Lecturas

Sabiduría 2, 12. 17-20  –  Salmo 53  –  Santiago 3, 16, 4,3

Marcos 9, 30-37: En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.
Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?»
Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.»
Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»
Comentario

QUIEN QUIERA SER EL PRIMERO,

QUE SEA EL SERVIDOR DE TODOS

2021, 25º Domingo ordinario

            Jesús, camino de Galilea a Jerusalén, expresa a sus discípulos el segundo anuncio sobre su pasión, muerte y resurrección. Marcos da  gran importancia a la mención  geográfica del camino, no por ubicarnos en un punto concreto del mapa, ni por hacer más completa la crónica informativa del itinerario de Jesús con su grupo de seguidores. Jesús convierte su camino de Galilea a Jerusalén en cátedra ambulante de la formación espiritual de sus seguidores. Seguir a Jesús es hacer el camino con él y escucharle. En la Iglesia de todos los siglos muchos han entendido bien que seguir a Jesús es hacer, domingo tras domingo, el seguimiento del evangelio, tal como lo propone el año litúrgico en el que las fiestas del Señor contienen no la memoria o recuerdo psicológico solo, sino la realidad espiritual que conmemoran. Caminar con Jesús es acompañarle e identificarse con él. En los primeros siglos el hecho de reunirse era por sí solo causa del martirio. Mataban  a los cristianos “porque se reúnen en domingo”. Este hecho era lo constituyente de su fe. Hoy, en la renovación de la fe, la pertenencia a grupos de amistad y evangelio, de amor compartido, es sin duda un compromiso muy acertado de vida cristiana auténtica. Cuando nos reencontramos unidos en la eucaristía dominical llevando encima los problemas y angustias de la semana para presentarlos en el altar, entendemos mejor la pregunta de Jesús a sus discípulos “¿de qué discutíais por el camino?”. Los ritos preparatorios nos disponen al perdón y a la escucha fiel de la palabra.

En el evangelio de hoy Jesús anuncia de nuevo su pasión, muerte y resurrección. Lo hace en términos claros, pero los discípulos no entienden o no quieren entender. Siguen con miedo, alimentando pretensiones humanas de grandeza y de éxito. Jesús conoce esta situación y hace una afirmación categórica: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Y confirmando lo que afirma, hace venir a un niño y se identifica con él. Propone la figura de un niño como modelo discipular por sus sentimientos de dependencia afectiva. Para Jesús la verdadera grandeza de sus seguidores está en la adopción de una actitud de confianza semejante a la de los niños. Ellos revelan un sometimiento afable, aun cuando no siempre sean tratados con el respeto que merecen. Su dependencia real y afectuosa es modélica. Es preciso hacerse como ellos. Es este un punto capital en el mensaje de Jesús. ¡Cuánto amor y cuánto sacrificio ha originado en el curso de los siglos esta sentencia suya! La infancia espiritual, el sentimiento confiado de dependencia voluntaria de Dios como Padre, ha sido uno de los rasgos más universales y veraces de una espiritualidad auténticamente evangélica.

Jesús, durante el camino, enseña a los suyos a ser verdaderos discípulos. Seguir a Jesús requiere “ser el último de todos” y “servidor de todos”. Esto supone llevar la contraria a todos los valores dominantes. Choca frontalmente con todas las ambiciones, y activa multitud de resistencias. Los discípulos no entienden, tienen miedo y caminan pensativos, callados. El programa es duro. Pero Jesús reclama confianza. Un niño no es concebible sin una gran confianza en sus padres. Vivir la vida como servicio a los demás es ir contracorriente con la cultura de este tiempo dominada por el interés. Jesús es modelo y promete, además, ayuda eficaz a los suyos. Pero la dificultad persiste. Solo puede servir a los otros quien recibe un corazón nuevo y un amor superior infundido por Dios. Esta es la gran promesa de Jesús a los suyos.

Jesús nos dice que debemos hacernos como niños. Si tenemos el corazón abierto al mensaje íntegro de Jesús, entenderemos enseguida que la sencillez o humildad que él nos reclama no es algo de signo negativo. Nada tiene que ver con la pusilanimidad, el rebajamiento, la anulación, sino con la exuberancia de la fe y del amor. La humildad es la verdad. Dios es todo y nosotros nada. Nuestro entorno es profuso y nosotros somos pobres. La humildad restablece el orden roto por el orgullo. Dios rechaza al orgulloso y se acerca  al humilde para que se comprenda mejor que todo viene de él. En la historia de la salvación Dios no cuenta con el orgulloso porque él no puede mentir. Solo quien es rico en Dios es capaz de ser humilde. Cristo es el bien y el orgullo es el mal. La verdadera tragedia del hombre es cambiar la realidad por la imagen, el ser por el no ser, la persona por el personaje, la identidad divina por el engaño humano. Es más feliz el humilde sufriendo que el orgulloso gozando. Humilde es aquel que ha llegado a comprender que la verdadera grandeza del hombre es el amor. Que la ambición es pobreza de corazón, descomposición del hombre, rechazo de Dios y de la fe en Dios y su plan. Ser humilde es la mayor victoria del mundo.

Jesús vence al mundo no aplastando y triunfando, a la fuerza, sino fascinando y asombrando, por el propio anonadamiento y amor. Dijo: “Cuando sea elevado atraeré a todos hacia mí”. “Soportó la cruz sin tener en cuenta la ignominia” (Hbr 12,2). Fue vencedor haciéndose víctima. La cruz es la espiritualidad más positiva y dichosa que pueda existir. La máxima afirmación de los otros conlleva la máxima desafirmación de sí. Para curarnos y salvarnos Dios ha elegido el camino contrario a la afirmación de los instintos del hombre: la fuerza de la nada, el fracaso de éxito propio, la locura del amor solidario.  Dios ha emplazado la redención en el núcleo mismo del mal. Si la intrahistoria del pecado es el egoísmo, la oblación de Cristo es la contrahistoria de ese mismo egoísmo. El egoísmo oscurece la razón. Esto nos impide conocer bien nuestra realidad moral y espiritual.

Si queremos ser discípulos de Cristo le oigamos a él. En la Iglesia se han dado en ciertas épocas unas corrientes infortunadas que han dificultado la lectura asidua y directa de la Biblia, del evangelio. Esto es mal seguro y debemos rectificar. Un cristiano auténtico es inconcebible sin un esfuerzo constante, intenso y comunitario, en favor de una organización evangélica del corazón y de la vida.

Francisco Martínez

www.centroberit.com

e-mail: berit@centroberit.com

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