Lecturas : Hechos de los apóstoles (14,21b-27) / Sal 144,8-9.10-11.12-13ab / Apocalipsis (21,1-5a)

Evangelio según San Juan (13,31-33a.34-35):

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en si mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

 

OS DOY UN MANDAMIENTO NUEVO: QUE OS AMÉIS…

 

El evangelio  de este quinto domingo de Pascua que acabamos de escuchar es breve, pero muy denso. Sería una desventura que lo escuchemos desde la distancia y frialdad en que vivimos habitualmente. Así nada nos podría agraciar. Jesús, en contraste, nos habla de las acciones “límite” de Dios actuando desde “el extremo” mismo de  su querer y poder en relación con el hombre, amando y entregándose del todo por él. Nuestra respuesta lógica y reconocida sería la acogida de la palabra de Dios “con todas las fuerzas”, “con todo el corazón”. Sería absurdo que, escuchando, nada pase en nuestros corazones. Quien no conoce no puede estar alegre. Debemos leer comiendo y comulgado para encontrarnos con un Cristo no solo conocido, sino vivido. Para ello nada mejor que comentar y orar el evangelio dominical en grupo de amistad y de fe. El gozo que puede reportarnos es incalculable. Jesús, en su discurso de despedida, denomina a su entrega a la muerte “glorificación” del Padre y “glorificación” suya personal de Hijo. ¡Emocionante!  La alegría y dicha de Dios es  entregarse, darse del todo por nosotros, darlo todo.   

En   el evangelio de hoy Jesús se despide de sus discípulos y revela el estatuto del discipulado: el amor fraterno. Él acepta su muerte, pero en términos de “glorificación”. Su gloria es su entrega hasta la muerte. Esta es la prueba de amor del Padre y del Hijo y ha de ser también la prueba de fe de los discípulos de Jesús. Creen en Dios si aman a los hombres. Para Jesús ¡la gloria del Padre y del Hijo somos nosotros!

Juan representa el vértice de la revelación del amor de Dios. Revelando su amor descubre su más profunda intimidad personal, su verdadero rostro. Sabíamos por los sinópticos  que Dios ama hasta el extremo. Ahora Juan nos revela que el amor en Dios no es solo como un sentimiento, o un modo de comportarse, aun el más maravilloso. El amor es el ser mismo de Dios. Dios no sólo ama: es amor. El amor es su entraña, su identidad, su nombre. Amando se compromete por completo. Se da del todo. Su amor es comunión. El amor con que amamos revela en nosotros la participación de su divina naturaleza. Es divinización. Nos hace «uno con él». Mediante el amor, su vida llega a ser nuestra vida (Jn 11,25). Para Juan amar es señal de haber nacido de Dios. El evangelio de Juan es el evangelio de la trascendencia. Jesús demuestra este amor efectivo y real viviéndolo en la abundancia de detalles humanos llenos de bondad, de ternura, de delicadeza, de perdón, manifestados en los encuentros conmovedores con la samaritana, la mujer pecadora, Magdalena, Marta y María, Natanael, Nicodemo, Pedro, Juan. Nada quiere tanto Dios como amar  y que le amemos con el mismo amor… Quien se ha encontrado en serio con Cristo comienza a ser otro, porque el amor de Dios ya está en él… O ama con amor entusiasmado o todavía no conoce a Dios.

Jesús vincula para siempre el mandamiento nuevo al drama de la cruz. El amor de Jesús es el amor total. No hay amor mayor que este. Es el amor que da la vida y la da incluso en el contexto mismo del odio y de la destrucción. Solo Dios ama así. Dios creó al hombre como semejanza suya, para amar. Pero el hombre ha hecho de su vida la historia del mal. Y Cristo se encarnó como el contra-mal. Si el pecado es amor de sí y egoísmo, negación del otro, Jesús fue el contra-mal del hombre. Mató el mal amando y entregándose en una entrega generosa y total. Un amor que no es sufrido no es verdadero amor. La cruz no es algo inhumano, sino sobrehumano. Es vivir la vida entera como servicio al otro y generosidad, cueste lo que cueste. Y este mismo amor es el que Jesús prescribe y regala a sus seguidores, sabiendo que el hombre por sí mismo no puede amar de esta manera. Él prometió seguir estando siempre en los suyos para regalar en cada momento, y a todos, ese mismo amor tan generoso y extremo. Ese amor representa un nuevo nacimiento de lo alto. Efectivamente, amar así requiere nacer de nuevo. “Queridísimos: amémonos unos a otros porque el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios; el que no ama no ha conocido a Dios porque Dios es amor” (1 Jn 4,7-8). “Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que nos llamamos hijos de Dios porque lo somos” (1 Jn 3,1). Dios, cuando ama, transforma y engendra. Y entonces ocurre un gran prodigio: cuando nos dejamos amar por Dios, llegamos a amar a los demás con su mismo amor. Y amamos a Dios amando al hombre. “Todo el que ama al que le engendró, ama al engendrado de él” (1 Jn 5,1). Es imposible tener el amor de Dios y no amar al otro. Y es imposible amar y no querer a los que, por haber nacido de Dios, tienen su misma vida. Quien lee frecuentemente a Juan, y se pone en estado de receptividad creyente, percibe la fuerza extraordinaria que tiene el amor de Dios no solo cuando es él quien ama, sino también cuando somos nosotros los que amamos. Dios nos ha amado en Cristo y ahora nos ama también él mismo en el amor de los hijos de Dios que son el cuerpo de su Hijo.  

Los cristianos necesitamos creer hoy no solo en Dios, sino en el amor de Dios. Es impensable creer en Dios y no creer en su amor. El hombre contemporáneo ha experimentado un proceso de secularización y de emancipación universal sin precedentes en la historia. Ha reducido la certeza de la fe a la razón Ha pretendido construir una política sin derecho divino, una moral sin bases teológicas, una teoría del conocimiento limitado a los fenómenos de la experiencia. Pero el resultado no ha sido el pretendido. El hombre actual ha quedado en manos de un destino diseñado por él, ante el fatalismo de una naturaleza mecánica, fría e inmisericorde, ante la amenaza de los egoísmos y las guerras, y en definitiva, ante la desolación de la nada.

El hombre actual tiene necesidad especial de ser amado. Necesita entender la fe como amor. Para cambiar al hombre hay que amarlo. Necesita la cruz de Cristo actualizada en el misterio pascual, y representada por los cristianos de hoy. Es necesario que los cristianos comprendamos que no es posible creer en Dios si no creemos en su amor y no nos esforzarnos en visibilizarlo en nuestras vidas. No basta un cristianismo de cumplimiento y observancia. O testigos o renegados. O apóstoles o apóstatas. Una luz que no ilumina y alegra no sirve. La sal que no sala no sirve. Dios no nos quiere observantes sino amantes. Nuestro mundo necesita que los cristianos creamos en Cristo de otra manera. Para impactar al hombre, ya no valen solo las palabras. No son suficientes ni nuestros catecismos, ni los dogmas, ni nuestras celebraciones. Solo el amor es digno de fe. Solo el amor puede cambiar al hombre. Solo el amor de la cruz, presentado ahora en nuestro contexto cultural y social como amor radical e incondicional, puede cambiar al hombre de hoy. Nuestro pueblo necesita una nueva evangelización que llegue a impactar y transformar la cultura contemporánea. O hacemos cristiana la cultura agnóstica actual o la cultura agnóstica actual hará ateos a los cristianos. Los cristianos de hoy necesitamos un nuevo vigor evangélico que sane, cure y libere al hombre actual, como lo hizo ayer Jesús en Palestina. Cristo nos conceda la alegría de creer y nos ayude a transformar nuestra ignorancia en sabiduría, nuestra frialdad en entusiasmo, nuestra indolencia en solidaridad.  

Francisco Martínez García

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