Vive los tiempos fuertes del Año Litúrgico.

SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO DE CRISTO, CICLO C

1ª Lectura: GÉNESIS 14, 18-30,   Salmo 109
2ª Lectura: 1ª CORINTIOS 11, 22-26, Evangelio Lucas 9, 11b-17

En aquel tiempo, dijo Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: ”Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado”. Él les contestó: ”Dadles vosotros de comer”. Ellos replicaron: ”No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío”. Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos: ”Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta”. Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

HOMILÍA

EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO, 2016

  Concluida hace poco la celebración litúrgica de los misterios pascuales,  encontramos en el calendario una nueva fiesta eucarística, el Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor. Es importante para nuestra fe que tengamos las ideas claras sobre esta fiesta y su relación con el Jueves santo. El Jueves santo celebra expresamente la institución de la eucaristía por Jesús en el cenáculo, en la víspera de su pasión. En aquel suceso Jesús fue, a la vez, el autor que instituye y la obra instituida, que era  dar la vida por los demás, la redención de la humanidad. La eucaristía es, pues, todo el amor de Dios manifestado en Jesús. El Corpus nació en otras perspectivas concretas. En los siglos X y XI algunos negaron la presencia real de Jesús en la eucaristía. Hubo una fuerte reacción que se expresó más que como culto de la Hostia al Padre, como culto de la comunidad a la Hostia santa. Y con esta orientación fue en 1247 cuando se celebró por primera vez la fiesta del Corpus en Lieja. El Papa Urbano IV, a petición de una religiosa, Juliana de Mont-Cornillón, la universalizó en 1264, y lo hizo no sin reticencias, pues en Roma no parecía correcto confinar a un determinado día lo que constituye el núcleo de lo fundamental que la Iglesia celebra todos los domingos y aun todos los días. De cualquier forma, la verdad fundamental eucarística está en dependencia de lo instituido por el Señor en el Jueves santo, y no tendría justificación una frialdad rutinaria en el Jueves y un entusiasmo exaltado en el Corpus.

  Todas las religiones han fundamentado sus creencias en verdades y normas. Pero Jesús nos ofreció hacer algo inmensamente prodigioso. Hizo perennemente contemporáneo el suceso mismo del Cenáculo y de la cruz, “mi cuerpo entregado”, “mi sangre derramada”, para que pudiera ser representado y participado por las comunidades de todos los tiempos y lugares, haciendo lo que Jesús hizo y como él lo hizo. Lo esencial de la eucaristía no es solo que Jesús está, su presencia real, sino que está, ante todo, amando y entregándose. “La carne de Cristo es la caridad”, dejó dicho San Ignacio de Antioquía. Y es seguro que lo que Cristo quiso fue que comulguemos todos con su mismo amor para que contribuyamos responsablemente a poner a los hombres en estado de comunión entre sí y con Dios. En la eucaristía no participamos solo de los efectos de la cruz, sino del mismo acontecimiento de la cruz, para que nosotros podamos hacer en nuestro tiempo y ambiente lo que Jesús hizo en el suyo. La entrega generosa de Jesús en la cruz y en la eucaristía, para que sea ella misma, debe llevarnos a fermentar nuestro entorno en la gratuidad y solidaridad. La eucaristía o es todo el amor de Dios a los hombres, y el nuestro, o no es la eucaristía.

EL CULTO DE LA HOSTIA Y EL CULTO A LA HOSTIA

  La fe nos dice que en la eucaristía hay dos vertientes que siempre deben estar claras y armonizadas. La norma de la fe es la norma de la oración. La Iglesia cree lo que ora. En la eucaristía, una cosa es lo que instituyo Jesús y otra lo que ha instituido la Iglesia. Una cosa es el culto de la Hostia al Padre y otra el culto de la comunidad a la Hostia santa. En la misa no oramos nosotros a Jesús, sino que es Jesús quien ora al Padre incorporándonos a nosotros a él. Él es el Mediador siempre en acto. Nadie le suple ni le sustituye. Nosotros oramos “por medio de Jesucristo nuestro Señor”, “por él, con él y en él”. Esta estructura es verdaderamente esencial y condicionante en la fe.

Junto al culto de Jesús al Padre, está también el culto que la Iglesia ha establecido a la Hostia santa. Este es lógico y altamente deseable. Van unidos pero no se identifican del todo. Y este es el impulso que motivó la institución de la fiesta del Corpus. La eucaristía responde tanto más a la voluntad de Cristo cuanto más reproduce la comunión entre nosotros, cuando conlleva amor fraterno, reconciliación y solidaridad entre nosotros.

LA EUCARISTÍA COMO COMUNIÓN  ECLESIAL

  La palabra “comunión” se ha aplicado desde Pablo hasta nuestros días no tanto a la recepción de la Hostia santa en nosotros, como a la concordia entre todos nosotros, pues formamos un mismo cuerpo precisamente porque participamos de un mismo pan. “El pan que partimos ¿no es la comunión de todos en el cuerpo de Cristo?” (1 Cor 10,16). La eucaristía no solo hace el cuerpo de Cristo, sino que nos hace a nosotros el cuerpo de Cristo. No es solo consagración de elementos, sino consagración de  personas. El elemento fundamental de la eucaristía es la entrega o el amor total. El de Cristo y el nuestro unidos. Donde falta no hay eucaristía.

  El elemento esencial para la eucaristía es la asamblea. Y el dinamismo esencial de la asamblea es compartir, sanar, liberar, la reconciliación y la misericordia. En la asamblea todos somos responsables y activos. No nos reunimos solo para estar en comunidad, sino para vivir en comunión. La hostia verdadera somos las personas y nuestra actitud de amor de todos con todos. La eucaristía es una comunidad que comparte y se comparte.

  Y es este el sentido que subyace en las lecturas de la misa. La primera, del Génesis, nos ofrece la figura misteriosa de Melquisedec, rey cananeo de Salem, probablemente nombre antiguo de Jerusalén, que a la vez era sacerdote del Altísimo y que presenta como ofrenda los alimentos sencillos que son fruto de la tierra y del trabajo de las personas: pan y vino. De esta forma se establece paralelismo entre aquel rey y Jesús. Predice en cierta manera que el pan y vino compartidos, y no los animales sacrificados, serán el alma del futuro sacrificio. Pablo, en la primera carta a los corintios (11), nos ofrece el comentario más antiguo que poseemos sobre la eucaristía, anterior a la redacción de los mismos evangelios, en la comunidad cristiana de Corinto. Allí, “cuando se reúnen los hermanos” hay dos bandos. Los judíos excluyen a los gentiles conversos. No comen juntos. Mientras unos se emborrachan, otros no tienen que comer. La Cena tenía dos partes, la comida social y el rito eucarístico.  No comer juntos la cena social, emborracharse mientras otros pasan necesidad, es para Pablo “no celebrar la cena del Señor” (11,20). “Es despreciar a la Iglesia de Dios e insultar a los que no tienen que comer” (11,22), es  “comer el pan y beber el cáliz indignamente y ser reo del cuerpo y de la sangre del Señor” (11,27), “es comer y beber sin discernir el cuerpo”, los hermanos, y come y bebe su propia condenación” (11,29). Según Pablo no podemos recibir el cuerpo eucarístico de Cristo y rechazar a los hermanos porque ellos son también cuerpo de Cristo. No se puede recibir la comunión sin ser comunión, porque en la eucaristía no solo cuenta el elemento estático de la presencia, sino el dinámico de entregarse. La eclesialidad, la comunidad es el rasgo más característico de la eucaristía en la tradición de la Iglesia. El evangelio de Lucas ofrece el relato de la multiplicación de los panes en un contenido expresamente eucarístico. Jesús, después del ministerio de la palabra, manda a los discípulos que den ellos de comer a la gente, una multitud inmensa. Les manda que sean ellos quienes les den de comer cuando allí apenas había alimentos. Y ofrecen un pan bendecido, partido y repartido.

  Hoy, fiesta del Corpus, es la Jornada de la caridad. Recordemos que la verdadera eucaristía es la caridad. Juan, en su evangelio, sitúa el lavatorio de los pies en lugar de la institución de la eucaristía. Quiere decirnos que la eucaristía es el servicio sincero a los demás en la vida real. En justa coherencia, la colecta de hoy va destinada a los pobres a través de nuestra Caritas. Demos abundantemente y nos demos con generosidad. Es Jesús, en su eucaristía, quien nos invita no solo a dar, sino a darnos.

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