RESUCITAR CON CRISTO: EL TRIDUO SANTO POR DENTRO

  1. LA PASCUA, CENTRO Y FUNDAMENTO DE LA VIDA CRISTIANA

Él es nuestro camino y nuestra vida.

Los primeros cristianos celebraban la pascua judía en un contexto judío. Pero desde el momento de la resurrección de Jesús, para ellos la Pascua es Cristo resucitado. Cuando los judíos cristianos se reúnen no celebran ya otra cosa que la cena del Señor. Lo hacen los domingos desde el momento mismo de la resurrección del Señor que es quien los convoca. No conocemos en los orígenes una mención de la celebración anual de la Pascua cristiana. Pero es algo que se supone, pues ya en 1 Cor 5,7-8 Pablo dice que nuestra Pascua es Cristo. Los discursos y cartas de Pedro son una resonancia de la vigilia pascual anual, con referencias al bautismo y a las persecuciones. Los himnos y exhortaciones son de un matiz explícita y plenamente pascual. Durante el pontificado del papa Víctor (188-199) tiene lugar la gran controversia sobre la fecha de la pascua anual y las dos opiniones, celebrarla el 14 del mes de Nisan, o en el domingo siguiente, afirman tener origen apostólico.

Los elementos esenciales de la Pascua que ya aparecen en el primer momento son: el ayuno como preparación expectante a la fiesta pascual, la gran vigilia nocturna que culminaba con la luz de la mañana dominical, las lecturas y los salmos narrando la historia de la salvación y respondiendo a ella con cánticos exultantes, los ritos de la iniciación cristiana: bautismo, confirmación y eucaristía, el ágape fraterno que fundía a todos en la alegría pascual, el lucernario o celebración de la victoria de Cristo, luz del mundo, sobre las tinieblas, la prolongación de la fiesta durante todo el día primero, después durante la semana y finalmente durante cincuenta días

  1. De la vigilia pascual a la formación del Triduo Santo

Ya en el siglo IV se pasa de la vigilia pascual al Triduo Santo y a la gran semana. Los tres días son el viernes, sábado y domingo. Consideran la crucifixión, la sepultura y la resurrección del Señor. Los principales factores que contribuyeron a su formación fueron la meditación de las escrituras sobre los misterios de la vida de Cristo, la influencia de la Iglesia de Jerusalén que celebraba los misterios de Cristo en el tiempo y lugar donde acontecieron originalmente, y la progresiva ritualización de los misterios de la redención: el nacimiento de ritos, celebraciones que hacen visibles los misterios de la vida de Cristo.

En los comienzos el jueves no tuvo conexión directa con la Pascua. Fue una devoción más popular que litúrgica. Posteriormente fue entrando en la Iglesia de forma que la única Pascua de Cristo fue evocada teniendo en cuenta la cena, la cruz y la resurrección. De este modo el triduo santo quedó fijado en el jueves, viernes y vigilia nocturna del sábado.

  1. El contenido espiritual del Triduo Santo

Es, y no puede ser otro, que el de la Pascua del Señor. La vida cristiana es radicalmente vida pascual. Es hacer el camino de Jesús. El Cristo viviente, de los cielos, vive en medio de la comunidad creyente y la está vivificando en su vida gloriosa. Los misterios redentores de la vida del Señor no son conmemorados ahora sólo como recuerdo. Son actualizados ahora como sucesos de gracia y de salvación. «Conmemorando así los misterios de la redención… en cierto modo se hacen presentes para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos» (SC 102). La celebración de los misterios de la redención nos hace contemporáneos de Cristo y ahora nosotros somos su cuerpo que revive aquellos mismos misterios. Se graban en nosotros como la efigie en la moneda.

La espiritualidad del triduo sagrado es, y no puede dejar de ser, nuestra identificación con Cristo muerto, sepultado y resucitado. El drama de la redención se representa y actualiza en nuestras vidas. El Cristo que se entrega, muere de amor, y resucita, somos ahora él y nosotros. Cristo y la Iglesia. La cabeza y el cuerpo. La representación es real, sacramental, espiritual. Somos concrucificados con él (Gál 2,19), muertos en él (2 Cor 4,10), sepultados con él (Col 2,12), resucitados con él (Col 3,1), sentados ya en los cielos con él (Ef 2,5-6). El drama ambiguo de la Iglesia española actual es la desproporción entre su pobreza sacramental y la exuberancia folclórica representativa. Son muchos los que se detienen en los pasos procesionales de las calles. Apenas tienen idea de la vivencia interior del misterio de Cristo. Muchos cristianos apenas han llegado a comprender que somos ahora la visibilidad terrestre del Cristo celeste. Que nosotros prolongamos ahora su encarnación al servicio del mundo. Que nosotros somos en nuestro tiempo la visibilidad histórica del Cristo glorioso de los cielos, la encarnación de su amor a favor de todos los hombres.

El triduo, vivido por dentro, requiere dejamos sustituir por él, vivir su persona, sus acciones, sus actitudes. Reproducirlo a lo vivo. Ser hoy su pasión y muerte, su resurrección, en el contexto de las situaciones y problemas actuales. Hoy sigue siendo redención de Cristo, pero ahora en nosotros y desde nosotros, que somos su visibilidad terrena.

 

  1. VIVENCIA ESPIRITUAL DEL TRIDUO SANTO

JUEVES SANTO

Sentirme Cristo en el Jueves Santo.

Dejarme sustituir por él.

Hacer lo que él hace y como él lo hace.

Derramar mi vida en los demás.

Hacer de mis relaciones manjar y banquete para todos.

Construir la comunidad en la fraternidad y en la paz.

  1. HISTORIA, VALORES, CELEBRACIÓN
  1. a) Historia

Inicialmente el jueves no formó parte del triduo santo. No obstante, la misa de la cena se celebra en Jerusalén desde los comienzos. En Roma entra en el siglo VII. Posteriormente se añadió una misa para la reconciliación de los penitentes. Y después una tercera para la consagración de los óleos. La reforma de Pablo VI coloca la misa crismal en las catedrales el jueves por la mañana y la celebración de la cena en todas las Iglesias por la tarde como apertura e inicio de la celebración pascual.

La misa crismal no pertenece al triduo sagrado actual. La preside el obispo con los presbíteros. Actualmente se le da una significación sacerdotal o presbiteral. Pero no tiene ningún fundamento exclusivo, ni en la historia ni en los textos. El significado de los óleos, y más aún el de la Cena, hacen de la liturgia la fiesta de la comunidad. La consagración de los óleos celebra la presencia santificadora del Espíritu formando la comunidad en la diversidad de sus miembros. En la misa crismal se consagra el óleo de los catecúmenos como expresión de fuerza contra Satanás, príncipe del mal, el de los enfermos como remedio de las dolencias de cuerpo y de alma, y el santo crisma, signo de la penetración santificadora del Espíritu Santo y con el que serán ungidos los bautizados, los confirmados, los nuevos presbíteros y obispos.

En la misa vespertina se celebra la ritualización de la cruz y de la cena en la eucaristía, el memorial del Señor en el que se actualiza y representa la entrega del Señor hasta la muerte por amor. En el gesto más humano de comer y de beber está el simbolismo profundo de la acción de Cristo que, en la Eucaristía nos hace comensales del reino de Dios. Para ello no sólo transforma la materia del pan y vino: transforma, ante todo, a la comunidad en su propio cuerpo. La eucaristía no sólo hace el cuerpo de Cristo: nos hace a nosotros su cuerpo. La comunidad creyente está llamada a ser la encarnación del amor de Cristo, su biografía y revelación. Ha de hacerse acogida y hospitalidad para todos los hombres, en especial los más necesitados. La eucaristía es la construcción de la comunidad en el amor y la paz. Ella debe reflejar la entrega ilimitada de Cristo que tiene que ir fermentando a todos en la gratuidad de Dios.

En la institución de la Cena hay dos expresiones cuyo simbolismo revela con una fuerza clarividente el significado profundo de la eucaristía. Son, primero, el pan y el vino. Y después el lavatorio de los pies. Jesús, cuando pronuncia las palabras, no se dirige a los elementos materiales de pan y vino. Se dirige a las personas: «tomad y comed», «tomad y bebed». Ello nos dice que la eucaristía no termina simplemente en la transformación mágica de una cosa sagrada. Se centra sobre todo en la acción de entregarse, de darse del todo, de compartir, de poner en común, de derramar la vida en los demás. Cristo no se limita a hacerse presente con una presencia objetiva, sin más. Está presente porque se entrega, porque vive entregándose. Cristo está presente en el pan y el vino para hacer de la comunidad unida su verdadero cuerpo. Transforma los elementos en función de la transformación de las personas. Hace de nosotros comensales y concorpóreos suyos. Y nos impele a nosotros, con él y en él, a compartir, comer juntos en la mesa del rito y de la vida, a derramar nuestra vida en los demás. Marginar la fraternidad y la solidaridad es pervertir la eucaristía.

De igual modo, en el lavatorio de los pies, oficio de siervos en tiempo de Jesús, el Señor nos descubre el contenido y significado profundos de la Eucaristía como servicio de vida a favor de los otros. Jesús, en la cena, hizo de siervo de los discípulos y nos recomendó vivamente hacernos también nosotros servidores los unos de los otros. El contenido verdadero de la eucaristía no es que repitamos materialmente la escena del lavatorio de los pies, sino que, en la vida real, nos sirvamos unos a otros por amor, considerando a los demás como superiores a nosotros mismos. Que hagamos en nuestro contexto actual y social lo que Jesús hizo en el suyo.

El trasfondo pascual de la cena resulta evidente. La primera lectura nos habla de la primera pascua de la historia hebrea, de Ex 12,1-8.11-14. La segunda, de 1 Cor 11,23-26, se refiere a la institución de la Cena de Cristo, la nueva Pascua, cuyo memorial tendrá que celebrar el nuevo pueblo. El evangelio nos habla del paso de Cristo al Padre, la Pascua en su contenido fundamental (In 13,1). La celebración de la Cena encierra todo el patetismo de la primera Cena vivida por Cristo en el cenáculo, pues, como dice la oración de las ofrendas «cada vez que celebramos este memorial de la muerte de tu hijo, se realiza la obra de nuestra redención». En la consagración dirá el sacerdote: «El cual HOY, la víspera de padecer, …tomó pan… « Efectivamente, hoy, Cristo y la Iglesia, la Cabeza y el cuerpo, celebran la Pascua, el memorial actualizando el pasado en un presente que anticipa el futuro de la salvación. La Cena es el misterio de la Pascua. Representa y actualiza el paso del Señor de la muerte a la vida para que nosotros nos lo apropiemos y participemos de él. «Cada vez que con conciencia pura te acercas a la eucaristía, celebras la Pascua. Pascua es, en efecto, celebrar la muerte del Señor» (San Juan Crisóstomo).

La procesión y reserva del Santísimo en el monumento es una costumbre popular que tiene su origen en el siglo XI.

  1. b) Los valores espirituales del Jueves Santo
  • El amor ilimitado que el Padre nos tiene al entregar al Hijo por nosotros.
  • El amor del Hijo al Padre obedeciendo hasta la muerte.
  • Compartir, acoger, poner en común, comer juntos.
  • Ser fieles a lo instituido por Jesús en la Cena, derramando nosotros «hoy» nuestra vida en los hombres en el contexto de los problemas y necesidades de nuestro tiempo.
  • Construir la comunidad en la fraternidad y la paz.
  • Hacernos pan de los otros. Darnos sin límites ni condiciones.
  • Ser siempre positivos, incluso con los que nos ofenden.
  • Relacionarnos siempre con los otros desde la gratuidad y no por interés.
  • Amar incondicionalmente, sin tener en cuenta la ignominia.

c) La celebración de la Cena

Oración

Señor Dios nuestro, nos has convocado hoy para celebrar aquella misma memorable Cena en que tu Hijo, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la alianza eterna; te pedimos que la celebración de estos santos misterios nos lleve a alcanzar plenitud de amor y de vida. Por nuestro Señor Jesucristo.

Lecturas de la misa

– Primera lectura: Ex 12,1-8.11-14:

Prescripciones sobre la cena pascual: El rito de la cena pascual marcaba para los judíos el momento cumbre del año. La Pascua era su fiesta nacional, aniversario de la liberación, el día de su nacimiento. Se conmemoraba anualmente aquel día en el que quedaron constituidos como nación y familia religiosa a un tiempo.

– Salmo responsorial: 115, 12-13.15-16bc.17-18

  1. El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo

¿Cómo pagaré al Señor

todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos

en presencia de todo el pueblo.

– Segunda lectura: 1 Cor 11,23-26:

La última pascua que Jesús celebra con los discípulos establece el nuevo rito, que perpetúa activamente su muerte por la vida del mundo. En ella queda constituida la nueva familia religiosa. En la Cena, se configura el presente sobre la base del pasado anticipando el futuro.

– Evangelio según san Juan 13,1-15:

Jesús determina con su acción del lavatorio cuál ha de ser el principio fundamental que presida la vida de la Iglesia: el amor y servicio recíprocos.

Antífonas del lavatorio de pies:

Ant. 1: El Señor, después de levantarse de la Cena, echó agua en la jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos. Éste fue el ejemplo que les dejó.

Ant. 2: “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?” Jesús le replicó: “Si no te lavo a ti los pies, no tienes nada que ver conmigo”. Llega a Simón Pedro y éste le dice: – ” Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”… “Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”. “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”.

Ant. 3: Si yo, vuestro Maestro y Señor os he lavado los pies, cuánto más vosotros debéis lavaros los pies unos a otros.

Ant. 4: La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.

Ant. 5: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado, dice el Señor.

Ant. 6: Queden en vosotros la fe, la esperanza, el amor, estas tres: la más grande es el amor.

Himno  «UBI CHARITAS»

Donde hay caridad y amor, allí está Dios.
Nos congregó y unió el amor de Cristo.

Regocijémonos y alegrémonos en él.
Temamos y amemos al Dios vivo,

y amémonos con corazón sincero.

Donde hay caridad y amor, allí está Dios.
Pues estamos en un cuerpo congregados,
cuidemos no se divida nuestro afecto.

Cesen las contiendas malignas, cesen los litigios,
y en medio de nosotros esté Cristo Dios.

Donde hay caridad y amor, allí está Dios.
Veamos juntamente con los santos

tu glorioso rostro ¡oh Cristo Dios!

Este será gozo inmenso y puro.

Por los siglos de los siglos infinitos. Así sea.

  1. MEDITACIÓN: Entrar dentro del Jueves Santo

En la eucaristía somos lo que recibimos

  1. Hacia el encuentro personal con Cristo

Intenta ir más allá de las mediaciones: ideas, imágenes, representaciones mentales o escénicas, ceremonias, etc. Ahora, más que pensar en «celebrar el triduo» o de «hacer oración» en un sentido funcional, exterior, del término, piensa más bien: voy a estar con él, a solas con él, totalmente con él, dentro de él, sorprendiendo sus sentimientos íntimos, para apropiármelos.

Suplica el silencio interior y el encuentro sincero, cara a cara, personal, con él.

Cree en su amor y ábrete a él: «Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo» (]n 13,1).

  1. 2. Comulgar e identificarme con Cristo
  2. a) Cristo se hace mi eucaristía

Lo primero que vemos en la eucaristía es la entrega personal y el modo de la entrega: «Tomad y comed… esto es mi cuerpo entregado… Tomad y bebed… mi sangre derramada por muchos». Debo entender profundamente, experimentar, que Cristo se hace pan, entrega, comunión, derramamiento de su vida en mi vida, con el fin de vivir él en mí y yo en él. En la eucaristía somos aquello mismo que recibimos. Mediante ella él nos hace su cuerpo.

«Sois cuerpo de Cristo» (1 Cor 12,27).

«Tomad, comed, esto es mi cuerpo» (Mt 26,26).

   «Tomó luego un cáliz… se lo dio diciendo: bebed todos de él, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que va a ser derramada por todos para remisión de los pecados» (Mt 26,27-28).

«El cáliz de bendición que bendecimos ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? (1 Cor 10,16).

«Yo soy el pan de la vida… Éste es el pan que baja del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna… Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él. Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí» (Jn 6,48ss).

  1. b) Nosotros, eucaristía de Cristo para los demás: el amor fraterno

La eucaristía no es sólo una «materia» sagrada. Es la acción de entregarse a los hermanos y de ser uno con ellos. No se puede «recibir» la comunión y no «ser» comunión. Cristo adquiere cuerpo no sólo bajo la figura de pan, sino también bajo la forma de la comunidad. No se puede recibir el cuerpo de Cristo y rechazar a los hermanos, porque ellos son el cuerpo de Cristo. «Porque, aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan» (1 Cor 10,17).

El contenido medular de la eucaristía es hacerse esclavo de los demás: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13,12ss).

«El mayor entre vosotros sea como el menor y el que manda como el que sirve… Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,24ss).

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13,34ss). «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9).

«Vivid en el amor como Cristo os amó» (Ef 5,2).

  1. c) Características de este amor

– evangélico y sacramental: en mí ama el mismo Cristo.

– gratuito: incondicional, sin compensación, aunque no lo merezcan.

– total: sin límites ni reservas.

– interior: nacido del corazón.

  1. Reflejar a Cristo

«Pues cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga» (1 Cor 11,26).

«Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte, pues para mí la vida es Cristo» (Flp 1,20ss).

«Con Cristo estoy crucificado y, vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,19ss).

  1. La experiencia de una agonía de amor

Penetra hondamente en la pasión del corazón: la soledad, el abandono de los suyos: «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron» (]n 1,11).

«Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará» (Jn 13,21).

Pide un amor sufrido que te haga experimentar la alegría del sacrificio, no desertar del prójimo porque cuesta convivir o compartir: «Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, vida y resurrección, él nos ha salvado y libertado» (Introito de Jueves Santo).

«En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo» (Gal 6,14).

Pide saber cumplir la voluntad del Padre, y no tu gusto, aunque te cueste, y precisamente porque te cuesta: «Hágase tu voluntad no la mía» (Mc 14,36).

  1. Para la oración profunda

Toma uno de estos textos, una palabra, y ponla en los ojos, en el corazón, en la vida. Si comulgas con ella, o mejor, te dejas comulgar por ella ¿qué cambiaría en tu vida? Acoge. Comulga. Identifícate. Con la palabra más oportuna, emprende el proceso de transformación:

Salgo de mí. Voy a ti. Todo en ti. Nuevo por ti.

 

VIERNES SANTO

Sentirme Cristo en su Viernes Santo.

Pedirle que actualice en mí su pasión y muerte.

Ponerme en su lugar.

Aceptar con alegría el sufrimiento que cuesta amar.

Hacer lo que él hace y como él lo hace.

  1. HISTORIA, VALORES, CELEBRACIÓN
  1. a) Historia

Tenemos constancia de que a finales del siglo IV se celebra en Jerusalén una oración itinerante que va, el jueves por la tarde, del monte de los Olivos a Getsemaní, y el viernes, del cenáculo al monte Calvario. Allí el obispo presenta la cruz al pueblo para ser venerada. La celebración ha estado siempre centrada en la veneración de la cruz y la consideración de la muerte del Señor. La pascua se cumple en la pasión y muerte de Cristo, el cordero inmaculado, cargado con nuestros pecados y llevado al matadero. La proclamación de la pasión según el evangelio de san Juan es el acto clave de la celebración.

En el fondo de la acción litúrgica celebramos la cruz no como instrumento del suplicio del Señor, sino como exaltación del amor más fuerte que la muerte. En la cruz adoramos el sufrimiento que redime y salva. La cruz es el amor superior, total y eterno. Es el amor con que Dios nos ha amado.

Las partes esenciales de la celebración litúrgica son:

  1. La pasión proclamada

1ª lect.: Is 52,13-53: La profecía del Servidor sufriente.

2a lect.: Heb 4,14-16; 5,7-9: El carácter salvador de la obediencia de Cristo.

3a lect.: del evangelio de san Juan: La pasión de Cristo.

  1. La pasión orada

Plegarias por el mundo y la Iglesia. Oraciones del siglo V, con contenidos que probablemente alcanzan el siglo primero.

  1. La cruz adorada

Entrada solemne de la cruz y adoración de la misma.

  1. La pasión comulgada, o la comunión.

Hoy no hay celebración eucarística. Se comulga con las especies sagradas consagradas en la celebración de la cena del jueves santo.

  1. b) Los valores espirituales del Viernes Santo
  • El amor del Padre que entrega a la muerte a su propio Hijo por nosotros.
  • El dramatismo del pecado como negación de Dios y muerte o enfermedad del hombre.
  • El realismo de una redención por la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
  • El amor de Cristo expresado hasta el extremo.
  • La trascendencia del amor sufrido, amor no inhumano sino

          sobrehumano.

  • La cruz como forma de vida del cristiano: el amor supremo vivido siempre, incluso en la incomprensión y persecución.
  • Perdonar siempre e ilimitadamente.
  • Reconciliación, cercanía, proximidad, como forma de vida.
  1. c) Celebración

Oraciones de la liturgia

– Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; santifica a tus hijos y protégelos siempre, pues Jesucristo, tu Hijo, a favor nuestro instituyó por medio de su sangre el misterio pascual. Por Jesucristo nuestro Señor.

– Oh Dios, tu Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, por medio de su pasión ha destruido la muerte que, como consecuencia del antiguo pecado, a todos los hombres alcanza. Concédenos hacernos semejantes a él. De este modo, los que hemos llevado grabada, por exigencia de la naturaleza humana la imagen de Adán, el hombre terreno, llevaremos grabada en adelante, por la acción santificadora de tu gracia, la imagen de Jesucristo, el hombre celestial. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

– Dios todopoderoso, rico en misericordia, que nos has renovado con la gloriosa muerte y resurrección de Jesucristo, no dejes de tu mano la obra que has comenzado en nosotros, para que nuestra vida, por la comunión en este misterio, se entregue con verdad a tu servicio. Por Jesucristo nuestro Señor.

Liturgia de la Palabra.

– Primera lectura: Is 52,13-53,12

El dolor, considerado en el Antiguo Testamento, primero como castigo, encuentra posteriormente en Job la aceptación, que no pide más explicaciones, y en el poema del Siervo un sentido positivo: valor redentor del inocente que sufre por otros con eficacia.

– Salmo responsorial 30,2 y 6.12-13.15-16.17 Y 25
R/. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

A ti, Señor, me acojo:

no quede yo nunca defraudado;
tú que eres justo, ponme a salvo.

A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el dios leal, me librarás.

Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,

el espanto de mis conocidos;

me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,

me han desechado como a un cacharro inútil.

Pero yo confío en ti, Señor,
Te digo: “Tú eres mi Dios”.
En tu mano están mis azares;

líbrame de los enemigos que me persiguen.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.

Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.

– Segunda lectura: Hb 4,14-16; 5,7-9

El carácter salvador de la obediencia de Cristo. En este sentido se ofrece Jesús a la pasión. El Padre escucha su oración angustiada. Pero no librándole de la muerte, sino comunicándole la fuerza de aceptar y obedecer. Así “consuma” Jesús una vida que no fue sino hacer la voluntad del que le envió, ser-de-Dios-para-los-hombres.

Evangelio: Pasión de nuestro Señor Jesucristo según S. Juan (18,1-19,42)

Así se convierte en el modelo (“he aquí el hombre”, “he aquí vuestro rey”) de cuantos creen en él. Así gana para nosotros la vida y el Espíritu vivificante que nos entrega (entregó su espíritu”)

Antífonas

Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros (Sal 66.2).

Oración universal

Por la santa Iglesia: Dios todopoderoso y eterno, que en Cristo manifiestas tu gloria a todas las naciones, vela solícito por la obra de tu amor, para que la Iglesia, extendida por todo el mundo, persevere con fe inquebrantable en la confesión de tu nombre.

Por todos los ministros y fieles: Dios todopoderoso y eterno, cuyo Espíritu santifica y gobierna todo el cuerpo de la Iglesia; escucha las súplicas que te dirigimos por todos sus miembros, para que, con la ayuda de tu gracia, cada uno te sirva fielmente en la vocación a la que le has llamado.

Por la unidad de los cristianos: Dios todopoderoso y eterno, que vas reuniendo a tus hijos dispersos y velas por la unidad ya lograda; mira con amor a toda la grey que sigue a Cristo, para que la integridad de la fe y el vínculo de la caridad congregue en una sola Iglesia a los que consagró un solo bautismo.

Por los que no creen en Cristo: Dios todopoderoso y eterno, concede a quienes no creen en Cristo que, viviendo con sinceridad ante ti, lleguen al conocimiento pleno de la verdad; y a nosotros concédenos también que, progresando en la caridad fraterna y en el deseo de conocerte más, seamos ante el mundo testigos más convincentes de tu amor.

Por los que no creen en Dios: Dios todopoderoso y eterno, que creaste a todos los hombres para que te busquen, y cuando te encuentren, descansen en ti; concédeles que, en medio de sus dificultades, los signos de tu amor y el testimonio de los creyentes les lleven al gozo de reconocerte como Dios y Padre de todos los hombres.

Por los gobernantes: Dios todopoderoso y eterno, que tienes en tus manos el destino de todos los hombres y los derechos de todos los pueblos; asiste a los que gobiernan, para que, por tu gracia, se logre en todas las naciones la paz, el desarrollo y la libertad religiosa de todos los hombres.

Los improperios (Cristo en la cruz)

¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho yo,
en qué te he ofendido?
Respóndeme.

Santo es Dios. Santo y fuerte.

Santo e inmortal, ten piedad de nosotros.
Yo te guié cuarenta años por el desierto,
te alimenté con el maná

te introduje en una tierra excelente;

tú preparaste una cruz para tu Salvador.
¿Qué más pude hacer por ti?

Yo te planté como viña mía, escogida y hermosa.
¡Qué amarga te has vuelto conmigo!

Para mi sed me diste vinagre,

con la lanza traspasaste el costado a tu Salvador.
Por ti yo azoté a Egipto y a sus primogénitos;

Tú me azotaste y me entregaste.

Yo te saque de Egipto,

sumergiendo al Faraón en el Mar Rojo;
tú me entregaste a los sumos sacerdotes.
Yo abrí el mar delante de ti;

tú con la lanza abriste mi costado.

Yo te guiaba con una columna de nubes;
tú me guiaste al pretorio de Pilato.

Yo te sustenté con maná en el desierto;
tú me abofeteaste y me azotaste.

Yo te di a beber el agua salvadora

que brotó de la peña;

tú me diste a beber vinagre y hiel.
Por ti herí a los reyes cananeos;

tú me heriste la cabeza con la caña.
Yo te di un cetro real;

tú me pusiste una corona de espinas.
Yo te levanté con gran poder;

tú me colgaste del patíbulo de la cruz.

Himno a la cruz

¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!

Jamás el bosque dio mejor tributo

en hoja, en flor y en fruto.
¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

Cantemos la nobleza de esta guerra,
el triunfo de la sangre y del madero;

y un Redentor, que en trance de Cordero,
sacrificado en cruz, salvó la tierra.

¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!

Jamás el bosque dio mejor tributo

en hoja, en flor y en fruto.

Dolido mi Señor por el fracaso

de Adán, que mordió muerte en la manzana,
otro árbol señaló, de flor humana,

que reparase el daño paso a paso.

¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!

Y así dijo el Señor: ¡Vuelva la Vida
y que Amor redima la condena!

La gracia está en el fondo de la pena
y la salud naciendo de la herida.

¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!

Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto.

¡Oh plenitud del tiempo consumado!

Del seno de Dios Padre en que vivía,
ved la Palabra entrando por María
en el misterio mismo del pecado.

¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida

empieza con un peso tan dulce en su corteza!

¿Quién vio en más estrechez gloria más plena

ya Dios como el menor de los humanos?
Llorando en el pesebre, pies y manos

le faja una doncella nazarena.

¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!

En plenitud de vida y de sendero,

dio el paso hacia la muerte porque él quiso.
Mirad de par en par el paraíso

abierto por la fuerza de un Cordero.

¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

Vinagre y sed la boca, apenas gime;
y al golpe de los clavos y la lanza,

un mar de sangre fluye, inunda, avanza
por tierra, mar y cielo y los redime.

¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

Ablándate, madero, tronco abrupto
de duro corazón y fibra inerte;
doblégate a este peso y esta muerte

que cuelga de tus ramas como un fruto.

¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

Tú sólo entre los árboles, crecido
para tender a Cristo en tu regazo;

tú el arca que nos salva, tú el abrazo
de Dios con los verdugos del Ungido.

¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

Al Dios de los designios de la historia,
que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;
al que en cruz devuelve la esperanza

de toda salvación, honor y gloria. Amén.

Salmos sobre la pasión
Agonía: 40, 53, 68.
Traición de Judas: 51,108.

Ante el sumo sacerdote: 2, 37, 55, 93.
Encarcelado: 56, 87,139.

Cargado con la cruz: 7, 39, 58, 72.
Crucifixión: 21, 55, 56, 87, 142.
Sepultura: 15.

Viacrucis bíblico:

(Ver «El libro de la vida cristiana», de Francisco Martínez, Editorial Herder, pág. 103

 

  1. MEDITACIÓN: Entrar dentro del Viernes Santo

La muerte de Cristo como entrega de amor

No se trata de ponerse sólo ante verdades o ante imágenes que se quedan en sentimientos. Se trata, si tengo fe viva y soy valiente, de mirar a Cristo en la cruz, o mejor, de dejarme mirar por él de modo que su persona y su pasión entren dentro de mí y queden dentro, muy dentro, no solo en la imaginación y entendimiento, sino en la afectividad, en el corazón. Debo ver en cada texto a Cristo mismo en un aspecto de su persona y de su sufrimiento que yo debo compartir.

  1. El pecado, mal del hombre

A la luz de la muerte de Cristo, el pecado es comprendido como mal de Dios y máxima tragedia del hombre. Es rebelión del hijo contra su padre (Is 1,2; Jer 3,20), adulterio y prostitución de la esposa infiel (Os 2,4), traición al amor (Jer 3,20), es homicida (1 Jn 3,8-12), el causante de la muerte de Cristo (Rm 8,32).

  1. el amor eterno de Dios como amor-entrega de sí

Que Dios ame al hombre es ya algo inconcebible. Pero que Dios haya querido expresar históricamente su amor en el acontecimiento de la cruz, como verdadera muerte de amor, es algo que sobrepasa hasta nuestra capacidad de imaginar. Jesús nos revela dónde está la fuente del amor-entrega que él vive en la cruz. El conocimiento que él tiene de sus ovejas tiene su relación y fundamento con el conocimiento mutuo del Padre y del Hijo. El Padre ama al mundo. El Hijo ve este amor del Padre a los hombres y, entonces, acepta del Padre la misión de redimir el mundo dando su vida por sus ovejas. Jesús dice: «Yo soy el buen pastor; y conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo a él, y doy mi vida por las ovejas… El Padre me ama porque doy mi vida… Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; ésa es la orden que he recibido de mi Padre» (Jn 10,14-18). La fuente del amor de Dios está en la entraña eterna del Dios Trinidad. La cruz es un suceso en la historia. Pero la fuente y raíz de la cruz es el amor eterno del Padre, antes de la historia temporal. Darse del todo, desde la misma entraña, y para siempre, es el modo característico de amar de Dios. Si bien Dios no sufre, ni puede sufrir, el amor que se hace «entrega de sí», que motiva la cruz, radica en el ser eterno de Dios. Un amor absoluto y eterno tenía que expresarse, supuesta la encarnación, en la radicalidad de una entrega sin límites en el acontecimiento temporal de la cruz. No se trata de un predeterminismo fatal y necesario. Se trata del núcleo de la libertad y gratuidad mismas de Dios. Hay conexión entre la cruz y la entraña eterna de Dios antes del nacimiento del tiempo y de la historia. El canto del siervo de Yahveh, de Isaías, hace referencia profética al sacrificio de Cristo. «¡Eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que él soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus heridas hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca» (Is 53, 4-7).

Los textos del nuevo testamento son fuertemente expresivos: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

«En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; -en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera! Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida» (Rom 5,6-10).

«El que no se reservó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?… ¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Rm 8,32).

«En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 (Jn 4,9-10).

 

 

 

SÁBADO SANTO

 

Sentirme sepultado y resucitado con Cristo

Sentirme dándolo todo hasta el límite
Anti
cipar, en todo, la novedad pascual

 

  1. HISTORIA Y SIGNIFICADO

El altar desnudo, el sagrario vacío, las lámparas apagadas crean la sensación de una ausencia. Domina el silencio en medio de una paz grande. Hay paz porque ha habido cruz. La muerte de Cristo es victoriosa porque con ella la muerte ya no es el fin, la muerte muere. La Iglesia medita la pasión de Cristo. Cristo muerto y sepultado significa el colmo de la fidelidad y de la entrega. Lo dio todo. «Todo está cumplido» (Jn 19,30).

El sábado santo venera el descanso de Jesús en el sepulcro, su bajada a los infiernos, el encuentro misterioso con todos aquéllos que esperaban su victoria. En los primeros siglos la característica principal de este día era el ayuno que se prolongaba hasta la vigilia pascual. También tenía lugar «la devolución del símbolo», la proclamación en público de la fe de los catecúmenos ante la asamblea de los fieles.

Una fina sensibilidad eclesial se centró en acompañar a María, la madre dolorosa en la experiencia sufriente de su soledad.

  1. MEDITACIÓN: El significado profundo del Sábado Santo

Abandonarnos en Dios

La contemplación del cuerpo muerto de Cristo en el sepulcro nos habla del desastre al que llevan las fuerzas del mal. Pero nos habla, ante todo, de la victoria del amor sufrido sobre el desorden establecido por el egoísmo. La muerte aceptada es la victoria sobre el mal. El cuerpo muerto nos dice «todo está cumplido» (Jn 19,30). Es el límite sin límite de la entrega absoluta.

  1. Dejarse obrar por Dios

Dios es el Dios de la vida. Más: es Padre. Todo lo envuelve en un orden de providencia paternal. En un contexto psicológica y ambientalmente hostil y pecador, él no puede dejar de queremos y de que vivamos con él y como él. Él quiere conducir los destinos de la historia de cada hombre.

«Todos los que se dejan conducir por el Espíritu son hijos de Dios» (Rom 8,14).

Abrahán, Moisés, son personajes cuyas vidas revelan una historia conducida por Dios. Toda la vida de Cristo es la voluntad del Padre: «Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo… Entonces dije: he aquí que vengo… a hacer, oh Dios, tu voluntad» (Hbr 10,5ss).

«¿No sabíais que yo debía estar ocupado en las cosas de mi Padre?” (Lc2,49).

«Mi alimento es hacer la voluntad de quien me envió» (Jn 4,34).

  1. Mis caminos no son vuestros caminos

Cristo vence por el aparente camino de la derrota. Es vencedor precisamente por aceptar ser víctima. Su resurrección procede de la muerte.

«Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos… Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros» (Is 55,8-9).

Los bienaventurados, para Cristo, son los malaventurados del mundo: los pobres, los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y sed, los misericordiosos, los perseguidos… En las tentaciones Jesús rechaza el poder, la ambición, el provecho propio, el mesianismo triunfal. Acepta el mesianismo del servidor paciente (Lc 4,1ss; Mt 17,12): «Pero él, volviéndose dijo a Pedro: quítate de mi vista, Satanás. Tropiezo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23).

En Getsemaní: «Padre mío: si es posible, pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mt 26,39).

«El hombre psíquico no capta las cosas del Espíritu de Dios: son necedad para él” (1 Cor 2,14).

«Si alguno se cree sabio… hágase necio para llegar a ser sabio; pues la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios» (1 Cor 3,19).

«Los parientes (de Jesús) decían: está fuera de sí» (Mc 3,21).

«Muchos decían: está loco» (Jn 10,20).

  1. El fracaso tiene sentido redentor

«Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32).

«Si el grano de trigo no cae y muere, no da fruto» (Jn 12,24).

«… se despojó de sí mismo… se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,6ss).

«Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios… Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres» (1 Cor 1,18.22-25).

  1. La resurrección de Cristo es nuestra resurrección

«Pero Dios, rico como es en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia habéis sido salvadosy con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús» (Ef 2,4ss).

«Así, pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, también vosotros apareceréis gloriosos con él» (Col 3, 1-4).

«Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios que le resucitó de entre los muertos» (Col 2,12).

Mis caminos, ¿son los de la cruz? ¿Me domina en exclusiva el principio de la eficacia? ¿Hasta qué punto creo en la eficacia de la oración y la del sufrimiento callado?

  1. Para la oración profunda

Entra dentro del cuerpo muerto de Jesús en el sepulcro. Él ya no muere. Está siempre vivo. Pero puedes verlo como el cumplimiento pleno de la voluntad del Padre. Es la expresión suprema de un amor sin límites. Lo dio todo. Entra dentro. Déjate confrontar por Cristo. Tus límites son precarios. Pesas, mides, calculas tus generosidades con inmensa tacañería. Sigues tus caminos, no los de Dios. Toma un texto y mételo en tus debilidades. Déjate ocupar por el amor y obediencia de Cristo hasta el límite de no tener límites. Entra en el texto. Es Cristo viviente. Quédate en él. Realiza el proceso de conversión:

Salgo de mí. Voy a ti. Todo en ti. Nuevo por ti.

 

 

 

 

LA VIGILIA PASCUAL

 

Dejarme resucitar con Cristo
Enterrar el estilo de vida pagano

y vivir el estilo de los hijos de Dios.
Dejarme invadir por su paz e irradiarla.

Dejarme conducir por el Espíritu del Resucitado
amando siempre y en todo
.

 

 

  1. PREPARACIÓN

 

La Pascua, o el día que hace el Señor

  1. Significado de la pascua

La Pascua de Cristo no es solo un suceso que acontece dentro de la historia. Es un acontecimiento que funda y configura la historia. Es el nuevo Génesis que hace nuevas todas las cosas (Is 43,19).

El núcleo de la predicación apostólica es: el Viviente, Cristo, vive dentro de la comunidad y la está vivificando en su misma resurrección. Dios sigue «pasando» por su pueblo y le otorga la vida nueva en Cristo resucitado. Ahora el don increíble de Dios a su pueblo ya no es la antigua liberación de Egipto. Es una liberación de todas las servidumbres exteriores e interiores. Es la introducción del pueblo en el «Hoy» eterno de Cristo resucitado, en «la plenitud de los tiempos» (Gal 4,4), «en los últimos días» (Hbr 1,2), en «la última hora» (1 Jn 2,18). La nueva pascua hace a los hombres contemporáneos de Cristo y de los misterios redentores de su vida. Los creyentes de todos los tiempos y lugares revivirán el mismo suceso original de Cristo implicando en él sus problemas y tensiones para poder renovar la creación entera, sometida a la frustración (Cf Rm 8,19s).

De este modo la Pascua es memoria (Cristo muerto y resucitado), es misterio (nosotros ahora, incorporados a Cristo estamos pasando de la muerte a la vida) y es profecía o anticipación del futuro (participando de la pascua, anticipamos en nosotros la vida eterna).

  1. La ritualización de la pascua

Cristo con su muerte destruye el hombre viejo. Resucitando él nos resucita a nosotros. Nosotros somos resucitados en su misma resurrección. Cristo tomó el suceso de su muerte y resurrección y lo ritualizó en la cena. La cena es la cruz-resurrección que se actualiza en la eucaristía. La eucaristía es la muerte-resurrección de Jesús hecha posible gracias a la institución de la cena. Jesús mandó a su Iglesia celebrar su memorial haciendo lo mismo que él hizo. Ahora la pascua es el suceso no de Cristo solo, sino de Cristo y la Iglesia, de la cabeza y el cuerpo.

  1. La pascua, don de Dios a su Iglesia

La Pascua es siempre una intervención gratuita de Dios que salva. En la pascua hebrea Dios libera a su pueblo de la servidumbre de Egipto y le encamina hacia la tierra de la libertad. En Cristo, Dios interviene para sacarle del sepulcro y de la muerte y otorgarle la resurrección. Ahora Dios nos está dando al Hijo para que vivamos por él. Le ha constituido Señor, nuevo Adán, Espíritu vivificante. Sentado a la derecha del Padre envía el Espíritu a la Iglesia, su cuerpo. La vida de la Iglesia es la resurrección de Jesús. Cristo resucitado vive en la Iglesia. La vida cristiana es advertir esta presencia y hacerla propia. La misión, el apostolado, la misma fe, no son sino el testimonio de esta experiencia nueva. Es poder decir: «somos testigos». Todo ello es don de Dios.

4. La pascua, fuente de la vida nueva

La resurrección de Jesús es ahora la vida de la Iglesia. Y la Iglesia es, debe ser, Pascua del mundo, el fermento de la nueva humanidad. Esta novedad debe alcanzar a todas las realidades terrenas. La Iglesia ha de celebrar el memorial del Señor. Pero no debe estancarse en una rutina de gestos meramente celebrativos. Celebrar la Pascua es hacer nuevas todas las cosas en la vida real.
No se pueden separar el culto y la vida. Jesús critica el culto vacío. «Misericordia quiero y no sacrificio» (Os 6,6 evocado en Mt 9,13 Y 12,7). «Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí» (Is 29,13, evocado en Mt 15,8-9). Jesús expresó duras críticas contra el formalismo cultual. Afirmó que el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado, que el culto no es agradable a Dios si no está en armonía con lo que significa; que la reconciliación es necesaria para que el sacrificio sea aceptable. Más: Jesús anunció la llegada de un nuevo régimen cultual. El vino nuevo del evangelio no puede ser puesto en los odres viejos de la ley (Mc 2,21-22). En la muerte de Jesús el velo del templo «se rasgó por medio» (Lc 23,45); «de arriba abajo» (Mc 15,38 y Mt 27,51). El «Santo de los santos» queda vacío a partir de aquel instante. Ahora el templo ya no es un templo: el templo de la presencia de Dios es el cuerpo del Resucitado (Juan) o la comunidad de los fieles (Pablo). Y el sacrificio ya no es un sacrificio, sino la vida santa de los creyentes. Y los sacerdotes ya no son una casta, sino todo el pueblo, «pueblo sacerdotal» (1 Pdr 2,9).

Es de importancia extrema comprobar que en el nuevo testamento culto no significa las actividades litúrgicas de los cristianos, ni la de los ministros que los presiden. Ese término se emplea solo referido a Cristo, por una parte, y por otra, a la vida cotidiana de los creyentes en la medida en que está informada por el Espíritu. «Os exhorto, pues, hermanos por la misericordia de Dios a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios; tal será vuestro culto espiritual» (Rom 12,1). «El hacer el bien y el compartir los bienes, esos son los sacrificios que agradan a Dios» (Hbr 13,15-16). Es en el siglo IV, de modo tímido, y más claramente en el siglo VI, cuando los términos «sacrificio» y «sacerdocio», se refieren a la eucaristía y a los ministros que la presiden. Pero permaneciendo la verdad de fondo: a partir de Cristo, el nuevo sacerdocio es el pueblo de Dios, y el nuevo sacrificio es la vida santa en el mundo.

La evangelización en la comunidad apostólica de la iglesia primitiva se centraba en esta afirmación: «somos testigos». Este era el kerigma o anuncio de choque. No enseñaban prioritariamente verdades o normas. Ofrecían el testimonio asombroso de la vida nueva, de una experiencia interior que se irradiaba en un comportamiento lleno de alegría, de una fraternidad y amor increíbles. «La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común. Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de la venta, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hch 4,32-35). De este modo se apreciaba con claridad meridiana que la pascua era la vida nueva de Jesús que informaba el corazón y el comportamiento de la comunidad y que se expresaba en un testimonio social capaz de eliminar todas las esclavitudes y de fundir a todos en una fraternidad de comunión asombrosa. Y es en esa sorprendente fraternidad donde se irradiaba toda la fuerza evangelizadora de la expresión: «somos testigos».

Así, los cristianos, celebrando a Cristo en la vida real, se convierten en signos de su presencia, millones de signos vivos convertidos en «luz del mundo» (Mt 5,14). La Iglesia no puede ser entendida como un simple conservatorio de ritos.

  1. La pascua, don de paz, de amor y alegría

a) Es don de paz. La paz es la integral armonía del ser que ha llegado a alcanzar su plenitud. Cristo, en la redención, mata en su carne el pecado, la desarmonía, y restablece la paz total: la del hombre consigo mismo, la de los hombres con los hombres, la del hombre con Dios. «Él es nuestra paz” (Ef 2,14). «Mi paz os dejo, mi paz os doy; no como la da el mundo la doy yo” (Jn 14,27). Todas las apariciones del resucitado son transmisiones de paz: «Se pone delante y les dice: paz a vosotros… les dijo por segunda vez: paz a vosotros… Se pone delante y les dice: paz a vosotros» (Jn 20, 19.21.26). La paz es la vida pascual.

b) Es don de alegría. En la psicología moderna la alegría es uno de los sentimientos humanos. Se la incluye también en el catálogo de las emociones. En ambos casos la alegría depende de la periferia del ser, y no del ser profundo del hombre. La Pascua de Cristo relaciona la alegría con la profundidad del ser. Es, ante todo, felicidad. Es victoria sobre el caos, el sinsentido, la indeterminación. La paz es la restauración del hombre como proyecto e imagen de Dios. Y Dios no sólo es alegre: es la Alegría. Cristo la comunica. «Padre, quiero que mi alegría esté en ellos colmada» (Jn 17,13). Esta alegría es el ser mismo de los creyentes. Es el reflejo de la fe en Cristo resucitado. Los cristianos no son solo buenos: son alegres. Por eso permanecen alegres incluso en la persecución. «Los apóstoles salían más alegres por haber sido dignos de padecer por el nombre» (Hch 5,41). «Cuando os injurien, alegraos y regocijaos» (Mt 5,12). «Alegraos en la medida en que participáis de los sufrimientos de Cristo» (1 Pdr 4,13). La alegría no es otra cosa que la experiencia pascual. Quien no la posee podrá tener momentos alegres, pero no tendrá la alegría esencial.

c) Es don de amor. La Pascua es todo el amor de Dios dado. La revelación se esfuerza en demostrar cuál es el motivo y el fin de la redención: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo» (Jn 3,16). «Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo» (Jn 13,1).

La Pascua es la experiencia del amor de Dios. Es la misma entrega de Cristo que se hace también entrega en el hombre y desde el hombre. La vida cristiana es vida de amor. Y el amor no es sino el reflejo de la vida pascual. Como textos para la oración pueden tomarse entre los que se consignan a continuación

  1. CELEBRACIÓN DE LA VIGILIA

 

Significado de la Pascua

La vigilia representa una noche en la que nace la luz. Es la fiesta de la luz, de la libertad, la fiesta de la nueva humanidad. No se detiene en la consideración de la resurrección histórica de Cristo. Celebra el misterio de la nueva vida de la humanidad, nuestro paso a la vida de Cristo resucitado. La vida nueva, de resurrección, es la vida en Cristo. La Vigilia pascual es la madre de todas las fiestas. Es la fiesta única y total. Todas las fiestas no son sino una chispa y participación del acontecimiento pascual. En ella Cristo resucitado nos resucita de su misma resurrección. Es la noche que brilla más que el sol. Es el día del Señor, o domingo.

La liturgia de la vigilia no debe ser anticipada ni mutilada, pues se desvirtúa su significado profundo. No debemos adaptarla a nosotros. Somos nosotros quienes debemos adaptarnos a ella.

Es memoria de Cristo muerto y resucitado. Es misterio en el que nosotros, la asamblea, pasa de la muerte a la vida. Y es profecía: pues la pascua anticipa la salvación.

En la primera Iglesia la obligatoriedad de participar en la vigilia era total. Llegaba a ser inconcebible, imposible, ser cristiano y no participar. Es necesario partir al menos al caer de la noche. Tiene su simbolismo profundo. La luz de Cristo resucitado vence las tinieblas. Él es la Luz total.

El fuego se bendice fuera de la Iglesia. De él va a brotar la luz, Cristo. Con las candelas encendidas nosotros, que somos los exilados, entramos en el templo, la nueva Jerusalén, en pos de Cristo. El fuego es también el elemento primordial, origen remoto de la vida, y que abrasa lo que está viejo e inservible. La procesión evoca también la peregrinación del pueblo hebreo a través del desierto siguiendo la columna de fuego.

Colocado el cirio pascual en lugar eminente, se canta el pregón pascual, una plegaria bellísima de acción de gracias por la resurrección de Cristo, nuestra resurrección. Es una pieza maestra de la liturgia cristiana.

Terminado el pregón pascual, comienza la liturgia de la palabra. Antiguamente eran doce lecturas. Hoy son siete, elegidas entre las primeras. Es la catequesis más profunda y general de la Iglesia de todos los siglos y que hunde sus raíces en la tradición judía. Es como si ante el cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, se hiciera una rememoración de toda la historia de la humanidad. La nueva historia, apoyada en la antigua, se fundamenta en él. Los judíos evocaban en la noche pascual las cuatro «noches»: la de la creación del mundo, la del sacrificio de Abraham (nacimiento de la fe), la del éxodo (nacimiento del pueblo), y la de la venida del Mesías. Las cuatro primeras lecturas se refieren a la creación del mundo, al sacrifico de Abraham, al paso del Mar Rojo, y un texto escatológico de Isaías. Luego siguen tres lecturas de contenido bautismal: el agua fecunda (Js 55,1-11), la claridad de la luz (Baruc 3,9-15.32,4), el agua pura y el corazón nuevo (Ez 36,16-29). La lectura de la carta a los romanos es también bautismal (R 6,3-11). Narra el bautismo como realización dramatizada de la muerte y resurrección de Cristo en el cristiano. Cada lectura es acompañada de su correspondiente salmo responsorial. Cantado el aleluya -es el cántico del cielo- por toda la asamblea, se proclama el evangelio que testifica: «ha resucitado» (Mt 28,6-9).

Después de la homilía tenía lugar el bautizo de los catecúmenos. El misterio del enterramiento del hombre viejo y de la salida del sepulcro del nuevo. La muerte y resurrección del Señor comunicada y participada. La entrada en la vida eterna.

Seguidamente se celebra la eucaristía que hace de nosotros el cuerpo de Cristo, la anticipación de su vida gloriosa.

 

Celebración litúrgica

Bendición del fuego
Cristo ayer y hoy,

Principio y Fin.

Alfa. Y Omega.

Suyo es el tiempo, y la Eternidad.
A él la gloria y el poder,

por los siglos de los siglos. Amén.
Por sus llagas santas y gloriosas,
nos proteja y nos guarde
Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 Canto a Jesucristo, luz

Oh Luz gozosa de la santa Gloria
del Padre Celeste e Inmortal,

¡Santo y Feliz Jesucristo!

Al llegar el ocaso del sol,
contemplando la luz de la tarde,

cantamos al Padre y al Hijo y al Espíritu de Dios.

Tú eres digno de ser alabado
siempre por santas voces.

Hijo de Dios que nos diste la vida,
el mundo entero te glorifica.

Pregón pascual

En verdad es justo y necesario aclamar con nuestras voces y con todo el afecto del corazón a Dios invisible, el Padre todopoderoso, y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y, derramando su sangre, canceló el recibo del antiguo pecado.

Porque éstas son las fiestas de Pascua en las que se inmola el verdadero cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles.

Esta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas nuestros padres, y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.

Esta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del pecado.

Esta es la noche en la que, por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos.

Esta es la noche en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo! Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal redentor!
¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos.

Ésta es la noche de la que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo». Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos.

En esta noche de gracia acepta, Padre santo, este sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia te ofrece por medio de sus ministros en la solemne ofrenda de este cirio hecho con cera de abejas. Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de Dios. Y aunque distribuye su luz, no mengua al repartirla, porque se alimenta de esta cera fundida, que elaboró la abeja fecunda para hacer esta lámpara preciosa.

¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino.

Te rogamos, Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche, y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo. Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo resucitado que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos. Amén.

Lecturas bíblicas y salmos responsoriales

Primera lectura: Gn 1,1-31; 2,1-2: Vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno.

Salmo 103: Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor,
¡Dios mío qué grande eres!

Te vistes de belleza y majestad,

la luz te envuelve como un manto.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;

la cubriste con el manto del océano,

y las aguas se posaron sobre las montañas.

De los manantiales sacas los ríos

para que fluyan entre los montes,
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.

Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados

y forraje para los que sirven al hombre.

¡Cuántas son tus obras Señor!,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
¡Bendice, alma mía, al Señor!

Segunda lectura: Gn 22,1-18: Sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe.
Salmo 15: Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano.

Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,

y mi carne descansa serena:

porque no me entregarás a la muerte

ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Tercera lectura: Ex 14,15 -15,1: Los israelitas entraron en medio del mar a pie enjuto.

Cántico, Ex. 15,1-2.3-4.5-6.17-18: Cantemos al Señor, sublime es su victoria.

Cantemos al Señor, sublime es su victoria;

caballo y jinete ha arrojado en el mar.

Mi fuerza y mi poder es el Señor.

Él fue mi salvación.

Él es mi Dios: yo lo alabaré;

el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré.

El Señor es un guerrero,

su nombre es el Señor.

Los carros del faraón los lanzó al mar,

ahogó en el Mar Rojo a sus mejores capitanes.

Las olas los cubrieron,

bajaron hasta el fondo como piedras.
Tu diestra, Señor, es fuerte y terrible;
tu diestra, Señor, tritura al enemigo.

Los introduces y los plantas

en el monte de tu heredad,

lugar del que hiciste tu trono, Señor.
santuario, Señor, que fundaron tus manos.
El Señor reina por siempre jamás.

Cuarta lectura: Is 54,5-14: Con misericordia eterna te quiere el Señor, tu redentor.

Salmo 29: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Sacaste mi vida del abismo,

 y me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

  Tañed para el Señor, fieles suyos;

  dad gracias a su nombre santo,

su cólera dura un instante;
su bondad de por vida;

al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí,

 Señor, socórreme.

 Cambiaste mi luto en danzas.

 Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

Quinta lectura: Is 55,1-11: Venid a mí y viviréis; sellaré con vosotros alianza perpetua.

Canto Is 12,2-6: Sacaréis aguas con gozo, de las fuentes de la salvación.

El Señor es mi Dios y mi salvador.
confiaré y no temeré,

porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación.

Dad gracias al Señor,
invocad su nombre

contad a los pueblos sus hazañas,
proclamad que su nombre es excelso.

Tañed para el Señor, que hizo proezas;
anunciadlas a toda la tierra;

gritad jubilosos, habitantes de Sión:

«¡Qué grande es en medio de ti, el Santo de Israel!»

Sexta lectura: Bar 3,9-15.32 -4,4: Camina a la claridad del resplandor del Señor.

Salmo 18: Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

La ley del Señor es perfecta

y es descanso del alma;

el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón,

la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;

Los mandatos del Señor son verdaderos

y eternamente justos.

Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;

más dulce que la miel de un panal que destila.

Séptima lectura: Ez 36,16-28: Derramaré sobre vosotros un agua pura y os daré un corazón nuevo.

Salmo 41: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío.

Mi alma tiene sed de Dios,
del Dios vivo:

¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

Desahogo mi alma conmigo:

¡cómo marchaba a la cabeza del grupo
hacia la casa de Dios,

entre cantos de júbilo y de alabanza,
en el bullicio de la fiesta!

Envía tu luz y tu verdad;

que ellas me guíen y me conduzcan
hasta tu monte santo,

hasta tu morada.

Que yo me acerque el altar de Dios,
al Dios de mi alegría;

que te dé gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío.

Epístola: Rom 6,3-11: Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más.

Salmo 117: ¡Aleluya, aleluya, aleluya!

Dad gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Diga la Casa de Israel:

Eterna es su misericordia.

La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa.

No he de morir, viviré

para contar las hazañas del Señor.

La piedra que desecharon los arquitectos,

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

es un milagro patente.
Evangelio: Mt 28,1-10 (A); Mc 16,1-8 (B); Lc 24,1-12 (C): ¡Ha resucitado!

  1. c) Prefacio pascual

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación,
glorificarte siempre, Señor,

pero más que nunca en este día

en que Cristo, nuestra pascua, ha sido inmolado.

Porque él es el verdadero Cordero
que quitó el pecado del mundo,
muriendo destruyó nuestra muerte,
y resucitando restauró la vida.

Por eso, con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría,

y también los coros celestiales,

los ángeles y arcángeles,

cantan sin cesar el himno de tu gloria.

 

Antífona Mariana

 

REINA DEL CIELO

 

Reina del cielo, alégrate, aleluya,

porque el Señor, a quien has merecido llevar, aleluya,

ha resucitado, según su palabra, aleluya.

Ruega al Señor por nosotros, aleluya.

Goza y alégrate, Virgen María, aleluya.

Porque resucitó verdaderamente el Señor, aleluya

 

CÁNTICOS E HIMNOS PASCUALES

CÁNTICO: Canto a la iniciativa de Dios en Cristo Salvador (Ef, 3-10).

Bendito sea Dios,

Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,

para que fuésemos santos

e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,

a ser sus hijos,

para que la gloria de su gracia,

que tan generosamente nos ha concedido

en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,

el perdón de los pecados.

El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer

el misterio de su voluntad.

Este es el plan que había proyectado
realizar por Cristo

cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

CÁNTICO: Anonadamiento y exaltación de Cristo (Fil. 2,6-11).

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango

y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,

y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo

y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»
de modo que al nombre de Jesús

toda rodilla se doble

en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:

Jesucristo es Señor,

para gloria de Dios Padre.

HIMNO: a Cristo resucitado, redentor del hombre y Sor del universo: (CoI,12-20).

Damos gracias a Dios Padre,

que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,

el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;

porque por medio de él fueron creadas todas las cosas:

celestes y terrestres, visibles e invisibles,

Tronos, Dominaciones, Principiados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.

El es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.

Es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres:

los del cielo y los de la tierra,

haciendo la paz por la sangre de su cruz.

 

CÁNTICO: Sus heridas nos han curado (1P 2,21-24).

Cristo padeció por nosotros,
dejándonos un ejemplo

para que sigamos sus huellas.

Él no cometió pecado

ni encontraron engaño en su boca;

cuando lo insultaban, no devolvía el insulto;
en su pasión no profería amenazas;

al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente.

Cargado con nuestros pecados,
subió al leño,

para que, muertos al pecado,
vivamos para la justicia.

Sus heridas nos han curado.

CÁNTICO: de los redimidos (Ap 4,11;5,9.10.12).

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;

porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado

y con tu sangre compraste para Dios

hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación,
y has hecho de ellos para nuestro Dios

un reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra.

Digno es el cordero degollado

de recibir el poder, la riqueza,
la sabiduría, la fuerza, el honor,
la gloria y la alabanza.

 

CÁNTICO: las bodas eternas (Ap 19,17).

Aleluya.

La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.

Aleluya.

Alabad al Señor sus siervos todos,

los que le teméis, pequeños y grandes.

Aleluya.

Porque reina el Señor, nuestro Dios,
dueño de todo,

alegrémonos y gocemos y démosle gracias.

Aleluya.

Llegó la boda del Cordero,
su esposa se ha embellecido.

Aleluya.

 

CÁNTO A CRISTO, SEÑOR DE LA NUEVA HUMANIDAD

Cristo, Principio y Fin,
mi principio y mi fin,
mi eternidad.

Manantial, origen, meta.
Sentido de mi existencia.
Consistencia de mi ser.

He sido diseñado y elegido en ti.
Soy tu imagen.

El Padre me ama en el amor con que te ama a ti.
Tú eres mi Plenitud.

Estás más dentro de mí que yo.

Eres para mí más que lo soy yo en mí.

Mi futuro. Mi gloria. Mi bienaventuranza.
Mi dicha. Mi gozo. Entrega. Testigo fiel.
Don. Gracia. Sabiduría.

Justificación. Santificación.

En ti el amor del Padre es irrevocable.
Torrente de Delicias.

En tu Luz veremos la luz.

En ti vivo, me muevo y existo.
Me sumerjo en ti.

Me desvanezco en ti.
Sustitúyeme.

Prolonga en mí tu encarnación.
Revísteme de ti.

Ya no vivo yo, eres tú quien vive en mí.

 

 

ÍNDICE:

 

  1. La Pascua, centro y fundamento de la vida cristiana
  2. Vivencia espiritual del Triduo Santo

El Jueves Santo

Historia, valores y celebración

Los valores espirituales del jueves santo

La celebración de la Cena

Meditación: Entrar dentro del Jueves Santo

El Viernes Santo

Historia, valores y celebración

Los valores espirituales del Viernes Santo

Celebración

Meditación: Entrar dentro del Viernes Santo

El Sábado Santo

Historia y significado

Meditación: El significado profundo del Sábado Santo

La Vigilia Pascual

Preparación

Celebración litúrgica

Cánticos e himnos pascuales

 

RESUCITAR CON CRISTO

EL TRIDUO SANTO POR DENTRO

  1. LA PASCUA, CENTRO Y FUNDAMENTO DE LA VIDA CRISTIANA
  2. La Pascua, fiesta única y total

La Iglesia de los orígenes apostólicos no celebró sino una sola fiesta, la Pascua. No sólo era la fiesta por excelencia, sino la única fiesta, la fiesta total, al lado de la cual no podía existir ninguna otra. La muerte y resurrección de Cristo era el núcleo de la predicación apostólica y el contenido de los sacramentos. Jesús se aparece «en el primer día de la semana», es «el día que hace el Señor». La Pascua, o domingo, es tan antigua como la Iglesia. Todas las celebraciones nacen de la Pascua. La Pascua es Cristo, su nueva vida comunicada. En la Pascua la Iglesia se une a Cristo, su Cabeza, para que el trance de su paso de la muerte a la gloria sea también nuestro paso, o Pascua, del egoísmo a la gracia y del mundo al Padre. Él es nuestro camino y nuestra vida.

Los primeros cristianos celebraban la pascua judía en un contexto judío. Pero desde el momento de la resurrección de Jesús, para ellos la Pascua es Cristo resucitado. Cuando los judíos cristianos se reúnen no celebran ya otra cosa que la cena del Señor. Lo hacen los domingos desde el momento mismo de la resurrección del Señor que es quien los convoca. No conocemos en los orígenes una mención de la celebración anual de la Pascua cristiana. Pero es algo que se supone, pues ya en 1 Cor 5,7-8 Pablo dice que nuestra Pascua es Cristo. Los discursos y cartas de Pedro son una resonancia de la vigilia pascual anual, con referencias al bautismo y a las persecuciones. Los himnos y exhortaciones son de un matiz explícita y plenamente pascual. Durante el pontificado del papa Víctor (188-199) tiene lugar la gran controversia sobre la fecha de la pascua anual y las dos opiniones, celebrarla el 14 del mes de Nisan, o en el domingo siguiente, afirman tener origen apostólico.

Los elementos esenciales de la Pascua que ya aparecen en el primer momento son: el ayuno como preparación expectante a la fiesta pascual, la gran vigilia nocturna que culminaba con la luz de la mañana dominical, las lecturas y los salmos narrando la historia de la salvación y respondiendo a ella con cánticos exultantes, los ritos de la iniciación cristiana: bautismo, confirmación y eucaristía, el ágape fraterno que fundía a todos en la alegría pascual, el lucernario o celebración de la victoria de Cristo, luz del mundo, sobre las tinieblas, la prolongación de la fiesta durante todo el día primero, después durante la semana y finalmente durante cincuenta días

  1. De la vigilia pascual a la formación del Triduo Santo

Ya en el siglo IV se pasa de la vigilia pascual al Triduo Santo y a la gran semana. Los tres días son el viernes, sábado y domingo. Consideran la crucifixión, la sepultura y la resurrección del Señor. Los principales factores que contribuyeron a su formación fueron la meditación de las escrituras sobre los misterios de la vida de Cristo, la influencia de la Iglesia de Jerusalén que celebraba los misterios de Cristo en el tiempo y lugar donde acontecieron originalmente, y la progresiva ritualización de los misterios de la redención: el nacimiento de ritos, celebraciones que hacen visibles los misterios de la vida de Cristo.

En los comienzos el jueves no tuvo conexión directa con la Pascua. Fue una devoción más popular que litúrgica. Posteriormente fue entrando en la Iglesia de forma que la única Pascua de Cristo fue evocada teniendo en cuenta la cena, la cruz y la resurrección. De este modo el triduo santo quedó fijado en el jueves, viernes y vigilia nocturna del sábado.

 

  1. El contenido espiritual del Triduo Santo

Es, y no puede ser otro, que el de la Pascua del Señor. La vida cristiana es radicalmente vida pascual. Es hacer el camino de Jesús. El Cristo viviente, de los cielos, vive en medio de la comunidad creyente y la está vivificando en su vida gloriosa. Los misterios redentores de la vida del Señor no son conmemorados ahora sólo como recuerdo. Son actualizados ahora como sucesos de gracia y de salvación. «Conmemorando así los misterios de la redención… en cierto modo se hacen presentes para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos» (SC 102). La celebración de los misterios de la redención nos hace contemporáneos de Cristo y ahora nosotros somos su cuerpo que revive aquellos mismos misterios. Se graban en nosotros como la efigie en la moneda.

La espiritualidad del triduo sagrado es, y no puede dejar de ser, nuestra identificación con Cristo muerto, sepultado y resucitado. El drama de la redención se representa y actualiza en nuestras vidas. El Cristo que se entrega, muere de amor, y resucita, somos ahora él y nosotros. Cristo y la Iglesia. La cabeza y el cuerpo. La representación es real, sacramental, espiritual. Somos concrucificados con él (Gál 2,19), muertos en él (2 Cor 4,10), sepultados con él (Col 2,12), resucitados con él (Col 3,1), sentados ya en los cielos con él (Ef 2,5-6). El drama ambiguo de la Iglesia española actual es la desproporción entre su pobreza sacramental y la exuberancia folclórica representativa. Son muchos los que se detienen en los pasos procesionales de las calles. Apenas tienen idea de la vivencia interior del misterio de Cristo. Muchos cristianos apenas han llegado a comprender que somos ahora la visibilidad terrestre del Cristo celeste. Que nosotros prolongamos ahora su encarnación al servicio del mundo. Que nosotros somos en nuestro tiempo la visibilidad histórica del Cristo glorioso de los cielos, la encarnación de su amor a favor de todos los hombres.

El triduo, vivido por dentro, requiere dejamos sustituir por él, vivir su persona, sus acciones, sus actitudes. Reproducirlo a lo vivo. Ser hoy su pasión y muerte, su resurrección, en el contexto de las situaciones y problemas actuales. Hoy sigue siendo redención de Cristo, pero ahora en nosotros y desde nosotros, que somos su visibilidad terrena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  1. VIVENCIA ESPIRITUAL DEL TRIDUO SANTO

 

JUEVES SANTO

 

Sentirme Cristo en el Jueves Santo.

Dejarme sustituir por él.

Hacer lo que él hace y como él lo hace.

Derramar mi vida en los demás.

Hacer de mis relaciones manjar y banquete para todos.

Construir la comunidad en la fraternidad y en la paz.

 

  1. HISTORIA, VALORES, CELEBRACIÓN

 

  1. a) Historia

Inicialmente el jueves no formó parte del triduo santo. No obstante, la misa de la cena se celebra en Jerusalén desde los comienzos. En Roma entra en el siglo VII. Posteriormente se añadió una misa para la reconciliación de los penitentes. Y después una tercera para la consagración de los óleos. La reforma de Pablo VI coloca la misa crismal en las catedrales el jueves por la mañana y la celebración de la cena en todas las Iglesias por la tarde como apertura e inicio de la celebración pascual.

La misa crismal no pertenece al triduo sagrado actual. La preside el obispo con los presbíteros. Actualmente se le da una significación sacerdotal o presbiteral. Pero no tiene ningún fundamento exclusivo, ni en la historia ni en los textos. El significado de los óleos, y más aún el de la Cena, hacen de la liturgia la fiesta de la comunidad. La consagración de los óleos celebra la presencia santificadora del Espíritu formando la comunidad en la diversidad de sus miembros. En la misa crismal se consagra el óleo de los catecúmenos como expresión de fuerza contra Satanás, príncipe del mal, el de los enfermos como remedio de las dolencias de cuerpo y de alma, y el santo crisma, signo de la penetración santificadora del Espíritu Santo y con el que serán ungidos los bautizados, los confirmados, los nuevos presbíteros y obispos.

En la misa vespertina se celebra la ritualización de la cruz y de la cena en la eucaristía, el memorial del Señor en el que se actualiza y representa la entrega del Señor hasta la muerte por amor. En el gesto más humano de comer y de beber está el simbolismo profundo de la acción de Cristo que, en la Eucaristía nos hace comensales del reino de Dios. Para ello no sólo transforma la materia del pan y vino: transforma, ante todo, a la comunidad en su propio cuerpo. La eucaristía no sólo hace el cuerpo de Cristo: nos hace a nosotros su cuerpo. La comunidad creyente está llamada a ser la encarnación del amor de Cristo, su biografía y revelación. Ha de hacerse acogida y hospitalidad para todos los hombres, en especial los más necesitados. La eucaristía es la construcción de la comunidad en el amor y la paz. Ella debe reflejar la entrega ilimitada de Cristo que tiene que ir fermentando a todos en la gratuidad de Dios.

En la institución de la Cena hay dos expresiones cuyo simbolismo revela con una fuerza clarividente el significado profundo de la eucaristía. Son, primero, el pan y el vino. Y después el lavatorio de los pies. Jesús, cuando pronuncia las palabras, no se dirige a los elementos materiales de pan y vino. Se dirige a las personas: «tomad y comed», «tomad y bebed». Ello nos dice que la eucaristía no termina simplemente en la transformación mágica de una cosa sagrada. Se centra sobre todo en la acción de entregarse, de darse del todo, de compartir, de poner en común, de derramar la vida en los demás. Cristo no se limita a hacerse presente con una presencia objetiva, sin más. Está presente porque se entrega, porque vive entregándose. Cristo está presente en el pan y el vino para hacer de la comunidad unida su verdadero cuerpo. Transforma los elementos en función de la transformación de las personas. Hace de nosotros comensales y concorpóreos suyos. Y nos impele a nosotros, con él y en él, a compartir, comer juntos en la mesa del rito y de la vida, a derramar nuestra vida en los demás. Marginar la fraternidad y la solidaridad es pervertir la eucaristía.

De igual modo, en el lavatorio de los pies, oficio de siervos en tiempo de Jesús, el Señor nos descubre el contenido y significado profundos de la Eucaristía como servicio de vida a favor de los otros. Jesús, en la cena, hizo de siervo de los discípulos y nos recomendó vivamente hacernos también nosotros servidores los unos de los otros. El contenido verdadero de la eucaristía no es que repitamos materialmente la escena del lavatorio de los pies, sino que, en la vida real, nos sirvamos unos a otros por amor, considerando a los demás como superiores a nosotros mismos. Que hagamos en nuestro contexto actual y social lo que Jesús hizo en el suyo.

El trasfondo pascual de la cena resulta evidente. La primera lectura nos habla de la primera pascua de la historia hebrea, de Ex 12,1-8.11-14. La segunda, de 1 Cor 11,23-26, se refiere a la institución de la Cena de Cristo, la nueva Pascua, cuyo memorial tendrá que celebrar el nuevo pueblo. El evangelio nos habla del paso de Cristo al Padre, la Pascua en su contenido fundamental (In 13,1). La celebración de la Cena encierra todo el patetismo de la primera Cena vivida por Cristo en el cenáculo, pues, como dice la oración de las ofrendas «cada vez que celebramos este memorial de la muerte de tu hijo, se realiza la obra de nuestra redención». En la consagración dirá el sacerdote: «El cual HOY, la víspera de padecer, …tomó pan… « Efectivamente, hoy, Cristo y la Iglesia, la Cabeza y el cuerpo, celebran la Pascua, el memorial actualizando el pasado en un presente que anticipa el futuro de la salvación. La Cena es el misterio de la Pascua. Representa y actualiza el paso del Señor de la muerte a la vida para que nosotros nos lo apropiemos y participemos de él. «Cada vez que con conciencia pura te acercas a la eucaristía, celebras la Pascua. Pascua es, en efecto, celebrar la muerte del Señor» (San Juan Crisóstomo).

La procesión y reserva del Santísimo en el monumento es una costumbre popular que tiene su origen en el siglo XI.

 

  1. b) Los valores espirituales del Jueves Santo

 

  • El amor ilimitado que el Padre nos tiene al entregar al Hijo por nosotros.
  • El amor del Hijo al Padre obedeciendo hasta la muerte.
  • Compartir, acoger, poner en común, comer juntos.
  • Ser fieles a lo instituido por Jesús en la Cena, derramando nosotros «hoy» nuestra vida en los hombres en el contexto de los problemas y necesidades de nuestro tiempo.
  • Construir la comunidad en la fraternidad y la paz.
  • Hacernos pan de los otros. Darnos sin límites ni condiciones.
  • Ser siempre positivos, incluso con los que nos ofenden.
  • Relacionarnos siempre con los otros desde la gratuidad y no por interés.
  • Amar incondicionalmente, sin tener en cuenta la ignominia.

 

 

  1. c) La celebración de la Cena

 

Oración

Señor Dios nuestro, nos has convocado hoy para celebrar aquella misma memorable Cena en que tu Hijo, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la alianza eterna; te pedimos que la celebración de estos santos misterios nos lleve a alcanzar plenitud de amor y de vida. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

Lecturas de la misa

– Primera lectura: Ex 12,1-8.11-14:

Prescripciones sobre la cena pascual: El rito de la cena pascual marcaba para los judíos el momento cumbre del año. La Pascua era su fiesta nacional, aniversario de la liberación, el día de su nacimiento. Se conmemoraba anualmente aquel día en el que quedaron constituidos como nación y familia religiosa a un tiempo.

– Salmo responsorial: 115, 12-13.15-16bc.17-18

  1. El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo

¿Cómo pagaré al Señor

todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos

en presencia de todo el pueblo.

 

– Segunda lectura: 1 Cor 11,23-26:

La última pascua que Jesús celebra con los discípulos establece el nuevo rito, que perpetúa activamente su muerte por la vida del mundo. En ella queda constituida la nueva familia religiosa. En la Cena, se configura el presente sobre la base del pasado anticipando el futuro.

– Evangelio según san Juan 13,1-15:

Jesús determina con su acción del lavatorio cuál ha de ser el principio fundamental que presida la vida de la Iglesia: el amor y servicio recíprocos.

 

Antífonas del lavatorio de pies:

Ant. 1: El Señor, después de levantarse de la Cena, echó agua en la jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos. Éste fue el ejemplo que les dejó.

 

Ant. 2: “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?” Jesús le replicó: “Si no te lavo a ti los pies, no tienes nada que ver conmigo”. Llega a Simón Pedro y éste le dice: – ” Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”… “Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”. “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”.

 

Ant. 3: Si yo, vuestro Maestro y Señor os he lavado los pies, cuánto más vosotros debéis lavaros los pies unos a otros.

 

Ant. 4: La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.

 

Ant. 5: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado, dice el Señor.

 

Ant. 6: Queden en vosotros la fe, la esperanza, el amor, estas tres: la más grande es el amor.

 

Himno  «UBI CHARITAS»

Donde hay caridad y amor, allí está Dios.
Nos congregó y unió el amor de Cristo.

Regocijémonos y alegrémonos en él.
Temamos y amemos al Dios vivo,

y amémonos con corazón sincero.

Donde hay caridad y amor, allí está Dios.
Pues estamos en un cuerpo congregados,
cuidemos no se divida nuestro afecto.

Cesen las contiendas malignas, cesen los litigios,
y en medio de nosotros esté Cristo Dios.

Donde hay caridad y amor, allí está Dios.
Veamos juntamente con los santos

tu glorioso rostro ¡oh Cristo Dios!

Este será gozo inmenso y puro.

Por los siglos de los siglos infinitos. Así sea.

 

  1. MEDITACIÓN: Entrar dentro del Jueves Santo

 

En la eucaristía somos lo que recibimos

 

  1. Hacia el encuentro personal con Cristo

Intenta ir más allá de las mediaciones: ideas, imágenes, representaciones mentales o escénicas, ceremonias, etc. Ahora, más que pensar en «celebrar el triduo» o de «hacer oración» en un sentido funcional, exterior, del término, piensa más bien: voy a estar con él, a solas con él, totalmente con él, dentro de él, sorprendiendo sus sentimientos íntimos, para apropiármelos.

Suplica el silencio interior y el encuentro sincero, cara a cara, personal, con él.

Cree en su amor y ábrete a él: «Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo» (]n 13,1).

 

  1. 2. Comulgar e identificarme con Cristo
  2. a) Cristo se hace mi eucaristía

Lo primero que vemos en la eucaristía es la entrega personal y el modo de la entrega: «Tomad y comed… esto es mi cuerpo entregado… Tomad y bebed… mi sangre derramada por muchos». Debo entender profundamente, experimentar, que Cristo se hace pan, entrega, comunión, derramamiento de su vida en mi vida, con el fin de vivir él en mí y yo en él. En la eucaristía somos aquello mismo que recibimos. Mediante ella él nos hace su cuerpo.

«Sois cuerpo de Cristo» (1 Cor 12,27).

«Tomad, comed, esto es mi cuerpo» (Mt 26,26).

   «Tomó luego un cáliz… se lo dio diciendo: bebed todos de él, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que va a ser derramada por todos para remisión de los pecados» (Mt 26,27-28).

«El cáliz de bendición que bendecimos ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? (1 Cor 10,16).

«Yo soy el pan de la vida… Éste es el pan que baja del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna… Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él. Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí» (Jn 6,48ss).

 

  1. b) Nosotros, eucaristía de Cristo para los demás: el amor fraterno

La eucaristía no es sólo una «materia» sagrada. Es la acción de entregarse a los hermanos y de ser uno con ellos. No se puede «recibir» la comunión y no «ser» comunión. Cristo adquiere cuerpo no sólo bajo la figura de pan, sino también bajo la forma de la comunidad. No se puede recibir el cuerpo de Cristo y rechazar a los hermanos, porque ellos son el cuerpo de Cristo. «Porque, aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan» (1 Cor 10,17).

El contenido medular de la eucaristía es hacerse esclavo de los demás: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13,12ss).

«El mayor entre vosotros sea como el menor y el que manda como el que sirve… Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,24ss).

«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Jn 13,34ss). «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9).

«Vivid en el amor como Cristo os amó» (Ef 5,2).

 

 

  1. c) Características de este amor

– evangélico y sacramental: en mí ama el mismo Cristo.

– gratuito: incondicional, sin compensación, aunque no lo merezcan.

– total: sin límites ni reservas.

– interior: nacido del corazón.

 

  1. Reflejar a Cristo

«Pues cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga» (1 Cor 11,26).

«Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte, pues para mí la vida es Cristo» (Flp 1,20ss).

«Con Cristo estoy crucificado y, vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,19ss).

 

  1. La experiencia de una agonía de amor

Penetra hondamente en la pasión del corazón: la soledad, el abandono de los suyos: «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron» (]n 1,11).

«Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará» (Jn 13,21).

Pide un amor sufrido que te haga experimentar la alegría del sacrificio, no desertar del prójimo porque cuesta convivir o compartir: «Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, vida y resurrección, él nos ha salvado y libertado» (Introito de Jueves Santo).

«En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo» (Gal 6,14).

Pide saber cumplir la voluntad del Padre, y no tu gusto, aunque te cueste, y precisamente porque te cuesta: «Hágase tu voluntad no la mía» (Mc 14,36).

 

  1. Para la oración profunda

Toma uno de estos textos, una palabra, y ponla en los ojos, en el corazón, en la vida. Si comulgas con ella, o mejor, te dejas comulgar por ella ¿qué cambiaría en tu vida? Acoge. Comulga. Identifícate. Con la palabra más oportuna, emprende el proceso de transformación:

Salgo de mí. Voy a ti. Todo en ti. Nuevo por ti.

VIERNES SANTO

 

Sentirme Cristo en su Viernes Santo.

Pedirle que actualice en mí su pasión y muerte.

Ponerme en su lugar.

Aceptar con alegría el sufrimiento que cuesta amar.

Hacer lo que él hace y como él lo hace.

 

 

  1. HISTORIA, VALORES, CELEBRACIÓN

 

  1. a) Historia

Tenemos constancia de que a finales del siglo IV se celebra en Jerusalén una oración itinerante que va, el jueves por la tarde, del monte de los Olivos a Getsemaní, y el viernes, del cenáculo al monte Calvario. Allí el obispo presenta la cruz al pueblo para ser venerada. La celebración ha estado siempre centrada en la veneración de la cruz y la consideración de la muerte del Señor. La pascua se cumple en la pasión y muerte de Cristo, el cordero inmaculado, cargado con nuestros pecados y llevado al matadero. La proclamación de la pasión según el evangelio de san Juan es el acto clave de la celebración.

En el fondo de la acción litúrgica celebramos la cruz no como instrumento del suplicio del Señor, sino como exaltación del amor más fuerte que la muerte. En la cruz adoramos el sufrimiento que redime y salva. La cruz es el amor superior, total y eterno. Es el amor con que Dios nos ha amado.

Las partes esenciales de la celebración litúrgica son:

  1. La pasión proclamada

1ª lect.: Is 52,13-53: La profecía del Servidor sufriente.

2a lect.: Heb 4,14-16; 5,7-9: El carácter salvador de la obediencia de Cristo.

3a lect.: del evangelio de san Juan: La pasión de Cristo.

  1. La pasión orada

Plegarias por el mundo y la Iglesia. Oraciones del siglo V, con contenidos que probablemente alcanzan el siglo primero.

  1. La cruz adorada

Entrada solemne de la cruz y adoración de la misma.

  1. La pasión comulgada, o la comunión.

Hoy no hay celebración eucarística. Se comulga con las especies sagradas consagradas en la celebración de la cena del jueves santo.

 

  1. b) Los valores espirituales del Viernes Santo

  

  • El amor del Padre que entrega a la muerte a su propio Hijo por nosotros.
  • El dramatismo del pecado como negación de Dios y muerte o enfermedad del hombre.
  • El realismo de una redención por la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
  • El amor de Cristo expresado hasta el extremo.
  • La trascendencia del amor sufrido, amor no inhumano sino

                   sobrehumano.

  • La cruz como forma de vida del cristiano: el amor supremo vivido siempre, incluso en la incomprensión y persecución.
  • Perdonar siempre e ilimitadamente.
  • Reconciliación, cercanía, proximidad, como forma de vida.

 

  1. c) Celebración

 

Oraciones de la liturgia

– Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; santifica a tus hijos y protégelos siempre, pues Jesucristo, tu Hijo, a favor nuestro instituyó por medio de su sangre el misterio pascual. Por Jesucristo nuestro Señor.

– Oh Dios, tu Hijo, Jesucristo, Señor nuestro, por medio de su pasión ha destruido la muerte que, como consecuencia del antiguo pecado, a todos los hombres alcanza. Concédenos hacernos semejantes a él. De este modo, los que hemos llevado grabada, por exigencia de la naturaleza humana la imagen de Adán, el hombre terreno, llevaremos grabada en adelante, por la acción santificadora de tu gracia, la imagen de Jesucristo, el hombre celestial. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

– Dios todopoderoso, rico en misericordia, que nos has renovado con la gloriosa muerte y resurrección de Jesucristo, no dejes de tu mano la obra que has comenzado en nosotros, para que nuestra vida, por la comunión en este misterio, se entregue con verdad a tu servicio. Por Jesucristo nuestro Señor.

 

Liturgia de la Palabra.

– Primera lectura: Is 52,13-53,12

El dolor, considerado en el Antiguo Testamento, primero como castigo, encuentra posteriormente en Job la aceptación, que no pide más explicaciones, y en el poema del Siervo un sentido positivo: valor redentor del inocente que sufre por otros con eficacia.

– Salmo responsorial 30,2 y 6.12-13.15-16.17 Y 25
R/. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

A ti, Señor, me acojo:

no quede yo nunca defraudado;
tú que eres justo, ponme a salvo.

A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el dios leal, me librarás.

Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,

el espanto de mis conocidos;

me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,

me han desechado como a un cacharro inútil.

Pero yo confío en ti, Señor,
Te digo: “Tú eres mi Dios”.
En tu mano están mis azares;

líbrame de los enemigos que me persiguen.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.

Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.

 

– Segunda lectura: Hb 4,14-16; 5,7-9

El carácter salvador de la obediencia de Cristo. En este sentido se ofrece Jesús a la pasión. El Padre escucha su oración angustiada. Pero no librándole de la muerte, sino comunicándole la fuerza de aceptar y obedecer. Así “consuma” Jesús una vida que no fue sino hacer la voluntad del que le envió, ser-de-Dios-para-los-hombres.

 

Evangelio: Pasión de nuestro Señor Jesucristo según S. Juan (18,1-19,42)

Así se convierte en el modelo (“he aquí el hombre”, “he aquí vuestro rey”) de cuantos creen en él. Así gana para nosotros la vida y el Espíritu vivificante que nos entrega (entregó su espíritu”)

Antífonas

Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros (Sal 66.2).

 

Oración universal

Por la santa Iglesia: Dios todopoderoso y eterno, que en Cristo manifiestas tu gloria a todas las naciones, vela solícito por la obra de tu amor, para que la Iglesia, extendida por todo el mundo, persevere con fe inquebrantable en la confesión de tu nombre.

Por todos los ministros y fieles: Dios todopoderoso y eterno, cuyo Espíritu santifica y gobierna todo el cuerpo de la Iglesia; escucha las súplicas que te dirigimos por todos sus miembros, para que, con la ayuda de tu gracia, cada uno te sirva fielmente en la vocación a la que le has llamado.

Por la unidad de los cristianos: Dios todopoderoso y eterno, que vas reuniendo a tus hijos dispersos y velas por la unidad ya lograda; mira con amor a toda la grey que sigue a Cristo, para que la integridad de la fe y el vínculo de la caridad congregue en una sola Iglesia a los que consagró un solo bautismo.

Por los que no creen en Cristo: Dios todopoderoso y eterno, concede a quienes no creen en Cristo que, viviendo con sinceridad ante ti, lleguen al conocimiento pleno de la verdad; y a nosotros concédenos también que, progresando en la caridad fraterna y en el deseo de conocerte más, seamos ante el mundo testigos más convincentes de tu amor.

Por los que no creen en Dios: Dios todopoderoso y eterno, que creaste a todos los hombres para que te busquen, y cuando te encuentren, descansen en ti; concédeles que, en medio de sus dificultades, los signos de tu amor y el testimonio de los creyentes les lleven al gozo de reconocerte como Dios y Padre de todos los hombres.

Por los gobernantes: Dios todopoderoso y eterno, que tienes en tus manos el destino de todos los hombres y los derechos de todos los pueblos; asiste a los que gobiernan, para que, por tu gracia, se logre en todas las naciones la paz, el desarrollo y la libertad religiosa de todos los hombres.

 

Los improperios (Cristo en la cruz)

 

¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho yo,
en qué te he ofendido?
Respóndeme.

Santo es Dios. Santo y fuerte.

Santo e inmortal, ten piedad de nosotros.
Yo te guié cuarenta años por el desierto,
te alimenté con el maná

te introduje en una tierra excelente;

tú preparaste una cruz para tu Salvador.
¿Qué más pude hacer por ti?

Yo te planté como viña mía, escogida y hermosa.
¡Qué amarga te has vuelto conmigo!

Para mi sed me diste vinagre,

con la lanza traspasaste el costado a tu Salvador.
Por ti yo azoté a Egipto y a sus primogénitos;

Tú me azotaste y me entregaste.

Yo te saque de Egipto,

sumergiendo al Faraón en el Mar Rojo;
tú me entregaste a los sumos sacerdotes.
Yo abrí el mar delante de ti;

tú con la lanza abriste mi costado.

Yo te guiaba con una columna de nubes;
tú me guiaste al pretorio de Pilato.

Yo te sustenté con maná en el desierto;
tú me abofeteaste y me azotaste.

Yo te di a beber el agua salvadora

que brotó de la peña;

tú me diste a beber vinagre y hiel.
Por ti herí a los reyes cananeos;

tú me heriste la cabeza con la caña.
Yo te di un cetro real;

tú me pusiste una corona de espinas.
Yo te levanté con gran poder;

tú me colgaste del patíbulo de la cruz.

 

Himno a la cruz

¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!

Jamás el bosque dio mejor tributo

en hoja, en flor y en fruto.
¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

Cantemos la nobleza de esta guerra,
el triunfo de la sangre y del madero;

y un Redentor, que en trance de Cordero,
sacrificado en cruz, salvó la tierra.

¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!

Jamás el bosque dio mejor tributo

en hoja, en flor y en fruto.

Dolido mi Señor por el fracaso

de Adán, que mordió muerte en la manzana,
otro árbol señaló, de flor humana,

que reparase el daño paso a paso.

¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!

Y así dijo el Señor: ¡Vuelva la Vida
y que Amor redima la condena!

La gracia está en el fondo de la pena
y la salud naciendo de la herida.

¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!

Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto.

¡Oh plenitud del tiempo consumado!

Del seno de Dios Padre en que vivía,
ved la Palabra entrando por María
en el misterio mismo del pecado.

¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida

empieza con un peso tan dulce en su corteza!

¿Quién vio en más estrechez gloria más plena

ya Dios como el menor de los humanos?
Llorando en el pesebre, pies y manos

le faja una doncella nazarena.

¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida empieza
con un peso tan dulce en su corteza!

En plenitud de vida y de sendero,

dio el paso hacia la muerte porque él quiso.
Mirad de par en par el paraíso

abierto por la fuerza de un Cordero.

¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

Vinagre y sed la boca, apenas gime;
y al golpe de los clavos y la lanza,

un mar de sangre fluye, inunda, avanza
por tierra, mar y cielo y los redime.

¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

Ablándate, madero, tronco abrupto
de duro corazón y fibra inerte;
doblégate a este peso y esta muerte

que cuelga de tus ramas como un fruto.

¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

Tú sólo entre los árboles, crecido
para tender a Cristo en tu regazo;

tú el arca que nos salva, tú el abrazo
de Dios con los verdugos del Ungido.

¡Dulces clavos!, ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

con un peso tan dulce en su corteza!

Al Dios de los designios de la historia,
que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza;
al que en cruz devuelve la esperanza

de toda salvación, honor y gloria. Amén.

 

 

Salmos sobre la pasión
Agonía: 40, 53, 68.
Traición de Judas: 51,108.

Ante el sumo sacerdote: 2, 37, 55, 93.
Encarcelado: 56, 87,139.

Cargado con la cruz: 7, 39, 58, 72.
Crucifixión: 21, 55, 56, 87, 142.
Sepultura: 15.

 

Viacrucis bíblico:

(Ver «El libro de la vida cristiana», de Francisco Martínez, Editorial Herder, pág. 103

 

 

  1. MEDITACIÓN: Entrar dentro del Viernes Santo

 

La muerte de Cristo como entrega de amor

 

No se trata de ponerse sólo ante verdades o ante imágenes que se quedan en sentimientos. Se trata, si tengo fe viva y soy valiente, de mirar a Cristo en la cruz, o mejor, de dejarme mirar por él de modo que su persona y su pasión entren dentro de mí y queden dentro, muy dentro, no solo en la imaginación y entendimiento, sino en la afectividad, en el corazón. Debo ver en cada texto a Cristo mismo en un aspecto de su persona y de su sufrimiento que yo debo compartir.

 

  1. El pecado, mal del hombre

A la luz de la muerte de Cristo, el pecado es comprendido como mal de Dios y máxima tragedia del hombre. Es rebelión del hijo contra su padre (Is 1,2; Jer 3,20), adulterio y prostitución de la esposa infiel (Os 2,4), traición al amor (Jer 3,20), es homicida (1 Jn 3,8-12), el causante de la muerte de Cristo (Rm 8,32).

 

  1. el amor eterno de Dios como amor-entrega de sí

Que Dios ame al hombre es ya algo inconcebible. Pero que Dios haya querido expresar históricamente su amor en el acontecimiento de la cruz, como verdadera muerte de amor, es algo que sobrepasa hasta nuestra capacidad de imaginar. Jesús nos revela dónde está la fuente del amor-entrega que él vive en la cruz. El conocimiento que él tiene de sus ovejas tiene su relación y fundamento con el conocimiento mutuo del Padre y del Hijo. El Padre ama al mundo. El Hijo ve este amor del Padre a los hombres y, entonces, acepta del Padre la misión de redimir el mundo dando su vida por sus ovejas. Jesús dice: «Yo soy el buen pastor; y conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo a él, y doy mi vida por las ovejas… El Padre me ama porque doy mi vida… Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; ésa es la orden que he recibido de mi Padre» (Jn 10,14-18). La fuente del amor de Dios está en la entraña eterna del Dios Trinidad. La cruz es un suceso en la historia. Pero la fuente y raíz de la cruz es el amor eterno del Padre, antes de la historia temporal. Darse del todo, desde la misma entraña, y para siempre, es el modo característico de amar de Dios. Si bien Dios no sufre, ni puede sufrir, el amor que se hace «entrega de sí», que motiva la cruz, radica en el ser eterno de Dios. Un amor absoluto y eterno tenía que expresarse, supuesta la encarnación, en la radicalidad de una entrega sin límites en el acontecimiento temporal de la cruz. No se trata de un predeterminismo fatal y necesario. Se trata del núcleo de la libertad y gratuidad mismas de Dios. Hay conexión entre la cruz y la entraña eterna de Dios antes del nacimiento del tiempo y de la historia. El canto del siervo de Yahveh, de Isaías, hace referencia profética al sacrificio de Cristo. «¡Eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que él soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus heridas hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca» (Is 53, 4-7).

Los textos del nuevo testamento son fuertemente expresivos: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

«En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; -en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera! Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida» (Rom 5,6-10).

«El que no se reservó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?… ¿Quién nos separará del amor de Cristo?» (Rm 8,32).

«En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 (Jn 4,9-10).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SÁBADO SANTO

 

Sentirme sepultado y resucitado con Cristo

Sentirme dándolo todo hasta el límite
Anti
cipar, en todo, la novedad pascual

 

 

  1. HISTORIA Y SIGNIFICADO

 

El altar desnudo, el sagrario vacío, las lámparas apagadas crean la sensación de una ausencia. Domina el silencio en medio de una paz grande. Hay paz porque ha habido cruz. La muerte de Cristo es victoriosa porque con ella la muerte ya no es el fin, la muerte muere. La Iglesia medita la pasión de Cristo. Cristo muerto y sepultado significa el colmo de la fidelidad y de la entrega. Lo dio todo. «Todo está cumplido» (Jn 19,30).

El sábado santo venera el descanso de Jesús en el sepulcro, su bajada a los infiernos, el encuentro misterioso con todos aquéllos que esperaban su victoria. En los primeros siglos la característica principal de este día era el ayuno que se prolongaba hasta la vigilia pascual. También tenía lugar «la devolución del símbolo», la proclamación en público de la fe de los catecúmenos ante la asamblea de los fieles.

Una fina sensibilidad eclesial se centró en acompañar a María, la madre dolorosa en la experiencia sufriente de su soledad.

 

  1. MEDITACIÓN: El significado profundo del Sábado Santo

 

Abandonarnos en Dios

 

La contemplación del cuerpo muerto de Cristo en el sepulcro nos habla del desastre al que llevan las fuerzas del mal. Pero nos habla, ante todo, de la victoria del amor sufrido sobre el desorden establecido por el egoísmo. La muerte aceptada es la victoria sobre el mal. El cuerpo muerto nos dice «todo está cumplido» (Jn 19,30). Es el límite sin límite de la entrega absoluta.

 

  1. Dejarse obrar por Dios

Dios es el Dios de la vida. Más: es Padre. Todo lo envuelve en un orden de providencia paternal. En un contexto psicológica y ambientalmente hostil y pecador, él no puede dejar de queremos y de que vivamos con él y como él. Él quiere conducir los destinos de la historia de cada hombre.

«Todos los que se dejan conducir por el Espíritu son hijos de Dios» (Rom 8,14).

Abrahán, Moisés, son personajes cuyas vidas revelan una historia conducida por Dios. Toda la vida de Cristo es la voluntad del Padre: «Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo… Entonces dije: he aquí que vengo… a hacer, oh Dios, tu voluntad» (Hbr 10,5ss).

«¿No sabíais que yo debía estar ocupado en las cosas de mi Padre?” (Lc2,49).

«Mi alimento es hacer la voluntad de quien me envió» (Jn 4,34).

 

  1. Mis caminos no son vuestros caminos

Cristo vence por el aparente camino de la derrota. Es vencedor precisamente por aceptar ser víctima. Su resurrección procede de la muerte.

«Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos… Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros» (Is 55,8-9).

Los bienaventurados, para Cristo, son los malaventurados del mundo: los pobres, los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y sed, los misericordiosos, los perseguidos… En las tentaciones Jesús rechaza el poder, la ambición, el provecho propio, el mesianismo triunfal. Acepta el mesianismo del servidor paciente (Lc 4,1ss; Mt 17,12): «Pero él, volviéndose dijo a Pedro: quítate de mi vista, Satanás. Tropiezo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23).

En Getsemaní: «Padre mío: si es posible, pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mt 26,39).

«El hombre psíquico no capta las cosas del Espíritu de Dios: son necedad para él” (1 Cor 2,14).

«Si alguno se cree sabio… hágase necio para llegar a ser sabio; pues la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios» (1 Cor 3,19).

«Los parientes (de Jesús) decían: está fuera de sí» (Mc 3,21).

«Muchos decían: está loco» (Jn 10,20).

 

  1. El fracaso tiene sentido redentor

«Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32).

«Si el grano de trigo no cae y muere, no da fruto» (Jn 12,24).

«… se despojó de sí mismo… se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,6ss).

«Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios… Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres» (1 Cor 1,18.22-25).

 

  1. La resurrección de Cristo es nuestra resurrección

«Pero Dios, rico como es en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia habéis sido salvadosy con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús» (Ef 2,4ss).

 

«Así, pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, también vosotros apareceréis gloriosos con él» (Col 3, 1-4).

«Sepultados con él en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios que le resucitó de entre los muertos» (Col 2,12).

 

Mis caminos, ¿son los de la cruz? ¿Me domina en exclusiva el principio de la eficacia? ¿Hasta qué punto creo en la eficacia de la oración y la del sufrimiento callado?

 

 

  1. Para la oración profunda

Entra dentro del cuerpo muerto de Jesús en el sepulcro. Él ya no muere. Está siempre vivo. Pero puedes verlo como el cumplimiento pleno de la voluntad del Padre. Es la expresión suprema de un amor sin límites. Lo dio todo. Entra dentro. Déjate confrontar por Cristo. Tus límites son precarios. Pesas, mides, calculas tus generosidades con inmensa tacañería. Sigues tus caminos, no los de Dios. Toma un texto y mételo en tus debilidades. Déjate ocupar por el amor y obediencia de Cristo hasta el límite de no tener límites. Entra en el texto. Es Cristo viviente. Quédate en él. Realiza el proceso de conversión:

 

Salgo de mí. Voy a ti. Todo en ti. Nuevo por ti.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA VIGILIA PASCUAL

 

Dejarme resucitar con Cristo
Enterrar el estilo de vida pagano

y vivir el estilo de los hijos de Dios.
Dejarme invadir por su paz e irradiarla.

Dejarme conducir por el Espíritu del Resucitado
amando siempre y en todo
.

 

 

 

  1. PREPARACIÓN

 

La Pascua, o el día que hace el Señor

 

  1. Significado de la pascua

La Pascua de Cristo no es solo un suceso que acontece dentro de la historia. Es un acontecimiento que funda y configura la historia. Es el nuevo Génesis que hace nuevas todas las cosas (Is 43,19).

El núcleo de la predicación apostólica es: el Viviente, Cristo, vive dentro de la comunidad y la está vivificando en su misma resurrección. Dios sigue «pasando» por su pueblo y le otorga la vida nueva en Cristo resucitado. Ahora el don increíble de Dios a su pueblo ya no es la antigua liberación de Egipto. Es una liberación de todas las servidumbres exteriores e interiores. Es la introducción del pueblo en el «Hoy» eterno de Cristo resucitado, en «la plenitud de los tiempos» (Gal 4,4), «en los últimos días» (Hbr 1,2), en «la última hora» (1 Jn 2,18). La nueva pascua hace a los hombres contemporáneos de Cristo y de los misterios redentores de su vida. Los creyentes de todos los tiempos y lugares revivirán el mismo suceso original de Cristo implicando en él sus problemas y tensiones para poder renovar la creación entera, sometida a la frustración (Cf Rm 8,19s).

De este modo la Pascua es memoria (Cristo muerto y resucitado), es misterio (nosotros ahora, incorporados a Cristo estamos pasando de la muerte a la vida) y es profecía o anticipación del futuro (participando de la pascua, anticipamos en nosotros la vida eterna).

 

  1. La ritualización de la pascua

Cristo con su muerte destruye el hombre viejo. Resucitando él nos resucita a nosotros. Nosotros somos resucitados en su misma resurrección. Cristo tomó el suceso de su muerte y resurrección y lo ritualizó en la cena. La cena es la cruz-resurrección que se actualiza en la eucaristía. La eucaristía es la muerte-resurrección de Jesús hecha posible gracias a la institución de la cena. Jesús mandó a su Iglesia celebrar su memorial haciendo lo mismo que él hizo. Ahora la pascua es el suceso no de Cristo solo, sino de Cristo y la Iglesia, de la cabeza y el cuerpo.

 

  1. La pascua, don de Dios a su Iglesia

La Pascua es siempre una intervención gratuita de Dios que salva. En la pascua hebrea Dios libera a su pueblo de la servidumbre de Egipto y le encamina hacia la tierra de la libertad. En Cristo, Dios interviene para sacarle del sepulcro y de la muerte y otorgarle la resurrección. Ahora Dios nos está dando al Hijo para que vivamos por él. Le ha constituido Señor, nuevo Adán, Espíritu vivificante. Sentado a la derecha del Padre envía el Espíritu a la Iglesia, su cuerpo. La vida de la Iglesia es la resurrección de Jesús. Cristo resucitado vive en la Iglesia. La vida cristiana es advertir esta presencia y hacerla propia. La misión, el apostolado, la misma fe, no son sino el testimonio de esta experiencia nueva. Es poder decir: «somos testigos». Todo ello es don de Dios.

 

  1. 4. La pascua, fuente de la vida nueva

La resurrección de Jesús es ahora la vida de la Iglesia. Y la Iglesia es, debe ser, Pascua del mundo, el fermento de la nueva humanidad. Esta novedad debe alcanzar a todas las realidades terrenas. La Iglesia ha de celebrar el memorial del Señor. Pero no debe estancarse en una rutina de gestos meramente celebrativos. Celebrar la Pascua es hacer nuevas todas las cosas en la vida real.
No se pueden separar el culto y la vida. Jesús critica el culto vacío. «Misericordia quiero y no sacrificio» (Os 6,6 evocado en Mt 9,13 Y 12,7). «Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí» (Is 29,13, evocado en Mt 15,8-9). Jesús expresó duras críticas contra el formalismo cultual. Afirmó que el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado, que el culto no es agradable a Dios si no está en armonía con lo que significa; que la reconciliación es necesaria para que el sacrificio sea aceptable. Más: Jesús anunció la llegada de un nuevo régimen cultual. El vino nuevo del evangelio no puede ser puesto en los odres viejos de la ley (Mc 2,21-22). En la muerte de Jesús el velo del templo «se rasgó por medio» (Lc 23,45); «de arriba abajo» (Mc 15,38 y Mt 27,51). El «Santo de los santos» queda vacío a partir de aquel instante. Ahora el templo ya no es un templo: el templo de la presencia de Dios es el cuerpo del Resucitado (Juan) o la comunidad de los fieles (Pablo). Y el sacrificio ya no es un sacrificio, sino la vida santa de los creyentes. Y los sacerdotes ya no son una casta, sino todo el pueblo, «pueblo sacerdotal» (1 Pdr 2,9).

Es de importancia extrema comprobar que en el nuevo testamento culto no significa las actividades litúrgicas de los cristianos, ni la de los ministros que los presiden. Ese término se emplea solo referido a Cristo, por una parte, y por otra, a la vida cotidiana de los creyentes en la medida en que está informada por el Espíritu. «Os exhorto, pues, hermanos por la misericordia de Dios a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios; tal será vuestro culto espiritual» (Rom 12,1). «El hacer el bien y el compartir los bienes, esos son los sacrificios que agradan a Dios» (Hbr 13,15-16). Es en el siglo IV, de modo tímido, y más claramente en el siglo VI, cuando los términos «sacrificio» y «sacerdocio», se refieren a la eucaristía y a los ministros que la presiden. Pero permaneciendo la verdad de fondo: a partir de Cristo, el nuevo sacerdocio es el pueblo de Dios, y el nuevo sacrificio es la vida santa en el mundo.

La evangelización en la comunidad apostólica de la iglesia primitiva se centraba en esta afirmación: «somos testigos». Este era el kerigma o anuncio de choque. No enseñaban prioritariamente verdades o normas. Ofrecían el testimonio asombroso de la vida nueva, de una experiencia interior que se irradiaba en un comportamiento lleno de alegría, de una fraternidad y amor increíbles. «La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común. Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de la venta, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad” (Hch 4,32-35). De este modo se apreciaba con claridad meridiana que la pascua era la vida nueva de Jesús que informaba el corazón y el comportamiento de la comunidad y que se expresaba en un testimonio social capaz de eliminar todas las esclavitudes y de fundir a todos en una fraternidad de comunión asombrosa. Y es en esa sorprendente fraternidad donde se irradiaba toda la fuerza evangelizadora de la expresión: «somos testigos».

Así, los cristianos, celebrando a Cristo en la vida real, se convierten en signos de su presencia, millones de signos vivos convertidos en «luz del mundo» (Mt 5,14). La Iglesia no puede ser entendida como un simple conservatorio de ritos.

 

  1. La pascua, don de paz, de amor y alegría
  2. a) Es don de paz. La paz es la integral armonía del ser que ha llegado a alcanzar su plenitud. Cristo, en la redención, mata en su carne el pecado, la desarmonía, y restablece la paz total: la del hombre consigo mismo, la de los hombres con los hombres, la del hombre con Dios. «Él es nuestra paz” (Ef 2,14). «Mi paz os dejo, mi paz os doy; no como la da el mundo la doy yo” (Jn 14,27). Todas las apariciones del resucitado son transmisiones de paz: «Se pone delante y les dice: paz a vosotros… les dijo por segunda vez: paz a vosotros… Se pone delante y les dice: paz a vosotros» (Jn 20, 19.21.26). La paz es la vida pascual.
  3. b) Es don de alegría. En la psicología moderna la alegría es uno de los sentimientos humanos. Se la incluye también en el catálogo de las emociones. En ambos casos la alegría depende de la periferia del ser, y no del ser profundo del hombre. La Pascua de Cristo relaciona la alegría con la profundidad del ser. Es, ante todo, felicidad. Es victoria sobre el caos, el sinsentido, la indeterminación. La paz es la restauración del hombre como proyecto e imagen de Dios. Y Dios no sólo es alegre: es la Alegría. Cristo la comunica. «Padre, quiero que mi alegría esté en ellos colmada» (Jn 17,13). Esta alegría es el ser mismo de los creyentes. Es el reflejo de la fe en Cristo resucitado. Los cristianos no son solo buenos: son alegres. Por eso permanecen alegres incluso en la persecución. «Los apóstoles salían más alegres por haber sido dignos de padecer por el nombre» (Hch 5,41). «Cuando os injurien, alegraos y regocijaos» (Mt 5,12). «Alegraos en la medida en que participáis de los sufrimientos de Cristo» (1 Pdr 4,13). La alegría no es otra cosa que la experiencia pascual. Quien no la posee podrá tener momentos alegres, pero no tendrá la alegría esencial.
  4. c) Es don de amor. La Pascua es todo el amor de Dios dado. La revelación se esfuerza en demostrar cuál es el motivo y el fin de la redención: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo» (Jn 3,16). «Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo» (Jn 13,1).

La Pascua es la experiencia del amor de Dios. Es la misma entrega de Cristo que se hace también entrega en el hombre y desde el hombre. La vida cristiana es vida de amor. Y el amor no es sino el reflejo de la vida pascual. Como textos para la oración pueden tomarse entre los que se consignan a continuación

 

 

  1. CELEBRACIÓN DE LA VIGILIA

 

 

Significado de la Pascua

La vigilia representa una noche en la que nace la luz. Es la fiesta de la luz, de la libertad, la fiesta de la nueva humanidad. No se detiene en la consideración de la resurrección histórica de Cristo. Celebra el misterio de la nueva vida de la humanidad, nuestro paso a la vida de Cristo resucitado. La vida nueva, de resurrección, es la vida en Cristo. La Vigilia pascual es la madre de todas las fiestas. Es la fiesta única y total. Todas las fiestas no son sino una chispa y participación del acontecimiento pascual. En ella Cristo resucitado nos resucita de su misma resurrección. Es la noche que brilla más que el sol. Es el día del Señor, o domingo.

La liturgia de la vigilia no debe ser anticipada ni mutilada, pues se desvirtúa su significado profundo. No debemos adaptarla a nosotros. Somos nosotros quienes debemos adaptarnos a ella.

Es memoria de Cristo muerto y resucitado. Es misterio en el que nosotros, la asamblea, pasa de la muerte a la vida. Y es profecía: pues la pascua anticipa la salvación.

En la primera Iglesia la obligatoriedad de participar en la vigilia era total. Llegaba a ser inconcebible, imposible, ser cristiano y no participar. Es necesario partir al menos al caer de la noche. Tiene su simbolismo profundo. La luz de Cristo resucitado vence las tinieblas. Él es la Luz total.

El fuego se bendice fuera de la Iglesia. De él va a brotar la luz, Cristo. Con las candelas encendidas nosotros, que somos los exilados, entramos en el templo, la nueva Jerusalén, en pos de Cristo. El fuego es también el elemento primordial, origen remoto de la vida, y que abrasa lo que está viejo e inservible. La procesión evoca también la peregrinación del pueblo hebreo a través del desierto siguiendo la columna de fuego.

Colocado el cirio pascual en lugar eminente, se canta el pregón pascual, una plegaria bellísima de acción de gracias por la resurrección de Cristo, nuestra resurrección. Es una pieza maestra de la liturgia cristiana.

Terminado el pregón pascual, comienza la liturgia de la palabra. Antiguamente eran doce lecturas. Hoy son siete, elegidas entre las primeras. Es la catequesis más profunda y general de la Iglesia de todos los siglos y que hunde sus raíces en la tradición judía. Es como si ante el cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, se hiciera una rememoración de toda la historia de la humanidad. La nueva historia, apoyada en la antigua, se fundamenta en él. Los judíos evocaban en la noche pascual las cuatro «noches»: la de la creación del mundo, la del sacrificio de Abraham (nacimiento de la fe), la del éxodo (nacimiento del pueblo), y la de la venida del Mesías. Las cuatro primeras lecturas se refieren a la creación del mundo, al sacrifico de Abraham, al paso del Mar Rojo, y un texto escatológico de Isaías. Luego siguen tres lecturas de contenido bautismal: el agua fecunda (Js 55,1-11), la claridad de la luz (Baruc 3,9-15.32,4), el agua pura y el corazón nuevo (Ez 36,16-29). La lectura de la carta a los romanos es también bautismal (R 6,3-11). Narra el bautismo como realización dramatizada de la muerte y resurrección de Cristo en el cristiano. Cada lectura es acompañada de su correspondiente salmo responsorial. Cantado el aleluya -es el cántico del cielo- por toda la asamblea, se proclama el evangelio que testifica: «ha resucitado» (Mt 28,6-9).

Después de la homilía tenía lugar el bautizo de los catecúmenos. El misterio del enterramiento del hombre viejo y de la salida del sepulcro del nuevo. La muerte y resurrección del Señor comunicada y participada. La entrada en la vida eterna.

Seguidamente se celebra la eucaristía que hace de nosotros el cuerpo de Cristo, la anticipación de su vida gloriosa.

 

 

 

Celebración litúrgica

 

Bendición del fuego
Cristo ayer y hoy,

Principio y Fin.

Alfa. Y Omega.

Suyo es el tiempo, y la Eternidad.
A él la gloria y el poder,

por los siglos de los siglos. Amén.
Por sus llagas santas y gloriosas,
nos proteja y nos guarde
Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Canto a Jesucristo, luz

Oh Luz gozosa de la santa Gloria
del Padre Celeste e Inmortal,

¡Santo y Feliz Jesucristo!

Al llegar el ocaso del sol,
contemplando la luz de la tarde,

cantamos al Padre y al Hijo y al Espíritu de Dios.

Tú eres digno de ser alabado
siempre por santas voces.

Hijo de Dios que nos diste la vida,
el mundo entero te glorifica.

 

Pregón pascual

En verdad es justo y necesario aclamar con nuestras voces y con todo el afecto del corazón a Dios invisible, el Padre todopoderoso, y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y, derramando su sangre, canceló el recibo del antiguo pecado.

Porque éstas son las fiestas de Pascua en las que se inmola el verdadero cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles.

Esta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas nuestros padres, y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.

Esta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del pecado.

Esta es la noche en la que, por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos.

Esta es la noche en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo! Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal redentor!
¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos.

Ésta es la noche de la que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo». Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos.

En esta noche de gracia acepta, Padre santo, este sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia te ofrece por medio de sus ministros en la solemne ofrenda de este cirio hecho con cera de abejas. Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de Dios. Y aunque distribuye su luz, no mengua al repartirla, porque se alimenta de esta cera fundida, que elaboró la abeja fecunda para hacer esta lámpara preciosa.

¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino.

Te rogamos, Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche, y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo. Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo resucitado que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos. Amén.

 

Lecturas bíblicas y salmos responsoriales

 

Primera lectura: Gn 1,1-31; 2,1-2: Vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno.

 

 

Salmo 103: Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor,
¡Dios mío qué grande eres!

Te vistes de belleza y majestad,

la luz te envuelve como un manto.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;

la cubriste con el manto del océano,

y las aguas se posaron sobre las montañas.

De los manantiales sacas los ríos

para que fluyan entre los montes,
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.

Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados

y forraje para los que sirven al hombre.

¡Cuántas son tus obras Señor!,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
¡Bendice, alma mía, al Señor!

 

Segunda lectura: Gn 22,1-18: Sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe.
Salmo 15: Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano.

Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,

y mi carne descansa serena:

porque no me entregarás a la muerte

ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

 

Tercera lectura: Ex 14,15 -15,1: Los israelitas entraron en medio del mar a pie enjuto.

Cántico, Ex. 15,1-2.3-4.5-6.17-18: Cantemos al Señor, sublime es su victoria.

Cantemos al Señor, sublime es su victoria;

caballo y jinete ha arrojado en el mar.

Mi fuerza y mi poder es el Señor.

Él fue mi salvación.

Él es mi Dios: yo lo alabaré;

el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré.

El Señor es un guerrero,

su nombre es el Señor.

Los carros del faraón los lanzó al mar,

ahogó en el Mar Rojo a sus mejores capitanes.

Las olas los cubrieron,

bajaron hasta el fondo como piedras.
Tu diestra, Señor, es fuerte y terrible;
tu diestra, Señor, tritura al enemigo.

Los introduces y los plantas

en el monte de tu heredad,

lugar del que hiciste tu trono, Señor.
santuario, Señor, que fundaron tus manos.
El Señor reina por siempre jamás.

 

Cuarta lectura: Is 54,5-14: Con misericordia eterna te quiere el Señor, tu redentor.

Salmo 29: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Sacaste mi vida del abismo,

y me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos;

dad gracias a su nombre santo,

su cólera dura un instante;
su bondad de por vida;

al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí,

Señor, socórreme.

Cambiaste mi luto en danzas.

Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

 

Quinta lectura: Is 55,1-11: Venid a mí y viviréis; sellaré con vosotros alianza perpetua.

Canto Is 12,2-6: Sacaréis aguas con gozo, de las fuentes de la salvación.

El Señor es mi Dios y mi salvador.
confiaré y no temeré,

porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación.

Dad gracias al Señor,
invocad su nombre

contad a los pueblos sus hazañas,
proclamad que su nombre es excelso.

Tañed para el Señor, que hizo proezas;
anunciadlas a toda la tierra;

gritad jubilosos, habitantes de Sión:

«¡Qué grande es en medio de ti, el Santo de Israel!»

 

Sexta lectura: Bar 3,9-15.32 -4,4: Camina a la claridad del resplandor del Señor.

Salmo 18: Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

La ley del Señor es perfecta

y es descanso del alma;

el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón,

la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;

Los mandatos del Señor son verdaderos

y eternamente justos.

Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;

más dulce que la miel de un panal que destila.

 

Séptima lectura: Ez 36,16-28: Derramaré sobre vosotros un agua pura y os daré un corazón nuevo.

Salmo 41: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío.

Mi alma tiene sed de Dios,
del Dios vivo:

¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

Desahogo mi alma conmigo:

¡cómo marchaba a la cabeza del grupo
hacia la casa de Dios,

entre cantos de júbilo y de alabanza,
en el bullicio de la fiesta!

Envía tu luz y tu verdad;

que ellas me guíen y me conduzcan
hasta tu monte santo,

hasta tu morada.

Que yo me acerque el altar de Dios,
al Dios de mi alegría;

que te dé gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío.

 

Epístola: Rom 6,3-11: Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más.

Salmo 117: ¡Aleluya, aleluya, aleluya!

Dad gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

Diga la Casa de Israel:

Eterna es su misericordia.

La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa.

No he de morir, viviré

para contar las hazañas del Señor.

La piedra que desecharon los arquitectos,

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

es un milagro patente.
Evangelio: Mt 28,1-10 (A); Mc 16,1-8 (B); Lc 24,1-12 (C): ¡Ha resucitado!

  1. c) Prefacio pascual

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación,
glorificarte siempre, Señor,

pero más que nunca en este día

en que Cristo, nuestra pascua, ha sido inmolado.

Porque él es el verdadero Cordero
que quitó el pecado del mundo,
muriendo destruyó nuestra muerte,
y resucitando restauró la vida.

Por eso, con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría,

y también los coros celestiales,

los ángeles y arcángeles,

cantan sin cesar el himno de tu gloria.

 

 

 

 

Antífona Mariana

 

REINA DEL CIELO

 

Reina del cielo, alégrate, aleluya,

porque el Señor, a quien has merecido llevar, aleluya,

ha resucitado, según su palabra, aleluya.

Ruega al Señor por nosotros, aleluya.

Goza y alégrate, Virgen María, aleluya.

Porque resucitó verdaderamente el Señor, aleluya

 

 

 

CÁNTICOS E HIMNOS PASCUALES

 

CÁNTICO: Canto a la iniciativa de Dios en Cristo Salvador (Ef, 3-10).

Bendito sea Dios,

Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,

para que fuésemos santos

e irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,

a ser sus hijos,

para que la gloria de su gracia,

que tan generosamente nos ha concedido

en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,

el perdón de los pecados.

El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer

el misterio de su voluntad.

Este es el plan que había proyectado
realizar por Cristo

cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

 

CÁNTICO: Anonadamiento y exaltación de Cristo (Fil. 2,6-11).

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango

y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,

y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo

y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»
de modo que al nombre de Jesús

toda rodilla se doble

en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:

Jesucristo es Señor,

para gloria de Dios Padre.

 

HIMNO: a Cristo resucitado, redentor del hombre y Sor del universo: (CoI,12-20).

Damos gracias a Dios Padre,

que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,

el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;

porque por medio de él fueron creadas todas las cosas:

celestes y terrestres, visibles e invisibles,

Tronos, Dominaciones, Principiados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.

El es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.

Es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres:

los del cielo y los de la tierra,

haciendo la paz por la sangre de su cruz.

 

CÁNTICO: Sus heridas nos han curado (1P 2,21-24).

Cristo padeció por nosotros,
dejándonos un ejemplo

para que sigamos sus huellas.

Él no cometió pecado

ni encontraron engaño en su boca;

cuando lo insultaban, no devolvía el insulto;
en su pasión no profería amenazas;

al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente.

Cargado con nuestros pecados,
subió al leño,

para que, muertos al pecado,
vivamos para la justicia.

Sus heridas nos han curado.

 

CÁNTICO: de los redimidos (Ap 4,11;5,9.10.12).

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;

porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado

y con tu sangre compraste para Dios

hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación,
y has hecho de ellos para nuestro Dios

un reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra.

Digno es el cordero degollado

de recibir el poder, la riqueza,
la sabiduría, la fuerza, el honor,
la gloria y la alabanza.

 

CÁNTICO: las bodas eternas (Ap 19,17).

Aleluya.

La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.

Aleluya.

Alabad al Señor sus siervos todos,

los que le teméis, pequeños y grandes.

Aleluya.

Porque reina el Señor, nuestro Dios,
dueño de todo,

alegrémonos y gocemos y démosle gracias.

Aleluya.

Llegó la boda del Cordero,
su esposa se ha embellecido.

Aleluya.

 

CÁNTO A CRISTO, SEÑOR DE LA NUEVA HUMANIDAD

Cristo, Principio y Fin,
mi principio y mi fin,
mi eternidad.

Manantial, origen, meta.
Sentido de mi existencia.
Consistencia de mi ser.

He sido diseñado y elegido en ti.
Soy tu imagen.

El Padre me ama en el amor con que te ama a ti.
Tú eres mi Plenitud.

Estás más dentro de mí que yo.

Eres para mí más que lo soy yo en mí.

Mi futuro. Mi gloria. Mi bienaventuranza.
Mi dicha. Mi gozo. Entrega. Testigo fiel.
Don. Gracia. Sabiduría.

Justificación. Santificación.

En ti el amor del Padre es irrevocable.
Torrente de Delicias.

En tu Luz veremos la luz.

En ti vivo, me muevo y existo.
Me sumerjo en ti.

Me desvanezco en ti.
Sustitúyeme.

Prolonga en mí tu encarnación.
Revísteme de ti.

Ya no vivo yo, eres tú quien vive en mí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE:

 

  1. La Pascua, centro y fundamento de la vida cristiana
  2. Vivencia espiritual del Triduo Santo

El Jueves Santo

Historia, valores y celebración

Los valores espirituales del jueves santo

La celebración de la Cena

Meditación: Entrar dentro del Jueves Santo

El Viernes Santo

Historia, valores y celebración

Los valores espirituales del Viernes Santo

Celebración

Meditación: Entrar dentro del Viernes Santo

El Sábado Santo

Historia y significado

Meditación: El significado profundo del Sábado Santo

La Vigilia Pascual

Preparación

Celebración litúrgica

Cánticos e himnos pascuales

 

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