Todo lo que el Padre tiene es el Hijo y nos lo da. Cristo es para nosotros infinita cercanía de Dios y plenitud. Él es el manantial de donde procedemos, el modelo que configura nuestra existencia, la meta a la que caminamos. Hemos sido diseñados en él. En el pensamiento con que el Padre se piensa, engendra al Verbo y nos engendra a nosotros en él. Todo fue creado por él y para él. Por el bautismo enterramos a nuestro hombre viejo, morimos de la muerte de Cristo y resucitamos de su propia resurrección. Por la confirmación recibimos la plenitud de su Espíritu. En la eucaristía comulgamos con Cristo, palabra y pan. Palabra y pan van inseparablemente unidos. Los dos realizan la presencia de Cristo para nosotros. Con la eucaristía sola tendríamos una presencia muda. Con el evangelio solo, tendríamos las palabras de un ausente. El evangelio ilumina la eucaristía y la eucaristía vivifica la palabra. Cristo está presente en el pan y lo está también en la palabra. La eucaristía acontece cada día en la forma que proclama y explica la palabra. La eucaristía hace la Iglesia para que la Iglesia haga la eucaristía. Comiendo la palabra y el pan, vamos nosotros adquiriendo nuestra propia identidad. La vida cristiana no es sino la reproducción de la vida de Cristo en nosotros. El cristiano ha de revestirse de Cristo, ha de sentir y obrar como él y en él, ha de dejarse sustituir por él. La vida del cristiano es reproducir la vida, los misterios y los sentimientos de Cristo. La comunidad cristiana es la presencia histórica de Cristo hoy en nuestro mundo. 

El Jesús de la historia es inseparable del Cristo de la fe, es decir, de nosotros como cuerpo místico suyo. Lo decisivo en Cristo es aquello que él mismo consideró lo más importante de su vida: nosotros. Cristo es inseparable del fin por el que vino y de aquellos por quienes vino: nosotros. Se encarnó y murió por el hombre y, renunciando a la imagen de una deidad abstracta, se declaró el esposo de la nueva humanidad nacida en su resurrección y de su misma resurrección. Él nos enseñó a adorar al hombre anonadándonos con él, en él y como él, prolongando su persona, su muerte de amor, su Espíritu. Pensar en Cristo es hablar de la nueva humanidad.

La primera comunidad no precisó templos ni sagrarios. No tuvo ni posibilidad de dudar de la presencia de Cristo en la misma eucaristía porque ella misma se sentía Cuerpo de Cristo. 

1. LA VIDA DE CRISTO EN NOSOTROS 

-Estamos elegidos y predestinados, desde la eternidad, en el Hijo, para reproducir su imagen: «Los predestinó de antemano a reproducir la imagen del Hijo» (Rom 8,29). 

-Él es nuestro origen, meta y consistencia: «Todo fue creado por él y para él… Todo tiene en él su consistencia» (Col 1,16-17). 

-Nos redimió asumiendo nuestros pecados: «Llevó sobre el madero nuestros pecados en su cuerpo» (1 Pe 2,24). 

-El Padre nos ha dado el Espíritu de filiación del Hijo: «Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba, Padre!» (Gál 4,6). 

-La eucaristía es verdadera común-unión con Cristo: «El cáliz de bendición que bebemos, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo?» (1 Cor 10,16). 

-Comulgar es vivir en Cristo: «Lo mismo que me ha enviado el Padre y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí» (Jn 6,57). 

-Somos cuerpo de Cristo: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros cada uno por su parte» (1 Cor 12,27). 

-Cristo vive en nosotros: «Vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí. La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gál 2,20). 

-Él es para nosotros Cabeza, Plenitud, Todo: «Le constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todos» (Ef 1,22-23). 

-El Padre renueva en nosotros el proceso de la vida de Jesús: «Dios, rico como es en misericordia, por el gran amor con que nos amó… nos vivificó juntamente con Cristo… y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús» (Ef 2,4-6). 

-Estamos crucificados con él: «Con Cristo estoy crucificado» (Gál 2,19). «Nuestro hombre viejo fue crucificado con él» (Rom 6,6). 

-Hemos muerto de su propia muerte: «Llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús» (2 Cor 4,10). «Si hemos muerto con él, también viviremos con él» (2 Tim 2,11). 

-Hemos resucitado con él: «Habéis resucitado con Cristo» (Col 3,1). 

-Reinaremos con él: «Si nos mantenemos firmes, reinaremos con él» (2 Tim 2,12). 

-El Padre me ama en el mismo amor en que ama al Hijo: «Les has amado a ellos como me has amado a mí… que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,23.26). 

2. LAS GRANDES SÚPLICAS A JESÚS EN EL EVANGELIO 

-Tomás: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20,28). 

-Los discípulos de Emaús: «Señor: quédate con nosotros porque anochece» (Lc 24,29). 

-Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). 

-Publicano: «Oh Dios, ten compasión de mí que soy un pecador» (Lc 18,13). 

-Los diez leprosos: «Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros» (Lc 17,13). 

-Ciego de Jericó: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí…» (Mc 10,47). «Maestro, que vea» (Mc 10,51). 

-El padre del epiléptico: «Señor, creo, ayuda mi poca fe» (Mc 9,24). 

-El leproso: «Señor, si quieres puedes limpiarme» (Mc 1,40). 

-Dos ciegos de Jericó: «Señor, que se abran nuestros ojos» (Mt 20,33). 

-El Centurión: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, di una sola palabra y quedará sano» (Mt 8,8). 

-Los discípulos ante la tempestad: «Señor, sálvanos que perecemos» (Mt 8,25). 

-Pedro: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti» (Mt 14,28). 

-Las hermanas de Lázaro: «Señor, aquél a quien tú amas, está enfermo» (Jn 11,3). 

3. PARA LA ORACIÓN PROFUNDA 

1. Aclamación doxológica: 

Por Cristo, con él y en él, 

a ti, Dios Padre Omnipotente, 

en la unidad del Espíritu Santo, 

todo honor y toda gloria 

por los siglos de los siglos. Amén 

2. Cántico profético: nuestra elección nupcial por parte de Dios 

Desbordo de gozo con el Señor, 

y me alegro con mi Dios: 

porque me ha vestido un traje de gala 

y me ha envuelto en un manto de triunfo, 

como novio que se pone la corona, 

o novia que se adorna con sus joyas. 

Como el suelo echa sus brotes, 

como un jardín hace brotar sus semillas, 

así el Señor hará brotar la justicia 

y los himnos ante todos los pueblos. 

Por amor de Sión no callaré, 

por amor de Jerusalén no descansaré, 

hasta que rompa la aurora de su justicia, 

y su salvación llamee como antorcha. 

Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria; 

te pondrán un nombre nuevo, 

pronunciado por la boca del Señor. 

Serás corona fúlgida en la mano del Señor 

y diadema real en la palma de tu Dios. 

Ya no te llamarán» Abandonada», 

ni a tu tierra «Devastada»; 

a ti te llamarán «Mi Favorita», 

y a tu tierra «Desposada» 

porque el Señor te prefiere a ti, 

y tu tierra tendrá marido. 

Como un joven se casa con su novia, 

así te desposa el que te construyó; 

la alegría que encuentra el marido con su esposa, 

la encontrará tu Dios contigo» (Is 61,10-62-5). 

3. Elevación de Isabel de la Trinidad 

«¡Oh mi Cristo amado, crucificado por amor! Quisiera ser una esposa para tu corazón; quisiera cubrirte de gloria; quisiera amarte… hasta morir de amor. Pero reconozco mi impotencia. Por eso te pido que me revistas de ti mismo, que identifiques mi alma con todos los movimientos de tu alma, que me sumerjas en ti, que me deje invadir por ti, que me sustituyas para que mi vida sea solamente una irradiación de tu vida. Ven a mí como adorador, como reparador, y como salvador… ¡Oh fuego abrasador, Espíritu de amor! Ven a mí para que se realice en mi alma como una encarnación del Verbo. Quiero ser para él una humanidad suplementaria donde renueve todo su misterio». 

Elige un texto. Recítalo lentamente. Respíralo. Identifícate con él. Deja que el texto, que es Cristo, te ilumine, te conmueva, te transforme. No tengas prisa. Entra en el molde de Cristo, de su vida, misterios y sentimientos, y déjate amar, cambiar, como el fuego abrasa el tronco. Que no quede nada de ti. Que todo en ti sea Cristo. Realiza la organización evangélica de tu corazón con el movimiento: 

SALGO DE MÍ. VOY A TI.  TODO EN TI.  NUEVO POR TI. 

 

Extraído del libro de Francisco Martínez, «Dejarnos hablar por Dios», de la Editorial Herder

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