Solemnidad de Pentecostés 2018

Lecturas

Hechos de los Apóstoles 2, 1-11  –  Salmo 105  –

1ª Corintios 12, 3b-7. 12-13  –  Juan 20, 19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Comentario

PENTECOSTÉS, 2018

La fiesta no solo principal, sino la que da sentido a todas las celebraciones y solemnidades, es la pascua, y la cima y vértice de la pascua es Pentecostés, la venida y presencia dinámica del Espíritu de Jesús en la comunidad cristiana y en cada uno de sus miembros. Es su consumación y acabamiento final. En la comunidad de los Hechos de los Apóstoles toda la vida de la Iglesia gira en torno a la acción del Espíritu. Si los evangelios hablan de Cristo y su vida, los Hechos de los Apóstoles hablan del Espíritu y de su acción. Él es actor vital de toda actividad y sin él no acontece nada.

La actitud fundamental de todo cristiano es necesariamente consentir en la ausencia de Cristo, que, convertido ahora en Espíritu vivificante, vive ya glorioso en los cielos. Jesús ya no es ahora posible en su imagen temporal y terrena, ni tiene sentido, si queremos encontrarle, imaginarlo en su existencia temporal pretérita de Palestina. Jesús dijo “me voy al Padre” y todo creyente debe asumir su marcha en firme, porque ahora vive ya glorificado y se ha convertido en Mediador siempre en acto de la nueva humanidad.

La presencia actuante del Espíritu en la comunidad creyente es el gran rasgo que caracteriza a la Iglesia de todos los tiempos, y es también el suceso más desconocido, lamentablemente, de los propios cristianos. Vivimos una fe centrada en referencias exteriores. Estamos prisioneros de ellas. Necesitamos que “se nos abran los ojos del corazón” para situarnos ante el suceso cumbre de la vida cristiana y de nuestra propia vida personal. La vida del Señor, y la Revelación, concluyeron en tiempos pasados. Ahora es el Espíritu quien las activa e interioriza en todos y cada uno de nosotros.  Esto no podemos hacerlo nosotros solos. Quien olvida este hecho se parece a uno que pretendiera plantar un árbol sin raíces, o trazar un río sin manantial, o construir una gran fábrica de luz sin conexiones ni corrientes. Hoy se repite el error de ayer: “Viene a los suyos, pero los suyos no le reconocen”.

Jesús promete el envío del Espíritu Santo. Su venida está condicionada a su ascensión a los cielos. No se trata de una sustitución, sino de un nuevo modo de presencia más íntimo y penetrante. La imagen del Jesús terreno debía ceder a la realidad de Cristo como “Espíritu vivificante” (1 Cor 15,45), como acontecimiento de gracia, en el interior de los creyentes. A Cristo junto al hombre debía suceder Cristo dentro del hombre. La era de Cristo es la era del Espíritu.

El Espíritu Santo es el mismo Espíritu de Jesús. “La vida en Cristo” es “la vida en el Espíritu”. De él procede nuestro “nuevo nacimiento de lo alto” (Jn 3,3) mediante el cual recibimos en nuestro corazones el amor que se vive en el cielo (Rm 5,5). El lugar privilegiado donde hoy vive y habita el Espíritu es nuestra intimidad personal. Permanece en nosotros iluminando e impulsando. Frecuentemente experimentamos en nuestra vida iluminaciones e impulsos. Creemos que son efervescencias psicológicas nuestras. Pero en realidad es el Espíritu que dialoga con nosotros provocando respuesta. Creemos monologar, pero él actúa en nosotros. Es él aun cuando nosotros no lo advirtamos. Él crea connatural sintonía. Quiere transformar hasta lo profundo de nuestro inconsciente. Nos da a conocer la verdad desde dentro de nosotros. Nos ayuda a superar los impedimentos externos e internos. Crea docilidad y fidelidad, agrado y atractivo. Llevamos dentro de nosotros una maduración permanente de la vida eterna, cuyo motor dinámico es el Espíritu Santo. Él se hace presente como anticipación de vida eterna, como “arras” (2 Cor 1,22), como “prenda” (Ef 1,14) y “primicias” (Rm 8,23) de la gloria. El Espíritu Santo es siempre la suprema novedad, absoluta y eterna, que actúa ya admirablemente en el mundo. Es la presencia amorosa de Dios en nuestra más profunda intimidad. Lo decisivo en la vida cristiana es advertir esta presencia y responder a ella. Sin el Espíritu Dios está lejos, Cristo se encuentra en el pasado, el evangelio es letra muerta, nuestra predicación es ideología, la Iglesia es mera organización, la autoridad es despotismo, la misión es propaganda, el culto se reduce a un simple recuerdo del pasado, el comportamiento moral no es sino una moral de esclavos. Pero con el Espíritu, y en comunión profunda con él, el Universo se levanta y gime el alumbramiento del Reino, el hombre lucha contra los impulsos egoístas, Cristo resucitado y viviente en los cielos es el corazón vivo y actuante en la comunidad, el evangelio es palabra y poder de vida, la Iglesia es comunión trinitaria, la autoridad es servicio liberador, la misión es Pentecostés, la liturgia es memorial del pasado y anticipación del futuro, y la actividad humana es deificada.

El Espíritu está presente en nuestro mundo conduciendo a muchos al compromiso solidario en movimientos sociales y eclesiales que promueven la responsabilidad y la generosidad, fomentando impulsos apostólicos y culturales que defienden el primado de la persona, la primacía del ser sobre el tener, la gratuidad sobre el interés. El Espíritu conduce a personas y grupos a abandonar situaciones pasivas de pereza y de frialdad ambiental para saber auscultar, discernir e interpretar a la luz del evangelio, voces y acontecimientos de la vida social, eclesial, económica y política que promueven generosamente la concordia, el desarrollo, el bien común y la solidaridad con los más necesitados. El Espíritu ilumina en muchos el sentido último de la vida y de la muerte animando a cultivar la dimensión trascendente de la existencia, ese “plus” misterioso que anida en los deseos, anhelos y necesidades profundas de todo hombre, estimulando a una  lectura del evangelio en comunidad para discernir y comprometernos con acierto ante las exigencias más apremiantes de la solidaridad y de la fe.

El Espíritu Santo abre el ojo interior de la fe de los creyentes capacitándoles para saber interpretar el sentido de la historia, de la vida social y eclesial, de su vida personal. Solo Dios puede conducirnos en su propio terreno, en su propia vida, en su luz y su amor y ayudarnos a trascender una religiosidad superficial, de simples referencias externas, de meras mediaciones humanas o funcionales. El capítulo más impresionante de la fe cristiana es la acción directa e inmediata de Dios en cada uno de nosotros que nos capacita para entendernos con él en persona, no en diferido o con una imagen mental suya. Efectivamente, Dios mueve al hombre desde el interior mismo de su identidad y libertad humanas, con una modalidad divina que sobrepasa las capacidades de la razón y aquellas que el hombre puede activar desde su capacidad ordinaria. Hay situaciones en las que el creyente no piensa, es iluminado; no obra, es movido; no es él activo, experimenta ante Dios una pasividad superactiva. El mayor error de los responsables de la pastoral es creer que ellos lo hacen todo y pueden hacerlo todo. El suceso más sorprendente de la vida cristiana es el de la acción directa de Dios con cada uno. Actúa muchas veces en el hombre con el hombre. Y muchas otras lo hace en el hombre sin el hombre, iluminando él, moviendo él en persona. Dios es Dios y ama a cada uno con amor singular. Pidámosle que venga y nos trasforme.

                                                        Francisco Martínez

www.centroberit.com

E-mail: berit@centroberit.com

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