es la consagración del cosmos. El Verbo, al penetrar en una carne, alcanza las profundidades de la creación entera e inaugura un nuevo universo. Cristo es el nuevo Adán que da origen al nuevo paraíso, la primera célula de la creación final. Hay liturgias orientales que durante la Navidad leen los primeros capítulos del Génesis. «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Isaías trata el tema en 9,16 y el 11. «La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquél que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto» (Rom 8,20-22). «Pacificando por la sangre de la cruz todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo» (Col 1,20). «Dándonos a conocer el misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos, hacer que todas las cosas tengan a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1,9-10). La manifestación final de Cristo será no sólo la aparición del nuevo Adán, el último y definitivo Hombre, en el nuevo día sexto, del novísimo Génesis, el día en que Dios descansará de su obra perfecta: será la etapa final de la restauración del cosmos. La obra de Dios comenzó con la luz primera, y ahora todo termina con la luz de la Jerusalén de lo alto realizada en la encarnación, resurrección y definitiva manifestación de Cristo al final de los tiempos y en el comienzo de los nuevos cielos y nueva tierra.

3. LA MANIFESTACIÓN DEL SEÑOR.
Un detenimiento en los aspectos folclóricos y sociales de la Navidad puede delatar una grave inmadurez de fe. Navidad-Epifanía significan revelación, manifestación. Es la fiesta de la iluminación. Para el Verbo Encarnado fue la singular experiencia de conocer la carne, de sentir con un corazón humano, expresar el amor de Dios amando humanamente. Al encarnarse, él nos entrañó en su intimidad. Ahora el misterio nos interpela. Debemos contemplar a Cristo cara a cara, llamarle por su nombre, entrar en su intimidad personal, comprender cómo nos ama, cómo se nos da. Tenemos que abrirnos a su amor, tenemos que dejamos amar, saber sumergimos en él para que se realice en nosotros una como encarnación de su persona, de su Espíritu Santo, hasta el punto que, revestidos de él, sustituidos por él, sea ya él quien viva en nosotros.

4. LA VIRGEN MARÍA EN EL MISTERIO DE LA NAVIDAD
Dentro del misterio de la Navidad, la Iglesia contempla y celebra la maternidad virginal, divina, de María. En un mismo diseño de la salvación, Dios estableció la encarnación del Verbo y la maternidad de María. La vocación, destino y culto de María quedan esencialmente vinculados a la persona y obra de Cristo. Por ello, Paulo VI afirma que el culto a María está estructuralmente vinculado a la liturgia de la Iglesia. La piedad mariana es un elemento intrínseco del culto cristiano. Esto refleja la misma fe de la Iglesia que siempre contempló a María plenamente asociada a la persona y obra de Cristo.

En el tiempo de la Navidad, al conmemorar el nacimiento de Cristo, lo hacemos sumergiéndonos en la maternidad de María. Pero no lo hacemos deteniéndonos en una función más bien pasiva. El mismo Lucas, al hablar de María, pone en primer plano su actitud de fe, de obediencia, de total apertura y disponibilidad, de escucha y de interiorización de la palabra de Dios. Así la Virgen aparece como la respuesta ideal, como aquello que la humanidad entera debió ser, pero que no llegó a alcanzar, como la representante de la humanidad nueva que acoge la palabra de Dios y hace de su vida una perfecta respuesta a la misma. María mantiene una relación viva con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es llena de gracia, es decir, de relación consciente y decidida. No vive una relación meramente instrumental y pasiva. Es siempre Virgen oyente, orante, oferente. Su prodigiosa maternidad divina se desborda en una maternidad espiritual en favor de los hombres. María es cauce de la venida de Dios al mundo y es también el modelo de respuesta. De una respuesta asentada en aquella aceptación salvadora de Cristo que está en la raíz del misterio de la redención. Porque María no presta a Cristo sólo su carne, sino su voluntad, en la radical oblación de su vida. El «Sí» de María a la voluntad de Dios, es la transparencia del «Heme aquí» (Hbr 10,7) de Cristo al Padre. Esta disponibilidad absoluta, que está en el fundamento de la salvación, es obra del Espíritu que es quien opera una sintonía y connaturalidad total con la voluntad de Dios. El culto a María, llevado a una imitación plena de quien es tipo y modelo de Iglesia, implica saber entrañar la propia fidelidad en la aceptación gozosa de María, de igual modo que en María se transparentó de forma ideal la aceptación filial obediente de Cristo, sacerdote y víctima.

Cristo es el «Sí» del universo. El «Amén» eficaz al plan de Dios. Decir «sí» a Dios, con María y en María, equivale a hacer de la propia existencia, la transparencia de la aceptación eterna del Verbo en el seno del Padre, de la obediencia filial de Cristo en el momento de la encarnación y de la redención, y de la fidelidad de María ante el anuncio del ángel. Asumir como propio el «Sí» de María, es el intento más serio de hacer de nuestra vida confesión de fe, un acto de amor que, hecho en el tiempo, se realiza y perdura en la eternidad.

La Virgen del Adviento y de la Navidad es un modelo ideal para enraizar nuestra vida en el misterio de Dios. Entrar en su espíritu es la mejor garantía de autenticidad y de madurez de nuestra fe.

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