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Pastoral juvenil: descubre el rastro y el rostro de Dios entre los jóvenes

                                                                   Por D. Ernesto Brotóns Tena

“Me basta que seáis jóvenes para amaros” (S. Juan Bosco). ¿Puede ser que sea algo tan sencillo como eso? Quererlos, dejar de considerarlos un problema, dejar que el amor venza el recelo y el temor. La verdad es que cuando uno contempla la vida de grandes genios de la pastoral juvenil como pudieron ser D. Bosco, o el genial S. Felipe Neri, aquel del «sed buenos, si podéis», no encuentra recetas, sino miradas: miradas que acogen y valoran, abrazan y sanan, aprenden y esperan, aman. No en vano, los pocos testimonios evangélicos que relacionan expresamente a Jesús con niños y jóvenes hacen hincapié en el abrazo y en la mirada: Jesús miró a ese joven rico con cariño, y «le amó» (Me 10,21).
Hoy, más que nunca, los jóvenes ponen a prueba la incondicionalidad de nuestro amor hacia ellos. Y es ahí donde yo insertaría la pastoral juvenil de la Iglesia: enraizada en el amor a los jóvenes y en el amor a Cristo, en una dinámica de alianza, amor y gratuidad que no se acerca a los jóvenes por su presencia en la sociedad, o porque de ellos dependa el futuro -sabiendo que sólo serán futuro si los consideramos «presente» y toman parte de él-, sino por lo que el encuentro con Jesucristo puede suponer en sus vidas.
En la antesala de la Jornada Mundial de la Juventud, el actual Plan de Pastoral de la Diócesis de Zaragoza insiste en la pastoral con jóvenes como uno de sus objetivos prioritarios, buscando promover el interés, la ilusión y la responsabilidad de toda la comunidad diocesana por la Pastoral Juvenil. Para ello, es necesario estar atentos a lo que el Espíritu nos dice también a través de los jóvenes, incluso a través de aquellos que no se acercan precisamente a nuestras iglesias.
Cristo nos habla e, incluso, me atrevería a decir, nos «redime» a través suyo, porque en ellos nos sale al encuentro. ¿Quién no ha experimentado, al tratar con ellos, que los acogidos, interpelados, sanados y amados somos nosotros mismos?
Los jóvenes nos evangelizan y en un doble sentido: Primero, porque son lugar teológico de encuentro con Dios, rostro de Dios que nos interpela y nos llama. Sería perder la fe en ese Dios que no cesa de salir a nuestro encuentro pensar que jóvenes y Dios son realidades antitéticas y separadas. Tendremos que preguntarnos qué sucede cuando a los jóvenes les cuesta descubrir a Dios, ya presente en sus vidas, y a nosotros nos cuesta tanto reconocerle en ellos. En segundo lugar, porque no podemos olvidar que la pastoral con jóvenes no responde tanto a una pastoral dirigida a ellos como objeto sin más de nuestra solicitud, como a una pastoral global en la que, respetando los procesos, los jóvenes son protagonistas, sujetos y no sólo destinatarios de la acción misionera y evangelizadora de la Iglesia1. Ellos también son Iglesia.
Tal como ya manifestó el Forum de Pastoral con Jóvenes, “estamos convencidos de que Jesús es el centro. Jesucristo está vivo en medio de nosotros. Queremos presentar con nuestro testimonio y nuestra palabra a Jesús, respuesta creíble y completa para los jóvenes de hoy”. Veamos2.


1. “Hemos estado toda la noche faenando… y no hemos pescado nada” (Lc 5, 5)


1.1. Iglesia y jóvenes ¿dos extraños? Un nuevo paradigma religioso

Como todos sabemos, la realidad de la pastoral juvenil se mueve entre el gozo de los jóvenes y grupos implicados en ella, y el dolor por la distancia que se percibe entre el mundo plural de los jóvenes y la Iglesia.
Encuestas y realidad coinciden en constatar la pérdida de significatividad de la Iglesia y de su mensaje entre la juventud española. En la pastoral juvenil, en las últimas décadas, hemos pasado de una etapa de optimismo y renovación a una situación brusca y desconcertante de cierta aridez y desierto, provocando el desconcierto, cansancio o desencanto de muchos sacerdotes, educadores y animadores3
De hecho, sólo el 22% de los jóvenes considera la religión como un valor en la vida4. El 44% se define «no religioso»5, y tan sólo un 3% considera que la Iglesia dice cosas importantes para la comprensión de la vida y el mundo6.
La Iglesia continúa siendo una institución poco valorada, ocupando el último lugar por debajo de las instituciones políticas y de las multinacionales. Ello no obsta a que un 32% de los jóvenes afirme ser miembro de la Iglesia y piense seguir siéndolo, mientras un 53% sostiene que sin la Iglesia se puede creer en Dios, o que se puede ser parte de la misma sin seguir todas sus directrices. Normalmente se coincide en el rechazo a la autoridad y a que me digan lo que tengo que hacer, y en la búsqueda de una vivencia de la fe más privada, desinstitucionalizada, y «a la carta».
Aunque desciende el número de jóvenes que están de acuerdo con las opiniones negativas sobre la Iglesia (demasiado rica, se mete en política, anticuada en su postura ante la sexualidad), éste sigue siendo muy elevado (76%, 64% y 75% de los anteriores ítem, respectivamente). Un 63% de los jóvenes considera que se mete demasiado en la vida personal de la gente, para pretender decirle cómo tiene que vivir su vida. Cualquier opinión de la Iglesia se plantea, de hecho, como una intromisión; de ahí gran parte de la negativa visión de ésta entre los jóvenes. Y, aunque también aumenta ligeramente el porcentaje de jóvenes que están de acuerdo con aspectos positivos de la misma (sus normas ayudan a vivir más moralmente, el 40%; ayuda a pobres y marginados, un 60%; ofrece un hogar espiritual y sinceramente religioso, el 45%), un 58% sostiene que, con sus directrices, reprime y dificulta disfrutar la vida. La Iglesia aparece, en la expresión de Balthasar, como «un fósil» y proclamarse comprometido con su credo es tildado a menudo de reaccionario y anticuado, a la vez que resulta políticamente incorrecto7.
Antes de preguntarnos por las causas de esta situación, quisiera hacer tres observaciones:
1. Aunque podemos distinguir ciertos matices generacionales, creo que no es desacertado afirmar que nuestros jóvenes no son más que un reflejo del mundo de los adultos, herederos de un estilo de vida que se impone en la sociedad y que, de una forma u otra, todos vamos creando. Debemos reconocer que la religión para una gran mayoría ha quedado relegada a un lugar marginal y puntual dentro de las preocupaciones de la sociedad, salvo usos sociales o aquellos casos en los que las cuestiones religiosas afectan a la convivencia. En consecuencia, muchos de los problemas de la actual pastoral juvenil requieren una revisión en su conjunto de la pastoral global de la Iglesia, y no sólo de aquella que directa y específicamente concierne a los jóvenes.
2. No son pocos, de hecho, los agentes de pastoral que, desconcertados y desanimados frente a la realidad, experimentan un fuerte sentimiento de culpa. Duele, además, constatar que lo que uno mismo vive como un valor parece haber dejado de serlo. Creo, sin pretender eludir nuestra parte de responsabilidad, que resultaría equivocado e injusto pensar que este desentendimiento generalizado respecto del cristianismo se debe «a lo mal que lo hemos hecho», o a la falta de entrega personal y de entusiasmo de los agentes de pastoral o de la Iglesia8. El fenómeno realmente es mucho más complejo. Tampoco creo que la solución esté en demonizar a los jóvenes o, sencillamente, en negar la crisis.
3. Por último, una observación para la esperanza, que corre el riesgo de perderse entre las estadísticas: hay algo que no cambia en el corazón de los jóvenes: quieren vivir, ser felices, amar y ser amados. Como evangelizadores este hecho no puede pasarnos desapercibido. No en vano, en esta inquietud del corazón San Agustín intuía la sed de Dios. Tampoco son jóvenes sin valores. Son muchas las rendijas en sus vidas que son verdaderamente permeables al Evangelio. Recordemos las palabras de Juan Pablo II a los jóvenes el domingo de Ramos de 2004. “¡Cómo han cambiado los jóvenes de hoy con respecto a los de hace veinte años! Los jóvenes de hoy han cambiado, como yo también he cambiado, pero vuestro corazón, como el mío, tiene siempre sed de verdad, de felicidad, de eternidad. Por eso es siempre joven”.
Dicho esto (y partiendo del hecho de que la fe no se transmite mecánicamente, sino que la conversión será siempre un proceso en el que confluyen múltiples circunstancias, y, en último término, la libertad del joven ante la presencia íntima y la llamada del Espíritu), considero que hay que ubicar la cuestión en el marco del enorme y acelerado cambio cultural que hemos experimentado en España en las últimas décadas. Si algo puede criticarse a la Iglesia es no haber sabido responder al acelerado ritmo de cambios de los nuevos tiempos, lo que no significa acomodarse sin más a ellos.
Veamos algunos rasgos de la situación actual que dificultan ciertamente la apertura a la fe, conscientes de que, junto a las dificultades, se abren siempre nuevas oportunidades9:
1. La instalación en la «intrascendencia» parece ser una característica clara de nuestra cultura10. El hombre ha olvidado que ha olvidado a Dios; y su ausencia no es ausencia. Ello implica que la mayoría de las personas, no sólo los jóvenes, vive su existencia cotidiana sin interrogarse a fondo por los motivos, el fundamento, el valor y la meta de la vida misma. Inmersos por el ruido, llevados por la prisa, lo urgente no deja tiempo para lo importante11.
Vivimos, además, inmersos en una cultura posmoderna: caen los metarrelatos, las definiciones infalibles, el recurso a la tradición, y se impone lo emocional, lo subjetivo, lo experiencial. Vivimos en un mercado de identidades, creencias, y propuestas que convierten a los jóvenes en nómadas de sus propias vidas, vidas hechas de pequeños relatos, cambiantes, plurales, relativos, sumergidos en un zapping continuo y presentista de experiencias que deja poco espacio para la interioridad y para los proyectos. La fuerte conciencia de la dificultad de cambiar las cosas, de transformar las estructuras políticas, sociales y económicas, máxime en estos momentos, conduce a un pragmatismo escéptico y a la búsqueda de burbujas de diversión que camuflen ese leve nihilismo de fondo que parece impregnarlo todo.
Quizá, como advirtió E. Vizcaíno en el Forum de PJ del 2008, en este contexto, nuestra pastoral debería ser como la tienda de Abraham: un espacio abierto en el desierto, donde los jóvenes que pasan a nuestro lado, con el deseo de encontrar algo distinto, puedan pararse, descansar, sentirse acogidos, encontrarse con Dios12.
2. El bienestar, el nivel de vida, el disfrute o la satisfacción como horizonte vital configuran un estilo de vida excesivamente centrado en uno mismo que choca con el evangélico desasimiento de sí para vivir para Dios y para los demás. Se confunde vivir en la abundancia con tener una vida abundante. Ya no es la religión, ciertamente, como en la época de cristiandad, la única instancia donadora de sentido en medio de una sociedad que reivindica su autonomía. Pero impera otra lógica: la del consumo y la del mercado, que adquiere rasgos y perfiles cuasirreligiosos, transmuta los valores y, en no pocas ocasiones, «reevangeliza» lo espiritual para convertirlo en una oferta más de su escaparate. El consumismo, incluso en estos momentos de crisis económica, presenta los rasgos de una verdadera religión que cuenta con más fieles que las confesiones tradicionales. Podríamos decir que nuestros jóvenes han sido «catequizados» en y por la sociedad de consumo para un estilo de vida centrado en el disfrute, el vivir al día, divertirse y exprimir el tiempo.
En este contexto, y en una sociedad donde prima lo útil, muchos jóvenes se preguntan ¿para qué sirve Dios? El problema se agrava cuando Dios es presentado como una amenaza para vivir. Basta recordar el famoso lema de los autobuses «ateos»: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”.
3. Es cierto, no obstante, que Dios no ha desaparecido de nuestra sociedad, pero su nombre se ve envuelto bien en medio de las críticas a la Iglesia o a la religión, sobre todo al cristianismo, bien en la búsqueda de algo nuevo, distinto, que sintonice con lo que siento y quiero. Asistimos, de hecho, a una verdadera metamorfosis de lo religioso, rastreando nuevas formas y expresiones de espiritualidad, muchas de ellas «a la carta», algunas «sin trascendencia» real, pero, sobre todo, desinstitucionalizadas, donde la subjetividad se convierte en criterio normativo. Importan los sentimientos, lo emocional, la experiencia, una espiritualidad -más que religiosidad- no impuesta, asumida desde la «libertad» y vivida en la «libertad».
4. El imaginario eclesial que predomina entre los jóvenes es, ciertamente, negativo. Son varios los factores que contribuyen a ello:
4.1. En primer lugar, la ruptura entre Evangelio y cultura, «el drama de nuestro tiempo» ya en palabras de Pablo VI13, que no apunta tanto al escándalo propio de la fe, como al desajuste entre la sensibilidad cultural actual y muchas de las mediaciones y formas de la Iglesia14.
4.2. El efecto demoledor del tratamiento caricaturesco de la Iglesia y de la vida cristiana en la calle y en los medios de comunicación, a lo que contribuye la pobre presencia pública de los cristianos y el que la presencia de la Iglesia en los medios no llega a los jóvenes. A ello se suman las tensiones que surgen de un laicismo mal entendido que postula una reducción de lo religioso al ámbito de lo privado (desacreditándolo o menospreciándolo) y una desacralización de las instituciones sociales y de los símbolos religiosos.
4.3. Despertada la sospecha sobre la credibilidad eclesial, se priva a la Iglesia de su más propia identidad: el anuncio de Jesucristo. Si uno quiere conocer al verdadero Jesús, debe buscar otras fuentes, para diluirse éste entre lo esotérico o lo cultural. La cuestión no es si la Iglesia tiene o no una palabra autorizada sobre la sociedad, sino si la tiene incluso sobre la experiencia religiosa. Para muchos jóvenes, ésta ya no es necesaria para vivir la fe.
4.4. La alergia de los jóvenes por todo lo institucional que les encorsete suele ser determinante. La desconfianza en las instituciones, que dejan de ser referentes para la población, aunque respondan a algunas necesidades básicas, afecta decisivamente a la Iglesia. Además, no resulta atractivo formar parte de una institución envejecida, que consideran obsoleta y anticuada, cuando no, una rica estructura de poder.
El individualismo de nuestro tiempo afecta también a la vivencia de la religión. Para un 69% de los jóvenes que se consideran creyentes, se puede vivir la fe individualmente sin necesidad de compartirla. A los jóvenes de hoy en día no les interesa otra vida compartida que la que viven con sus amigos y grupos de iguales. Del escaso 19% de jóvenes que participan en alguna asociación15, un 1,6% lo hace en asociaciones de tipo religioso, bajando respecto al 2005. Para el 50% de los jóvenes la religión no deja de ser un asunto privado que debe vivirse privadamente.
4.5. En la línea apuntada por GS 19, también la Iglesia y los cristianos debemos apuntar a nuestra parte de responsabilidad por nuestro pecado y falta de fidelidad al Evangelio. Sentirse hoy Iglesia presenta dificultades que nacen y se alimentan de sensibilidades heridas, muchas de ellas suplicantes de una mayor autenticidad evangélica. Las principales trabas, recordará Ratzinger, no vienen de la razón, sino “de un corazón lleno de amargura, cuyas expectativas han sido defraudadas y que ahora, enfermo y herido en su amor, ve como se desmorona su esperanza”16.
5. El comprensible desaliento de animadores y agentes de pastoral, el cansancio o la sensación de no saber qué hacer, de no conectar, de tener una y otra vez que volver a empezar. A ello se suma una falta real de sintonía comunicativa y de entendimiento, sabiendo que la poca existente está plagada de rumores e interferencias. La evangelización de los jóvenes es también una cuestión de «comunicación»17.
6. Reservo para el final un hecho que me parece determinante. Nos encontramos ante el reto de evangelizar a la que podría ser la primera generación no socializada cristianamente18. Son hijos de una generación ya secularizada, que, por lo general, no han recibido de los padres, o lo han recibido escasamente, valores, actitudes, creencias y prácticas religiosas; tampoco se les ha educado en la interioridad. No debería extrañarnos que una mayoría no sólo desconozca lo más elemental de cultura religiosa, sino que no sienta la necesidad de saber nada. Decimos que los jóvenes «se han distanciado de la Iglesia», pero muchos de ellos ni siquiera se han acercado a ella. Al margen de que tengamos que preguntarnos quién se aleja de quién, culpar a los jóvenes de este distanciamiento es un error, pues no ha existido el previo acercamiento necesario para tomar esta distancia. Dios, la fe cristiana y la misma pregunta religiosa resultan extraños, lejanos, o a lo sumo un producto más del gran mercado de ofertas que acechan a los jóvenes19. El reto es importante: estábamos acostumbrados a una pastoral de acompañamiento en el crecimiento de la fe, ahora nos encontramos ante el desafío del primer anuncio, con un hándicap añadido: tenemos delante a muchos jóvenes «vacunados» que creen conocer de antemano lo que les vamos a ofrecer. No son pocos los que, ante este reto, reivindican, en clave de fidelidad creativa, un nuevo paradigma en la transmisión actual de la fe20.


1.2. Las tres grandes tentaciones del desierto actual

En este contexto corremos el peligro de dejarnos seducir por:
1. La huida hacia el refugio de la institución. Dogmatismo. Rigorismo. Cuando la pluralidad y el mundo, y su misma y propia secularidad, se convierten en una amenaza, toda institución experimenta la tentación de replegarse sobre sí misma. Se busca que el joven se identifique con lo dado por la institución, una doctrina, un conjunto de normas, prácticas y símbolos, para después posibilitar su asimilación y conformación. La seguridad parece garantizada al margen de la dictadura de la moda de turno; pero el precio es demasiado alto: el olvido de la libertad personal en aras de la estructura, el «siempre se ha hecho así» como criterio, una cierta desconfianza respecto de la persona y del mundo. Se crece «en oposición a», a menudo anclados en un continuo «no», que desemboca en una imagen demasiado pobre y triste de Dios y de la Iglesia, una imagen que suele provocar rechazo en muchos de nuestros jóvenes, bien porque le piden más audacia a la Iglesia, o porque desde su fe descubren un rostro muy distinto de Dios, bien porque son capaces de aceptar cualquier cosa, menos que les digan sin más lo que tienen que hacer.
2. Evangelizar «como si Dios no existiera». Ateísmo eclesial. Consiste en omitir o encubrir los aspectos más paradójicos de la existencia cristiana y resaltar únicamente los aspectos más plausibles con la mentalidad del ambiente. En el límite extremo se elude o deja al margen la propia realidad del Misterio de Dios, sustrayendo su verdad al prójimo. Ésta, como mucho, quedaría reducida al ámbito de lo íntimo, de lo privado.
Importa el «funcionamiento», la acción, los retos de la sociedad. Se habla de Iglesia, pero se olvida su fuente; se habla del Reino pero se olvida al Dios del Reino. La consigna a seguir sería: «no hablar sobre Dios, sino sobre la vida». La fe deviene en puro humanismo; pero hemos de reconocer que para abrazar éste no hace falta ser cristiano. El valor de esta apuesta radica en su capacidad para empalizar con la realidad de nuestro mundo. Mas si el nombre Dios termina convirtiéndose en algo sustituible sin más por otra multitud de nombres terminará lógicamente siendo sustituido, con el consiguiente peligro de vaciarnos de nuestra propia identidad, sujetos al vaivén plural y partidista de las ideologías  de los acontecimientos.
Otra modalidad que asume el llamado ateísmo eclesial consiste en aceptar una nueva misión a cambio de su pervivencia o de su aceptación por los jóvenes. Ésta se da cuando la Iglesia accede a convalidar o legitimar su presencia en la sociedad en cuanto creadora de cultura, institución meramente moral, agente de socialización, organización solidaria. Pero esto significaría su muerte real, al recluir su misión en una especie de museo donde Cristo conviviría con los grandes dioses del Partenón. El cristianismo no dejaría de ser una realidad antropológicamente significativa, pero no reclamaría conversión, ni fe, ni esperanza, ni caridad.
3. La apuesta por el indiferentismo, en su doble raíz: la fascinación por las nuevas formas de lo religioso, o la deserción del desaliento, el abandono.
Estamos asistiendo a la emergencia de nuevos fenómenos de culto, más íntimos y al margen de lo institucional. Nadie niega el valor de los mismos como interpelación a las religiones oficiales y a la misma sociedad. Preocupa, no obstante, la convicción, soterrada o explícita, de que «todo es lo mismo», ya sea porque no todas las expresiones de la llamada «trascendencia de baja intensidad» abren realmente al Misterio de la Trascendencia, ya, porque el Evangelio presenta una pretensión de verdad en el orden del ser y del sentido, a la cual es difícil renunciar sin perder la propia identidad.
La otra gran tentación es la deserción. Todo da igual. Nada merece ya la pena. No podemos con los jóvenes. Se demoniza a los jóvenes y se renuncia a la condición de testigo, como si en una sociedad democrática no hubiera realmente lugar para proyectos de verdad ética, personal o espiritual, fuera de lo verificable o al margen del «consenso» de la mayoría. Se ha perdido, en definitiva, la esperanza, y con ella, en cierta medida, la fe en Dios.


2. Nacer de nuevo

Tras lo visto, es lógico que podamos sentirnos pequeños e, incluso, cansados. Pero no dudo en contemplar, precisamente en esta debilidad, un auténtico «kairós» para nuestra Iglesia. El mayor reto para ella no nace de fuera, ni de las dificultades. Nunca ha existido un tiempo ideal para el anuncio del Evangelio, ni tan perverso para que no pudiera ser anunciado. Nace de lo que es su propio misterio, del amor del Dios uno y trino, misterio de amor y comunión, manifestado en Cristo, que quiere darse y que cuenta con nosotros.
Hoy los jóvenes, como Jesús a Nicodemo, nos invitan a «nacer de nuevo» y ello implica:
En primer lugar, recuperar la alegría de creer. No nos vendría mal recuperar un poco de «autoestima eclesial» y atrevernos de nuevo a proclamar “El Señor es el lote de nuestra heredad y nuestra copa. Nos ha tocado un lote hermoso. Nos encanta nuestra heredad” (Sal 16,5-6). En Cristo Jesús, abrazo de Dios y de la Humanidad, amor sin límites derrochado y entregado, Dios mismo ha salido a nuestro encuentro y nos ha encontrado; y precisamente en este encuentro se juega la vida y la salvación del hombre. Él ha creído en nosotros. El joven debe percibir en nosotros que creer es «bueno para la salud», que puede llenar su vida, y que puede ser germen de vida en un mundo roto.
De hecho, los jóvenes más que nuestros grandes discursos, necesitan de experiencias, de nuestra experiencia. El «venid y lo veréis» (Jn 1,39), el compartir lo que vivimos, incluso el hacer pastoral con nuestra propia historia personal es más enriquecedor que cualquier lección o discurso, porque lo primero, nuestro relato, suele contener lo esencial de lo segundo21.
En segundo lugar, atrevernos a plantearnos qué hemos de cambiar y qué hemos de potenciar en la Iglesia como tal, y no sólo en la pastoral juvenil, si queremos mantener y recuperar la significatividad del Evangelio entre los jóvenes. No en vano, el sujeto pastoral de la evangelizaron de los jóvenes es la comunidad cristiana en su conjunto. Ella es quien sale al encuentro del joven, quien acoge su realidad, quien interpela y propone, quien ofrece experiencias y espacios donde encontrarse con Jesús, quien acompaña el proceso de apertura y crecimiento en la fe22. Hemos de atrevernos a «recrear la comunidad», a «nacer de nuevo». Y eso es obra del Espíritu (Jn 3,3-7). Deberemos plantearnos si el drama de la brecha abierta entre los jóvenes y la Iglesia se debe sólo a esa posmoderna alergia a todo lo institucional o si encierra, aunque sea de forma implícita, el deseo de una Iglesia más viva y más fiel al Evangelio. Pero ¿qué Iglesia sueñan los jóvenes?:
1. Una Iglesia que sepa acercarse y escuchar a los jóvenes y al mundo, que sepa dialogar con la cultura (que hoy es antropocéntrica, no teocéntrica) y la sociedad desde la fragilidad y la humildad, una Iglesia más buscadora con ellos de la verdad, que poseedora de la misma. Una Iglesia comunión, corresponsable y participativa, menos clericalizada y más abierta a recuperar y valorar el papel del lajeado y de la mujer en su seno. Una Iglesia que no se sitúe frente a la sociedad desde fuera o desde arriba, sino desde dentro y desde abajo; una Iglesia entrañablemente humana y humanizadora, hermana y servidora de los más pequeños, que sepa crear redes de fraternidad en el tejido social que recreen la experiencia de Jesús en clave de servicio y entrega.
2. Una Iglesia que se centre mucho más en proponer lo positivo que en condenar constantemente los criterios del mundo. El mismo Benedicto XVI urgió en el 2006 a recuperar ese «sí» a la vida que nace del gozo del que se sabe amado gratis por Dios. “El cristianismo, el catolicismo no es un cúmulo de prohibiciones, sino una opción positiva. Es muy importante que esto se vea nuevamente, ya que hoy esta conciencia ha desaparecido casi completamente. Hemos oído hablar tanto de lo que no está permitido que ahora hay que decir: tenemos una idea positiva que proponer”23. Quizá entonces los jóvenes puedan percibir una visión más evangélica y gozosa de la moral. Los jóvenes hoy rechazan una moral impositiva y legalista que no sea fruto de una libre adhesión personal, que no sea contemplada y asumida como portadora de vida, o que no nazca de la autoridad del amor, de la credibilidad de personas concretas que les aman.
3. En el ámbito de las celebraciones, los jóvenes demandan alegría, sentimiento, cercanía, menos encorsetamiento; en una palabra: «celebración» y experiencia. A nuestras celebraciones les falta tanto cercanía al lenguaje y a la vida de los jóvenes, como la capacidad de ser contraste provocativo para ellos en algunos momentos, privilegiando la sencillez, la profundidad, el silencio, la participación sin atisbo de protagonismo, la comunión. Creo que sigue siendo hoy válida la propuesta n° 40 del Sínodo de Zaragoza: “Debemos potenciar las Eucaristías y celebraciones en las que los jóvenes puedan expresar su fe, la alegría de la unión y el sentimiento fraternal. Para ello, hemos de procurar que estas celebraciones estén relacionadas con la vida, se desarrollen con un lenguaje actual y comprensivo, se cuide la acogida e integración de los jóvenes, valorando siempre la creatividad”24.
4. En definitiva, una Iglesia que puedan sentir como «su casa», como un espacio propio. Para ello es necesario el esfuerzo de todos. Se reconoce por parte de los jóvenes inconstancia, falta de compromiso e implicación; se demanda y se pide a los adultos confianza, acogida, paciencia y valoración. A las parroquias, movimientos y a la misma Delegación, se nos impele a primar sobre la estructura, el acompañamiento, la cercanía, la escucha, el apoyo. La estructura que de verdad sea necesaria debe estar siempre al servicio de los jóvenes y de la Iglesia, no viceversa.
Sabemos de quién nos hemos fiado (2 Tim 1,12) y esta confianza debería liberarnos de cualquier miedo al cambio. En definitiva, vivimos en una constante llamada a la conversión que nos impele a fiarnos de la fidelidad de Dios y nos interpela a escrutar los signos de los tiempos.


3. Pistas para caminar

Presupuesto lo anterior, propondría tres grandes líneas pastorales de actuación, que responden a las tentaciones antes expuestas, y que están en la base del actual plan diocesano de pastoral juvenil.


3.1. Frente a la asimilación institucional, personalización

En el centro de la iniciación en la fe, por encima del rol, de la verdad objetiva o de la institución, estamos llamados a situar la persona, la relación, el encuentro, pues Dios mantiene una relación personal «tú a tú» con cada joven. El joven que se inicia en la fe debe aprender a tomar la vida en sus manos como algo suyo, a hacerse persona, y a descubrir progresivamente, desde su propia autonomía, la riqueza y la vida que lleva dentro, y, desde ahí, la voluntad de Dios. No olvidemos que, desde la encarnación, nos encontramos con Dios en las calles de lo auténtica y entrañablemente humano. Hay que hacer sitio a la persona, a su autonomía, a su evolución, y pasar de una verdad aprendida a una verdad experimentada25. Se trata de enseñar y aprender a vivir de «dentro afuera», desde la experiencia de encuentro con Dios y de su Gracia, desde el regalo que significa saberse radicalmente acogido y amado, significativo, necesario e importante para otros, «capaz de Dios». Es un proceso hermoso, que requiere eso sí cercanía, escucha, dedicación, acompañamiento. Nos pide salir a su encuentro, compartir con ellos su tiempo, anhelos, gozos y fatigas, suscitar interrogantes, inquietudes, partir de su vida y de su realidad26. Y es que, parafraseando a S. Ireneo, podemos decir: la gloria de Dios es que todo joven viva y Dios es la vida del joven.
¿Qué retos nos plantea la personalización en la fe?:
a. La necesidad de ofertar procesos plurales y diferenciados atentos a los distintos momentos vitales que puede vivir un joven. Hay pluralidad de situaciones de partida y de encuentro con los jóvenes, pluralidad de itinerarios, de ritmos y situaciones personales, de desembocaduras del proceso. A la racionalidad moderna correspondía un modelo de proceso lineal en todos los ámbitos de la vida. Se fijaba una meta y se ponían los medios para alcanzarla; se daba un paso detrás de otro. Hoy la realidad es mucho más compleja; no hay un único camino para llegar a los sitios. Para empezar, los jóvenes son especialmente sensibles a la riqueza de la pluralidad, a la par que asustan los procesos y proyectos largos y lineales. De hecho, los jóvenes construyen su identidad más bien como un puzzle, a partir de fragmentos. Prefieren un radar, más que una brújula de concepciones inamovibles.
Esto nos exige trabajar en red, coordinada y organizadamente, plantear una pastoral de «estrategias» y no sólo de proyectos, «desapropiarnos» de los jóvenes y crear redes, para, así, potenciar distintas posibilidades de convocatoria, de acompañamiento y de inserción en la comunidad, que en lugar de estar dispersas la una de la otra, estén íntimamente unidas y ligadas entre sí. Trabajar en red es estar abiertos a la pluralidad, renunciar a los «coros privados de pastoral», ofrecer experiencias sin miedo a lo puntual. Por eso es tan importante la coordinación y colaboración de todos (colegios, parroquias, movimientos, grupos…) para ser capaces de compartir y abrir nuestras propuestas a otros. Estamos llamados a descubrir la pluralidad como riqueza, no como limitación. No hay camino ni modelo único ni unívoco para crecer en la fe27.
b. Todo acompañamiento personal en la fe implica cuidar y educar la opción vocacional. Todo proceso de fe está encaminado a descubrir qué es lo que Dios quiere de mí, a tomar conciencia de que todo cuanto acontece mi historia se sitúa en la dinámica de la llamada, a contemplar la propia existencia bajo un beatificante y humanizante horizonte de amor y sentido. El joven deberá comprender poco a poco que la fe no es sólo una parcela más de la vida. Para ello es necesario educar la interioridad, iniciar al joven y acompañarle en su experiencia orante, en su relación con Jesús y Dios, su Padre, y ayudarle a pasar del intimismo emocional gratificante a la confianza de la entrega.
c. Agentes de pastoral y jóvenes coinciden hoy en la importancia del acompañamiento. Necesitamos personas formadas que acompañen estos procesos personales de crecimiento en la fe. No basta la buena voluntad. Creo sinceramente que el laicado está llamado a ejercer un papel relevante en este servicio pastoral.
d. Fortalecer la pertenencia comunitaria y eclesial. Uno de los grandes tesoros que puede ofrecer hoy la Iglesia a los jóvenes, en una sociedad altamente individualista, es el valor de la comunidad, del grupo. Sabemos que sin la implicación y la experiencia de la comunidad no se sostiene ningún proceso evangelizador y se hace difícil la propia vivencia de la fe. No en vano, tarde o temprano, la vivencia individual termina languideciendo o volviéndose sectaria si no se inserta eclesialmente de un modo firme.
Crear experiencias eclesiales cercanas en las que los jóvenes se encuentren a gusto y encuentren el alimento capaz de hacerles crecer como personas es perfectamente compatible con proponer metas ambiciosas y exigentes para la vida. Por otra parte, vivir el sentido de la comunidad podrá iluminar esa necesidad de pertenencias básicas que tienen los jóvenes y tenemos todas las personas. Nadie es quien es mientras no ha descubierto a qué y a quién pertenece. Un grupo juvenil cristiano no puede pertenecerse sólo a sí mismo y, de manera vaga, a Jesús y a la comunidad. Alimentar esas pertenencias básicas es esencial para nuestra pastoral con jóvenes28.
En esta línea, quisiera insistir en la necesidad de comunidades de referencia, tanto de jóvenes como adultos. Sin éstas, es difícil formarlos en una comunión general con el resto de la Iglesia. Por eso, preocupa también la falta de interrelación y sensibilidad mutua entre jóvenes y adultos de nuestras comunidades, así como sus dificultades para la coordinación. La pastoral con jóvenes no puede ser un apartado estanco de nuestras comunidades y de nuestra diócesis. Está llamada a participar en el ritmo vital de toda la comunidad. Los jóvenes deben ser capaces de salir de «su grupo» para abrirse a otras realidades, juveniles o no, en su comunidad e, incluso, en su diócesis. A su vez, otras realidades y áreas pastorales de nuestra Iglesia, aunque no tengan por objetivo directo la pastoral juvenil, deben apostar por una sensibilidad especial hacia los jóvenes, abrirse a su realidad, hacerles un hueco, contar con ellos.
e. Dotar de «herramientas» al joven para que, en diálogo con un mundo plural, sea capaz de dar razón de su esperanza, porque la respuesta creyente no es absurda. Preocupa al respecto el escaso interés que se observa tanto por la formación como por el compromiso social en sus ambientes. Habrá que acompañarles y educar su mirada para que abran el corazón a otras realidades, sobre todo a los que sufren, para que se apasionen en la construcción de un mudo más humano, justo y solidario, para que de lo próximo pasen, en la dinámica del Buen Samaritano, al «hacerse próximos».


2. Frente al ateísmo eclesial, redescubrimiento de la significatividad de Dios, y del Dios de Jesús, para las esperanzas y anhelos fundamentales de la vida humana

El cristiano y la comunidad eclesial son los primeros que deben creerse el dinamismo que puede aportar a la realidad del crecimiento humano su propio anuncio de Jesucristo, como experiencia (no doctrina) de un amor fundante que nos configura y sostiene. Son portadores de una historia de amor que no pueden callar.
Muchos de los animadores muestran a menudo su insatisfacción porque no consiguen que los jóvenes de sus grupos den ese salto definitivo a la fe y al encuentro con Jesús. Esta inquietud de nuestros animadores es realmente esperanzadora, porque, al menos, es indicio de que sabemos hacia dónde vamos. En definitiva, ¿qué es la pastoral sino este intento de provocar el encuentro personal y eclesial con Dios? Renunciar al anuncio explícito de Jesucristo no es sólo privar al joven del tesoro más grande que podemos ofrecerle, sino privarle de las herramientas para enfrentarse al mundo como un cristiano maduro.
No en vano, la continuidad de jóvenes y animadores con la parroquia y el movimiento termina por romperse cuando no está motivada por una experiencia religiosa con calado. Cuando disminuyen los lazos afectivos del grupo, cuando la rutina reduce el atractivo de las actividades que se proponen y el grupo no responde a las propias expectativas, o, sencillamente, cambian las circunstancias personales (paso a la universidad, el trabajo, la pareja, el cambio de amigos…) el joven termina por priorizar otras cosas y por desaparecer, abandonando una vivencia comunitaria de su fe, que en muchos casos, supone un abandono de la misma. No olvidemos que la falta de tiempo de jóvenes y animadores constituye hoy una de las principales dificultades para nuestra pastoral. Es lógico que prioricen. Preocupa ese sentimiento, causa de muchos abandonos, de «haber quemado una etapa», como preocupan las dificultades que muchos de nuestros jóvenes encuentran, cuando llegan a una edad adulta, para incorporarse a una comunidad «no juvenil», ajena a su sensibilidad, en la que no se encuentran reflejados. La falta de referentes adultos motivantes en la vivencia y experiencia comunitaria de fe es un problema añadido que no puede pasarnos desapercibido.
Volver a lo esencial, la persona de Jesús, su pasión por el Reino, y subrayar su capacidad para dar vida constituye uno de los retos centrales de nuestra pastoral juvenil.


3. Frente al indiferentismo y el derrotismo, la propuesta de arraigo y fundamento

Debemos ser los primeros en creernos que, en diálogo con ellos, aprendiendo también de ellos, y desde nuestra fe en Jesús, tenemos algo que decir a los jóvenes. En este aspecto, me parece clave el papel jugado por la educación, y, en especial, por las familias y la escuela. Pero, en un mundo mediático, en medio de tantas ofertas, plurales y contradictorias, ¿qué podemos nosotros ofrecer? Realmente, sólo podemos ofrecer lo más nuestro, el regalo más precioso que nos ha sido confiado: Cristo Jesús. El lema de la Jornada Mundial de la Juventud de este año reza así: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (Col 2,7). En la amistad con Él la vida encuentra un dinamismo nuevo, arraigo, fundamento29:
¿Qué podemos ofrecer? Con Teilhard de Chardin, subrayaría tres cuestiones:30
1. Concentración o reencuentro con la alegría del ser. Experimentar el gozo de ser nosotros mismos, confrontados, incluso, con nuestra pequeñez y con nuestro Misterio, y el gozo de descubrir ese tesoro que somos y que llevamos dentro en vasijas de barro, nos sitúa ante la necesidad de trabajar nuestro interior y de llevar una vida unificada. No es tarea fácil, vivimos dispersos y en medio de muchos ruidos. Por eso, educar la capacidad simbólica del hombre, la interioridad, la mirada contemplativa de la vida, y enseñar a hacer una lectura creyente de la realidad para descubrir el rastro y el rostro de Dios en la historia y en nuestra historia, constituyen retos ineludibles de toda tarea evangelizadora. En palabras de Bonhoeffer: “Quien no aprende a entrar dentro de sí y a escucharse en profundidad, no escuchará ni a Dios ni a los demás”.
2. Descentramiento o la alegría del amar. Interioridad no es intimismo. La auténtica espiritualidad es aquella que favorece los encuentros y que nos impele a des-centrarnos y a atrevernos a hacer la aventura del «tú», a arriesgarnos, en definitiva, a la aventura de convivir, de acoger y de dar-se, de hacernos hermanos y servidores de los más pequeños, de fundirnos con otros en el parto de un mundo más fraterno, justó y solidario, de amar y de ser amados. Preocupa la falta de sensibilidad entre los jóvenes por los que están fuera de su círculo próximo, por los problemas del barrio, del pueblo, por el compromiso social…. Al respecto, basta con recordar y asumir la pedagogía de Jesús al narrar la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25-37). La pregunta no es ya «¿quién es mi prójimo», sino «¿quién se hizo, quién se hace prójimo de aquel que esta caído al borde del camino?». Parafraseando a Mounier, el creyente “no existe sino hacia los otros, no se conoce sino gracias a los otros, no se encuentra sino en los otros”. Evangelizar pasa necesariamente por acompañar el aprendizaje de amar.
3. Superconcentración o la alegría de adorar. A Dios, decía Buber, sólo se le puede invocar en vocativo. Se trata de no decir tanto «Él», para decir «Tú».
Adorar es «dejar a Dios ser Dios», confiarse en Él, dejarse mirar, amar y hablar por Él y amarle con el corazón y el alma, experimentar la alegría y el gozo de ser ante su presencia, y dejar que esta presencia me configure, me sane, me redima. En último termino, «Dios» sólo me es accesible en la oración, en la intimidad con Él. Nuestra tarea, en definitiva, consiste en poner al joven en presencia de este Tú, en presencia de Cristo Jesús, y ser capaces, después, de apartarnos respetuosa y silenciosamente. De ahí la necesidad de procesos de fe en los que no sólo se hable de Él, sino que se sea capaz del balbucear un «tú» orante, confiado. Urge mimar esa capacidad de iniciar en la oración, conscientes de que orar es «estar con un Tú» y no con nuestras ¡deas o conceptos. Es preciso ayudarles a pasar de la relación intimista con un Dios que acaricia su sensibilidad a la relación estimuladora con un Dios que interpela su vida entera y motiva su compromiso.
En definitiva, “no sabemos si el camino del hombre contemporáneo desemboca en Dios, pero lo que sí sabemos es que el camino del Dios vivo ha desembocado irrevocablemente en el hombre”31. En Cristo, Dios ha buscado y sigue buscando a los jóvenes. La experiencia fundante que de Dios tenemos los creyentes nos impele una vez más a fiarnos de su fidelidad. De ahí que, frente a toda tentación de derrotismo, creemos que nuestra época nos pide una pastoral misionera valiente, creativa, esperanzada:
Valiente, creativa y esperanzada para afrontar el reto de la convocatoria y el primer anuncio sin miedo a nuevos retos e iniciativas pastorales. Valiente, creativa y esperanzada no sólo para descubrir los deseos y necesidades de los jóvenes, sino para interpelar, suscitar interrogantes, inquietudes, plantear a los jóvenes provocaciones y desafíos nuevos, ofrecerles la aventura del Evangelio, sin edulcorarla, sin rebajarla. Deberíamos alegrarnos de que el Evangelio no se contagie ya por presión social y fiarnos de su capacidad de seducir al joven y llenarlo de vida, a pesar de su carácter, (o quizá por ello) «contracultural». Valiente, creativa y esperanzada, para trabajar en equipo, superar individualidades, personalismos y guetos, para evitar «apropiarnos de los jóvenes», y ser capaces, incluso «fuera de nuestras fronteras» de ofrecer cauces, y posibilidades de acompañamiento y experiencia de fe. Valiente, creativa y esperanzada, para afrontar las remodelaciones pastorales que vayamos intuyendo, a la luz del Espíritu, necesita hoy nuestra pastoral diocesana.


4. Despiertos para soñar contigo

En el Foro de Pastoral Juvenil 2008, E. Vizcaíno lanzaba esta pregunta: “Creemos que tenemos un Dios que nos sueña, pero ¿tenemos una pastoral que nos haga soñar? ¿Tenemos una Iglesia que nos llene de sueños?32. ‘Despiertos para soñar contigo’ reza nuestro Plan Diocesano de Pastoral Juvenil 2008-2010. Creo que es importante terminar mi reflexión aludiendo a él, pues, aunque hemos de ser conscientes de que no existen recetas mágicas, constituye una herramienta válida para todos por la reflexión que la sostiene y por la concreción de claves de trabajo, objetivos y medios que propone. No en vano, es el resultado de un largo proceso de oración, reflexión y acción sobre la realidad de la pastoral juvenil diocesana que, bajo el lema ‘Nos movemos porque nos mueve’ movilizó a los jóvenes de nuestras parroquias, colegios y movimientos durante cuatro largos cursos.
El proyecto asume el Documento Diocesano de PJ en vigor y las líneas pastorales que éste plantea, líneas que fueron asumidas en el Proyecto Marco de PJ de la Conferencia Episcopal de 1992, Jóvenes en la Iglesia, cristianos en el mundo, y que continúan en vigor, tal como recuerda el nuevo proyecto marco del 200733: la presencia de los jóvenes en los ambientes juveniles, la síntesis fe-vida, una pedagogía activa y liberadora, protagonismo de los jóvenes, eclesialidad, coordinación y opción por los pobres.
Desde aquí, cuatro son las claves que propone el Plan actual:
1. Apostar por una pastoral misionera, «de primer anuncio», abierta a iniciativas y procesos plurales y diferenciados.
2. Cuidar la personalización de la fe en el trabajo evangelizador con los jóvenes.
3. Favorecer entre los jóvenes la experiencia de pertenencia comunitaria y eclesial.
4. Descubrir el valor del compromiso social y solidario en la identidad cristiana.
Como nos recuerda el Plan Diocesano de Pastoral, “estamos ante un camino nuevo que acentúa el primer anuncio, capaz de cuidar el «tú a tú» de la fe y los sentimientos de pertenencia de los jóvenes a la comunidad eclesial y a sus ambientes, una pastoral sensible a los últimos y a los pequeños, capaz de despertar en el corazón del joven la alegría de «ser», de «amar» y de «adorar». Un camino que debemos recorrer juntos y en «comunión»”.
La Jornada Mundial de la Juventud, que está llamada a ser una experiencia fuerte, festiva y gozosa, de fe y de comunión, nos da la oportunidad de continuar apostando con esperanza por la pastoral con los jóvenes. En definitiva, la meta que nos proponemos no es otra que posibilitar que el joven se encuentre con Jesucristo, que viva el Evangelio desde la comunidad, y que sea sujeto de evangelizaron y humanización de la sociedad. Para ello, somos conscientes de que nos movemos porque nos mueve. No partimos de cero, y, a pesar de las dificultades, el Dios bueno y fiel, que nos ha guiado hasta ahora, seguirá con su Espíritu alentando iniciativas, suscitando retos, enamorando y llamando corazones. Ojalá, entre todos, podamos seguir siendo un rumor suyo, porque Dios se hace presente en lo sencillo, en la brisa, en la caricia. Este es nuestro secreto y nuestro gozo: “Nos movemos porque nos mueve”. Seguimos “despiertos para soñar contigo”.

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1 Cf. CEAS, Orientaciones sobre pastoral de juventud, Madrid 1991, 19; Equipo Adsis, Jóvenes y Dios, PPC, Madrid 2007, 7ss.

2 El presente artículo retoma y revisa el Informe que redacté con motivo de las Jornadas Diocesanas de Pastoral Juvenil (PJ) del 2007, para recoger no sólo los datos de los últimos estudios sociológicos, sino, ante todo, el trabajo y la reflexión realizado en los últimos años desde la Delegación de PJ: el Plan Diocesano de PJ 2008-2012, el Forum de PJ 2008 en Madrid o la misma preparación de la JMJ.

3 Así lo advierte el último informe sobre la juventud española de SM, Jóvenes españoles 201C, al que remito, que, sin embargo, repara un ligero repunte respecto al 2005 del valor dado a la religión y a la misma Iglesia entre los jóvenes. Cf. M. Valls, ‘Las creencias religiosas de los jóvenes’ en J. González-Anleo – P. González Blasco (dirs.), Jóvenes españoles 2010, SM, Madrid 2010, 175-228.

4 Esto supone, como decía, un ligero repunte frente al 19  del 2005, matiz que recoge también el Sondeo de valores del 2008 del INJUVE. Lo más valorado sigue siendo la familia, seguida de la salud y de los amigos.

5 Algo más de la mitad de los jóvenes españoles, el 53,5% se definen como católicos. Un 2% son creyentes de otra religión. Se manifiestan indiferentes ante el hecho religioso el 16% de los jóvenes, mientras un 9% se declara agnóstico y el 17%, ateo. Cf. M. Valls, art. cit., 182. Llama la atención la diferencia de porcentajes que se da cuando se les pregunta directamente por Dios y no por su posicionamiento religioso: Crece el número de jóvenes que rechazan la idea de Dios. Para un 35% (frente al 28% del 2005), Dios no existe; un 33% afirma no tener motivos para creer en Dios, y un 32% afirma pasar de Dios y no interesarle el tema. Cf. Ib., 188.

6 Aunque casi un 20% de los jóvenes reconozca compartir las directrices de la jerarquía eclesial.

7 Paradójicamente, no parece que esta opinión que los jóvenes tienen de la Iglesia venga dada por experiencias que hayan vivido en la Iglesia cercana (parroquia, colegio, relación con algún sacerdote o religioso…). Sólo un 10% de los jóvenes dice guardar un recuerdo negativo de estas experiencias. Un 32% afirma guardar un recuerdo positivo o muy positivo de las mismas, mientras que un 42%, tras haber pasado por ellas, se muestra indiferente. Un 10% confiesa no haber estado nunca en contacto con la Iglesia.

8 Cf. P.J. Gómez, ‘Jóvenes y parroquia’: Misión Joven 357 (2006) 7; J. J. Cerezo – P. J. Gómez, o. c., 115s.

9 No podemos detenernos aquí en un estudio detallado de las causas de la situación actual que vivimos. Remito para ello a J.J. Cerezo- P. Gómez, Jóvenes e Iglesia. Caminos para el reencuentro, SM-PPC, Madrid 2006, 115-129; J. L. Moral, ¿Jóvenes sin fe?, PPC, Madrid 2007, 9-130; Asociación Española de Catequetas (AECA), Hacia un nuevo paradigma de la iniciación cristiana hoy, PPC, Madrid ”2009, 11-26, y a las conclusiones del Informe Jóvenes españoles 2010 arriba citado.

10 Cf. J.J. Cerezo- P. Gómez, o. c., 123.

11 Así, para Valls, el posicionamiento irreligioso de los jóvenes, al que antes hemos hecho mención, podría venir en los mayoría de los casos más de un no planteamiento de la cuestión o ausencia de interés por la misma que de una postura militante antirreligiosa expresa, algo dado por la propia forma de vida juvenil, a la par que por una cada vez menor socialización religiosa. Cf. M. Valls, art. cit., 183.

12 Cf. E. Vizcaíno, ‘Pastoral con Jóvenes I’: Revista de Pastoral Juvenil 450 (2008) 17.

13 Cf. EN 20.

14 Éste es uno de los aspectos en los que más incide el estudio arriba citado de José Luis Moral. Para el profesor de la Pontificia Salesiana de Roma, la experiencia cristiana sigue narrándose con formas y esquemas ya caducados que ni sintonizan ni resultan creíbles para el joven de hoy. El universo simbólico moderno nos aboca a una profunda «crisis de lo religioso» que constituye una inestimable oportunidad para repensar y comunicar de una forma nueva la fe y la experiencia cristiana.

15 Realmente, la participación social juvenil «se hunde». Un escandaloso y preocupante 81 de los jóvenes declara no pertenecer a ningún tipo de asociación. Cf. M. Valls, art. cit., 205ss. Véase en el mismo Informe el estudio de Juan María González-Anleo sobre la participación social de los jóvenes ‘Los valores de los jóvenes y su integración política’ en J. González-Anleo – P. González Blasco (dirs.), 70-85.

16 J. Ratzinger, Introducción al cristianismo, Sígueme, Salamanca 92002, 283.

17 Cf.J. L. Moral, o. c., 125-132.

18 Cf. P. González, ‘La socialización religiosa de los jóvenes’, en J. González-Anleo (dir), Informe Jóvenes 2000 y religión, SM, 2004, 119-165; M. Valls, art. cit., 177-185; Conferencia Episcopal Española, Una Iglesia esperanzada (Plan Pastoral 2002-2005), § 28.

19 Cf. E. Vizcaíno, art. cit., 8; J. S. Teruel, ‘Evangelizar a los jóvenes desde la parroquia’: Revista de Pastoral Juvenil 431 (2006) 6ss.

20 Cf. AECA, o. c., 29ss. En esta línea me parece de sumo interés la pastoral conjunta de la Asamblea de los Obispos de Quebec, Proponer hoy la fe a los jóvenes: una fuerza para vivir (2006), DDPJ, Vito-ria, 2006.

21 Cf. E. Vizcaíno, art. cit., 9. Quizá bastaría con mirar la historia de la Pastoral Juvenil de nuestra Diócesis en las últimas décadas para constatar la fidelidad de Dios a nuestra Iglesia y ese camino de vida que Dios mismo ha ido abriendo entre nosotros. Hablar de Pastoral Juvenil en Zaragoza es hablar de rostros concretos, de encuentros y experiencias, de esfuerzos y esperanzas, de la realidad sencilla pero esperanzadora de los jóvenes de nuestras parroquias, colegios y movimientos, por los que, estamos seguros, el Espíritu de Jesús ha estado y sigue estando presente. Este trabajo sigue siendo, también hoy, y en debilidad, fermento de vida en nuestra Diócesis.

22 Cf. A. Chordi, ‘Los jóvenes nos hacen mover ficha. ¿Cómo impulsar la pastoral con jóvenes hoy?: Misión Joven 354-355 (2006) 51.

23 Ecclesia 3326 (2006) 1318.

24 Sínodo Diocesano de Zaragoza, 40.

25 Cf. Asamblea de los Obispos de Quebec, o. c., 5; J.J. Cerezo – P. J. Gómez, o. c., 175s.

26 A este respecto, me parece sugerente la importancia que da la Comisión Regional de PJ del Triveneto, en Italia, a los encuentros con los jóvenes, incluso a los gratuitos, informales y ocasionales que de-notan interés, simpatía, apertura al diálogo, abriendo las puertas del corazón al primer anuncio. Estar con ellos, dedicarles tiempo y que sepan que tienes tiempo para ellos, compartir los buenos momentos, también los significativos y duros, salir al encuentro allí donde están (la escuela, la plaza, la calle, la red, incluso el bar…) es, para los jóvenes, mucho más significativo de lo que parece. Cf. Sentinella, quanto resta della norte? Le Chiese del Triveneto rileggono la realtá giovanile. Spunti per un nuovo orientamento pastorale, Aquileia 2009, 32s.

27 Ésta es una de las líneas de fuerza en las que más se insiste últimamente toda pastoral con jóvenes: optar por una pastoral coral, organizada y articulada eclesialmente, donde todos nos necesitamos. Cf. al respecto, los artículos de C. Surch, ‘El grupo de los Doce. La organización pastoral’ y de A. Chordi, ‘Hacia una PJ organizada y articulada eclesialmente’ en Revista de pastoral Juvenil 64, 5-18, 19-24 respectiva-mente.

28 Cf. Juan Mª Uriarte, Prólogo Proyecto Diocesano de Pastoral con Jóvenes, Idatz, San Sebastián, 2003,14.

29 Cf. el mensaje de Benedicto XVI para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud 2011.

30 Cf. P. Teilhard de Chardin, Sobre el amor y la felicidad, PPC, Madrid 1997, 82-89.

31 O. González de Cardedal, La entraña del cristianismo, Secretariado Trinitario, Salamanca, 1997, 104.

32 E. Vizcaíno, art. cit., 20.

33 CEAS, Jóvenes en la Iglesia, cristianos en el mundo en el tercer milenio, EDICE, Madrid 2007 45-62.