Solemnidad de la Inmaculada Concepcion

Lecturas

Génesis 3, 9-15.20  –  Salmo 97  –  Efesios 1, 3-6,11-12

Lucas 1, 26-38

.En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.

Comentario

INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA, 2018

            En el contexto del Adviento, la Iglesia celebra la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. Este privilegio no significa que María no tuviera necesidad de la misma gracia de salvación que nosotros, en cuanto hijos de Adán. Al contrario, fue salvada de una manera especialmente admirable  en razón del vínculo especialmente íntimo que la unía con Cristo Salvador. Las tres lecturas de la Misa de hoy representan un imponente drama con tres actos que reflejan admirablemente la historia global de la salvación. El primero pertenece al capítulo tercero del Génesis y nos explica por qué existe el mal en el mundo. Relata la ruptura del hombre con Dios, y también la ruptura del hombre con la mujer y con la naturaleza. El segundo acto del drama es el evangelio de Lucas. Habla de Dios buscando el remedio al pecado universal del hombre. Presenta la escena de Nazaret en la que tiene lugar la encarnación de Dios en una joven, María, que ofrece al ángel su consentimiento personal. El tercer acto, que corresponde a la  segunda lectura, lo explica la carta de Pablo a los Efesios, que expone las consecuencias admirables de la encarnación de Cristo. En un himno solemne que posiblemente cantaba ya la primera comunidad cristiana,  relata, como consecuencia de la encarnación del Verbo en María, nuestra eterna predestinación y vocación en Cristo para ser hijos de Dios, hijos en la misma filiación divina de Cristo.

La primera lectura, tomada del Génesis, ha hecho el relato del pecado original. Sorprende la cantidad de cristianos que siguen hoy pensando que este pasaje contiene la narración de un suceso histórico. Y sorprende también que otros rechacen las enseñanzas que se siguen de este mismo relato. El pecado original es un hecho de experiencia universal. Su existencia no queda justificada por este único texto. De él se habla en el Nuevo Testamento. Este pecado no pertenece a la estructura de la creación tal como brotó de las manos divinas, sino que ha sobrevenido por una decisión humana contraria a Dios. La vida real nos dice con evidencia que todo hombre peca, y que peca desde sus orígenes. El pecado no aparece simplemente como una acción aislada, sino como un estado o situación en la que el hombre está sumido desde sus orígenes como potencia misteriosa que nos mantiene en una verdadera esclavitud vinculada a la misma muerte, no solo como dato físico, sino como signo de maldición que el pecado encierra en su misma naturaleza profunda. Efectivamente, el pecado manifiesta su maligna malicia en el hecho de que produce la muerte. La vida en plenitud, que era lo que física y espiritualmente Dios se proponía donar al hombre al crearlo, se vio herida  por la rebelión del hombre con Dios. El pecado es rechazo de la vida. El pecado original hirió la naturaleza humana, debilitó su inclinación al bien, y abolió la amistad de Dios con el hombre.

La escena evangélica de Lucas nos ofrece  dos expresiones que dan razón de la significación global del relato. “Alégrate, María, llena de gracia”, dice el ángel. Y “he aquí la esclava del Señor”, responde María. Efectivamente, Dios hace a María llena de gracia, llena de él mismo por una decisión gratuita. Y ella responde acogiendo y aceptando con una fidelidad libre y total. Ella es concebida sin pecado original y es fiel a Dios libremente durante toda su vida. Este encuentro radical entre el don de Dios y la fidelidad humana es el núcleo de la fe y es el meollo del misterio de Jesús. Es el antipecado. Jesús dirá un día que “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mc 14,36) y ella afirmará también: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). La vida cristiana, en su núcleo profundo, es el sí radical a Dios. El hombre no crea, acepta. Es incapaz de trascenderse. Acoger y recibir constituye toda su vida y esto mismo funda la esencia de la vida cristiana. Decir “sí” a Dios es la mayor fuerza creadora del universo. Cristo es aceptación del Padre y María es aceptación radical de Jesús. Dios le pide el consentimiento y ella acepta. Y al aceptar, la carne de Jesús se hace la carne de María. Dios nos pide a todos el consentimiento libre y la respuesta fiel nos hace no solo observantes, sino Cuerpo  de Cristo. Nos hace él.  Inmaculada es el amor absoluto de Dios que ama por entero a María y es también la respuesta en radicalidad fiel de María a Dios.

La carta de Pablo a los Efesios es el mejor comentario posible al suceso de la encarnación que relata Lucas. El Hijo de Dios se encarna y nos regala su misma filiación personal en dependencia de nuestra aceptación fiel. Pablo bendice a Dios porque nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales, porque nos ha elegido en Cristo antes de crear el mundo, para que seamos santos e irreprochables ante él por el amor. Nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Con la encarnación de Cristo, nuestra vida es él en persona. No somos solo cristianos. Somos Cristo, el Cuerpo de Cristo. Cristo es Hijo de Dios no solo en cuanto Dios, sino en cuanto hombre. Es divinizado en cuanto cabeza de la humanidad y en él somos divinizados todos. Nuestra unión con Cristo no se agota solo en vínculos de naturaleza moral o legal. Su presencia terrena, en el pasado, en Palestina, desemboca en su presencia mística en todo creyente. Cristo es el amor de Dios a todo creyente. Y este amor penetra profundamente en todos porque Cristo no es solo memoria del pasado. Es la realidad profunda de la vida cristiana, de la gracia de Dios a cada hombre. Cristo es uno con nosotros de la misma manera que Cristo es uno con el Padre. En él participamos de la divina naturaleza. El primer Adán nos dio la vida temporal. El nuevo Adán, Cristo, nos da la vida eterna y celeste. La vida cristiana consiste en “vestirse de Cristo” (Gal 3,27). Y vestirse de Cristo significa “nacer de nuevo” (Jn 3,4) recibiendo la misma vid que tiene el “primogénito entre muchos hermanos” (R 8,29). Somos hijos en el Hijo, en la mima filiación divina del Hijo. Cristo es nuestra Cabeza y nuestra Plenitud.

María es inmaculada porque su vida es Jesús. Esta fiesta nos recuerda nuestra vocación eterna. Seremos lo que ella es hoy junto a Dios. También un día “Dios será todo en todos”. La Inmaculada no es una exclusiva: es un modelo y un testimonio de la vida que nos espera. Felicitemos hoy a María por su impresionante cercanía a Dios y le pidamos por el robustecimiento en la fe y en la esperanza de todos nosotros.

                                                                 Francisco Martínez

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