Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Lecturas

Deuteronomio 8,2-3.14b-16a  –  Salmo 147  –

1ª Corintios110, 16-17

Juan 6, 51-58

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»
Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»
Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

 

EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO, 2017

Con la fiesta de Pentecostés concluyó la celebración del tiempo pascual. En el corazón de la pascua, la eucaristía actualiza para nosotros la muerte y resurrección de Jesús con el fin de que podamos apropiárnosla y participarla. Ahora, en el Corpus Christi, nos encontramos con una nueva fiesta puntual de la eucaristía y es preciso que tengamos una idea clara sobre la relación entre el Jueves santo y el Corpus. El  Jueves santo conmemora la institución de la Cena por Cristo, realizada personalmente ante sus discípulos, en el cenáculo. Representaba su muerte en cruz de forma sacramental, no cruenta, con el fin de que pudiera ser actualizada en las comunidades de todos los tiempos. El Corpus nació en perspectivas muy distintas. En los siglos X y XI surgieron algunos que negaron la presencia real de Cristo en la eucaristía, o la forma en que la Iglesia la entendía y explicaba. Hubo una muy fuerte reacción en la comunidad creyente para defender este dogma. Fue en Lieja, en 1247 donde se celebró por vez primera la fiesta del Cuerpo de Cristo. Una religiosa, Juliana de Mont-Cornillón, solicitó del Papa su difusión y universalización, lo cual hizo el Papa Urbano IV en 1264. Inicialmente Roma expresó reticencias debido a la idea de que no parecía correcto celebrar en un día singular lo que la Iglesia conmemora todos los domingos y días del año. La misa del Corpus no solo se universalizó, sino que, debido a la reacción popular, se solemnizó de forma extraordinaria bajo el matiz concreto de presencia real y adorable de Jesús.

Todas las religiones de la historia suelen fundamentar sus creencias en verdades y normas. Algunas han celebrado “sagrados misterios”: momentos singulares para transcenderse e insertarse en la vida divina. Jesús hizo algo único y sorprendente: Siendo de condición divina, se dejó matar voluntariamente por el hombre a quien amó “hasta el extremo”. La cruz es el amor de Dios al hombre, un amor comprometido hasta más no poder y para siempre. Jesús en la eucaristía instituyó el modo y la forma de hacer perennemente contemporáneo y actual el suceso mismo del Cenáculo y de la cruz, “mi cuerpo entregado por vosotros” y “mi sangre derramada por vosotros”, con el fin expreso de que nosotros hiciéramos lo mismo que él hizo. Es claro que Jesús mismo en persona se hizo verdaderamente actual y presente en la eucaristía. Pero lo admirable, lo sorprendente es que en la eucaristía no nos dejó solo los efectos o frutos de la redención, sino el acontecimiento mismo de la redención, con el fin de que nosotros hagamos verdaderamente actual en nuestro entorno lo que Jesús hizo en el suyo. La eucaristía es amor fraterno sumo,  caridad, solidaridad, misericordia, perdón y reconciliación. Y por lo mismo, es glorificación a Dios, alabanza y adoración a Dios expresada en los hechos y en la vida real. Cuando nosotros adoramos en la eucaristía la presencia real de Jesús, estamos adorando su entrega al Padre y a nosotros, vivida hasta el extremo. Esta es la realidad más profunda de la eucaristía, Cristo adorando al Padre y  entregándose por nosotros. “La carne de Cristo es la caridad divina” nos dice Ignacio de Antioquía. La eucaristía en tanto reproduce la voluntad de Cristo cuanto más nos volcamos, unidos a Cristo, en el amor y solidaridad fraternos. Conlleva, pues, un doble movimiento: hacer lo que Jesús hizo dándolo todo por nuestros hermanos, y agradecer a Cristo su obra de amor instituida muy concretamente en la eucaristía para ser celebrada perennemente.

Juan, a diferencia de los otros evangelistas, en lugar de la institución de la eucaristía, describe el lavatorio de los pies de Jesús a sus discípulos. Resulta extraño pensar que Juan, el discípulo del amor, no conociera las tradiciones sobre la institución de la eucaristía. Pero resulta también evidente que para él, “comer la carne” de Jesús es darse, “servir” como él lo hizo. Juan, de acuerdo con la mentalidad bíblica, hablando de “sangre” habla de vida, de la existencia integral  de la persona. Cuando Jesús dice “esta es  mi sangre”, anticipa el destino que le aguarda en la cruz y que significa el amor extremo. “Comer su carne y beber su sangre” es entrar en comunión con el Hijo, del mismo modo que “el Padre y el Hijo somos uno”. Pues el resultado de la comunión es la unión existencial  que se establece con él: quien coma “vivirá en mí y yo en él”.  Comer la carne y beber la sangre de Cristo es apropiarse de su vida, identificarse con su carne histórica y acoger su propia entrega “hasta el extremo”.

La palabra “comunión”, de san Pablo, equivale a “permanecer en”, de Jesús, y en el lenguaje corriente de la Iglesia ha expresado siempre la concordia profunda y universal, pues formamos un mismo cuerpo precisamente porque participamos de un mismo pan. “El pan que partimos ¿no es la comunión de todos en el cuerpo de Cristo?” (1 Cor 10,16). La eucaristía no solo hace el cuerpo de Cristo, sino que nos hace a nosotros el cuerpo de Cristo. No es solo consagración de elementos, sino consagración de personas. Jesús pensó “no en quedarse” entre nosotros como elemento pasivo. Sino consagrarnos a todos en la verdad y en amor. Se trata de una presencia dinámica, no estática. Donde no hay amor y concordia, no hay eucaristía.

Celebrar la eucaristía es amar. Es hacer altar de la vida, reconocer la presencia  real de Dios en nuestra historia personal, familiar, social, política y eclesial. Hay presencia “real” de Cristo en nuestras vidas cuando somos capaces de sanar las heridas de cuantos sufren, cuando impartimos consuelo y aliviamos, cuando reconocemos la dignidad de los demás, cuando practicamos la justicia y reconocemos la verdad, cuando nos esforzamos positivamente por el reconocimiento de la libertad de todos. No es posible recibir el cuerpo de Cristo y rechazar a los hermanos  porque ellos son también el cuerpo de Cristo. No se puede recibir la comunión y no ser comunión. La eclesialidad, la solidaridad, la generosidad extrema  constituyen el elemento más específico de la eucaristía  en la tradición de la Iglesia. Todas las comunidades, Movimientos cristianos y Congregaciones, al celebrar la eucaristía, deberíamos priorizar la dimensión social y caritativa como expresión expresa de lo que creemos y practicamos. Lo que en nosotros debe evangelizar es nuestra propia vida, en coherencia con Cristo y en solidaridad universal con los hombres.

Hoy, fiesta del Corpus, es Jornada de la caridad.  La eucaristía es caridad. Y la caridad perfecta es la vida entera entregada. Seamos generosos con los pobres. Nuestras Cáritas diocesanas y parroquiales son indicador ante el mundo de hasta qué punto los seguidores de Jesús, celebrando la eucaristía, somos veraces y sinceros. Demos y nos demos hasta que nos duela… como hizo Jesús en la cruz. Según Jesús, perdemos lo que nos reservamos y somos todo aquello que damos.

 

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