Solemnidad de todos los Santos

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14  –  Salmo 23  –  1ª Juan 3.  1-3

Mateo 5, 1-12a:  Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Comentario

TODOS LOS SANTOS, 2019

Durante el año litúrgico, la Iglesia despliega dos espacios en la celebración de los misterios de la fe. El primero, el ciclo litúrgico, está centrado en la vida de Cristo, desde la Navidad hasta su Ascensión a los cielos y la venida del Espíritu Santo. El segundo conmemora las fiestas de los santos, tanto de aquellos que gozan de carácter universal, como de los que son celebrados en demarcaciones más bien particulares. En realidad, la pascua de Cristo es la única y universal fiesta de la fe cristiana. Pero la consideramos no solo en él, sino también extendida y aplicada, la misma, al conjunto de los santos. La Iglesia celebra la fiesta de los santos que han sido oficialmente canonizados por ella. En el día de su canonización se establece el día de su fiesta en el decurso del año litúrgico. Hoy la Iglesia conmemora a “todos” los santos, es decir, a cuantos conviven ya con Dios, estén o no canonizados. En este día recordamos y veneramos a personas que han sido cercanas y entrañables en nuestras vidas personales, a nuestros abuelos, padres, hermanos, amigos y conocidos que murieron y ahora están con Dios. Santidad hace relación a sacralidad. Santo es Dios. Y el pueblo y el hombre lo son en la medida de su cercanía a Dios. Tratándose de personas, la santidad tiene muy en cuenta el aspecto moral del comportamiento. Ser santo es configurarse por la fe y la caridad a la voluntad de Dios. Los profetas la expresaron como referencia esencial a la práctica de la justicia. Santo es lo perfecto, lo pleno, lo ideal. Es agotar las posibilidades en la línea del sentido y del fin. Apunta a lo más alto y positivo. Cada tiempo y época tienen sus exigencias específicas. La misma Iglesia ha tenido en cuenta las coyunturas del momento, la peculiar necesidad de la comunidad. Lo laico y el laicado son el distintivo de esta época eclesial. Por ello la santidad hoy conlleva también la práctica de una seglaridad confesante y convincente vivida como humanización de las condiciones penosas en que viven los hombres, la preocupación por los aspectos sociales, profesionales y el bien común. El evangelio de hoy nos dice que la santidad se identifica con la verdadera felicidad del hombre. Santidad es crecimiento y plenitud. Es la realización de las posibilidades del hombre. La felicidad máxima es la vida misma cuando está siendo vivida con acierto y plenitud. No según la cultura de nuestro tiempo que la identifica con el éxito concebido según criterios muy terrenos. La cultura de la eficacia y del éxito conlleva una incapacidad para ser verdaderamente felices porque se distancia de lo sencillo, cotidiano, real y profundo. La propuesta y promesa del evangelio van por otros caminos, teñidos de contradicción, pero que representan la verdadera sabiduría y alegría. Es el seguimiento de la cruz, asumiendo lo que cuesta amar y mantener el amor incluso en las situaciones más difíciles. La cruz no es algo inhumano, sino suprahumano. Es seguir amando donde los hombres, por lo general, se quiebran y fallan. Las lecturas de esta fiesta nos explican admirablemente su significado y contenido. El Apocalipsis nos habla de una multitud inmensa que nadie podía contar. Se refiere a la universalidad de la salvación. Juan escribe el Apocalipsis en el contexto de una terrible persecución de los cristianos. Los perseguidos han blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero. Las ropas que vistieron el día de su bautismo han recuperado el color blanco al participar de la muerte del Cordero, pues su martirio culminó lo que se había iniciado en su bautismo, la comunión de vida y de victoria con Cristo resucitado. En la segunda lectura Juan nos explica la naturaleza de la santidad cristiana en su núcleo medular. Es el amor infinito que Dios nos tiene manifestado en su propio Hijo. Dios nos ve en su Hijo, nos elige en él, y nos ama en el mismo amor con que ama a su Hijo. Amados con este amor, Dios nos capacita también para amarle a él en su mismo amor. El cristiano está llamado a correalizar la vida divina como es en sí. El mundo no conoce este amor. Por eso no puede amar así. El Hijo nos lo revela y la fe acogida y vivida crea en nosotros una verdadera semejanza divina. Creer es conocer como somos conocidos. Es experimentar y ser con una modalidad divina. El evangelio nos revela admirablemente quiénes son los santos. Son los bienaventurados. Los que han depositado su confianza y su esperanza en Dios. Son los que han sido pobres en el espíritu, han llorado sin consuelo, han anhelado su herencia con mansedumbre, han tenido hambre y sed de justicia, han sido misericordiosos y limpios de corazón, han tratado de construir la paz y han sufrido por estas elecciones. Las bienaventuranzas son el ejercicio práctico de la filiación divina creída y vivida. Son la nueva ley basada no en la práctica de preceptos y mandatos, sino en la plenitud del amor infundido por Dios. Antes la ley consistía en cumplir. Ahora la ley es amar. Ya no es suficiente la abstención del acto exterior malo, ni siquiera la ejecución de actos buenos. Es el don de un amor vivido con radicalidad, interioridad, totalidad. Este amor es el mismo con el que Dios ama y que él derrama en el corazón del creyente. Las bienaventuranzas no tienen forma de ley, sino de felicitación: ¡dichosos, felices, bienaventurados! Ahora la ley es amar y el pecado no amar. Antes matar era matar. Ahora matar es no amar y tener malos sentimientos en el corazón. Antes el adulterio era adulterar. Ahora es ya mirar con malos ojos. Ahora la perfección es ser perfectos, o misericordiosos, “como el Padre celestial” (Mt 5,48). Las bienaventuranzas son la riqueza del alma de Cristo, su conciencia y sentimientos, entrando en el corazón del hombre y tomándolo por completo. Son dejarse atraer y convencer. Son la mirada de Jesús y a su amor en nosotros y desde nosotros. La gracia y el privilegio de los pobres no son ellos, ni su pobreza. Es Dios que ya ha intervenido en ellos. Las bienaventuranzas hablan de la iniciativa de Dios, de la fuerza de su intervención que ilumina, vence y convence. Jesús no es un maestro de las bienaventuranzas. Es un testigo de ellas. Son su propia experiencia personal. Revelan su forma de ser y de actuar. Son su biografía psicológica y espiritual. Y son la declaración fundamental del seguimiento de los hombres que creen. Vivimos tiempos difíciles para la fe. Quizás lo verdaderamente lamentable es que no tenemos conciencia de ello. El ejercicio de la vida cristiana, lo que hoy hacen la mayoría de cristianos en respuesta a su fe, no es suficiente para llamarse verdaderamente cristianos. Hemos hecho una increíble reducción del mensaje de Jesús y nos hemos forjado una religión a nuestra media. El mensaje del evangelio es divinamente humano y humanamente divino. Es lo mejor que ha acontecido en la historia de la humanidad. Pero vivimos tiempos de sopor, de inconsciencia, de frialdad y distancia y el problema de la Iglesia actual es restituir en favor de los hombres de hoy el verdadero cristianismo. Una atención profunda a la fiesta de hoy, de Todos los Santos, nos puede situar en la pista de la verdad.

  Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   e-mail:berit@centroberit.com

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