Solemnidad dela Epifanía del Señor

Lecturas

Isaías 60, 1-6  –  Salmo 71  –  Efesios 3,2-3a. 5-6

Mateo 2, 1-12: Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenia que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”». Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo». Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

Comentario

VENIMOS A ADORAR AL REY,  2020

Los Magos de Oriente Hoy, fiesta de los Magos de Oriente venidos a Belén, celebramos la Epifanía o manifestación del Señor a los pueblos gentiles. Resulta hoy difícil centrarnos en el correcto significado de la narración evangélica debido a la discordancia de la misma con la fiesta popular que hoy domina, se impone y nos desborda, y también nos descentra. Lo mismo acontece el día 1 de enero: mientras la liturgia celebra la octava de la Navidad y la fiesta de la Maternidad Divina de María, la gente se saluda y felicita por el Año Nuevo ladeando el contenido religioso. Ahora, en la fiesta popular, solo se habla “de los reyes magos” y todo ocurre entre los mutuos regalos, que por ciento los adultos han concentrado en ellos, y las idas y venidas de los pequeños para ver las cabalgatas y acoger “los reyes” en su casa y en el domicilio de los parientes. La liturgia, en cambio, va por otro camino: nos habla hoy de la Epifanía o “manifestación” de Jesús al mundo gentil, es decir, a nosotros. Su nacimiento es buena noticia y máximo regalo para Israel y también, para los pueblos gentiles que somos nosotros. De la infancia de Jesús nos hablan los evangelios de Mateo y Lucas. Estos relatos no pertenecen a los inicios de ambos evangelios. Fueron redactados posteriormente cuando la misma comunidad tenía ya un conocimiento hondo de la persona de Jesús. Y no los comprenderíamos bien si desconocemos el “midrás”, un género literario muy utilizado por los autores sagrados en la transmisión de la fe y basado en una reinterpretación superior. Lo utilizan los rabinos judíos y también los sinópticos. En nuestro caso los evangelistas interpretan los hechos poniéndolos al nivel de la comunidad a la que escriben. Buscan una inteligencia verdaderamente contemporánea de la palabra. El material bíblico es utilizado creativamente. Se cambian detalles para adatarlos a las intenciones del autor, se idealizan y se embellecen los acontecimientos con material legendario para hacerlos más completos, vivos, edificantes. El texto resultante se elabora como verdadera como catequesis y adquiere un peso dogmático muy superior al que tendría como simple documento de crónica. La inspiración le afecta no meramente según su dimensión cronológica, sino en cuanto unido a un determinado momento de la historia del magisterio divino humano que actúa en la misma redacción de la Biblia. En el caso de los Magos el momento cumbre y clave de la narración se centra en la cueva donde ellos se postraron y adoraron al Niño. Es el centro literario y doctrinal de la historia. Esta historia se convierte en un arquetipo del estilo con que Dios “llama” por los caminos del espíritu a sus elegidos y de la fidelidad de estos al hecho de su “llamamiento”. El texto consigna el acontecimiento en Belén, pues así estaba escrito por el profeta: “Y tú, Belén tierra de Judá, no eres en manera alguna la menor entre las ciudades principales de Judá, pues de ti saldrá un príncipe que será pastor de mi pueblo Israel” (Miq 5,1). La casa, como todas las orientales, tenía un solo espacio. Una antigua tradición habla de “cueva”, lo cual era normal en casos de gente pobre. La tradición abunda en la constatación de una morada pobrísima, aislada, en las afueras. El relato habla de “Magos”. Nunca, ante estas líneas del evangelio, se ha consentido tanto en la tentación de reconstruir: cuántos eran, cuál era su condición, cuál su dignidad, hasta sus nombres, de qué país venían, qué y cómo actuaron. Por “Magos” eran tenidos a algunos exponentes de la cultura iránica de inspiración filosófica y religiosa. Abunda en la primera cristiandad la convicción de que eran persas. Les fascinaban los fenómenos estelares. Desde luego no eran israelitas y venían “de lejanas tierras”. El sentido cristiano primitivo ha visto en ellos las primicias de la gentilidad. Sobre la estrella se han designado incontables hipótesis entre las que sobresalen la de un posible cometa, la de una conjunción astral o la de un fenómeno especial. Las estrellas son guías en la oscuridad para los marineros y para muchas personas que están de camino. Lo importante de nuestro relato es que los Magos no saben bien a donde les llevará esa estrella, ni de dónde les llega la fuerza para tomar la decisión de partir, pero se fían, no se detienen en la búsqueda. Y es evidente que la luz de Dios está presente y que es un hecho universal. Dios siempre llama y conduce si queremos ver. El Apocalipsis llama a Jesús “Estrella de la mañana” (22,16). La lectura creyente de la estrella nos habla de la luz de cielo que ilumina a los hombres. La verdad de los Magos a Belén nos interpela. Han visto una luz y la siguen. Y recorren un largo camino fiados en la confianza que les ofrece la misma luz. Son tenaces y consecuentes. Y al fin encuentran. Porque el que prosigue la luz la encuentra. Para nuestra generación creyente los Magos son los regalos. Ha cambiado el Absoluto por lo efímero. Hay una apatía en la búsqueda de la verdad y, además, se constata hoy cierta terquedad y endurecimiento en la materialización de la misma fe. Pero la verdad no cambia. Es el hombre el que cambia. La luz de las estrellas son guías en la oscuridad. Y el hombre actual, el cristiano actual, ha de saber contemplarlas y dejarse conducir. Nuestro mundo contemporáneo se caracteriza por la frialdad y la indiferencia. El abandono de la fe es manifiesto. Son siglos de presión instando al hombre para que pierda el sentido de lo infinito. Y lo ha perdido. Se ha desvanecido el conocimiento antiguo y el que debería ser actual no ha llegado a difundirse. El alejamiento actual es tanto más peligroso cuanto que conlleva la más deplorable reducción del hombre, su confinamiento en lo finito y material. El hombre actual ha cambiado el Absoluto por lo relativo, a Dios por la creatura. Y el alejamiento de Dios es alejamiento de sí mismo. Perder a Dios es perderse a sí mismo. Sin embargo hoy en la Iglesia abundan luces rutilantes. El Vaticano II, el magisterio del Papa, corrientes de pensamiento teológico resplandecientes quizás más que nunca, escuelas teológicas, difusiones en medios verdaderamente lúcidas, y sobre todo la lectura continuada del evangelio, en especial la que hace la Iglesia en las lecturas dominicales, etc. Conocer es tener. Conocer es ser. Conocer es una presencia interiorizada en la mente y en el corazón. Hay un conocer-saber que la revelación identifica con la vida infinita y eterna. Es “el banquete del reino” (Lc 14,13), como dice Jesús. La vida eterna es “conocerte a ti, Dios vivo y verdadero” (Jn 17,3). Es “conocer cara a cara” (1 Cor 13,12). Es “pati divina”, “experimentar lo divino”, como dice la tradición mística de la Iglesia. El conocimiento de Dios es revelación. No es logro personal. Solo Dios habla bien de Dios. El hombre no tiene capacidad de iluminar el sentido último de su existencia. Con una cerilla no iluminaremos nunca la noche del desierto. Dios nos ilumina si nosotros sabemos exponernos al sol, si nos acercamos a él. La Humanidad, creyente y no creyente, lleva miles de años anhelando y buscando la felicidad. Analizando las experiencias constadas en la historia de los siglos, solo la fe la ha sabido garantizar y ofrecer en los grandes testigos del amor a Dios que han sabido unir la hondura del espíritu con la trascendencia. Hermanos: sigamos la luz de la estrella en nuestra vida siguiendo nuestros anhelos, ideales, los testimonios, los ejemplos, las luces. Que el Niño de Belén nos ilumine.

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   e-mail:berit@centroberit.com

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