Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Lecturas

Apocalipsis 11, 19a. 12, 1-6a  –  Salmo 44  –  1ª Corintios 15

Lucas 1, 39-56

En aquellos días, Maria se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de Maria, saltó la criatura en su vientre.
Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.»
María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.»
María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

Comentario

2o17 ASUNCIÓN EN CUERPO Y ALMA DE MARÍA A LOS CIELOS

Estamos en el corazón del verano y la liturgia nos presenta la fiesta singular de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos. Es una celebración que conmociona una gran multitud de pueblos y ciudades que hacen coincidir sus fiestas patronales con la memoria ocurrente de esta festividad mariana. Muchas mujeres llevan por nombre Asunción. Una inmensa proliferación de templos y altares están dedicados desde hace siglos a esta advocación de María. Fuertes corrientes de sensibilidad popular, muy generalizadas ya desde muy antiguo, reafirmaron esta devoción recogida en el propio magisterio de la Iglesia como clave para la proclamación oficial del propio dogma. Esta mentalidad generalizada se da la mano con el fundamento específico que recoge el mismo magisterio que lee este rasgo mariano de la asunción de María a los cielos no en textos explícitos y concretos, sino leyendo entre líneas, en lo que dice una visión global de la revelación sobre la inmensa gratuidad de Dios y la perfecta y radical colaboración de María a la obra salvadora de su Hijo. Dios la amó del todo y ella colaboró del todo en la obra de Dios realizada en Cristo. Pío XII, basándose en la fe del pueblo, en la Constitución Munificentissimus Deus de 1950 declaró como dogma que la Inmaculada Madre de Dios y siempre virgen María, concluido el curso de su vida temporal, fue asunta en cuerpo y alma a los cielos.

Esta fiesta, y su significado hondo, han tenido que superar una crisis muy profunda, pues en los cuatro últimos siglos la devoción mariana había incurrido en un paradójico signo de contradicción, muy contrario a lo que María es y representa: un decisivo factor de unión y comunión de Dios y de los hombres. Una inflación sentimental popular, y la teología consecuente, alejó a María de las fuentes bíblicas, y por tanto, de Cristo y de la Iglesia, reconvirtiendo la devoción a ella en una especie de islote autónomo o de religión mariana popular. El concilio, primero, y la Constitución Marialis cultus de Pablo VI después, resituaron a María en indisoluble unión con Cristo y con la Iglesia y en un marco decididamente bíblico, litúrgico, trinitario, cristocéntrico, eclesial y ecuménico y más en consonancia con la realidad psíquica y sociológica del modelo de mujer y de la cultura actual, superando modelos y esquemas representativos de culturas ya claramente desfasadas. La grandeza de María no es ella, lo confiesa ella misma. Es Dios y los pobres, la Iglesia.

La asunción de María a los cielos, más que un privilegio aislado y personal, más que una coronación pasiva, es una consecuencia de la plenitud de gracia de Dios y de la plenitud de colaboración de María a la obra de Cristo. La aportación de María a la obra de Cristo es singular. Nadie estuvo tan implicado en Cristo como ella. Le engendró y le dio a luz: fue madre e hizo de madre. Lo presentó a la humanidad en la cueva de Belén. Formó su humanidad, su piedad, su fe. Lo ambientó en la solidaridad, en el amor fraterno, la austeridad y la pobreza. Vivió comprometida en él durante treinta años en Nazaret. Estuvo presente en Caná, en el Calvario, en el nacimiento de la Iglesia en el primer Pentecostés. El Espíritu que al principio vino sobre ella en Nazaret en el nacimiento del Hijo, sobrevino después a la primera Iglesia en el momento de nacer. María ha ocupado siempre en la Iglesia un puesto importante en la liturgia, en la devoción popular, en la doctrina, en el arte. María se asoció de todo corazón, responsablemente, siempre y continuamente, del todo, a la obra de su Hijo. Es lógico que el Hijo la asociase al triunfo conseguido a tanto precio, en los cielos. A un amor total, debió responder un reconocimiento total.

La liturgia, en la Iglesia, celebra lo que el pueblo cree. La fiesta de la Asunción de María al cielo es antiquísima. Desde mediados del siglo VI la Iglesia oriental celebra la dormición o tránsito de María. De Oriente pasó a Roma y a Galia en el siglo siguiente y empezó a celebrase el 15 de agosto. Los teólogos de la Edad Media, siguiendo a los Padres de la Iglesia fundamentaron la Asunción de María con su maternidad divina, su plenitud de gracia y su perfecta virginidad.

Sería necesario que supiéramos situarnos en la realidad espiritual de este hecho maravilloso y en su verdadero significado. María, al fin de su vida terrena, fue ascendida por Dios en cuerpo y alma a los cielos. Ello significa que toda ella, en cuerpo y alma, fue situada ante la presencia glorificadora de Dios. Una representación infantil la imagina como una paloma surcando los cielos azules. Pero la altura del hombre es Dios. El cielo es Dios. Dios es el cielo. Ir al cielo es estar con Dios. Y si Dios es amor, estar con Dios, ir al cielo, significa amar. La asunción de María tiene como trasfondo necesario su plena identificación con Dios. No es otra cosa que Dios en ella o ella dejándose tomar del todo por Dios. La gracia es la relación personal con Dios, positiva, dadivosa, transformante. Es caerse en gracia. La felicidad de uno es la gratuidad del otro. Dios nos ama en el amor con que ama a su propio Hijo. Es un verdadero caerse en gracia que produce alegría, dicha, felicidad. Jesús vino al mundo y nos reveló cómo es Dios. No es un ser solitario, ni omnipotencia absoluta aislada. Dios es un Dios-de, un Dios-para el hombre, un Dios que ha decidido no vivir ya nunca sin el hombre, amarlo apasionadamente, incondicionalmente, para siempre. Nadie en la tierra es un cielo para sí mismo. El cielo, en el hombre, es el otro en mí, el otro para mí. La vida humana toca el infinito cuando vive unas relaciones felices y dichosas. Nadie que se recluya en su propia individualidad encontrará motivos suficientes para ser feliz del todo. La felicidad es fundamentalmente relación. Cuando el otro, en mi vida, es Dios, la dicha es infinita. Quien ama de verdad encuentra la certidumbre más sólida en la vida. María fue hechura de Dios, cayó en gracia a Dios y a ella le cayó en gracia Dios. La maternidad divina de María implica una unión formidable de Dios y del hombre. La carne de María es la carne de Jesús. María es Jesús comenzado. María le prestó no solo carne, sino educación, formación, piedad. Para ello Dios la hizo a su gusto. Quiso que María mantuviera enemistades perpetuas con el mal, que fuera llena de gracia. Asunción significa que ella, y Dios en ella, agotó todas sus posibilidades de gracia, que no conoció la disminución, la frialdad, la indiferencia. Que fue pleno su sentido de entrega, de participación e integración. Que dijo “sí” donde nosotros nos evadimos y fugamos. Que su fe y su caridad estuvieron siempre activadas, a tope. Que se dio del todo a Dios y a los hombres por Dios. Se dio de tal manera que en su don nos dio también al Hijo. Fue madre e hizo de madre, de Dios y de los hombres. Este es el sentido de la asunción de María: amó del todo y a todos.

Que ella interceda para que podamos salir de la mediocridad, de la frialdad e indiferencia, para que vivamos nuestra fe con plenitud de gozo y de alegría.

                                                                          Francisco Martínez

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