Lecturas

Jeremías 23, 1-6  –  Salmo 22  –  Efesios 2, 13-18

Marcos 6, 30-34: En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
Él les dijo: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.»
Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.

Comentario

ANDABAN COMO OVEJAS SIN PASTOR

2021, 16º Domingo Ordinario

            En el evangelio del domingo pasado, Marcos nos mostraba a Jesús enviando a sus discípulos a los pueblos cercanos para anunciar a las gentes la llegada del reino de Dios. Vuelven cansados, pero satisfechos, de la experiencia vivida. Jesús les acoge con cariño y les dice: “venid vosotros solos a un lugar retirado a descansar un poco”. Para sus enviados el descanso no es alejarse de él y desatenderse de su mensaje. Es estar con él. Marcos describe bien la presión en que vivían Jesús y los suyos: “eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer”. Jesús posee mirada honda, de largo alcance. Por ello dice Marcos: “Al desembarcar, Jesús vio una gran multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas sin pastor”. El texto que debería seguir al evangelio de Marcos hoy es la primera multiplicación de los panes. Con ello Jesús da a entender que la instrucción y la alimentación del pueblo son sus dos grandes preocupaciones. Y esto nos sitúa ya ante la realidad fundamental de las dos mesas de la liturgia, la de la palabra y la del pan. Una advertencia provechosa: cuando celebramos el ciclo B del año litúrgico, correspondiente a Marcos, –el que toca este mismo año-, la liturgia, para resaltar la eucaristía, interrumpe la lectura continuada de este mismo segundo evangelio sinóptico y, en su lugar, nos ofrece durante cinco domingos seguidos la escena de la multiplicación de los panes y el discurso de Jesús sobre el pan de vida del evangelio de Juan. Lo haremos este año, pero con dos excepciones: Santiago y la Asunción de María que, por tratarse de solemnidades litúrgicas, prevalecen a la celebración ordinaria del domingo.

A pesar de que Jesús y los suyos, al dejar a la gente, atravesaron solos en barca el lago, dice Marcos que la gente los reconoció y fueron  corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. “Al desembarcar Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor”.  Jesús, viendo a la multitud ir y venir, se compadeció de ellos, dice Marcos. Esta mirada compasiva de Jesús es muy expresiva. Observó que andaban dispersos y desorientados, “como ovejas sin pastor”. “La gente no les dejaba ni comer”. Y Jesús, olvidándose de sí, “se puso a enseñar”.

Marcos, relatando esta escena, da unas pinceladas geniales. Dice que Jesús, “al ver a la gente, sintió lástima de ella”. No se trata de la visión asombrada de un instante. Jesús personifica en su vida toda la solicitud permanente de Dios por el hombre. Su  mirada compasiva lleva la impresionante fuerza del infinito amor de Dios al hombre manifestado en la Revelación. Jesús es todo el amor de Dios al hombre. Dios crea y salva siempre amando. Y amando “hasta el extremo”. Recordemos a Isaías: “¿Acaso una mujer puede olvidar a su niño de pecho sin compadecer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ellas lleguen a olvidar, yo no me olvido de ti” (Is 49,15). Evoquemos también el testimonio de Pablo: “El que no se reservó ni a su propio Hijo, antes bien, le entregó por todos nosotros ¿cómo no nos dará graciosamente con él todas las cosas?” (R 8,31-32). Necesitamos incorporar la mirada de Jesús a nuestros ojos para ver al hombre como él le vio.

Marcos escribe que “al desembarcar, Jesús vio una multitud y, se compadeció de ella, porque andaba como ovejas sin pastor”. ¿No es esta misma la realidad pastoral de nuestras comunidades hoy? ¿No vemos en nuestra época el inmenso distanciamiento de los creyentes, su frialdad e indiferencia? ¿No constatamos la drástica reducción de la práctica sacramental? ¿No contemplan nuestros ojos esos inmensos templos urbanos elevados en otros tiempos en todas las ciudades de Europa y España, llenos ayer, pero semivacíos en los domingos, sustituidos ahora por criptas o capillas pequeñas que, a pesar de todo, aparecen hoy con grandes lagunas y huecos? ¿Todavía no hemos advertido la incongruencia de la desproporción entre la asistencia en el día de la Pascua, con Iglesias menguadas de presencia, y la fiesta del Patrón, mucho más llena? ¿No nos dice nada que ciertas autoridades políticas se hayan atrevido a pedir en público que se suprima la fiesta religiosa de los santos Patronos de ciudades y pueblos y que quede solo la fiesta profana? El drama de hombre contemporáneo es muy grave. Ha perdido el sentido de lo eterno. Ha emprendido un movimiento de secularización sin precedentes en la historia. Ha trasladado la certeza de Dios al hombre. El hombre moderno es una mente vacía, sin hogar. Vivimos una cultura diferente. El hombre actual se ha salido de la historia y construye un futuro sin salida, encerrado en un individualismo estéril. Ha perdido los valores del Espíritu y no siente la necesidad de conducirse por ellos. Solo le interesa la productividad material y el interés económico.

Dice Marcos que Jesús, dejando su descanso “les enseñaba muchas cosas”. La evangelización es la primera necesidad y deber de la Iglesia de hoy, repiten los últimos Papas. El cristiano de hoy tiene una formación muy pobre. Ha  sido catequizado, ya muy pocos, pero apenas ha sido evangelizado. Los catecismos, por sí solos, poseen poca capacidad para suscitar el entusiasmo de la fe. La mayoría de los cristianos hoy han sido educados en una mentalidad de cristiandad. Tienen un cierto conocimiento del Jesús histórico, pero no del misterio eterno de Cristo, Mediador siempre en acto en la Iglesia y en la historia. Tienen información sobre Jesús, pero no el conocimiento y sabiduría que salvan. Conocen la cruz como expresión de tormento y muerte, pero ignoran su valor como sabiduría y salvación, como espiritualidad positiva y dichosa de la solidaridad más noble y extrema. Ignoran el significado de la pascua como fundamento de la vida cristiana. No han oído jamás un buen comentario del padrenuestro y de las bienaventuranzas. La esencia y cima de la Iglesia, para ellos, es su jerarquía. El cielo es en su mentalidad una simple realidad espacial, no Dios. No han oído hablar del valor de la comunidad y solo muy pocos están integrados en grupos ejerciendo actividades de evangelización, de santificación o de solidaridad cristiana.

Que Jesús, Buen Pastor, nos lleve a los pastos ubérrimos y nos conceda su mirada compasiva.

Francisco Martínez

www.centroberit.com

e-mail:berit@centroberit.com

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