Os damos la bienvenida a un nuevo encuentro Re-Vi-Be, esta vez con motivo de la Pascua del Señor. Nos adentramos en el hondón de la fe cristiana, iniciamos la Semana Santa para vivir espiritualmente el Triduo Santo y, finalmente, la Pascua.

Iniciamos nuestra reunión con la siguiente oración de entrada, invocando al Espíritu:

Ven a mí, Espíritu Santo,
Espíritu de sabiduría:
dame mirada y oído interior
para que no me apegue a las cosas materiales,
sino que busque siempre las realidades del Espíritu.

Ven a mí, Espíritu Santo,
Espíritu de amor:
haz que mi corazón siempre sea capaz de más caridad.

Ven a mí, Espíritu Santo,
Espíritu de verdad:
concédeme llegar al conocimiento de la verdad en toda su plenitud.

Ven a mí, Espíritu Santo,
agua viva que lanza a la vida eterna:
concédeme la gracia de llegar a contemplar el rostro del Padre
en la vida y en la alegría sin fin.
Amén

(Oración devocional inspirada de los Sermones sobre el Espíritu de San Agustín)

A continuación, leemos el Evangelio de este domingo y previo un espacio de silencio personal breve, compartimos en el grupo nuestra meditación de la Palabra

Os proponemos reflexionar sobre el tema “La vivienda espiritual de la Pascua cristiana: el Triduo por dentro”, del libro “Vivir el año litúrgico”, de Francisco Martínez García -Herder, 2002-). A continuación os presentamos un breve extracto de ese capítulo:

“El contenido espiritual del triduo es, y no puede ser otro, que el de la pascua del Señor. La vida cristiana es hacer el camino de Jesús. El Cristo viviente, de los cielos, vive en medio de la comunidad creyente y la está vivificando en su viga gloriosa. La celebración de los misterios de la redención nos hace contemporáneos de Cristo y ahora nosotros somos su cuerpo que revive aquellos mismos misterios. El Cristo que se entrega, muere de amor, y resucita, somos ahora él y nosotros. Cristo y la Iglesia. La cabeza y el cuerpo. Somos concrucificados con él (Gál 2,19), muertos en él (2 Cor 4,10), sepultados con él (Col 3,1), sentados ya en los cielos con él (Ef 2,5-6). Nosotros somos ahora la visibilidad terrestre el Cristo celeste. Prolongamos ahora su encarnación al servicio del mundo. Somos en nuestro tiempo la visibilidad histórica del Cristo glorioso de los cielos, la encarnación de su amor a favor de todos los hombres.

El triduo, vivido por dentro, requiere dejarnos sustituir por él, vivir su persona, sus acciones, sus actitudes. Reproducirlo a lo vivo. Ser hoy su pasión y muerte, su resurrección, en el contexto de las situaciones y problemas actuales. Hoy sigue siendo redención de Cristo, pero ahora en nosotros y desde nosotros, que somos su visibilidad terrena”.

(Francisco Martínez, “Vivir el año litúrgico”)

Algunas preguntas para la reflexión:

  • ¿Cómo encaramos este nuevo Triduo Santo?
  • ¿Qué significa vivir el Triduo “por dentro”, dejándonos “sustituir por Cristo” y hacer nuestras sus actitudes y acciones?
  • ¿Cómo nos hace el Triduo contemporáneos de Cristo y partícipes de su entrega, muerte y resurrección?
  • Cuando el autor dice que “somos la visibilidad terrestre del Cristo celeste”, ¿qué implica esto para la vida personal y comunitaria de los creyentes?
  • ¿De qué modo podemos “prolongar su encarnación al servicio del mundo” en las circunstancias actuales?

Finalizamos la reunión dando gracias a Dios, siendo conscientes de las dificultades queremos seguir caminando y te decimos:

Vueltos al Señor, Dios Padre todopoderoso, démosle, con sincero corazón y desde nuestra pequeñez, las más sinceras gracias, suplicando con toda el al alma su especial humildad para que escuche en su bondad nuestras súplicas, aleje con su poder al enemigo de nuestras acciones y pensamientos, aumente nuestra fe, dirija nuestra mente, nos otorgue pensamientos espirituales y nos conduzca a su felicidad y bienaventuranza por Jesucristo, su Hijo. Amén

(San Agustín)

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