¡ VEN, SENOR JESÚS!

ABRIRNOS AL ADVIENTO

1. EL CONTENIDO REAL DEL ADVIENTO 

El adviento está referido al acontecimiento más grandioso de la fe: Cristo no sólo vino: viene hoy, y está viniendo. Ayer vino al mundo en Palestina. Ahora viene al hombre en la liturgia. 

La liturgia es el cauce elegido por Dios para su encuentro vivo con el hombre. Las fiestas de los misterios del Señor, en el año litúrgico, no contienen sólo el recuerdo psicológico de lo que sucedió ayer. Contienen la misma realidad que conmemoran. Lo que ayer fue historia, hoy es realidad de gracia y de Espíritu Santo en nosotros. De nada nos serviría que Cristo haya venido al mundo si no viene a nuestra intimidad personal. Los misterios de la vida del Señor, en el año litúrgico, celebran nuestra vida en Cristo, nuestra incorporación real a él, para reproducir su persona y su vida, sus sentimientos y actitudes, su presencia en el mundo a través de nosotros; para ser vivificados, concrucificados, conmuertos, corresucitados, sentados con él en el cielo y, así, reinar con él. La comunidad, reviviendo los misterios de la vida del Señor, es el signo protagonista de la presencia de Cristo hoy ante el mundo y ante los hombres. 

La liturgia, como don y gracia por excelencia, es un proceso de configuración con Cristo. Esta conversión no se reduce sólo a aceptar verdades, ni sólo a aceptar normas. La verdad y la norma totales son la persona de Jesús aceptada y vivida. Ser él, revestirnos de él, identificarnos con él hasta poder decir: «Para mí, el vivir es Cristo» (Flp 1,21). «Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). 

Un cristiano que espere que se lo enseñen todo y todo se lo manden, margina el capítulo más transcendental de la Iglesia, la presencia del Espíritu Santo y de su acción en los creyentes. Se estancaría en el exterior del plan de Dios. Cuando uno se hace insensible e impermeable a una escucha directa de Cristo, deja ya de ser su seguidor. Nadie puede pretender decirlo «todo» sin suplantar peligrosamente la presencia y acción del Espíritu con sus iluminaciones e impulsos, obrados directa e inmediatamente. 

Una comunidad, o una persona, que no va más allá de las verdades y normas, o de las «devociones populares», aun positivas y necesarias, desconoce el capítulo más hermoso e importante de la vida cristiana: el encuentro en vivo, en directo, con el Espíritu del Señor. 

2. CELEBRAR EL ADVIENTO EN EL FONDO MISMO DE NUESTRO MAL 

El Señor viene a transformarnos. Pero el mal está en nosotros más profundo de lo que pensamos normalmente. 

Todos tenemos una zona de egoísmo conocido y reconocido. Sabemos cuando obramos el mal. Al menos podemos llegar a ser conscientes de ello. 

A veces nos incomoda la verdad, nos domina la pereza o la idea de un falso orden. Además de todo eso, en nosotros, en nuestra sociedad y ambiente, hay zonas de un mal profundo, en un estado más o menos inconsciente, y aun cuando solemos pensar que juzgamos y obramos bien, lo cierto es que nuestros comportamientos perjudican a los demás, no hacen historia de salvación, tienen consecuencias evangélicamente deplorables. En ocasiones, estamos como atrapados en unas estructuras sociales, culturales, religiosas, personales, que damos por buenas, pero que distan mucho de ser evangélicas. Frecuentemente confundimos lo real con lo habitual que está fijado, petrificado, en unos niveles imperfectos, superables, que precisan de la revisión, del discernimiento, de la corrección, y en definitiva, de la humildad. 

El mal está en que estas estructuras permanentes han maleado profundamente nuestra mentalidad, nuestra forma de concebir la verdad y el bien, nuestros valores y juicios, nuestra moral y hasta nuestro mismo lenguaje. Medimos bien, pero con un metro fragmentado y roto. El egoísmo, la ambición, el deseo de ser considerados, la concupiscencia del poder, el deseo de satisfacer nuestras necesidades, justifican subjetivamente lo que objetivamente es injustificable. La situación ambiental, la costumbre, nos pueden más que el evangelio. Y así se llega a perder el camino, la verdad, la libertad interior. Cuando hablamos, somos más bien unos seres hablados. Cuando pensamos, somos más bien unos seres pensados. Cuando actuamos, somos más bien unos seres conducidos y programados. No somos libres, sino esclavos. Entonces ocurre un grave mal: nosotros no somos del todo nosotros mismos. .. 

3. EL HOMBRE QUE YO NO SOY 

Yo tengo un nombre, pero no soy mi nombre. Yo tengo un cargo, pero no soy mi  cargo.Yo tengo una cultura, pero no soy mi cultura. Yo tengo una historia, pero no soy mi historia. Yo tengo una imagen exterior, pero no soy mi imagen exterior. Soy el registro de mis experiencias pasadas. Vivo seleccionando, filtrando lo que me gusta y agrada. Pero yo no soy eso. Vivo en mi entorno, pero no me vivo del todo a mí mismo. 

Dios quiere que recupere mi identidad. Para ello debo ir al fondo del ser, donde no suelo entrar casi nunca, para emprender desde allí mi conversión. Porque es posible llevar una vida «cristiana», y no contar del todo con Cristo. Es posible hacer rezos y no conocer una oración transformante. Es posible hacer pastoral y no ser apóstol. Es posible hacer obras de caridad y no tener caridad. Es posible ser creyente, pero de pacotilla, no auténtico, ni sincero, ni leal, con Dios y con los hombres. 

4. EL HOMBRE QUE YO SOY Y DEBO SER 

Cristo debe vivir, e irradiar, en mí. Debo dejarme mirar, amar, cambiar por él. Debo ponerme en comunión leal con Cristo-Palabra y ha de ser él, la Palabra, quien debe transformarme a mí. Debo revestirme de él, identificarme con él, desvanecerme en él. Su luz y su fuerza deben tomarme por entero. Para ello debo ponerme en la zona de influencia del Espíritu para que él me ilumine, me impulse y me mueva. La acción del Espíritu de Cristo es insustituible. Nada más lamentable en la vida que no hacer la experiencia de Dios por una oración transformante. Debo orar. Pero orar no es repetir fórmulas o ideas. Dios las conoce todas. Orar es un asunto de amor. No es la cantidad de ideas; sino la intensidad del amor lo que hace buena la oración. Debo repetir las fórmulas del adviento, pero pidiendo al Señor que yo las ore desde el fondo del alma, desde la zona oscura de mis egoísmos y la de mis pasiones inconscientes, no reconocidas habitualmente. 

5. LA DINÁMICA PROFUNDA DE MI ORACIÓN

Tomando una fórmula litúrgica, una palabra, debo rehacer el camino de 

-salir de mí, ir hacia ti, todo en ti, y nuevo por ti. 

-o: Jesús en los ojos (lectura), Jesús en el corazón (comunión), Jesús en las manos (acción). 

6. TEXTOS PARA LA ORACIÓN: EL CLAMOR DEL ADVIENTO 

«Señor, Dios nuestro, restáuranos: que brille tu rostro y nos salve» (Sal 78,8). 

«Muéstranos, Señor, tu misericordia, y danos tu salvación» (Sal 84,8). 

«¡Marana tha! ¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,20).

«En tu luz veremos la luz» (Sal 35,10). 

«Cristo, Hijo de Dios vivo, ten piedad de nosotros» (Resp. Laudes Sda. Familia). 

«Señor, que se abran nuestros ojos» (Mt 20,33). 

«Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79). 

«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (Sal 26,8). 

«Proclama mi alma la grandeza del Señor. Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava» (Lc 1,46-48). 

 

Extracto del libro «Vivir el año litúrgico», de Francisco Martínez

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