I. LOS GRANDES TEMAS DE LA CUARESMA

En diversos lugares de este método de renovación de la vida cristiana «REVIBE» se encuentran los grandes temas de la cuaresma pascua: 

* el pecado, 

* la conversiónreconciliación, 

* el corazón «puro», 

* la misericordia de Dios, 

* la redención de Cristo, 

* vencedor por medio de la victimación, 

* el memorial de la alianza eterna, 

* pueblo sacerdotal y sacrificio existencial, 

* el amor de Dios, 

* el amor a Dios, 

* el amor fraterno, 

* el perdón y la misericordia en Dios y en nosotros, 

* gracia y gratuidad, 

* la verdad en sinceridad, 

* la madurez evangélica en las relaciones y comunicaciones, 

* las bienaventuranzas, 

* la cruz o el amor sacrificado, 

* la negación del egoísmo, 

* afrontamiento del egoísmo inconsciente histórico, personal y social, 

* la solidaridad social, 

* la animación de la sociedad, de la cultura y de la economía en los valores evangélicos.

II. ORACIONES DE LA LITURGIA EUCARÍSTICA

Para la oración personal o comunitaria, pueden ser utilizadas las oraciones de las misas del tiempo de cuaresma y de pasión. Transcribimos algunas.

Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin. (Colecta, jueves después de ceniza)

Confírmanos, Señor, en el espíritu de penitencia con que hemos empezado la cuaresma; y que la austeridad exterior que practicamos vaya siempre acompañada por la sinceridad del corazón. (Colecta, viernes después de ceniza)

Recibe, Señor, este sacrificio de reconciliación y alabanza; que su eficacia nos purifique de nuestros pecados para que podamos presentamos a ti como ofrenda agradable a tus ojos. (Oración sobre las ofrendas, sábado después de ceniza)

Después de recibir el pan del cielo que alimenta la fe, consolida la esperanza y fortalece el amor, te rogamos, Dios nuestro, que nos hagas sentir hambre de Cristo, pan vivo y verdadero, y nos enseñes a vivir constantemente de toda palabra que sale de tu boca. (Oración postcomunión, primer domingo)

Concédenos la gracia, Señor, de pensar y practicar siempre el bien, y pues sin ti no podemos ni existir ni ser buenos, haz que vivamos siempre según tu voluntad. (Colecta, jueves semana primera).

Señor, tú que amas la inocencia y la devuelves a quien la ha perdido, atrae hacia ti nuestros corazones y abrásalos en el fuego de tu espíritu, para que permanezcamos firmes en la fe y eficaces en el bien obrar. (Colecta, jueves 2ª semana)

Señor, Dios nuestro, que, por medio de los sacramentos, nos permites participar de los bienes de tu reino ya en nuestra vida mortal; dirígenos tú mismo en el camino de la vida, para que lleguemos a alcanzar la luz en que habitas con tus santos. (Colecta, sábado 2ª semana)

Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el premio de sus méritos y a los pecadores que hacen penitencia les perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos, por la humilde confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón. (Colecta, miércoles 4ª semana)

Señor, tú que en nuestra fragilidad nos ayudas con medios abundantes, concédenos recibir con alegría la salvación que nos otorgas y manifestarla a los hombres con nuestra propia vida. (Colecta, viernes 4ª semana)

Te rogamos Señor Dios nuestro, que tu gracia nos ayude, para que vivamos siempre de aquel mismo amor que movió a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. (Colecta, 5º Domingo)

Escucha nuestras súplicas, Señor, y mira con amor a los que han puesto su esperanza en tu misericordia; límpialos de todos sus pecados, para que perseveren en una vida santa y lleguen de este modo a heredar tus promesas. (Colecta, jueves 5ª semana)

Dios todopoderoso, mira la fragilidad de nuestra naturaleza y, con la fuerza de la pasión de tu Hijo, levanta nuestra débil esperanza. (Colecta lunes santo)

Señor, Dios nuestro, Jesucristo, tu Hijo, al derramar su sangre por nosotros, se adentró en su misterio pascual; recuerda, pues, que tu ternura y tu misericordia son eternas, santifica a tus hijos y protégeles siempre. (Colecta, viernes santo)

III. ANTÍFONAS

Las antífonas de las misas y de la oración de las horas de este tiempo de cuaresma constituyen un material muy rico para nutrir la oración personal y comunitaria. Proponemos algunas:

«Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, Señor, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida» (Misa, miércoles ceniza).

«Limpia, Señor, mi pecado» (Misa, ceniza).

«Oh Dios, crea en mi un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Misa, jueves ceniza).

«Escucha, Señor, y ten piedad de mí, Señor, socórreme» (Misa, viernes ceniza).

«Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia, por tu gran compasión vuélvete hacia mí» (Sábado, ceniza).

«Como están los ojos de los esclavos fijos en los ojos de sus señores, así están nuestros ojos en el Señor Dios nuestro, esperando su misericordia. Misericordia, Señor, misericordia» (Misa, lunes semana 1)

«Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas, pues los que esperan en ti no quedan defraudados. Salva, oh Dios, a Israel de todos sus peligros» (Misa, miércoles semana l).

«Señor, ensancha mi corazón oprimido y sácame de mis tribulaciones. Mira mis trabajos y mis penas y perdona todos mis pecados» (Misa, viernes semana 1). 

«Oigo en mi corazón: «buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo» (Misa, domingo 2).

«No me abandones, Señor, Dios mío, no te quedes lejos; ven aprisa a socorrerme, Señor mío, mi salvación» (Misa, miércoles semana 2).

«Tengo los ojos puestos en el Señor, porque él saca mis pies de la red. Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido» (Misa, domingo 3).

«Señor, tú eres de verdad el Salvador del mundo, dame agua viva; así no tendré más sed» (Misa, domingo 3).

«Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme» (Misa, martes semana 3).

«Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia» (Misa, miércoles semana 3).

«El publicano, quedándose atrás, se golpeaba el pecho diciendo: ¡oh Dios!, ten compasión de este pecador» (Misa, sábado semana 3).

«Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti» (Misa, domingo 4).

«Yo confío en el Señor. Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. Te has fijado en mi aflicción» (Misa, lunes semana 4).

«Oíd, sedientos todos, acudid por agua también los que no tenéis dinero: venid, bebed de balde» (Misa, martes semana 4).

«Mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor, que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude» (Misa, miércoles semana 4).

«Oh Dios, sálvame por tu nombre, sal por mí con tu poder. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras» (Misa, viernes semana 4).

IV. SALMOS: APELACIÓN A LA MISERICORDIA DIVINA

Y CONVERSIÓN DEL CORAZÓN

SALMO 6: Apelación a la misericordia de Dios en la experiencia de la enfermedad y del pecado.

Señor, no me corrijas con ira, 

no me castigues con cólera.

Misericordia, Señor, que desfallezco, 

cura, Señor, mis huesos dislocados. 

Tengo el alma en delirio, 

y tú, Señor, ¿hasta cuándo?

Vuélvete, Señor, liberta mi alma, 

sálvame, por tu misericordia: 

porque en el reino de la muerte nadie te invoca, 

y en el abismo, ¿quién te alabará?

Estoy agotado de gemir, 

de noche lloro sobre el lecho, 

riego mi cama con lágrimas…

Apartaos de mí los malvados, 

porque el Señor ha escuchado mis sollozos; 

el Señor ha escuchado mi súplica, 

el Señor ha aceptado mi oración.

Que la vergüenza abrume a mis enemigos, 

que, avergonzados, huyan al momento.

SALMO 31: Acción de gracias por el perdón del pecado.

Dichoso el que está absuelto de su culpa, 

a quien le han sepultado su pecado, 

dichoso el hombre a quien el Señor 

no le apunta el delito…

Había pecado, lo reconocí, 

no te encubrí mi delito; 

propuse: «Confesaré al Señor mi culpa» 

y tú perdonaste mi culpa y mi pecado…

Tú eres mi refugio: me libras del peligro, 

me rodeas de cantos de liberación. 

Te instruiré y te enseñaré el camino que has de seguir, 

fijaré en ti mis ojos…

Alegraos, justos, y gozad con el Señor, 

aclamadlo los de corazón sincero.

SALMO 37: Súplica en el dolor confesando el pecado a Dios

Señor, no me corrijas con ira, 

no me castigues con cólera…

No tienen descanso mis huesos

a causa de mis pecados; 

son un peso superior a mis fuerzas; 

mis llagas están podridas 

y supuran por causa de mi insensatez … 

En ti, Señor, espero, y tú me escucharás, 

Señor, Dios mío…

Yo confieso mi culpa, 

me aflige mi pecado; 

mis enemigos mortales son poderosos, 

son muchos los que me aborrecen sin razón…

No me abandones, 

Señor, Dios mío no te quedes lejos; 

ven aprisa a socorrerme, 

Señor mío, mi salvación.

SALMO 50: Confesión de culpa y apelación a la misericordia divina

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, 

por tu inmensa compasión borra mi culpa, 

lava del todo mi delito, 

limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa, 

tengo siempre presente mi pecado. 

Contra ti, contra ti solo pequé, 

cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón, 

en el juicio resultarás inocente. 

Mira, en la culpa nací, 

pecador me concibió mi madre.

Te gusta un corazón sincero 

y en mi interior me inculcas sabiduría. 

Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; 

lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría, 

que se alegren los huesos quebrantados. 

Aparta de mi pecado tu vista, 

borra en mí toda culpa.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, 

renuévame por dentro con espíritu firme; 

no me arrojes lejos de tu rostro, 

no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación, 

afiánzame con espíritu generoso: 

enseñaré a los malvados tus caminos, 

los pecadores volverán a ti.

¡Líbrame de la sangre, oh Dios, 

Dios, Salvador mío! 

y cantará mi lengua tu justicia. 

Señor, me abrirás los labios, 

y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen, 

si te ofreciera un holocausto no lo querrías. 

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado,

un corazón quebrantado y humillado 

tú no lo desprecias.

Señor, por tu bondad, favorece a Sión, 

reconstruye las murallas de Jerusalén: 

entonces aceptarás los sacrificios rituales, 

ofrendas y holocaustos, 

sobre tu altar se inmolarán novillos.

SALMO 101: Lamentación y súplica en la desgracia y confianza en la restauración divina

Señor, escucha mi oración, 

que mi grito llegue hasta ti; 

no me escondas tu rostro 

el día de la desgracia.

Inclina tu oído hacia mí, 

cuando te invoco, escúchame enseguida … 

Levántate y ten misericordia de Sión,

que ya es hora y tiempo de misericordia …

Que el Señor ha mirado 

desde su excelso santuario, 

desde el cielo se ha fijado en la tierra, 

para escuchar los gemidos de los cautivos, 

y librar a los condenados a muerte,

para anunciar en Sión el nombre del Señor, 

y su alabanza en Jerusalén; 

cuando se reúnan unánimes los pueblos 

y los reyes, para dar culto al Señor.

SALMO 141: Súplica al Señor en la tentación

A voz en grito clamo al Señor, 

a voz en grito suplico al Señor, 

desahogo en él mis afanes, 

expongo ante él mi angustia, 

mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos, 

y que en el camino por donde avanzo 

me han escondido una trampa…

A ti grito, Señor, te digo: 

«tú eres mi refugio 

y mi lote en el país de la vida».

Atiende a mis clamores, 

que estoy agotado, 

líbrame de mis perseguidores, 

que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión, 

y daré gracias a tu nombre: 

me rodearán los justos, 

cuando me devuelvas tu favor.

SALMO 142: Súplica en la prueba y la persecución y apelación a la misericordia divina que libera del enemigo.

Señor, escucha mi oración, 

tú que eres fiel, atiende a mi súplica;

tú que eres justo, escúchame.

No llames a juicio a tu siervo, 

pues ningún hombre vivo es inocente frente a ti… 

Escúchame enseguida, 

Señor, que me falta el aliento.

No me escondas tu rostro, 

igual que a los que bajan a la fosa. 

En la mañana hazme escuchar tu gracia, 

ya que confío en ti.

Indícame el camino que he de seguir, 

pues levanto mi alma a ti. 

Líbrame del enemigo, Señor, 

que me refugio en tí.

Enséñame a cumplir tu voluntad, 

ya que tú eres mi Dios. 

Tu espíritu, que es bueno, 

me guíe por tierra llana.

Por tu nombre, Señor, 

consérvame vivo, por tu clemencia, 

sácame de la angustia, 

por tu gracia, destruye a los enemigos, 

aniquila a todos los que me acosan, 

que siervo tuyo soy.

V. OTROS SALMOS RESPONSORIALES DE LA CUARESMA

Todos los salmos responsoriales de las misas de cuaresma tienen un contenido ideal para profundizar en el espíritu de conversión y de reconciliación. Son palabra de Dios que Dios mismo pone en nuestros corazones. Es Dios hablando y amando a Dios. A continuación mencionamos algunos de los salmos responsoriales de cuaresma fijando la atención en aquellos versículos que nos hablan de la misericordia de Dios y de la conversión del hombre, con grandeza de sentimientos. Esta plegaria es más que suficiente para ayudarnos a una oración profunda y enriquecedora.

SALMO 85: Súplica en tiempo de peligro (Sábado después de ceniza).

Enséñame, Señor, tu camino, 

para que siga tu verdad.

Inclina tu oído Señor, escúchame, 

que soy un pobre desamparado, 

protege mi vida, que soy un fiel tuyo, 

s alva a tu siervo que confía en ti.

Tú eres mi Dios; piedad de mí, 

Señor, que a ti te estoy llamando todo el día, 

alegra el alma de tu siervo, 

pues levanto mi alma hacia ti.

Porque tú, Señor, eres bueno y clemente, 

rico en misericordia con los que te invocan. 

Señor, escucha mi oración, 

atiende a la voz de mi suplica.

SALMO 24: Apelación a la ternura de Dios. (Primer domingo).

Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad, 

para los que guardan tu alianza.

Señor, enséñame tus caminos, 

instrúyeme en tus sendas, 

haz que camine con lealtad; 

enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

Recuerda, Señor, que tu ternura 

y tu misericordia son eternas. 

Acuérdate de mí con misericordia, 

por tu bondad, Señor. 

SALMO 129: Súplica en la experiencia de la culpa y confianza en la misericordia y redención divinas (Vienes semana 1).

Desde lo hondo a ti grito, 

Señor, Señor, escucha mi voz; 

estén tus oídos atentos 

a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor, 

¿quién podrá resistir? 

Pero de ti procede el perdón, 

y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor, 

espera en su palabra; 

mi alma aguarda al Señor, 

más que el centinela la aurora.

Aguarde Israel al Señor, 

como el centinela la aurora, 

porque del Señor viene la misericordia, 

la redención copiosa:

y el redimirá a Israel de todos sus delitos 

SALMO 32:  (Domingo segundo).

Que tu misericordia, Señor, 

venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

SALMO 26: Confianza ante el peligro (Domingo segundo).

El Señor es mi luz y mi salvación.

Escúchame, Señor, que te llamo, 

ten piedad, respóndeme.

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». 

Tu rostro buscaré, Señor, 

no me escondas tu rostro: 

no rechaces con ira a tu siervo, 

que tú eres mi auxilio

SALMO 30: Suplica confiada de un afligido (Miércoles, semana 2).

Sálvame, Señor, por tu misericordia. 

A tus manos encomiendo mi espíritu. 

Tú, el Dios leal, me librarás.

Pero yo confío en ti, Señor, 

te digo: ‘Tú eres mi Dios’.

En tu mano están mis azares: 

líbrame de los enemigos que me persiguen.

VI. HIMNOS BÍBLICOS

ISAÍAS 12,1-6: Acción de gracias por el perdón y salvación que ofrece el Señor

Te doy gracias, Señor, 

porque estabas airado contra mí, 

pero ha cesado tu ira 

y me has consolado.

Siendo Dios mi salvador, 

confío y no temo 

porque mi fuerza y poder es el Señor, 

él fue mi salvación.

Sacarás agua con gozo 

del manantial de la salvación. 

Aquel día recitaréis: 

Dad gracias al Señor, 

invocad su nombre, 

contad a los pueblos sus hazañas, 

proclamad que su nombre es excelso.

Tañed para el Señor, 

que hizo proezas, 

que las conozca toda la tierra; 

grita jubilosa, Sión, la princesa, 

que es grande en medio de ti el Santo de Israel.

ISAÍAS 33,13-16: Lejos del Señor está el caos. El que obra rectamente, está seguro.

Los lejanos, escuchad lo que he hecho; 

los cercanos, reconoced mi fuerza.

Temen en Sión los pecadores, 

y un temblor agarra a los perversos: 

«¿Quién de nosotros habitará un fuego devorador, 

quién de nosotros habitará una hoguera perpetua?»

El que procede con justicia y habla con rectitud 

y rehúsa el lucro de la opresión, 

el que sacude la mano rechazando el soborno 

y tapa su oído a propuestas sanguinarias, 

el que cierra los ojos para no ver la maldad: 

ése habitará en lo alto, 

tendrá su alcázar en un picacho rocoso, 

con abasto de pan y provisión de agua.

ISAÍAS 61,1062,5 La reconciliación es como el amanecer de un día de boda. Impresionante visión nupcial de la alianza.

Desbordo de gozo con el Señor, 

y me alegro con mi Dios: 

porque me ha vestido un traje de gala 

y me ha envuelto en un manto de triunfo, 

como novio que se pone la corona 

o novia que se adorna con sus joyas.

Como el suelo echa sus brotes, 

como un jardín hace brotar sus semillas, 

así el Señor hará brotar la justicia 

y los himnos, ante todos los pueblos.

Por amor de Sión no callaré, 

por amor de Jerusalén no descansaré,

hasta que rompa la aurora de su justicia 

y su salvación llamee como antorcha.

Los pueblos verán tu justicia, 

y los reyes, tu gloria; 

te pondrán un nombre nuevo 

impuesto por la boca del Señor.

Serás corona fúlgida en la mano del Señor 

y diadema real en la palma de tu Dios.

Ya no te llamarán «la abandonada» 

ni a tu tierra «la devastada» 

a ti te llamarán «mi preferida» 

y a tu tierra «la desposada»,

porque el Señor te prefiere a ti, 

y tu tierra tendrá marido.

Como un joven se casa con una doncella, 

así te desposa el que te construyó, 

la alegría que encuentra el marido con su esposa 

la encontrará tu Dios contigo.

ISAÍAS 66,10-14: La reconciliación: cántico alborozado al nuevo pueblo mesiánico.

Festejad a Jerusalén, 

gozad con ella, todos los que la amáis; 

alegraos de su alegría, 

los que por ella llevasteis luto, 

mamaréis a sus pechos 

y os saciaréis de sus consuelos, 

y apuraréis las delicias de sus ubres abundantes.

Porque así dice el Señor. 

«Yo haré derivar hacia ella, 

como un río, la paz; 

como un torrente en crecida, 

las riquezas de las naciones.

Llevarán en brazos a sus criaturas, 

y sobre las rodillas las acariciarán, 

como a un niño a quien su madre consuela, 

así os consolaré yo, 

y en Jerusalén seréis consolados.

Al verlo, se alegrará vuestro corazón, 

y vuestros huesos florecerán como un prado».

JEREMÍAS 14, 17-21: Lamentación por la infidelidad del pueblo y confesión de la culpa.

Mis ojos se deshacen en lágrimas, 

día y noche sin cesar, 

por la terrible desgracia de la capital de mi pueblo, 

por su herida incurable.

Salgo al campo: muertos a espada; 

entro en la ciudad: desfallecidos de hambre; 

profetas y sacerdotes recorren el país a la ventura.

¿Por qué has rechazado a Judá

y sientes asco de Sión? 

¿Es que nos has herido sin remedio? 

Se espera mejoría y no hay bienestar, 

al tiempo de curarse sobreviene el delirio.

Señor, reconocemos nuestra culpa 

y los delitos paternos; 

te hemos ofendido. 

Por tu nombre, no nos rechaces, 

no desprestigies tu trono glorioso, 

recuerda tu alianza con nosotros, no la rompas.

EZEQUIEL 36, 24-28: Retorno del cautiverio y renovación del corazón en la tierra nueva.

Os recogeré por las naciones, 

os reuniré de todos los países 

y os llevaré a vuestra tierra. 

Derramaré sobre vosotros un agua pura 

que os purificará: 

de todas vuestras inmundicias e idolatrías 

os he de purificar.

Os daré un corazón nuevo 

y os infundiré un espíritu nuevo; 

arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra 

y os daré un corazón de carne.

Os infundiré mi espíritu 

y haré que caminéis según mis preceptos 

y que pongáis por obra mis mandamientos. 

Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres; 

vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios.

FILIPENSES 2,6-11: Confesamos a Cristo como nuestra redención y glorificación.

Cristo, a pesar de su condición divina, 

no se aferró a su categoría de Dios; 

al contrario, se despojó de su rango 

y tomó la condición de esclavo, 

haciéndose uno de tantos.

Así, presentándose como simple hombre, 

se abajó, obedeciendo hasta la muerte 

y muerte en cruz.

Por eso Dios lo encumbró sobre todo 

y le concedió el título que sobrepasa todo título, 

de modo que a ese título de Jesús 

toda rodilla se doble 

–en el cielo, en la tierra, en el abismo– 

y toda boca proclame que Jesús, el Mesías, es Señor, 

para gloria de Dios Padre.

COLOSENSES 1,12-20: Himno a Cristo redentor del hombre y Señor del universo.

Demos gracias a Dios Padre, 

que nos ha hecho capaces de compartir 

la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, 

y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, 

por cuya sangre hemos recibido la redención, 

el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible, 

primogénito de toda criatura; 

porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: 

celestes y terrestres, 

visibles e invisibles, 

tronos, dominaciones, principados, potestades; 

Todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo y todo se mantiene en él. 

Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. 

Él es el principio, 

el primogénito de entre los muertos, 

y así es el primero en todo. 

Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. 

Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: 

los del cielo y los de la tierra, 

haciendo la paz por la sangre de su cruz.

1 PEDRO 2,21-24: El Cristo sufriente, nuestra liberación y modelo.

Cristo padeció por nosotros, 

dejándonos un ejemplo 

para que sigamos sus huellas.

Él no cometió pecado 

ni encontraron engaño en su boca; 

cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; 

en su pasión no profería amenazas; 

al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente.

Cargado con nuestros pecados, subió al leño, 

para que, muertos al pecado, 

vivamos para la justicia. 

Sus heridas nos han curado.

VII. OTRAS ORACIONES DE PETICIÓN DE PERDÓN

YO CONFIESO

Yo confieso ante Dios todopoderoso 

y ante vosotros, hermanos, 

que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión. 

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. 

Por eso ruego a Santa María siempre virgen, 

a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos, 

que intercedáis por mí ante Dios, nuestro Señor.

SEÑOR MÍO JESUCRISTO

Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, 

Creador, Padre y Redentor mío: 

por ser vos quien sois, Bondad infinita, 

y porque os amo sobre todas las cosas, 

me pesa de todo corazón haberos ofendido; 

también me pesa porque podéis castigarme 

con las penas del infierno. 

Ayudado de vuestra divina gracia, 

propongo firmemente nunca mas pecar, 

confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amen.

CONTRICIÓN DE CORAZÓN

No me mueve, mi Dios, para quererte 

el cielo que me tienes prometido, 

ni me mueve el infierno tan temido 

para dejar por eso de ofenderte.

Tu me mueves, Señor, 

muéveme el verte 

clavado en una cruz y escarnecido, 

muéveme tu cuerpo tan herido; 

muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, 

y en tal manera, 

que, aunque no hubiera cielo, yo te amara, 

y aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera; 

pues aunque lo que espero no esperara, 

lo mismo que te quiero te quisiera.

ORACIÓN DEL RITUAL

Dios omnipotente y misericordioso

que nos has reunido en nombre de tu Hijo 

para alcanzar misericordia 

y encontrar gracia que nos auxilie. 

Abre nuestros ojos para que descubramos 

el mal que hemos hecho; 

mueve nuestro corazón, 

para que, con sinceridad, 

nos convirtamos a ti. 

Que tu amor reúna de nuevo a quienes dividió 

y dispersó el pecado; 

que tu fuerza sane y robustezca 

a quienes debilitó su fragilidad, 

que el Espíritu vuelva de nuevo a la vida 

a quienes venció la muerte; 

para que, restaurado tu amor en nosotros, 

resplandezca en nuestra vida 

la imagen de tu Hijo, 

y así, con la claridad de esa imagen, 

resplandeciente en toda la Iglesia, 

puedan todos los hombres 

reconocer que fuiste tú 

quien enviaste a Jesucristo, 

Hijo tuyo y Señor nuestro. Amén.

Extracto del libro «Vivir el Año Litúrgico», de Francisco Martínez García, Ed. Herder, 2002.

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