El pasado 21 de mayo, el Centro Berit inauguró el esperado ciclo de teología «Temas nucleares de la fe», dedicado a la memoria de su fundador, Francisco Martínez, quien falleció el 4 de julio del 2024. Este ciclo busca reivindicar y recordar su acervo teológico, y es para muchos asistentes un espacio de gratitud por la formación recibida.
La sesión inaugural contó con la presencia de Monseñor Ernesto Brotons, Obispo de Plasencia y profesor de esta casa durante muchos años, quien fuera cercano y querido por don Francisco. Su ponencia, titulada «Concilio de Nicea: la Iglesia naciente toma conciencia de la identidad última de Jesús», se enmarca en el 1700 aniversario de la convocatoria de este Concilio en el año 325. Monseñor Brotons destacó la conexión de este tema con el «núcleo de la reflexión teológica de don Francisco: una fe basada en Cristo, una fe cristocéntrica».
La doxología como eje central de la fe
El ponente subrayó que el Concilio de Nicea, un hito en la historia de la Iglesia según el Papa Francisco, debe celebrarse como una doxología, una alabanza a la gloria de Dios. Esta idea, la de la vida cristiana como «una ofrenda de alabanza a Dios Padre por medio de Jesucristo en el espíritu», era frecuentemente repetida por Francisco Martínez, como señaló Monseñor Brotons, citando su libro «Dejarnos hablar por Dios».
La charla se estructuró en dos partes principales: la toma de conciencia de la primera comunidad cristiana sobre la identidad última de Jesús y las primeras dificultades, para luego abordar la crisis arriana y el Concilio de Nicea.
La conciencia temprana de la divinidad de Jesús
Monseñor Brotons comenzó explicando cómo la comunidad cristiana llegó a comprender el misterio de Jesús, partiendo de un testimonio pagano del año 113. Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, escribió al emperador Trajano mencionando que los cristianos se reunían para «cantar alternativamente un himno a Cristo como un Dios». Este hecho es crucial, pues combinaban la negativa a adorar otras deidades romanas con la singular disposición a considerar a Jesús digno de adoración, reservada únicamente para el Dios uno de la tradición bíblica. Ya muy pronto, Jesús fue considerado una persona divina, una concepción presente en los textos del Nuevo Testamento.
Cinco factores fueron decisivos en este proceso, según el ponente:
La propia conciencia de la Iglesia de su íntima relación con Jesús.
La inserción de Jesús en el culto.
Un modo de vida que emanaba del mensaje y persona de Jesús.
La propia reflexión de la comunidad.
La experiencia del martirio.
Todo este proceso no fue un mero consenso humano, sino un camino guiado por el Espíritu Santo. Se citó Mateo 16 («Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios») y la afirmación de Pablo de que «Nadie puede decir Jesús es el Señor si el Espíritu no pone esa confesión de fe en sus labios y en su corazón». La toma de conciencia de la identidad de Jesús es posible en un «trato continuo con el Señor en la Iglesia».
Monseñor Brotons destacó que la confesión de fe en Jesús como Hijo de Dios tiene una doble referencia: al Jesús histórico y al acontecimiento de Jesús, pero también a la «experiencia actual contemporánea, vivida, celebrada, pensada, orada», ya que Cristo no es un fundador difunto, sino «el Señor vivo y presente en medio de ella». Se citaron a González de Cardedaal y a Francisco Martínez para ilustrar cómo Cristo se hace presente en las Escrituras, los sacramentos y la comunidad fraterna.
La comprensión de la identidad de Jesús parte de la pregunta «¿quién es este?» y el impacto causado por Jesús de Nazaret. Los elementos que configuran esta toma de conciencia son la conciencia de Jesús sobre sí mismo y su misión (una «cristología implícita» basada en su experiencia singular de Dios y su filiación), el misterio pascual y la acción del Espíritu (la resurrección como factor decisivo que revela quién es Dios y quién es Jesús, y Pentecostés donde Jesús es el dador del Espíritu), y la confesión de fe eclesial. Los cristianos experimentan que viven y mueren por Jesús, configurándose con Él, y las persecuciones y el martirio son una expresión de amor y confesión de su divinidad. La comunidad apostólica experimenta la presencia del «Cristo viviente». Títulos como «Kirios» (Señor), «Cristo» e «Hijo de Dios» fueron fundamentales, y se aclaró que llamar a Jesús «Señor» era equivalente a llamarle «Dios» en el contexto judío. El culto a Jesús no derivó del helenismo tardíamente, sino que surgió muy pronto en círculos judeocristianos, como sugiere Larry Hurtado, expresándose en himnos y doxologías.
Primeras dudas y dificultades: el doble contexto del cristianismo
El cristianismo nació en un doble contexto: judío y grecorromano, lo que generó serios interrogantes.
Contexto Judío: Para un judío, Dios es uno (Semá Israel). ¿Cómo confesar la divinidad de Jesús si Dios es uno?.
Contexto Greco-Romano/Helenista: La concepción de un ser trascendente, eterno, inmutable chocaba con la idea de que Dios «se manche con nuestro barro» o se encarne y sea crucificado. La materia era vista como mala.
Estas problemáticas dieron lugar a respuestas insuficientes:
Ebionismo: Jesús es un profeta, el mayor, adoptado por Dios, pero un «mero hombre».
Adopcionismo: Jesús es un hombre que, por su vida y entrega, fue ungido y adoptado por Dios como Hijo, exaltado en la resurrección, pero sigue siendo un hombre.
Modalismo: Dios es uno, pero se manifiesta de distintas formas, como «máscaras» (Ej: Patripasianismo, donde el Padre muere en la cruz).
Docetismo y Gnosticismo: Cristo no se hizo hombre realmente, solo en apariencia; acceso a lo divino mediante un conocimiento elitista y secreto.
La crisis arriana y la convocatoria de Nicea
Estas dificultades desembocaron en la crisis arriana a principios del siglo IV. Arrio, un presbítero de Alejandría, fue un gran predicador y destacaba por su piedad. Sin embargo, su teología consideraba a Jesús una criatura, la más excelente, pero creada, no eterna. Para Arrio, defender la absoluta trascendencia y unicidad de Dios era primordial, y el Hijo, al ser «engendrado», tuvo un «comienzo» («hubo un momento en el que el Hijo no era»). Estaba influenciado por el platonismo, viendo a Cristo como un «demiurgo» o semidios intermedio a través del cual Dios creó todas las cosas, apoyándose en Proverbios 8:22 («El Señor me creó al principio de sus tareas»).
Monseñor Brotons explicó que la teología de Arrio, aunque «más racional» y fácil de entender para muchos, «rompía toda comunicación posible entre Dios con mayúscula y su creación», condenando a Dios a la «soledad más absoluta» y la «impotencia». El obispo Alejandro de Alejandría excomulgó a Arrio, acusándole de «luchar contra Cristo, negando la divinidad de nuestro Salvador» y «rasgar la túnica sin costuras de Cristo», dividiendo la Iglesia.
Ante la gravedad del conflicto, el emperador Constantino, buscando la unidad religiosa y la cohesión de su imperio, convocó el Primer Concilio Ecuménico en Nicea en el año 325. Aunque inicialmente consideró la disputa «irrelevante», Constantino percibió que la «discordia interna de la Iglesia de Dios es más dolorosa que cualquier batalla». Asistieron alrededor de 300 obispos, con una presencia significativa del obispo Oseo de Córdoba, quien presidió junto al emperador.
El Credo de Nicea: salvaguardando la divinidad de Jesús
El Concilio abordó diversos temas, pero su eje central fue la cuestión arriana. La composición del Símbolo de la Fe, conocido como el Credo de Nicea, fue determinante. Basado en el credo de la Iglesia de Cesarea, los Padres Conciliares lo completaron con afirmaciones antiarrianas, destacando su estructura trinitaria. Las frases clave para refutar a Arrio fueron:
«Engendrado, no creado».
«De la sustancia del Padre».
«Consustancial al Padre» (Homousios).
La Iglesia, por primera vez, comprometió su autoridad para salvaguardar la plena divinidad de Jesucristo, un acto crucial porque «si Jesús realmente no es Dios, si Jesús no es el hijo de Dios, ¿podemos realmente decir que estamos salvados?». Aunque la expresión homoousios era griega y filosófica, su uso era para «salvaguardar la verdad de la escritura» y «deselenizar el cristianismo», diferenciándolo de la figura del demiurgo.
Vigencia del Concilio de Nicea en la actualidad
Monseñor Brotons concluyó que el arrianismo continuó, requiriendo el Concilio de Constantinopla para completar el símbolo y el Concilio de Calcedonia para afirmar que Jesús es «verdadero Dios y a la vez es verdadero hombre». La actualidad de Nicea radica en su invitación a «dar fe de la novedad de Cristo Jesús». La pregunta «¿Quién es Jesús?» sigue siendo «plenamente actual», especialmente ante la «pluralidad de rostros de Cristo» y las «imágenes muy deformadas» que circulan hoy. El desafío para la fe es «dar hoy razón de nuestra esperanza» y «qué lenguaje utilizar, cómo hablar hoy de Jesús», conscientes de que nuestras palabras jamás agotarán «la riqueza de Cristo Jesús, porque Cristo siempre es mayor».
Nicea nos habla de la sinodalidad, la eclesialidad de la fe y su influencia decisiva en la liturgia, ya que seguimos rezando con el mismo Símbolo. Además, nos une en la misma fe, promoviendo la comunión y el ecumenismo. En el ámbito moral, si Cristo es Jesús, el Hijo de Dios, nuestra vida cristiana debe ser «configurarnos con él, vivir desde él y para él».
Al finalizar, Monseñor Brotons agradeció la oportunidad de inaugurar este ciclo en memoria de Francisco Martínez, recordando su invitación a «dejarnos hablar por Dios». Se abrió un espacio para preguntas, donde se aclaró que el cristianismo fue declarado religión libre por Constantino y religión oficial del imperio con Teodosio en el año 380. También se debatió sobre la necesidad de un lenguaje que conecte con el hombre y la mujer del siglo XXI sin despojar al credo de su sentido, enfatizando la importancia de la «referencia bíblica» y la «experiencia de los orígenes» como criterio fundamental. Sobre la imposición del credo actual, se indicó que, tras Nicea y Constantinopla, Calcedonia reafirmó el símbolo niceno, el cual se fue introduciendo progresivamente en la liturgia.
El ciclo «Francisco Martínez» continuó con una nueva sesión a cargo del profesor Pedro Fernández de Castelao, el 28 de mayo de 2025.
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