Una antropología del silencio y la esperanza

1. Elaborar un plan de convivencia.

Hace unos días, mientras los profesores que asistían al curso redactaban el guión de lo que sería el Plan de convivencia de su centro, decidí escribir estas páginas sobre la antropología actual. Los profesores estaban sorprendidos porque llevaba varios días transmitiéndoles la idea de que uno de los temas más importantes de todo plan de convivencia en un centro educativo podría ser el silencio. El primer día casi me agredieron con sus expresiones porque les sugerí que el arma educativa más revolucionaria con la que contaban en sus centros era la gestión del auténtico silencio y el adecuado uso de la palabra.

Una parte importante de los asistentes al curso impartía la docencia en centros religiosos concertados y contaba con una capilla o algún espacio que periódicamente y según los tiempos litúrgicos se dedicaba para unas celebraciones más ruidosas que silenciosas, donde la espiritualidad salmódica era sustituida por el rock litúrgico. Es una ventaja de la que no disponen todos los centros, aunque no tardaremos mucho en ver que los centros estatales reclamarán espacios públicos religiosos para las celebraciones ecuménicas. Aunque se sorprendieron cuando les dije que los planes de convivencia no pueden prescindir de las actividades de pastoral ni del resto de actividades que se programan anualmente, lo que de verdad les hizo pensar era la integración del silencio en la gestión y administración de la convivencia escolar.

Quienes tenemos hijos en edad escolar o impartimos clase en centros con adolescentes y jóvenes sabemos lo difícil que puede ser considerar el silencio como arma educativa. Es muy difícil impedir que los alumnos entren con MP3, teléfono móvil, discos compactos portátiles o cualquier otro artilugio con el que evitar el sonido del ambiente y conectarse al reproductor. Aunque no se trata de una costumbre exclusiva de adolescentes o jóvenes porque cada día es mayor el número de ciudadanos incapaces de escuchar una disculpa en el metro o autobús porque andan enganchados al sorprendente artefacto electrónico. ¿Qué podemos esperar de nuestros hijos cuando no podemos vivir en casa sin la radio, el aparato de música o el televisor?, ¿qué esperamos de una civilización asfáltica y ruidosa donde hablamos a gritos con hijos, alumnos y nuestros vecinos?

Las autoridades están preocupadas por el ruido de las calles y los ingenieros nos ofrecen autobuses y coches más silenciosos, pero entonces tienen que cablear de nuevo la ciudad y levantar las aceras. Y lo más dramático es que cuando subimos a ese silencioso autobús que circula en pavimento fonoabsorbente vamos con la radio puesta, consentimos que nuestros hijos se lleven los artilugios musicales y en lugar de valorar el bucólico contraste del silencio, comprobamos que solo hemos ido con la música a otra parte. Es difícil organizar la convivencia en cualquiera de sus ámbitos y dimensiones si no aprendemos a descubrir, valorar, gestionar y administrar el silencio. Sin esta clave nunca entenderemos la devaluación del hombre actual, porque no nos tomamos en serio el valor de la palabra y, sobre todo, porque no acabamos de proponer una antropología a la altura de los tiempos.

2. Sólo el prior tiene e-mail

Aunque el silencio no sea el único camino para la esperanza, hoy se nos presenta como una senda atractiva y seductora cuyas oportunidades podemos valorar. Y hacerlo en clave educativa porque el verdadero analfabetismo de nuestro tiempo no está relacionado únicamente con el desconocimiento de la Aritmética y la Gramática. Tampoco está relacionado, como piensan los estrategas de las nuevas tecnologías, con el “analfabetismo digital” que condena irremediablemente a las cavernas de la ignorancia a quienes no gestionan con habilidad el código del Outlook. Los índices de fracaso escolar describen únicamente un analfabetismo superficial, el analfabetismo profundo se genera lentamente cuando no ofrecemos oportunidades educativas para el silencio.

Una de las oportunidades que se nos ofrecen viene del cine. Aunque no sabemos los meses que durará en la cartelera, el director alemán Philip Gröning nos ofrece una película interesante: El gran silencio. En ella se nos presenta con pocos artificios el valor del silencio que se mantiene en una cartuja de los Alpes franceses. Después de haber solicitado realizar la película en la década de los ochenta, por fin, quince años después, el prior le comunica que pude realizarla. Algún mensaje muy grande quiere mostrar este director cuando es capaz de esperar tanto tiempo, de importancia cuando quiere mostrar cuando no se limita al silencio, sino que busca el “gran” silencio.

Esta película se puede convertir en una ocasión privilegiada para plantear el valor educativo, familiar y personal del silencio como tema nuclear de toda antropología contemporánea. Probablemente nuestros hijos o alumnos no entiendan que las tramas narrativas también se pueden construir con el silencio, que no toda comunicación se realiza necesariamente con voces, gritos y palabras malsonantes. Es una ocasión para poner en cuestión una mal llamada sociedad de la información donde emergen unas mal
llamadas sociedades de la comunicación y donde las personas tienen cada vez menos conocimiento de sí mismos y del mundo que les rodea. Como afirma este director: “Ningún videojuego ni ningún programa de televisión pueden resultar tan complejos como un metro cuadrado de hierba que puedes ver crecer día a día. Eso es algo que habría que explicar a los adolescentes de hoy”.

No cabe duda de que estamos mejor comunicados y disponemos de mayores artefactos, pero hay serias dudas de que nos conozcamos mejor a nosotros mismos y a quienes nos rodean. Precisamente porque el verdadero conocimiento es aquel vinculado con el encuentro, el silencio y la palabra. La película se puede convertir en una fuente de conocimiento, en una oportunidad para valorar el sentido del silencio y la palabra, y sobre todo se puede convertir en una oportunidad para cuestionar la adicción al ruido y las nuevas tecnologías como el Messenger o el correo electrónico. Una película de la que reseñan un dato curioso, que no puede pasar desapercibido: “sólo el prior tiene e-mail”.

3. Céntrese en la poesía, le ayudará

Estas fueron las palabras que un cartujo le dijo al director si quería mostrar con autenticidad y sin artificio no sólo el silencio del monasterio, sino el gran silencio en torno al que giraba la vida de aquella comunidad. Al director le sucedía como a todos nosotros en esta civilización de ruido, que estamos pendientes de los artilugios, los artefactos y las palabras desenraizadas. Como quería entender los horarios, las actividades y la organización del tiempo con la clave de un activista moderno seducido por llenar todos los huecos de la agenda, no entendía que la dimensión técnica de la vida es secundaria, que no es ni lo más importante ni lo más valioso. Por eso tenemos que aprender a centrarnos en la poesía. Quizá por eso la poesía pueda ayudarnos a descubrir un silencio auténtico y necesario.

La poesía nos puede ayudar a emprender con rigor, seriedad y profundidad los proyectos comunitarios porque con ella podemos acercarnos al silencio cuidando la palabra. La recitación de los salmos y todo el conjunto de oraciones que regulan la vida de la cartuja que se nos presenta en la película son una invitación al cuidado de la palabra personal y comunitaria. Una invitación al cuidado de la palabra no enfrentada con el silencio, una palabra interior y auténtica, fruto de un silencio auténtico y resultado de un encuentro auténtico.

Si nos centráramos en la poesía tendríamos más pistas para reconstruir el rompecabezas de las antropologías contemporáneas. De la misma manera que el director de cine tiene problemas para entender la vida de la cartuja si no se centra en la poesía, así nosotros tendremos problemas para entender la crisis del hombre contemporáneo si no nos centramos en esa tensión productiva de la palabra auténtica que emerge del silencio auténtico y genera un amor auténtico. Basta reconstruir algunas antropologías contemporáneas como las de Ferdinand Ebner, Martin Buber, Gabriel Marcel, Emmanuel Mounier o Paul Ricoeur para entender en qué medida la interioridad del silencio, la sinceridad de la palabra y la fuerza del amor generan una respuesta antropológica consistente a la crisis de civilización que padecemos.

4. La experiencia del silencio y los lenguajes de la esperanza.

Al recuperar la experiencia del silencio también podemos renovar una antropología de la esperanza. De todas las filosofías que han aparecido en las últimas décadas sólo parecen perdurar aquéllas mantenidas por la experiencia del silencio. Por eso no es ninguna tontería mantener que entre todos los lenguajes y entre todas las palabras sólo tendrá un valor radicalmente humano aquella que se plantee cómo afrontar el silencio. Antes que interlocutores o agentes de la racionalidad comunicativa somos oyentes de una palabra que quiere ser auténtica.

Para muchos, la obra de Gröning será insoportable. Además de estar rodeados de ruidos,
contaminaciones acústicas y palabras inauténticas, corremos el peligro de creer que la valoración del silencio es una valoración de la mudez. Si reducimos el valor del silencio al valor del simple estar callado o permanecer mudos, entonces quizá confundamos el silencio inauténtico con el silencio auténtico. Hay veces en las que hablar es una obligación, hay veces en las que la pronunciación de la palabra verdadera es el inicio de la justicia. La razón profética nos recuerda los costos vitales de esta palabra portadora de verdad ante el silencio de la complicidad y la injusticia. No podemos callarnos ante la injusticia y por eso hay silencios inauténticos que deben ser evitados.

La palabra auténtica y portadora de verdad puede salir y brotar de un silencio auténtico. Del silencio que nace del recogimiento y la comunicación interior puede surgir el sobrecogimiento que nos lleve a la palabra verdadera. Para ello no basta con permanecer calladitos como astutas almas bellas que no quieren mancharse las manos con el lenguaje de la historia. No basta con no emitir sonidos, es necesario mantenerse a la escucha, mantenerse despiertos, prestar atención y ensanchar el ánimo para que brote una palabra auténtica, una palabra que no es solo verbal sino cordial, una palabra que deje la huella de una presencia, una palabra que puede ser la de una simple disposición. La palabra de un “heme aquí”, de un “estoy dispuesto”, “aquí me tienes”, “hágase tu voluntad”.

Este “fiat” inicial y radical como palabra sincera nace del silencio sincero, de él brota, vive y se alimenta. Como educadores, padres y maestros no podemos quedarnos en el silencio auténtico, éste reclama de nosotros una palabra auténtica. Pero debemos saber que la verdad de lo que decimos tiene mayor credibilidad cuando tiene detrás la riqueza e interioridad del silencio auténtico. Así entendida, una antropología del silencio no es una antropología del repliegue intimista sino una antropología para el despliegue apalabrante de la vida.

Ante tanta dispersión nos vemos obligados a proponer el repliegue de las conciencias, pero no como una reivindicación de una conciencia autista y monológica que defensivamente se atrinchera en sí misma. El repliegue al que apunta el silencio puede ser de dos formas, el de la simple mudez o complicidad ante lo existente y el de la atención y el recogimiento. De este último puede nacer una palabra nueva, un nuevo pensamiento, el despliegue de una palabra verdaderamente significativa. Quizá por eso, cuando la palabra ha nacido del recogimiento y del silencio sincero tiene una creatividad y una fuerza que nos sobrecoge.

Cuando entendemos así el silencio no hay peligro de que suponga un ensimismamiento en la propuesta educativa. No buscamos el retraimiento o simple repliegue, buscamos un movimiento más complejo con el que queremos invitar a algo así como un repliegue comunicativo donde el silencio auténtico nos abre a la palabra auténtica y por consiguiente, a verdaderas experiencias de diálogo y encuentro amoroso. Es un camino complicado porque ni nosotros ni nuestros hijos o alumnos estamos entrenados para mirar hacia dentro. Más allá de la simple introspección, y más allá de una psicológica interiorización cada día más necesaria, esta tensión entre repliegue y despliegue, entre recogimiento y sobrecogimiento puede ser la clave para entrenar una naturaleza humana que quiera organizar su comunicación con los lenguajes de la esperanza.

Agustín Domingo Moratalla es profesor de Filosofía del Derecho, Moral y política de la Universidad de Valencia.
Miembro del instituto Emmanuel Mounier de España.
Artículo aparecido en Revista Acontecimiento, Madrid, Enero 2007.