Solemnidad de Santa María, madre de Dios

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números 6, 22-27  –  Salmo 66  –  Gálatas 4, 4-7

Lucas 2, 16-21

EN aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño.
Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.
Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho.
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

2019, 1 de enero

Se celebra hoy el comienzo de un nuevo año civil. Pero esto no representa sino un día cronológico más en nuestra vida. La liturgia de la Iglesia, en cambio, celebra hoy la maternidad divina de María, un acontecimiento de importancia singular para la historia de la humanidad. Implica no solo la divinidad de un hombre, Jesús, sino la divinización de la raza humana, de todos los hombres. 

En un mismo diseño proyectó Dios la encarnación de su Hijo y la maternidad divina de María. Ambos representan unidos un misterio muy grande. Los primeros siglos fueron descubriendo, paso a paso, todo aquello que implicaba el hecho histórico de la encarnación del Verbo de Dios. A pesar de que Cristo representaba el fundamento del culto cristiano, algunos no reconocían claramente su divinidad. Otros expresaban reticencias a su humanidad. Y otros no acertaban a comprender cómo Dios y el hombre se hallaban unidos en unidad de persona. Las herejías de entonces eran más bien insuficiencia de conocimiento. No sabían compaginar los datos del Nuevo Testamento y las afirmaciones de los Padres Apostólicos. Los primeros concilios ecuménicos hicieron una clarificación singular. El concilio de Nicea definió en el 325 que el Hijo de Dios se encarnó y se hizo hombre verdadero. El concilio de Constantinopla definió en 381 que el Verbo de Dios se encarnó por obra del Espíritu Santo y de María Virgen. El concilio de Éfeso definió en 431 la maternidad divina de María: enseño que María es verdadera Madre de Dios. Efectivamente, de María no nace un cuerpo, sino una persona, Jesús. En él hay dos naturalezas, divina una y humana otra, pero una sola persona. Esto es lo que se traduce claramente de los textos evangélicos. 

Esta maternidad divina de María habla claramente de la profundidad sorprendente de la gracia y del amor de Dios en nosotros. Dios se ha entrañado en nuestras vidas. Para siempre estará con nosotros con el fin de hacernos Dios con él. Ha venido a romper el techo y límite de la raza humana y hacernos vivir como hijos de Dios gracias a la misma filiación divina del Hijo. Para siempre seremos, con el Hijo, “partícipes de la divina naturaleza”, pues no viviremos solos. Viviremos “la vida en Cristo”, “la vida en el Espíritu” de Dios. 

La maternidad divina de María no afecta solo a la concepción y parto de Jesús. No representa un elemento pasivo y puntual en la vida de María. Fue madre e hizo amorosamente de madre. Vivió responsablemente en plena colaboración de fe, en estrecha colaboración con Cristo. Y se hizo más madre creyendo y contribuyendo activamente a la obra de Jesús. Le concibió antes en su corazón que en su cuerpo. Vivió y conmurió con él. Colaboró con el Padre en el don del Hijo predilecto. También ella lo entregó por nosotros. Revivió en su maternidad las características del Espíritu: fue signo de vida interior, de verdadera creatividad, de profunda comunión. 

María, en los primero siglos, siempre fue representada con el Hijo, nunca sin él. Las fiestas marianas son las fiestas del Hijo. Esto corrige una cierta corriente de espiritualidad popular que contempla a María independientemente del evangelio y de su vinculación eclesial. Fue llena de gracia; cayó en gracia a Dios y a ella le cayó Dios en gracia. Concibió al Verbo de Dios en su entraña y también en su corazón. Fue rumiante permanente de la palabra de Dios. Quien solo habla de María, o la aísla demasiado, no la conoce. Ella confiesa que su grandeza no es ella, sino Dios: “Ha hecho cosas grandes e mí el que es Todopoderoso”. Presente en los comienzos de Cristo, en Belén y Nazaret, estuvo también presente en el Calvario y en Pentecostés. 

Un verdadero cristiano no debe separar nunca a María de Jesús. Su piedad ha de ser siempre cristocéntrica. Ha de estar fundamentada en  la vivencia de la pascua, en el seguimiento espiritual de los domingos del año litúrgico, sintiéndose una humanidad suplementaria donde Jesús renueva ahora su vida y los misterios de su vida. María acompañó a Jesús como nadie durante toda su vida. Y lo hizo no pasivamente, cooperando en Nazaret a su misma encarnación, en Belén a su nacimiento, en Caná a la anticipación de la hora de su manifestación a sus discípulos, en los misterios de su infancia y en su predicación rumiando su palabra, en la cruz conmuriendo con él, en la Pascua resucitando con él, en Pentecostés expandiendo la Iglesia. 

El cristiano verdadero no separa nunca a María de la Iglesia, no hace capilla aparte, no sigue un culto aislado. Está presente en la vanguardia de la evangelización, de la salvación y redención de los grandes problemas del pueblo. Un culto para lucir y vestir, para pasarlo bien, no tiene sentido.  

La imitación por excelencia de María es el seguimiento espiritual del evangelio durante los domingos del año. El año litúrgico es la persona y vida de Jesús que se hacen presentes y actuales para ser revividas por nosotros. Comulgando con la eucaristía y con el evangelio, Cristo vive en nosotros y nosotros le revelamos y manifestamos al mundo. Nos transformamos en su cuerpo místico. Seguir los evangelios, desde adviento a Pentecostés, es convivir con Jesús como ayer lo hizo María. Es dejarnos transformar y convertir en él. El testimonio es la mejor evangelización para los que no le conocen. Acoger la palabra, comulgarla e irradiarla es la forma más excelente de fe cristiana, de parecernos a él.   

María, siendo madre de Cristo, que es nuestra vida, es madre nuestra. Nuestra vida ha estado en su seno. Ella acogió mejor que nadie a Cristo y nos enseña a nosotros a acogerle y dejarnos transformar por él y en él. 

Paulo VI instituyó la Jornada Mundial de la Paz en este primer día del año. Está muy en coherencia con el significado de la fiesta principal, la maternidad divina de María. Jesús, naciendo de ella, unió para siempre lo divino y lo humano en una sola persona. Si Dios está tan entrañado en nosotros, la violencia es sinsentido y contradicción. Él es nuestra paz. Debemos no solo orar por la paz, sino exigirla, hacerla posible, desterrar todo aquello que la impide. Ser violentos, practicar la violencia ideológica o práctica, conduce a situaciones imprevisibles. Lamentablemente alguno de los políticos de nuestro mapa nacional ha llegado en estos días a mencionar la violencia como solución a opciones particularistas. Esto es gravísimo. Sobre todo si quien lo hace se dice cristiano y comulga. Ningún cristiano, que lo sea, puede cargar con semejante responsabilidad. 

María, Madre de Dios, intercede por nosotros. 

Francisco Martínez

berit@centroberit.com

www.centroberit.com

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