Pentecostés, la fuerza de lo Alto.

PENTECOSTÉS: “LA FUERZA DE LO ALTO”


1.  EL ESPÍRITU, “LA FUERZA DE LO ALTO”

 Quiero referirme aquí al magisterio interior del Espíritu Santo, a su acción directa e inmediata en nosotros, en todos. Es el hecho vértice de la vida cristiana. Cristo dice: “Él os lo enseñará todo” (Jn 14,26). y san Pablo: “que seáis vigorosamente fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior” (Ef 3,16). Lo hace “desde dentro”, “en el corazón”, “en el hombre interior”. Esta acción es una realidad de fe. Pero esta fe no se reduce a creer en una especie de esencialismo inoperante de Dios. La acción del Espíritu no es sólo un enunciado doctrinal: está en la vida real. Se trata de fenómenos perceptibles, constatables. El Espíritu no se revela con rostro humano. Aparece como “fuerza”. Es “fuerza”, “poder”, “vida”, “aliento”, “suspiro”, “viento”, “lluvia”, “fuego”. Su acción es “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza…” (Gál 5,22-23) “conocimiento espiritual” (ICor 2,10-12), “espíritu de sabiduría y revelación” (Ef 1,17), “conocimiento de Cristo y del amor de Cristo” (Ef 3,17-19), “sabiduría e inteligencia espiritual” (Col 1,9), “oración del Espíritu en nosotros que clama con gemidos inenarrables” (R 8,26). La acción directa del Espíritu es el capítulo más impresionante de la fe: la infinita cercanía de Dios que, por la encarnación y pentecostés, alcanza la intimidad más honda del hombre, anticipando ya, en él, la vida eterna. Es Dios mismo actuando como Dios y Señor absoluto, en todos y en todo momento.


2. PREGUNTAS SERIAS

Este hecho suscita preguntas transcendentales: ¿Has advertido alguna vez la Presencia del Espíritu Santo dentro de ti? ¿Has experimentado “la fuerza que viene de lo alto”? ¿Te has sentido alguna vez iluminado, movido, desde dentro, no por algo, sino por Alguien? ¿Conoces la experiencia directa e inmediata del Espíritu Santo en tu vida? Dios está y actúa “en toda carne”,”en todos”, “desde los más niños hasta los mayores”. ¿No puede resultar triste tener que escuchar hoy, como ayer, que “ni siquiera hemos oído hablar de que existe el Espíritu Santo?” (Hch 19,2).

3. LA MANIFESTACIÓN DE LA FUERZA DE LO ALTO

a) En Cristo. La persona y la vida de Cristo es la máxima revelación de la fuerza del Espíritu de Dios. Concebido por el Espíritu Santo (Lc 1,35; Mt 1,18), Dios lo unge con Espíritu Santo (Hch 4,27), y el Espíritu lo hace, ya desde su concepción, Hijo de Dios (Lc 1,35, R 1,4) y “santo” (Lc 1,35). En el bautismo es investido como Mesías y presentado por el Padre como el Hijo amado, por la fuerza y manifestación del Espíritu (Lc 3,21-22, Jn 1,32). “Lleno del Espíritu” (Lc 4,1) “es siempre “conducido por él” (Mt 4,1), o “movido por él” (Lc 2,27). El Espíritu “reposa permanentemente sobre él” dándole la plenitud de sus dones (Is 11,2, Mt 3,16). En la fuerza del Espíritu afronta y vence al diablo (Mt 4,1-11), “habla las palabras de Dios porque Dios le da el Espíritu sobre toda medida” (Jn 3,34), anuncia a los pobres la Buena Noticia, libera a los cautivos, sana a los enfermos (Lc 4,18), libera a los poseídos (Mt 12,28), estremecido de gozo del Espíritu Santo, se revela como nuestro acceso al Padre (Mt 11,25-27, Lc 10,21-22). Su oblación, vivida en la fuerza del Espíritu, nos redime a todos (Hbr 9,14).

b) En la Iglesia y en los fieles. Ser Iglesia es nacer del Espíritu (Jn 3,5), ser bautizados en el Espíritu (Hch 1,5). Pentecostés es el nacimiento y constitución de la Iglesia (Hch 2,4). El mismo Espíritu de Cristo habla en los apóstoles (Mc 13,11), lo enseña todo (Jn 14,26), da testimonio de Jesús (Jn 15,26), guía hasta la verdad completa (Jn 16,13). Hacerse creyente no es sino recibir el Espíritu (Jn 7,39). En la fuerza del Espíritu, la Iglesia se extiende hasta las extremidades de la tierra (Hch 1,8), crece por la consolación del Espíritu (Hch 9,31). La misión de los apóstoles es ministerio del Espíritu (2 Cor 3,8). Obran en la fuerza del Espíritu (Hch 1,8). Predican con el poder del Espíritu (1 Tes 1,6). La vida en Cristo es lo mismo que la vida en el Espíritu (Gal 4,6 y R 8,2.10). Estar en Cristo es estar en el Espíritu (R 8,1 y 8,5). Quien no tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece (R 8,9). La fuerza del Espíritu habita en los cristianos (R 8,9), en su espíritu (R 8,16), en su cuerpo (1 Cor 6,19), crea la filiación divina (R 8,14-16, Gal 4,6s), hace habitar a Cristo en el corazón (Ef 3,16), es principio de vida nueva y de resurrección (R 8,11), es arras (2 Cor 1,22) y primicias de gloria (R 8,23), da un conocimiento divino (1 Cor 2,10-16), de amor (R 5,5), crea comunión (Ef 4,3), santificación (R 15,16), comportamiento moral (R 8,4-9), esperanza (R 15,13), viene en ayuda de nuestra flaqueza y es principio de oración (R 8,26s), y de unidad eclesial (1 Cor 12,3; Ef 4,4).


4. ABIERTOS A LA FUERZA DEL ESPÍRIRITU DE CRISTO, PRESENTE EN LA ESCRITURA, EN LA EUCARISTÍA, EN LA COMUNIDAD

Cristo no actúa ahora a través de su cuerpo biológico. Es ahora un Cristo “dinámico”, “fuerza de Dios”, “Espíritu Vivificante”, -“El Señor es Espíritu”-, que actúa ahora a través de la Palabra inspirada “¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las escrituras?” (Lc 24,32), del pan eucarístico consagrado por la acción del Espíritu :”Santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros cuerpo y sangre de Jesucristo nuestro Señor” y de la comunidad mediante los dones y carismas del Espíritu: “A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu “para el provecho común” (1 Cor 12,7).


5. EL CRECIMIENTO EN CRISTO ES CRECIMIENTO EN EL ESPÍRITU

La Iglesia no es un orden muerto, sino un cuerpo vivo. No crecer es morir. Los cristianos deben crecer “hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13). El crecimiento en Cristo es un crecimiento en el Espíritu, superando las etapas del dominio de los instintos o de la mera razón psíquica. “Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu; y el espíritu contrarias a la carne… Ahora bien: las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes…”(Gal 5,16-22). “El hombre psíquico no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede entender pues sólo el Espíritu puede juzgarlas” (1 Cor 2,14). “Mas vosotros ya no estáis en la carne, sino en el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros” (R 8,9).


6. EN EL TABERNÁCULO DEL ENCUENTRO

El Espíritu Santo es Presencia, no simple referencia. Es el autor total de la vida, de la madurez y de la perfección. Es él quien realiza la unión nupcial del creyente, de la Iglesia, con Dios. Él crea la receptividad y fidelidad, el contacto directo con Dios, sin ideas o imágenes interpuestas. Suyo es el conocimiento con el que conocemos a Dios y el amor con el que le amamos. En su Luz veremos la luz. En su mismo amor amaremos, correalizando la vida gloriosa de Dios, “viéndole cara a cara”, “conociéndole como somos conocidos de él” (1 Cor 13,12). Suyos son los dones que nos ponen en sintonía y connaturalidad gozosa con él, desbordando los impedimentos psicológicos internos y sociales externos. Sólo él es el autor de la unión y transformación en él. Sin él Dios está lejos, Cristo se encuentra en el pasado, el evangelio es letra muerta, nuestra doctrina es ideología, la Iglesia es una simple organización, la autoridad un despotismo, la misión una propaganda, el culto un simple recuerdo del pasado, y el comportamiento cristiano una moral de esclavos. Pero con el Espíritu, y en comunión con él, el universo se levanta y gime el alumbramiento del reino, el hombre lucha contra la carne, Cristo resucitado es el corazón vivo y actuante de la comunidad, el evangelio es poder de vida, la Iglesia significa comunión trinitaria, la autoridad un servicio liberador, la misión un Pentecostés, la liturgia memorial y anticipación, la actividad humana es deificada. Por ello, todo, en la Iglesia, debe estar ordenado y subordinado a hacer posible el encuentro vivificante de cada uno, de todos, con el Espíritu Santo: crear atmósfera teologal, no sólo social y disciplinar; impulsar la misión en alegría y paz; valorar los carismas (de lo contrario se hace gran daño a la Iglesia); respetar la conciencia personal como la luz que Dios mismo da al hombre para el encuentro directo con él, más allá de todas las determinaciones objetivas externas; comprender que Dios, la vida, la historia, la fe y caridad, son abiertos y no cerrados; que la voluntad de Dios hay que saber captarla en la historia viva de la salvación y no al margen de ella. El ministerio y el magisterio son “servicio del Espíritu” (2 Cor 3,8). Porque todo en la Iglesia, aun siendo necesario, tiene, en relación con Cristo, una dimensión relativa que remite siempre a él y a la acción de su Espíritu, único Dios y Señor del hombre y de la historia.

7. ORACIÓN PROFUNDA

Cristo es “Espíritu Vivificante”. Las manifestaciones y frutos del Espíritu son: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza”, “conocimiento”, “sabiduría”, “espíritu filial”, “amor fraterno”, “comunión en el Espíritu”, “provecho común”, “oración de gemidos inefables”, “un mismo sentir, un mismo amor, un mismo espíritu” …

Elige una de estas maravillosas actitudes. Es Espíritu de Cristo. Es él. Pídele que venga a ti. Pide una actitud como don y gracia para ti. Repítelo suavemente, muchas veces, profundamente, con la inteligencia, con los sentimientos, con el amor, con el corazón, deseándola, aceptándola, identificándote, SALIENDO DE TI, de tus disposiciones contrarias, CAMINANDO HACIA ÉL, comulgando, HACIÉNDOTE TOTAL en esa disposición o gracia, SINTIÉNDOTE NOVEDAD en ella, en Cristo. Diciendo: “Ya no soy yo quien vive: es Cristo quien vive en mí'” (Gal 2,20). O clamando en cada disposición: “¡Ven, Espíritu Santo, ven!” Lo importante no es la cantidad de ideas, sino la intensidad del amor.


SALGO DE MÍ. VOY A TI. TODO EN TI. NUEVO POR TI.

 


Martínez García, Francisco: “Vivir el año litúrgico”, Herder, Barcelona, 2002.

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