Solemnidad de Santa María, madre de Dios

Lecturas

Números 6, 22-27  –  Salmo 66  –  Gálatas 4, 4-7

Lucas 2, 16-21: En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Comentario

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS, 2020

Celebramos en la liturgia la fiesta de Santa María Madre de Dios. Es una consecuencia lógica de la Navidad. Si Dios nace como hombre verdadero, una mujer le ha engendrado siendo para él verdadera Madre. Y esta mujer es María. Lo testifica la Revelación y se muestra conforme toda la tradición posterior. En un mismo diseño de salvación establece Dios la encarnación de su Hijo en el mundo y la maternidad divina de María que le engendra verdaderamente en la tierra. Esta afirmación nos dice que Dios ha tomado carne en el seno de una virgen que le ha engendrado en verdad. Esta creencia arraigó fuertemente en las generaciones cristianas de los cuatro primeros siglos en los que se reflexionó hondamente si Jesús era verdaderamente Dios, si era verdadero hombre y cómo se unieron dos naturalezas, divina una y otra humana, en una misma persona. Desde el primer momento la comunidad cristiana dio fe a las palabras del ángel que dijo a María: “nacerá de ti”, o también, como diría enseguida el mismo credo cristiano: “Nació de santa María virgen”. No es, pues, una ficción: fue verdaderamente engendrado por una mujer. Y esta verdad se impuso en la Iglesia universal con una fe rotunda después de una reflexión profunda y general. Ya los contemporáneos de Jesús, después de su ascensión comenzaron a preguntarse: ¿este hombre Jesús, que ha convivido con nosotros, ha sido hombre verdadero? ¿Es acaso Dios? Y si es Dios y hombre en verdad ¿cómo están unidos en él Dios y el hombre? Las reflexiones profundas de la Iglesia sobre Cristo duraron más de cuatro siglos. Las llamadas herejías fueron inicialmente más bien insuficiencia de conocimiento. Eran propiamente malentendidos al no saber concordar todavía los datos del Nuevo Testamento y los primeros escritos de los Padres apostólicos. Esta lógica preocupación motivó los cuatro grandes concilios universales de la Iglesia primitiva. El Concilio de Nicea, en el 325, definió que el Hijo de Dios, el Verbo eterno, se encarnó y se hizo verdadero hombre. En el año 381 el Concilio Constantinopolitano definió que el Verbo de Dios se encarnó por obra del Espíritu Santo y de María Virgen y se hizo hombre. El Concilio de Éfeso, en el 431 definió la maternidad divina de María, afirmando que en Jesús había dos naturalezas, divina y humana, en una sola persona. Hoy es la fiesta civil del Año Nuevo. Para los cristianos es un día más de la vida que Dios nos concede. La profunda significación del día viene para nosotros, los creyentes, de la consideración de María, verdadera Madre de Dios, y de la Jornada Mundial de la Paz. Cristo, naciendo, se hace para nosotros nuestra verdadera paz. La gran pregunta de la fe es ¿por qué y para qué Cristo se encarnó en nuestro mundo? La maternidad divina de María habla claramente de la profundidad de la gracia y del amor de Dios hacia nosotros. Gracias a la maternidad divina de María Dios está con nosotros, en nosotros, y para siempre. Si en Cristo, dos naturalezas, la divina y la humana, no forman sino una sola persona, el entrañamiento de Dios en la Humanidad es profundo, sublime, y da seguridad divina a los hombres. Dios rompe el límite, el techo de lo humano y, entonces, el hombre ya no es solamente el hombre. Llega a estar divinizado, a participar en verdad de la naturaleza divina. La encarnación del Verbo es el fundamento sólido de nuestra vida en Cristo, o de nuestra vida en el Espíritu. Después de la encarnación el hombre ya no es solamente él. Su vida es Cristo. Creerlo es toda la grandeza del hombre, y honrar a Dios pasa por la fe en Cristo y su obra. Dios en nosotros ve a su Hijo, ama a su Hijo, goza de su Hijo. Con el Hijo, Dios nos amará en el mismo amor que él tiene al Hijo. Con el Hijo amaremos a Dios y a los hermanos, los hombres, con el mismo amor que Cristo nos ama. Amando nosotros, Dios mismo ama en nosotros. Este es el meollo y la cima real de la encarnación de Cristo. Ser engendrado es nacer y vivir de las entrañas y vivir con entrañas. Es tener un amor verdaderamente entrañable. Creerlo es honrar a Dios que es actor y autor de cosas tan admirables. La importancia de la maternidad divina de María para nosotros es muy grande. La verdadera maternidad no afecta solo al hecho físico de la concepción y parto, a una realidad marcadamente física. Afecta la vida entera de María, a la decisión permanente de su voluntad y a la expresión de sus sentimientos más nobles, a su entrega generosa, a sus cuidados de madre y de cooperadora de la redención, unida siempre afectivamente a Cristo. María no es madre solo por el elemento estático de una concepción humana y divina. Sino por el realismo dinámico de una persona convencida, entregada y solidaria. María fue madre y se hizo más madre creyendo y colaborando en una prestación total personal, en disponibilidad permanente e incondicional. Colabora con el Padre en la entrega del Hijo predilecto, y lo hace porque es verdadera madre. María es mujer total, generosa, que se deja obrar por el Espíritu, y revive en su maternidad sus características personales: es signo de vida interior, vive realizando una verdadera creatividad, y vive siempre en plena comunión. Dios tiene entrañas de gran misericordia. La plenitud de lo femenino no reside en lo humano, sino en Dios. En Dios reside el verdadero arquetipo de mujer. Lo femenino es gracia de Dios y participación de él. Lo más señalado de la gracia es ternura maternal en Dios en favor del hombre. María es mujer que ama integralmente, suma receptividad. Lo que en la vida no es entrañable, es falso. La encarnación nos dice que todo es gracia y don gratuito. Y María nos enseña la infinita receptividad, sin la cual la gracia no existe. Hoy es la Jornada Mundial de la Paz. Cristo nos trae el perdón y el perdón origina la paz. La paz de Cristo no es solo negación de la guerra. Nosotros somos incapaces de ofrecer una paz verdadera. Queremos la paz y fabricamos armas. Queremos la paz y seguimos siendo violentos. Moralmente discriminamos y asesinamos. Queremos la paz por el egoísmo de estar tranquilos, no por amor sincero. Queremos la paz y practicamos la ganancia económica, afectiva, social, y queremos ser los primeros económica, afectiva y socialmente. María nos enseñe a amar a Cristo entrañablemente, a trasmitir a Cristo, el único garante de la paz, enseñándonos a perdonar, a integrar y a no dividir, a no distanciarnos de los demás personal, social y como creyentes que tienen un Padre en común y una misma patria divina y eterna.

Francisco Martínez

www.centroberit.com  –   e-mail:berit@centroberit.com

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