El pasado lunes 30 de noviembre tuvo lugar una nueva sesión del curso del Instituto Diocesano de Estudios Teológicos para Seglares, esta vez a cargo de D. Armando Cester, médico de urgencias y Doctor en Teología, con el título “Llamados a dar de la esperanza (1Pe 3,15-16)”. 

La ponencia de Armando Cester se encuadra en el primer ciclo del curso, dedicado a la esperanza, la fe y la caridad y, en particular, a la primera de las virtudes teologales, la esperanza. A partir de las Escrituras y de la Encíclica Spes Salvi, de Benedicto XVI afronta el análisis de la esperanza y su relación con la fe. 

En muchos pasajes de las Escrituras -señaló Cester- las palabras “fe” y “esperanza” parecen intercambiables”, evocando al papa Benedicto (SS n.2). Y, en este sentido, “la verdadera esperanza cristiana nace de la fe y se alimenta en el encuentro personal con el Dios viviente y salvador, que en Cristo resucitado ha dado cumplimiento a su plan de salvación y ha manifestado su amor gratuito e inquebrantable”. Pero el amor tampoco es ajeno a la esperanza, bien al contrario, “solamente la esperanza en Dios-amor funda la verdadera y gran esperanza aquella “que resiste a pesar de todas las desilusiones” (SS. N 27), recordó. 

En un segundo momento de la ponencia, el profesor profundizó “en cómo los cristianos debemos dar razón de nuestra esperanza”, y eso, solo lo podemos llevar a cabo desde el “sentir y vivir actuante”, de una esperanza comprometida y transformadora. Para ello analizó la cuestión bajo el prisma de dos conceptos, al tiempo diversos pero profundamente relacionados, el de “utopía” y el de “esperanza”. 

Utopía”, recordando las palabras de X. Zubiri, “no es lo imposible sino lo posible no realizable aún”. Los cristianos, en nuestra labor evangelizadora, estamos llamados a compaginar realismo con utopía. Debemos ser, al propio tiempo, realistas y utópicos, en una doble implicación ya que “la Iglesia de la historia vive entre el “ya sí” de la llegada del Reino de Dios, y el “todavía no” de su instauración plena”, señaló Cester. 

La cuestión que planteó el profesor fue, en este sentido, la siguiente: “¿el cristiano debe ser utópico o esperanzado?, ¿utopía y esperanza son aspectos distintos?, ¿se oponen o complementan?”. La respuesta reside, en última instancia, en lo que podemos entender por ambos conceptos. Pero, en última instancia, el profesor señaló que “hay una relación mutua entre utopía secular y esperanza religiosa”. “Aunque la esperanza como virtud teologal nos une y orienta a Dios -señala Cester-, ésta se vive en la condiciones de este mundo y suscita mediaciones que hacen posible tal vivencia”.  Por ello, “no sólo no hay contradicción, pues, entre ambos conceptos, sino mutua implicación”; “la esperanza cristiana incorpora plenamente la utopía a su ser, ya que es el mismo Espíritu el que alienta el deseo presente de un mundo mejor y el futuro de la plenificación de todo en el Dios de Jesucristo”. 

Por ello, Cester concluyó que “la esperanza atrae al futuro dentro del presente, de modo que este “ya” no es el puro “todavía no”, sino que es un presente marcado por la realidad futura. Y así, las realidades futuras repercuten en las presentes y viceversa” (Cf. SS n.7). La esperanza, en este sentido, tiene capacidad transformadora, propone alternativas, se compromete en la construcción del futuro, y es consecuentemente activa y no pasiva. Exige a los cristianos “ponerse manos a la obra”, con la confianza puesta en Dios, tratando de instaurar la vida nueva del amor de Dios -que se ha manifestado por medio de Cristo- gracias a la fuerza del Espíritu Santo que infunde en ellos. 

La próxima sesión del curso tendrá lugar, una vez pasado el puente de la Inmaculada, el próximo lunes 14 de diciembre, a las 20 horas, con la ponencia de D. Francisco Martínez, Director del Instituto, “La Caridad en su fuente original”. 

Programa e inscripciones en el Curso, pulse aquí.

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